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Sin Secretos

Fandom: Resident Evil

Creado: 11/6/2026

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RomanceDramaAngustiaEstudio de PersonajeHorror de SupervivenciaAmbientación CanonNoirCrimenPsicológico
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Sin Secretos

Umbrella. La palabra resonaba en su mente como un eco persistente, un fantasma grabado a fuego en el tejido de su existencia. Quizás no compartía la historia personal y la venganza visceral que unía a Chris Redfield con aquella corporación, pero no cabía duda de que Umbrella había torcido el curso de su vida para siempre. Los recuerdos, fragmentos de un pasado que se negaba a morir, desfilaban ante él con una claridad aterradora. Raccoon City, una pesadilla de carne y fuego donde su juventud se había desvanecido entre los gruñidos de los muertos y la implacable persecución de Mr. X, esa mole de tiranía biológica cuyos pasos aún retumbaban en sus sueños. España, un lienzo de locura rural teñido por Las Plagas, donde el eco de una motosierra y las risas maníacas de Ramón Salazar se mezclaban con la solemne y megalómana voz de Osmund Saddler. Y luego, la traición a nivel nacional, la batalla contra Derek Simmons, un hombre que representaba la corrupción en su forma más monstruosa, obligándolo a enfrentarse a la oscuridad que anidaba no solo en los laboratorios, sino en el corazón del poder.

Cada evento había dejado una cicatriz, una muesca en su alma que lo había moldeado, endurecido, y a la vez, vaciado. Eran temas de conversación que evitaba, capítulos de su biografía que permanecían clasificados incluso para sí mismo. Pero ahora, en la quietud de su presente, había una semblanza de paz. Un apartamento de lujo en el corazón de Washington D.C., con ventanales que se abrían a un mar de luces urbanas. Un auto del año que dormía en el garaje subterráneo. El título de Agente Especial al servicio directo del Presidente de los Estados Unidos. Había recorrido un largo camino desde el policía novato de Raccoon City hasta convertirse en uno de los agentes mejor pagados y más cruciales del país. Una jaula de oro, quizás, pero una jaula al fin y al cabo.

Estaba de pie, con un vaso de whisky añejo en la mano, el líquido ambarino capturando los reflejos de la ciudad. El hielo tintineaba suavemente mientras agitaba el vaso, un sonido solitario en el silencio del espacioso salón. Estaba absorto en esa vorágine de pensamientos, en la ironía de haber sobrevivido al infierno para terminar en un purgatorio de lujo, cuando un sonido sutil pero inconfundible rompió la calma. No fue un estruendo, sino un roce, un golpe sordo en el balcón del piso treinta y cinco.

Sus músculos se tensaron por puro instinto. Años de entrenamiento convirtieron su cuerpo en un resorte comprimido. Dejó el vaso en la barra de mármol sin hacer ruido, sus movimientos fluidos y económicos. No buscó su arma; no todavía. Primero, la evaluación. Se deslizó hacia los ventanales, manteniéndose en la penumbra, una sombra dentro de su propio hogar.

Y entonces la vio.

Una silueta recortada contra el resplandor de la ciudad nocturna. Femenina, esbelta, inconfundible. Incluso a través del cristal, podía adivinar la tela carmesí que se ceñía a su cuerpo. No necesitaba ver su rostro para saber quién era. El corazón le dio un vuelco, una mezcla de exasperación, anhelo y una familiaridad tan profunda que dolía.

La puerta corredera del balcón se deslizó con un susurro casi inaudible. La figura femenina entró en su apartamento con la gracia de un felino, moviéndose como si el lugar le perteneciera. Llevaba un vestido rojo escarlata, un clásico en su repertorio, que contrastaba violentamente con la oscuridad de su cabello corto y el marfil de su piel. Sus ojos, afilados y cargados de una inteligencia insondable, se encontraron con los suyos a través de la estancia. Una sonrisa diminuta, casi imperceptible, jugó en sus labios.

Ada Wong.

Sabía quién era y, en el fondo, sabía a lo que venía. Aquella mujer, el enigma andante que había entrado y salido de su vida como una corriente de aire, siempre dejándolo con más preguntas que respuestas. Su relación, si es que podía llamarse así, era un nudo gordiano de traición y responsabilidad, de deseo y deber. Un baile peligroso en el filo de la navaja que llevaban bailando desde que se conocieron en el caos de Raccoon City.

Pero ahora era diferente. Aquí, en la intimidad de su santuario personal, no había misiones. No había muestras víricas que robar, ni organizaciones que infiltrar, ni gobiernos que engañar. Solo estaban ellos dos. Leon Kennedy, el héroe del gobierno. Ada Wong, la espía de las sombras. Un agente y una criminal.

Demonios. ¿Por qué no podían simplemente admitirlo? Admitir que se necesitaban, que el vacío que sentían cuando estaban separados era un abismo insondable. Que la vida del otro carecía de un color vital sin su presencia. No podían. Era ilegal. Era prohibido. Su unión sería un cataclismo profesional y personal para ambos. Él, un agente condecorado de Estados Unidos; ella, una mercenaria internacional cuyo nombre figuraba en una docena de listas de vigilancia.

Así que se conformaban con esto. Con su pacto no escrito. Una noche a la semana.

Una noche donde las máscaras caían, donde la intimidad, la desnudez y el roce de su piel se desbordaban en una catarsis pasional. El sudor, la agitación, el movimiento sincronizado de sus cuerpos buscando en el otro un ancla en la tormenta de sus vidas. Por una vez, por unas pocas horas robadas al mundo, estaban juntos. Sin secretos.

Leon exhaló lentamente, el aire escapando de sus pulmones en una nube de vapor apenas visible. La tensión abandonó sus hombros. Ella estaba aquí. Eso era todo lo que importaba.

—Podrías haber usado la puerta, Ada —dijo él, su voz un murmullo grave que apenas rompía el silencio.

Ada se deslizó hacia la barra, sus tacones produciendo un sonido nítido y decidido sobre el suelo de madera pulida. Pasó los dedos por la superficie de mármol frío, deteniéndose junto al vaso de whisky que él había dejado.

—Pero eso no sería tan divertido, Leon —replicó ella, su voz aterciopelada con un deje de ironía—. Además, la vista desde tu balcón es exquisita. Me preguntaba si el agente estrella del gobierno tendría buen gusto. Veo que no me equivocaba.

Él se acercó, cerrando la distancia entre ellos. El aire se cargó con el perfume de ella, una fragancia exótica y sutil que siempre lograba desarmarlo. Se detuvo a apenas un metro, estudiándola. Parecía cansada, aunque lo ocultaba magistralmente tras su fachada de control absoluto. Había una nueva tensión en la línea de su mandíbula, una sombra en sus ojos que no estaba allí la semana anterior.

—¿Misión complicada? —preguntó él, su tono más suave ahora.

Ella tomó el vaso de él y bebió un sorbo, saboreando el licor con los ojos cerrados por un instante.

—Nada que no pudiera manejar. Unos empresarios de biotecnología en Bruselas que creían ser más listos de lo que eran. Típico. —Dejó el vaso y sus ojos se clavaron en los de él—. Pero no estoy aquí para hablar de trabajo.

—Nunca lo estás —contestó Leon, acortando el último palmo que los separaba. Sus manos encontraron su cintura, sintiendo la calidez de su piel a través de la fina tela del vestido. El contacto fue eléctrico, una descarga que ambos sintieron.

—Es la única regla que tenemos —susurró ella, inclinando la cabeza hacia atrás para mirarlo. Sus dedos subieron por su pecho, jugando con el cuello de su camisa.

—No hablar de trabajo —completó él, su voz ahora ronca—. Y que te vayas antes del amanecer.

Una chispa de algo parecido a la tristeza cruzó la mirada de Ada, pero desapareció tan rápido como había llegado, reemplazada por su habitual máscara de seducción y misterio.

—Reglas son reglas, agente Kennedy. Nos mantienen a salvo.

—¿A salvo? —Leon soltó una risa corta y sin alegría—. Ada, no hemos estado a salvo desde 1998.

La sonrisa de ella se desvaneció, y por un segundo, él vio a la mujer bajo la espía. La mujer que había visto el mismo infierno que él, aunque desde una perspectiva diferente. Sus manos se aferraron a las solapas de su camisa, atrayéndolo hacia ella.

—Entonces hagamos que esta noche valga la pena —murmuró contra sus labios, justo antes de cerrar la distancia.

El beso no fue tierno. Fue una colisión, una explosión de anhelo contenido durante siete largos días. Fue la desesperación de dos almas solitarias que solo encontraban refugio la una en la otra. Los labios de Leon eran exigentes, hambrientos, y los de Ada respondían con la misma intensidad, una batalla de voluntades que ninguno de los dos quería ganar. Sus manos se enredaron en el cabello rubio ceniza de él, tirando ligeramente, mientras las manos de él se aferraban a su cintura, pegando su cuerpo al suyo hasta que no quedó ni un milímetro de espacio entre ellos.

Se separaron solo para tomar aire, sus frentes apoyadas la una contra la otra, sus respiraciones agitadas mezclándose en el aire.

—Tu apartamento es demasiado… limpio —dijo Ada entre jadeos, sus ojos recorriendo el impecable salón.

—Hunnigan insiste en que tenga un servicio de limpieza. Dice que refleja la imagen del gobierno —respondió él, su pulgar acariciando la curva de su cadera.

—Hunnigan… —Ada pronunció el nombre con una nota de diversión—. Debe odiarme.

—No tienes ni idea —confirmó Leon, y una sonrisa genuina, la primera de la noche, se dibujó en su rostro—. Cree que eres la encarnación del mal con tacones altos.

—Me halaga. —Ella le robó otro beso, más corto y juguetón esta vez—. ¿Y tú qué crees, Leon?

La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de peso. Él no respondió con palabras. En su lugar, la levantó del suelo sin esfuerzo, sus brazos fuertes asegurándola contra su pecho. Ada rodeó su cintura con las piernas por pura costumbre, sus cuerpos encajando como piezas de un rompecabezas diseñado por el destino. Él comenzó a caminar hacia el dormitorio, sus pasos seguros y decididos.

—Creo —dijo él finalmente, su voz un retumbar profundo contra el oído de ella—, que hablamos demasiado.

La habitación de Leon era como el resto del apartamento: minimalista, funcional y con una vista espectacular de la ciudad iluminada. La única cama, grande y con sábanas de un gris oscuro, dominaba el espacio. Él la depositó suavemente sobre el edredón, y por un instante se quedó de pie junto a la cama, mirándola. La luz de la luna y los neones lejanos se filtraban por el ventanal, bañando su figura en un claroscuro que acentuaba cada curva de su vestido rojo. Para él, ella era una obra de arte prohibida, una visión que era a la vez su salvación y su condena.

Ada no apartó la mirada. Lo observó mientras él se desabrochaba la camisa, revelando el torso atlético y marcado que ella conocía tan bien. Vio las cicatrices, viejas y nuevas, cada una un testamento de las batallas que había librado. Una más clara en el hombro, recuerdo de un Licker. Otra, más fina, cerca de las costillas, cortesía de Krauser. Trazó un mapa mental de su dolor, un mapa que solo ella tenía el privilegio de leer.

Leon se deshizo de la camisa y se sentó en el borde de la cama, frente a ella. El silencio entre ellos ya no era tenso, sino expectante. Estaban en su santuario, en su burbuja de tiempo robado. Aquí, las reglas del mundo exterior se desvanecían.

—Ese vestido… —comenzó él, su voz apenas un susurro.

—¿No te gusta? —inquirió ella, arqueando una ceja.

—Me encanta —admitió él—. Pero me gusta más en el suelo de mi habitación.

La sonrisa de Ada regresó, esta vez más amplia, más genuina. Se giró ligeramente, ofreciéndole la espalda.

—Entonces, ¿a qué esperas, agente?

Los dedos de Leon, acostumbrados a la fría precisión de un arma, se movieron con una delicadeza sorprendente sobre la cremallera invisible de su vestido. El sonido del metal deslizándose fue el único ruido en la habitación, un presagio de lo que estaba por venir. La tela roja se separó, revelando la piel pálida de su espalda, una extensión de marfil bajo la luz tenue. El vestido se deslizó por sus hombros y cayó a sus caderas, formando un charco de seda escarlata a su alrededor. Quedó vestida solo con una lencería de encaje negro que parecía diseñada para tentar a un santo y condenar a un pecador.

Leon contuvo la respiración. No importaba cuántas veces la viera, la visión de Ada Wong, despojada de sus capas de misterio y artificio, siempre le robaba el aliento.

Ella se giró de nuevo para mirarlo, su expresión ahora desprovista de toda ironía. Había vulnerabilidad en sus ojos, una apertura que reservaba exclusivamente para él, para esas noches clandestinas. Se arrodilló sobre la cama y se acercó a él, sus manos buscando las de él, entrelazando sus dedos.

—Sin secretos, Leon —susurró ella, su aliento cálido rozando su rostro.

—Sin secretos, Ada —respondió él, sellando la promesa con otro beso.

Esta vez, el beso fue diferente. Lento, profundo, exploratorio. Era una conversación sin palabras, un intercambio de todo lo que no podían decir durante el día. Era el consuelo por la soledad, el perdón por las traiciones pasadas y la aceptación de su futuro incierto. Las manos de Leon subieron por su espalda, sintiendo la tensión en sus músculos, y comenzó a masajearla suavemente, tratando de aliviar la carga que ella siempre llevaba. Ella suspiró contra su boca, un sonido de pura entrega, y sus propias manos recorrieron su pecho, sus brazos, aprendiendo de nuevo la geografía de su cuerpo.

Se tumbaron en la cama, un enredo de extremidades y deseo. La ropa restante se convirtió en un estorbo, una última barrera que ambos estaban ansiosos por derribar. Pronto, no hubo nada entre ellos salvo la piel, el calor y la necesidad abrumadora del otro.

Su unión era una danza furiosa y desesperada. No había nada de romántico o delicado en ella; era cruda, primal. Era la manifestación física de su complicada relación. Cada embestida de Leon era una pregunta, cada arqueo de la espalda de Ada era una respuesta. Sus cuerpos hablaban el lenguaje que sus labios no se atrevían a pronunciar. Era un lenguaje de cicatrices compartidas, de mundos opuestos que colisionaban en la oscuridad. El sonido de sus pieles chocando, sus respiraciones entrecortadas y los nombres del otro susurrados como una oración profana llenaban la habitación, ahogando los sonidos de la ciudad lejana.

Leon se movía dentro de ella con un ritmo que la llevaba al borde de la locura, sus ojos fijos en los de ella, buscando, siempre buscando algo que no podía nombrar. Vio el control de Ada desmoronarse, su fachada de femme fatale resquebrajarse para revelar a la mujer que había debajo, una mujer que sentía, que anhelaba, que sufría. Y en ese momento de vulnerabilidad absoluta, él se sintió ferozmente protector, un león guardián de su secreto más preciado.

Ada se aferró a él, sus uñas arañando su espalda, no con ira, sino con la desesperación de quien se ahoga y encuentra una balsa en medio del océano. En los brazos de Leon, con su cuerpo moviéndose al unísono con el de ella, podía permitirse el lujo de no ser Ada Wong, la espía. Podía ser solo Ada. Podía permitirse sentir, aunque solo fuera por unas horas. El placer era agudo, intenso, pero debajo de él había algo más profundo: una sensación de pertenencia, de estar exactamente donde debía estar.

Alcanzaron el clímax juntos, en una explosión de sensaciones que los dejó sin aliento, sus cuerpos temblando. El nombre de ella fue un grito ahogado en los labios de él; el de él, un susurro roto en los de ella. Por un instante glorioso y efímero, el mundo dejó de existir. No había Umbrella, ni gobierno, ni misiones. Solo un hombre y una mujer, suspendidos en un momento de conexión perfecta.

Cayeron sobre las sábanas revueltas, sus cuerpos cubiertos de una fina capa de sudor, el ritmo de sus corazones desacelerándose lentamente. Leon la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia su pecho, y ella se acurrucó contra él, su cabeza descansando sobre su hombro. El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio lleno de todo lo que había pasado entre ellos, un silencio de agotamiento y satisfacción.

Se quedaron así, sin hablar, durante lo que parecieron horas, pero que probablemente fueron solo minutos. Leon acariciaba su cabello, sus dedos trazando patrones en su piel mientras ella dibujaba círculos ociosos en su pecho. En estos momentos de calma, la paz que él buscaba en su vida de lujo se sentía real, tangible. Pero sabía que era prestada.

Fue Ada, como siempre, la primera en romper el hechizo. Se movió, un movimiento sutil que indicaba el fin de su tregua.

—Se está haciendo tarde —murmuró ella, su voz somnolienta.

Leon no respondió. Solo la abrazó con un poco más de fuerza, un gesto de protesta silenciosa. Sabía lo que venía a continuación, y lo odiaba. Odiaba el ritual de su partida tanto como anhelaba el de su llegada.

Ella se separó de él suavemente y se sentó en el borde de la cama, su espalda hacia él. Por un momento, se quedó quieta, como si estuviera reuniendo fuerzas para volver a ponerse su armadura. Leon observó la línea de su columna vertebral, la delicada curva de sus hombros. Quería decirle que se quedara. Quería gritarle que dejara todo atrás, que se arriesgaran, que construyeran algo real lejos de las sombras. Pero las palabras se atascaron en su garganta. Sabía que era inútil. Su mundo y el de ella eran como el aceite y el agua. Podían agitarse juntos violentamente por una noche, pero al final, siempre se separarían.

Ada se levantó y comenzó a recoger su ropa. Se movió con su eficiencia habitual, cada gesto preciso y deliberado. Primero, la lencería negra. Luego, se inclinó para recoger el vestido rojo del suelo. Mientras se lo ponía, la transformación era casi visible. La mujer vulnerable que había estado en su cama desaparecía, reemplazada centímetro a centímetro por la enigmática Ada Wong. Al subir la cremallera, era como si sellara su corazón de nuevo.

Se acercó al tocador, usando el espejo para arreglarse el cabello con unos pocos movimientos de sus dedos. Su reflejo lo miró desde el otro lado de la habitación, y sus ojos se encontraron en el cristal.

—¿Washington te trata bien? —preguntó ella, su tono de nuevo ligero, conversacional, como si la tormenta de pasión que acababan de compartir nunca hubiera ocurrido.

—Es tranquilo —respondió él, apoyándose en los codos. La miró, ya completamente vestida, con sus tacones puestos, lista para desaparecer—. Demasiado tranquilo a veces.

Ella se giró para enfrentarlo, una última vez. Se acercó a la cama y se inclinó, dándole un beso casto en la frente. Un beso de despedida.

—La tranquilidad es un lujo, Leon. No lo desprecies.

Su mano acarició su mejilla, un toque fugaz y lleno de afecto no expresado.

—Cuídate, Ada —dijo él, su voz grave.

—Siempre lo hago. —Una última sonrisa enigmática se dibujó en sus labios—. Hasta la próxima semana, Leon.

No era una pregunta. Era una promesa. Una sentencia.

Y con eso, se dirigió al balcón. No miró hacia atrás. Abrió la puerta corredera, salió a la noche y, un segundo después, había desaparecido. Leon se levantó y fue hacia el balcón, asomándose al abismo. No vio nada, salvo las luces de la ciudad y el viento nocturno que soplaba frío. Probablemente había usado su pistola-gancho para descender a un tejado cercano o a un balcón vacío pisos más abajo. Era un fantasma.

Volvió a entrar y cerró la puerta, el silencio del apartamento ahora opresivo, ensordecedor. El olor de su perfume aún flotaba en el aire, una prueba torturadora de que ella había estado allí. En el suelo, junto a la cama, el charco de seda roja había desaparecido, pero su imagen seguía grabada en la mente de Leon.

Caminó de regreso al salón y recogió el vaso de whisky que Ada había probado. Aún quedaba un poco en el fondo. Se lo bebió de un trago, el licor quemando su garganta. La paz artificial de su vida había sido destrozada por unas horas de una verdad brutal y apasionada. Ahora, se quedaba solo de nuevo, con el eco de su presencia y la dolorosa certeza de que tendría que esperar otros siete días, otras ciento sesenta y ocho horas, para volver a sentirse completo, aunque solo fuera por una noche. Una noche sin secretos.
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