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Oscura posesión
Fandom: Ben 10
Creado: 12/6/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)DramaPsicológicoOscuroCiencia FicciónAventuraPedofiliaViolaciónOOC (Fuera de Personaje)
Dulce Inocencia en la Oscuridad
El verano en el Rustbucket siempre era caluroso, pero para Valerie Tennyson, el calor no provenía solo del sol de las carreteras estadounidenses. Val, como prefería que la llamaran, se miró en el pequeño espejo del baño de la caravana, cepillando su larguísima cabellera color chocolate. El cabello, rizado y brillante, caía como una cascada de seda hasta sus rodillas, contrastando con su piel pálida y cremosa, casi como si estuviera hecha de la porcelana más fina.
A sus diez años —aunque con un desarrollo físico que a menudo confundía a los extraños y ponía nervioso al abuelo Max—, Val era la viva imagen de la belleza. Sus ojos verdes, grandes y brillantes, reflejaban una ingenuidad que rayaba en lo peligroso. Mientras su prima Gwen se enfocaba en los libros y en regañarla por su falta de atención, Val se perdía en sus propios pensamientos, acariciando el extraño reloj metálico en su muñeca, el Omnitrix, que parecía una joya tosca sobre su piel delicada.
—¡Val! ¡Apúrate o nos iremos sin ti! —gritó Gwen desde afuera.
Val soltó un suspiro, sus labios carnosos y rojos en forma de arco de cupido se curvaron en una sonrisa tímida. Se ajustó la camiseta que apenas podía contener la curva de sus senos, ya prominentes y firmes a pesar de su corta edad, y salió al encuentro de su familia. No sabía que ese día, en los rincones olvidados de la ciudad, su vida cambiaría para siempre.
Fue en un salón de juegos abandonado donde lo vio por primera vez. Kevin Levin no se parecía a nadie que Val hubiera conocido. Tenía una mirada salvaje, un aire de rebeldía que la atrajo instantáneamente. Mientras Gwen y Max estaban ocupados investigando una señal alienígena en el otro extremo del muelle, Val se había alejado, guiada por la curiosidad y por ese sentimiento extraño en su pecho al ver al chico pelinegro de ojos sombríos.
—Eres la chica del reloj, ¿no? —preguntó Kevin, apoyado contra una máquina de pinball estropeada.
Val se sonrojó furiosamente, sus mejillas adquiriendo un tono rosado que realzaba su belleza de muñeca.
—Me llamo Valerie —susurró ella, jugando con un mechón de su cabello—. Pero puedes decirme Val.
Kevin la recorrió con la mirada, y por un momento, el desdén en sus ojos fue reemplazado por una chispa de codicia. No solo era el poder del Omnitrix lo que quería; la figura de Val, con su cintura pequeña y sus piernas largas y esbeltas que se asomaban bajo sus pantalones cortos, era algo que no esperaba encontrar en una heroína.
—Val... —repitió él, saboreando el nombre—. Tienes algo que yo quiero, Val. Pero creo que podemos ayudarnos mutuamente. Soy Kevin.
—Mucho gusto, Kevin —dijo ella con una voz dulce y melodiosa—. Pareces... alguien que ha pasado por mucho.
Kevin sonrió internamente. Era demasiado fácil. La chica era hermosa, sí, pero también increíblemente manipulable. Podía ver en sus ojos verdes una admiración inmediata, un enamoramiento infantil y puro que él estaba más que dispuesto a corromper.
Durante los días siguientes, Val buscó cualquier excusa para escaparse y ver a Kevin. Él le hablaba de libertad, de no tener que dar explicaciones a nadie, de ser "especiales" juntos. Val, en su inocencia, creía haber encontrado a su alma gemela, a alguien que realmente la entendía más allá de las responsabilidades del reloj.
—Mi abuelo dice que no debo confiar en extraños —dijo Val una tarde, sentada junto a Kevin en un almacén abandonado a las afueras de la ciudad.
—Tu abuelo quiere controlarte, Val —respondió Kevin, acercándose a ella, invadiendo su espacio personal—. Mira lo hermosa que eres. No eres una niña, eres una mujer. Y mereces a alguien que te trate como tal, no como a una herramienta para salvar el mundo.
Él pasó una mano por el cabello de Val, maravillado por la suavidad. Val tembló, pero no se alejó. El corazón le latía con fuerza contra sus costillas.
—¿Tú crees que soy... hermosa? —preguntó ella, mirando sus labios.
—Eres lo más perfecto que he visto —mintió Kevin con una voz ronca, aunque parte de él empezaba a desearla de una forma que no tenía nada que ver con los poderes alienígenas.
Kevin la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo. Val era una flor esperando ser arrancada, y él no tenía ninguna intención de ser delicado. La manipuló con palabras dulces seguidas de silencios fríos, haciéndola dependiente de su aprobación. Para cuando terminó la semana, Val estaba completamente entregada a él, convencida de que Kevin era el único que veía su verdadero valor.
—Ven conmigo esta noche —le susurró Kevin al oído mientras se ocultaban tras unos contenedores—. Tengo un lugar donde nadie nos molestará. Te enseñaré lo que es ser libre de verdad.
Val asintió, sin dudar. Su ingenuidad la cegaba ante las verdaderas intenciones del chico. Esa noche, mientras la luna brillaba sobre el metal oxidado de la zona industrial, Val siguió a Kevin hasta un rincón oscuro y apartado, lleno de mantas viejas y el olor a aceite de motor.
—Kevin, tengo un poco de miedo —admitió ella, mirando a su alrededor. Sus piernas firmes y regordetas temblaban ligeramente.
—No tienes por qué —dijo Kevin, su voz perdiendo parte de su fingida dulzura para volverse más dominante—. Confías en mí, ¿verdad?
—Sí, confío en ti más que en nadie —respondió Val con sinceridad.
Kevin no esperó más. Se lanzó sobre ella, sus manos buscando la piel cremosa que tanto había deseado tocar. Val soltó un pequeño jadeo cuando sintió la brusquedad de sus movimientos. No era como en los cuentos que ella imaginaba; había una rudeza en Kevin que la asustaba y la excitaba al mismo tiempo.
—Kevin, despacio... —pidió ella, pero él no escuchó.
—Cállate y déjame disfrutar —gruñó él, despojándola de su ropa con manos impacientes.
La piel pálida de Val brilló bajo la tenue luz que se filtraba por las ventanas rotas. Kevin se quedó sin aliento por un segundo al ver la perfección de su cuerpo: los senos firmes con puntas rosadas, la cintura que podía rodear con sus manos y las nalgas regordetas que se presionaban contra el suelo frío. Ella era virgen, lo sabía por la forma en que su cuerpo se tensaba ante cada nuevo contacto, pero Kevin no tenía intención de ser el caballero que ella esperaba.
El encuentro fue intenso, marcado por la fuerza de Kevin y la sumisión de Val. Él se aprovechó de su amor ciego para reclamarla con una ferocidad que la dejó sin aliento. Val sentía dolor, un pinchazo agudo que le recordó que estaba entregando algo que nunca recuperaría, pero en su mente manipulada, creía que este dolor era parte del amor que Kevin sentía por ella.
—¡Ah! —exclamó Val, sus ojos verdes llenándose de lágrimas mientras Kevin se movía con ruda determinación sobre ella.
—Eres mía ahora, Val —le dijo él al oído, su aliento caliente quemándole la piel—. No lo olvides nunca. Nadie más te va a querer así.
Val envolvió sus largos brazos alrededor del cuello de Kevin, aferrándose a él como si fuera su único ancla en un mar tormentoso. A pesar de la rudeza, a pesar de la forma en que él la trataba como un objeto para su placer, ella se sentía especial. Su mente ingenua transformó la agresión en pasión, y el egoísmo de Kevin en necesidad.
Cuando todo terminó, Val quedó tendida sobre las mantas, su largo cabello chocolate esparcido a su alrededor como un manto. Kevin se levantó y comenzó a vestirse, sin mirarla, ya pensando en cómo usaría este nuevo vínculo para arrebatarle el Omnitrix cuando llegara el momento.
—¿Kevin? —susurró ella, su voz apenas un hilo—. ¿Me quieres?
Kevin se detuvo, mirándola de reojo. Vio la sangre, vio las marcas rojas en su piel pálida y la adoración intacta en sus ojos de muñeca.
—Claro que sí, muñeca —respondió él con una sonrisa cínica—. Ahora descansa. Mañana tenemos mucho que hacer.
Val sonrió, cerrando los ojos con cansancio. Se sentía vacía y a la vez llena de una emoción que no sabía nombrar. No se daba cuenta de que acababa de entregar su inocencia al lobo, y que el verano, que apenas comenzaba, se volvería mucho más oscuro de lo que jamás pudo imaginar.
Mientras tanto, en el Rustbucket, Max y Gwen buscaban desesperadamente a la chica, sin saber que la dulce y hermosa Val ya no era la misma, y que su corazón ahora pertenecía a la única persona que buscaba destruirla.
A sus diez años —aunque con un desarrollo físico que a menudo confundía a los extraños y ponía nervioso al abuelo Max—, Val era la viva imagen de la belleza. Sus ojos verdes, grandes y brillantes, reflejaban una ingenuidad que rayaba en lo peligroso. Mientras su prima Gwen se enfocaba en los libros y en regañarla por su falta de atención, Val se perdía en sus propios pensamientos, acariciando el extraño reloj metálico en su muñeca, el Omnitrix, que parecía una joya tosca sobre su piel delicada.
—¡Val! ¡Apúrate o nos iremos sin ti! —gritó Gwen desde afuera.
Val soltó un suspiro, sus labios carnosos y rojos en forma de arco de cupido se curvaron en una sonrisa tímida. Se ajustó la camiseta que apenas podía contener la curva de sus senos, ya prominentes y firmes a pesar de su corta edad, y salió al encuentro de su familia. No sabía que ese día, en los rincones olvidados de la ciudad, su vida cambiaría para siempre.
Fue en un salón de juegos abandonado donde lo vio por primera vez. Kevin Levin no se parecía a nadie que Val hubiera conocido. Tenía una mirada salvaje, un aire de rebeldía que la atrajo instantáneamente. Mientras Gwen y Max estaban ocupados investigando una señal alienígena en el otro extremo del muelle, Val se había alejado, guiada por la curiosidad y por ese sentimiento extraño en su pecho al ver al chico pelinegro de ojos sombríos.
—Eres la chica del reloj, ¿no? —preguntó Kevin, apoyado contra una máquina de pinball estropeada.
Val se sonrojó furiosamente, sus mejillas adquiriendo un tono rosado que realzaba su belleza de muñeca.
—Me llamo Valerie —susurró ella, jugando con un mechón de su cabello—. Pero puedes decirme Val.
Kevin la recorrió con la mirada, y por un momento, el desdén en sus ojos fue reemplazado por una chispa de codicia. No solo era el poder del Omnitrix lo que quería; la figura de Val, con su cintura pequeña y sus piernas largas y esbeltas que se asomaban bajo sus pantalones cortos, era algo que no esperaba encontrar en una heroína.
—Val... —repitió él, saboreando el nombre—. Tienes algo que yo quiero, Val. Pero creo que podemos ayudarnos mutuamente. Soy Kevin.
—Mucho gusto, Kevin —dijo ella con una voz dulce y melodiosa—. Pareces... alguien que ha pasado por mucho.
Kevin sonrió internamente. Era demasiado fácil. La chica era hermosa, sí, pero también increíblemente manipulable. Podía ver en sus ojos verdes una admiración inmediata, un enamoramiento infantil y puro que él estaba más que dispuesto a corromper.
Durante los días siguientes, Val buscó cualquier excusa para escaparse y ver a Kevin. Él le hablaba de libertad, de no tener que dar explicaciones a nadie, de ser "especiales" juntos. Val, en su inocencia, creía haber encontrado a su alma gemela, a alguien que realmente la entendía más allá de las responsabilidades del reloj.
—Mi abuelo dice que no debo confiar en extraños —dijo Val una tarde, sentada junto a Kevin en un almacén abandonado a las afueras de la ciudad.
—Tu abuelo quiere controlarte, Val —respondió Kevin, acercándose a ella, invadiendo su espacio personal—. Mira lo hermosa que eres. No eres una niña, eres una mujer. Y mereces a alguien que te trate como tal, no como a una herramienta para salvar el mundo.
Él pasó una mano por el cabello de Val, maravillado por la suavidad. Val tembló, pero no se alejó. El corazón le latía con fuerza contra sus costillas.
—¿Tú crees que soy... hermosa? —preguntó ella, mirando sus labios.
—Eres lo más perfecto que he visto —mintió Kevin con una voz ronca, aunque parte de él empezaba a desearla de una forma que no tenía nada que ver con los poderes alienígenas.
Kevin la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo. Val era una flor esperando ser arrancada, y él no tenía ninguna intención de ser delicado. La manipuló con palabras dulces seguidas de silencios fríos, haciéndola dependiente de su aprobación. Para cuando terminó la semana, Val estaba completamente entregada a él, convencida de que Kevin era el único que veía su verdadero valor.
—Ven conmigo esta noche —le susurró Kevin al oído mientras se ocultaban tras unos contenedores—. Tengo un lugar donde nadie nos molestará. Te enseñaré lo que es ser libre de verdad.
Val asintió, sin dudar. Su ingenuidad la cegaba ante las verdaderas intenciones del chico. Esa noche, mientras la luna brillaba sobre el metal oxidado de la zona industrial, Val siguió a Kevin hasta un rincón oscuro y apartado, lleno de mantas viejas y el olor a aceite de motor.
—Kevin, tengo un poco de miedo —admitió ella, mirando a su alrededor. Sus piernas firmes y regordetas temblaban ligeramente.
—No tienes por qué —dijo Kevin, su voz perdiendo parte de su fingida dulzura para volverse más dominante—. Confías en mí, ¿verdad?
—Sí, confío en ti más que en nadie —respondió Val con sinceridad.
Kevin no esperó más. Se lanzó sobre ella, sus manos buscando la piel cremosa que tanto había deseado tocar. Val soltó un pequeño jadeo cuando sintió la brusquedad de sus movimientos. No era como en los cuentos que ella imaginaba; había una rudeza en Kevin que la asustaba y la excitaba al mismo tiempo.
—Kevin, despacio... —pidió ella, pero él no escuchó.
—Cállate y déjame disfrutar —gruñó él, despojándola de su ropa con manos impacientes.
La piel pálida de Val brilló bajo la tenue luz que se filtraba por las ventanas rotas. Kevin se quedó sin aliento por un segundo al ver la perfección de su cuerpo: los senos firmes con puntas rosadas, la cintura que podía rodear con sus manos y las nalgas regordetas que se presionaban contra el suelo frío. Ella era virgen, lo sabía por la forma en que su cuerpo se tensaba ante cada nuevo contacto, pero Kevin no tenía intención de ser el caballero que ella esperaba.
El encuentro fue intenso, marcado por la fuerza de Kevin y la sumisión de Val. Él se aprovechó de su amor ciego para reclamarla con una ferocidad que la dejó sin aliento. Val sentía dolor, un pinchazo agudo que le recordó que estaba entregando algo que nunca recuperaría, pero en su mente manipulada, creía que este dolor era parte del amor que Kevin sentía por ella.
—¡Ah! —exclamó Val, sus ojos verdes llenándose de lágrimas mientras Kevin se movía con ruda determinación sobre ella.
—Eres mía ahora, Val —le dijo él al oído, su aliento caliente quemándole la piel—. No lo olvides nunca. Nadie más te va a querer así.
Val envolvió sus largos brazos alrededor del cuello de Kevin, aferrándose a él como si fuera su único ancla en un mar tormentoso. A pesar de la rudeza, a pesar de la forma en que él la trataba como un objeto para su placer, ella se sentía especial. Su mente ingenua transformó la agresión en pasión, y el egoísmo de Kevin en necesidad.
Cuando todo terminó, Val quedó tendida sobre las mantas, su largo cabello chocolate esparcido a su alrededor como un manto. Kevin se levantó y comenzó a vestirse, sin mirarla, ya pensando en cómo usaría este nuevo vínculo para arrebatarle el Omnitrix cuando llegara el momento.
—¿Kevin? —susurró ella, su voz apenas un hilo—. ¿Me quieres?
Kevin se detuvo, mirándola de reojo. Vio la sangre, vio las marcas rojas en su piel pálida y la adoración intacta en sus ojos de muñeca.
—Claro que sí, muñeca —respondió él con una sonrisa cínica—. Ahora descansa. Mañana tenemos mucho que hacer.
Val sonrió, cerrando los ojos con cansancio. Se sentía vacía y a la vez llena de una emoción que no sabía nombrar. No se daba cuenta de que acababa de entregar su inocencia al lobo, y que el verano, que apenas comenzaba, se volvería mucho más oscuro de lo que jamás pudo imaginar.
Mientras tanto, en el Rustbucket, Max y Gwen buscaban desesperadamente a la chica, sin saber que la dulce y hermosa Val ya no era la misma, y que su corazón ahora pertenecía a la única persona que buscaba destruirla.
