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Lord ras y sus putas

Fandom: Ninjago dragons rising

Creado: 12/6/2026

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La Ascensión de Ras: El Reclamo de las Sombras

En el corazón del Reino de las Sombras, donde la oscuridad se retuerce como un ser vivo, Lord Ras contemplaba el segundo ícono de dragón en sus manos. La energía que emanaba del artefacto era embriagadora, un pulso de poder ancestral que hacía vibrar sus músculos y encendía una sed de conquista que iba más allá de la simple política o la estrategia militar. El Maestro, cuya voz resonaba como un trueno distante en los confines de su mente, estaba complacido.

—Has cumplido, mi fiel servidor —la voz del Maestro vibró en el aire, cargada de una gratitud oscura—. El equilibrio se inclina a nuestro favor. Como recompensa por tu lealtad y tu fuerza, te concedo un deseo que saciará tus instintos más primarios. El mundo de Ninjago y sus reinos fusionados poseen tesoros que no son solo de oro o poder elemental. Poseen belleza, fuego y espíritu.

Ras sonrió, mostrando sus colmillos. Sabía exactamente a qué se refería su señor. Durante sus incursiones, había observado a las guerreras que protegían aquel mundo. No solo eran poderosas; poseían una presencia física imponente, figuras que desafiaban la lógica y que despertaban en él un deseo de dominación absoluta.

—Deseo que sean mías —gruñó Ras, su voz profunda y gutural—. Quiero a las maestras elementales, a las reinas, a las guerreras. Quiero que cada una de ellas reconozca a su nuevo dueño.

—Así sea —sentenció el Maestro—. Ve y reclama lo que por derecho de conquista te pertenece. Haz de ellas tus siervas, tus trofeos. Que Ninjago vea cómo sus más grandes defensoras se arrodillan ante el nuevo orden.

El primer objetivo de Ras fue el Monasterio de Spinjitzu. Sabía que allí encontraría el núcleo de la resistencia. Gracias al poder del ícono, Ras pudo infiltrarse saltando entre las sombras, apareciendo en el centro del patio principal donde Nya y Pixal se encontraban entrenando.

La escena era digna de un cuadro. Nya, la Maestra del Agua, se movía con una fluidez letal. Su traje ninja, ajustado al extremo, resaltaba cada curva de su cuerpo; su figura era un testimonio de años de entrenamiento físico, con unas caderas anchas y una retaguardia prominente que se balanceaba con cada estocada de su lanza. A su lado, Pixal, en su cuerpo de nindroide perfeccionado, mostraba una ingeniería estética impecable. Sus formas eran generosas, casi desafiantes para una inteligencia artificial, con un busto firme y unas curvas que rivalizaban con cualquier ser orgánico.

—¡Ras! —gritó Nya, poniéndose en guardia de inmediato—. ¿Cómo te atreves a entrar aquí?

—No vengo a pelear, pequeña gota de agua —dijo Ras, caminando hacia ellas con una confianza depredadora—. Vengo a reclamar mi propiedad.

—Mis sensores indican un nivel de energía desconocido —advirtió Pixal, sus ojos brillando con un azul intenso—. Nya, ten cuidado, el ícono que porta está alterando la realidad a su alrededor.

Ras no esperó. Golpeó el suelo con su mazo, liberando una onda de choque imbuida con la magia del Maestro. El aire se volvió denso, como miel. Nya intentó convocar el agua, pero sus movimientos se volvieron lentos. Sintió cómo una fuerza invisible recorría su cuerpo, acentuando su propia pesadez física. Sus pechos, pesados y firmes, subían y bajaban con dificultad mientras la magia de Ras empezaba a doblegar su voluntad.

—Tú serás la primera, Nya —susurró Ras, apareciendo frente a ella en un parpadeo—. Una líder nata, reducida a mi juguete personal.

Con un movimiento rápido, Ras colocó una mano en la cintura de Nya, apretando con fuerza. Ella soltó un gemido que no fue de dolor, sino de una extraña sumisión provocada por el hechizo. Pixal intentó intervenir, pero Ras extendió su otra mano, lanzando un rayo de energía oscura que hackeó los sistemas de la nindroide, obligándola a arrodillarse. El cuerpo metálico de Pixal vibró, y sus formas se acentuaron aún más bajo la presión de la energía.

—Dos joyas para mi colección —rio Ras, mientras las sombras envolvían a ambas mujeres, transportándolas a su fortaleza secreta.

Pero Ras no se detuvo allí. El hambre de conquista lo llevó a través de los reinos. En las calles de la nueva ciudad fusionada, encontró a Skylor en su restaurante. La Maestra del Ámbar, siempre independiente y misteriosa, no tuvo oportunidad. Su cuerpo, curvilíneo y atlético, quedó inmovilizado bajo la mirada de Ras. El color naranja de su traje resaltaba sus atributos, especialmente su busto generoso que ahora jadeaba ante la presencia del guerrero lobo.

—¿Qué... qué me estás haciendo? —preguntó Skylor, sintiendo cómo su voluntad se desvanecía.

—Te estoy liberando de tus responsabilidades, Skylor —respondió Ras, tomándola por el mentón—. Ahora solo tendrás una responsabilidad: complacerme.

En las tierras salvajes, Wyldfyre, la Maestra del Calor, luchó con ferocidad. Su temperamento ardiente la hacía saltar y lanzar llamas, pero Ras disfrutaba del espectáculo. La joven guerrera, criada por dragones, poseía una musculatura salvaje y unas curvas explosivas que denotaban una vitalidad pura. Cuando finalmente fue sometida, su mirada de fuego se transformó en una de absoluta obediencia.

Incluso la joven Euphrasia, la Maestra del Viento, fue alcanzada en su templo. Su timidez se evaporó bajo el influjo de la magia de Ras, dejando al descubierto una belleza serena pero físicamente imponente. Su figura, que solía ocultar bajo túnicas holgadas, se reveló ante Ras como un tesoro escondido, con caderas que prometían una fertilidad divina.

La conquista continuó con una eficiencia aterradora. Piloto 7 fue sacada de su vehículo de carreras, su traje de piloto marcando cada centímetro de su voluptuosa figura. La Reina Vania de Shintaro, con sus alas extendidas y su porte real, fue derribada de su trono; Ras se deleitó al ver a la noble soberana, con su cuerpo curvilíneo y real, caer a sus pies.

Incluso aquellas con un pasado oscuro no escaparon. Harumi, redimida pero aún marcada por su frialdad, intentó usar su intelecto, pero Ras la dominó físicamente, sometiendo la elegancia de la Princesa de Jade a sus deseos más bajos. Akita, la cambiaformas, intentó atacar en su forma de lobo, pero Ras la obligó a volver a su forma humana, una mujer de una belleza salvaje y atributos físicos que hacían que el guerrero rugiera de deseo.

Ras incluso buscó a las figuras de autoridad y sabiduría. Maya, la madre de Nya, y Misako, la madre de Lloyd, fueron capturadas. A pesar de su madurez, ambas conservaban una belleza y una forma física envidiable, con curvas que hablaban de una experiencia que Ras estaba ansioso por explotar. Ver a las madres de sus enemigos convertidas en sus siervas era el triunfo definitivo.

Finalmente, Ras regresó a su fortaleza, donde los Cinco Prohibidos esperaban. Allí, Rox y Kur, las guerreras oscuras, ya estaban bajo su control total. Rox, con su naturaleza lupina y su cuerpo diseñado para la batalla y el placer sádico, se pavoneaba ante él. Kur, la Maestra de la Decadencia, usaba su poder para marchitar la resistencia de las demás, disfrutando del sufrimiento de las heroínas caídas.

El gran salón de la fortaleza estaba lleno. Catorce mujeres, las más poderosas y hermosas de todos los reinos, estaban encadenadas con grilletes de energía oscura. Nya, Pixal, Skylor, Sora, Wyldfyre, Euphrasia, Piloto 7, Vania, Harumi, Akita, Maya, Misako, Rox y Kur. Todas ellas presentaban una imagen de opulencia física abrumadora; sus pechos subían y bajaban al unísono, y sus caderas, de proporciones generosas, estaban dispuestas para el reclamo de su dueño.

Ras caminó entre ellas, sintiendo el calor que emanaba de sus cuerpos sometidos. Se detuvo frente a Nya, quien levantó la vista con ojos nublados por el hechizo.

—Mírate, Maestra del Agua —dijo Ras, pasando su mano por la curva de su cadera—. Antes eras la esperanza de un mundo. Ahora, eres simplemente una de mis muchas pertenencias.

—Sí... amo —susurró Nya, sus palabras rompiendo el último vestigio de su antigua identidad.

—¡Díganlo todas! —rugió Ras, alzando el ícono del dragón, cuya luz roja bañó la estancia—. ¡Digan quién es su señor!

El coro de voces fue ensordecedor. Voces dulces, firmes, salvajes y maduras se unieron en una sola declaración de sumisión.

—Usted es nuestro dueño, Lord Ras. Somos sus siervas. Somos sus putas.

Ras se sentó en su trono de obsidiana, observando el harem que había formado. Sora, la joven Maestra de la Tecnología, estaba arrodillada a su derecha, sus ojos fijos en el suelo mientras su cuerpo temblaba por la nueva programación mágica que Ras había implantado en ella. A su izquierda, la Reina Vania, despojada de su corona, esperaba órdenes.

—El mundo de Ninjago caerá —declaró Ras para sí mismo, mientras Rox se acercaba para masajear sus hombros—. Pero primero, me aseguraré de que sus defensoras olviden lo que es la libertad.

La magia del ícono no solo las había sometido, sino que había potenciado sus rasgos físicos. Sus cuerpos eran ahora trofeos vivientes, monumentos a la victoria de Ras. El guerrero lobo sabía que Lloyd y los demás ninjas vendrían a buscarlas, pero lo que encontrarían no serían a sus amigas, hermanas o madres. Encontrarían a las leales concubinas de Lord Ras, dispuestas a luchar y morir por el hombre que las había reclamado.

—Traigan el vino y la música —ordenó Ras—. Esta noche celebramos el inicio de un nuevo imperio. Un imperio donde la belleza y el poder se arrodillan ante la fuerza.

Las mujeres comenzaron a moverse, realizando danzas que acentuaban sus curvas y su sumisión. Nya y Skylor se movían con una gracia hipnótica, mientras Harumi y Akita observaban con una intensidad carnal. Pixal procesaba cada movimiento para optimizar el placer de su señor, y las demás seguían el ritmo de una melodía oscura que resonaba en las paredes de la fortaleza.

Lord Ras cerró los ojos por un momento, saboreando el triunfo. Tenía el poder de los dragones, la bendición de su Maestro y a las mujeres más deseadas de la creación bajo su mando. El destino de los reinos estaba sellado, y el placer apenas estaba comenzando.

—Maestro —murmuró Ras en la oscuridad de su mente—, espero que estés mirando. Porque esto es solo el principio.

La fortaleza de las sombras brillaba con una luz siniestra en medio de la noche de Ninjago, un faro de desesperación para unos y de gloria absoluta para el nuevo soberano y su harem de diosas caídas.
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