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Itadori reclama a sus putas
Fandom: Jujutsu kaisen
Creado: 13/6/2026
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RomanceAngustiaDolor/ConsueloPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Ambientación CanonEstudio de PersonajeLenguaje Explícito
Lecciones de Grado Especial: El Peso del Deseo
El aire en los pasillos de la escuela técnica de hechicería de Tokio todavía olía a ceniza y a sangre seca. Shibuya había sido una carnicería, un punto de inflexión que dejó a Itadori Yuji con el alma fragmentada. El peso de las muertes de Nanami y Nobara, sumado a la masacre que Sukuna había perpetrado usando su cuerpo, lo mantenía en un estado de melancolía profunda. Estaba sentado en las escaleras de piedra, observando sus manos como si esperara que las manchas de sangre reaparecieran en cualquier momento.
De repente, el sonido de unos tacones resonó contra el pavimento, rompiendo el silencio sepulcral del patio. Una figura alta, de cabellera rubia y ondulada, se detuvo frente a él. Yuki Tsukumo, la hechicera de grado especial, lo miraba con una sonrisa que mezclaba la picardía con una confianza arrolladora. Su presencia era magnética, irradiando una energía que contrastaba violentamente con el aura depresiva de Yuji.
—Oye, chico —dijo Yuki, inclinándose ligeramente hacia adelante, dejando que su escote desafiara la gravedad—. Antes de que sigas hundiéndote en ese pozo de tristeza, tengo que hacerte una pregunta fundamental. Es una tradición para mí.
Yuji levantó la vista, confundido por la interrupción.
—¿Qué tipo de mujer te gusta, Itadori Yuji? —preguntó ella, guiñándole un ojo.
Yuji parpadeó, recordando cómo solía responder a esa pregunta con total naturalidad.
—Bueno... supongo que ya lo sabe por lo que dicen de mí —respondió él con voz ronca—. Me gustan las chicas altas... y con un gran trasero. Como Jennifer Lawrence.
Yuki soltó una carcajada sonora, una risa que parecía llenar todo el patio.
—He oído exactamente eso —dijo ella, dándose la vuelta con una elegancia felina—. He oído que te vuelven loco las mujeres con curvas masivas y presencia imponente. Y me preguntaba... ¿crees que yo cumplo con ese estándar?
Sin previo aviso, Yuki se inclinó, apoyando las manos en sus rodillas y dándole la espalda a Yuji. Su pantalón ajustado apenas podía contener la magnitud de sus caderas. Entonces, con una provocación descarada, comenzó a mover su retaguardia en un twerking rítmico y experto. El movimiento era hipnótico; el volumen de sus glúteos desafiaba las leyes de la física, moviéndose con una elasticidad que dejó a Yuji sin aliento.
—¿Qué te parece, Yuji-kun? —preguntó ella por encima del hombro, con una expresión juguetona—. ¿Soy lo suficientemente grande para ti? ¿O es que el grado especial te intimida?
La tristeza de Yuji fue reemplazada instantáneamente por una oleada de calor que le subió por el cuello. La visión de Yuki, tan vibrante, tan carnal y tan dispuesta, rompió el dique de su autocontrol. Ya no era solo el dolor lo que sentía; era una necesidad primitiva de aferrarse a la vida, a la calidez de un cuerpo que no buscaba juzgarlo, sino devorarlo.
—Usted... usted no tiene ni idea de lo que está haciendo —dijo Yuji, levantándose de las escaleras. Su mirada ya no estaba perdida, sino clavada en el movimiento de la hechicera.
—Oh, sé exactamente lo que hago —respondió Yuki, deteniéndose y girándose para encararlo, aunque manteniendo esa postura que resaltaba sus curvas—. Los hombres como tú necesitan un recordatorio de por qué vale la pena seguir vivo. ¿Quieres comprobar si soy tan real como parezco?
Yuji no esperó. Se acercó a ella y la tomó por la cintura, sintiendo la firmeza y la amplitud de sus caderas. Yuki soltó un gemido de satisfacción cuando él la atrajo hacia sí, sintiendo la dureza de su cuerpo contra la suavidad de ella.
—Enséñame —susurró Yuji, antes de besarla con una urgencia que ella respondió con la misma intensidad.
Se trasladaron a una de las habitaciones privadas cercanas. Allí, el encuentro fue una explosión de energía. Yuki era dominante, juguetona y ruidosa. Cada vez que Yuji la tomaba por detrás, maravillado por la inmensidad de su trasero, ella se burlaba de él, pidiéndole que demostrara si realmente tenía la fuerza de un recipiente de Sukuna. El sonido de la carne chocando y los suspiros de Yuki llenaron la habitación, borrando por un momento las pesadillas de Shibuya.
Horas más tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse, Yuji salió de la habitación, sintiéndose extrañamente renovado, aunque todavía con una tensión residual. Fue entonces cuando la vio.
Maki Zenin estaba entrenando sola en el campo de tiro. Pero ya no era la Maki de antes. Tras la masacre de su clan, su cuerpo estaba cubierto de cicatrices que le daban un aire de guerrera indomable. Su uniforme, ahora más ajustado, resaltaba un físico que se había vuelto increíblemente atlético y poderoso. Al estirarse para recoger una lanza, sus pantalones se tensaron, revelando unas curvas que no tenían nada que envidiar a las de Yuki en términos de firmeza y volumen.
Maki siempre había sido una presencia constante en la vida de Yuji, alguien a quien respetaba profundamente. Pero verla allí, sudorosa, con esa mirada de acero y ese cuerpo que parecía tallado por los mismos dioses de la guerra, despertó un hambre diferente en él.
—¿Vas a quedarte ahí mirando como un idiota o vas a ayudarme a entrenar? —preguntó Maki sin mirarlo, su voz era un látigo de autoridad.
Yuji se acercó, notando cómo el trasero de Maki se balanceaba con cada paso que daba. Era una masa de músculo puro, imponente y sumamente atractiva.
—Te ves diferente, Maki-san —dijo Yuji, deteniéndose a pocos metros de ella.
Maki se giró, apoyando la lanza en el suelo. Sus ojos, llenos de una determinación feroz, escanearon a Yuji. Notó el desorden en su ropa y el aroma de Yuki que aún flotaba a su alrededor.
—Parece que Tsukumo ya te dio tu "bienvenida" —comentó ella con una sonrisa cínica—. Esa mujer no pierde el tiempo.
—Ella me hizo una pregunta —respondió Yuji, acortando la distancia—. Y me di cuenta de que la respuesta no solo se aplicaba a ella.
Maki arqueó una ceja, dejando caer la lanza.
—¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que significa eso?
Yuji se colocó detrás de ella, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba de su piel tras el ejercicio.
—Significa que siempre he pensado que eres increíble, Maki. Pero ahora... verte así... —Yuji bajó la mano, rozando apenas la curva lateral de su cadera—. Es difícil concentrarse en el entrenamiento.
Maki no se apartó. Al contrario, se tensó, pero no por rechazo. Había una chispa de desafío en su mirada.
—He matado a todo mi clan, Itadori. No soy una chica delicada a la que puedas seducir con palabras bonitas —dijo ella, aunque su respiración se volvía más pesada.
—No busco a una chica delicada —replicó Yuji, rodeando su cintura con fuerza y pegando su cuerpo al de ella. El trasero de Maki, firme como una roca, presionó contra él—. Busco a alguien que pueda aguantar el ritmo.
Maki soltó un bufido que era casi un gruñido de deseo. Se giró en sus brazos, agarrándolo por el cuello de la camisa con una fuerza que lo obligó a mirarla directamente a los ojos.
—Más te vale que así sea, porque no tengo intención de ser suave contigo.
El encuentro con Maki fue radicalmente distinto al de Yuki. Fue una lucha de poder, una danza de fuerza bruta y pasión contenida. Maki era exigente, sus manos fuertes dejando marcas en la espalda de Yuji mientras él la poseía con una intensidad que buscaba igualar la ferocidad de la joven Zenin. La firmeza de sus glúteos bajo las manos de Yuji era una sensación adictiva; cada vez que la empujaba contra la pared o la levantaba del suelo, sentía el poder de una mujer que había reclamado su lugar en el mundo a través del fuego.
—Más fuerte, Itadori —le exigía ella al oído, su voz entrecortada por el placer—. Demuéstrame que puedes con esto.
Yuji respondió con creces. En ese momento, no había maldiciones, ni dedos de Sukuna, ni planes de Kenjaku. Solo existía la realidad tangible de esos cuerpos monumentales, la satisfacción de sus deseos más profundos y la conexión física con dos mujeres que, a su manera, eran las más fuertes que jamás conocería.
Cuando finalmente terminaron, ambos quedaron tendidos en el suelo del dojo, recuperando el aliento bajo la luz de la luna que se filtraba por las ventanas altas.
—Vaya... —susurró Yuji, mirando al techo.
Maki se sentó, arreglándose el cabello con un gesto brusco pero extrañamente femenino. Miró a Yuji y, por primera vez en mucho tiempo, hubo una suavidad genuina en su rostro.
—No ha estado mal, Itadori —dijo ella, dándole una palmada en el hombro antes de levantarse. Su figura se recortó contra la luz, resaltando una vez más esas curvas poderosas que lo habían cautivado—. Pero no te acostumbres. Mañana volvemos al trabajo de verdad.
Yuji sonrió, sintiendo por primera vez que el peso en su pecho era un poco más ligero. Había encontrado en Yuki y en Maki no solo placer, sino una forma de reafirmar que, a pesar de todo el horror, todavía estaba vivo. Y mientras caminaba de regreso a su habitación, no pudo evitar pensar que, efectivamente, su tipo de mujer era, sin lugar a dudas, el mejor del mundo.
De repente, el sonido de unos tacones resonó contra el pavimento, rompiendo el silencio sepulcral del patio. Una figura alta, de cabellera rubia y ondulada, se detuvo frente a él. Yuki Tsukumo, la hechicera de grado especial, lo miraba con una sonrisa que mezclaba la picardía con una confianza arrolladora. Su presencia era magnética, irradiando una energía que contrastaba violentamente con el aura depresiva de Yuji.
—Oye, chico —dijo Yuki, inclinándose ligeramente hacia adelante, dejando que su escote desafiara la gravedad—. Antes de que sigas hundiéndote en ese pozo de tristeza, tengo que hacerte una pregunta fundamental. Es una tradición para mí.
Yuji levantó la vista, confundido por la interrupción.
—¿Qué tipo de mujer te gusta, Itadori Yuji? —preguntó ella, guiñándole un ojo.
Yuji parpadeó, recordando cómo solía responder a esa pregunta con total naturalidad.
—Bueno... supongo que ya lo sabe por lo que dicen de mí —respondió él con voz ronca—. Me gustan las chicas altas... y con un gran trasero. Como Jennifer Lawrence.
Yuki soltó una carcajada sonora, una risa que parecía llenar todo el patio.
—He oído exactamente eso —dijo ella, dándose la vuelta con una elegancia felina—. He oído que te vuelven loco las mujeres con curvas masivas y presencia imponente. Y me preguntaba... ¿crees que yo cumplo con ese estándar?
Sin previo aviso, Yuki se inclinó, apoyando las manos en sus rodillas y dándole la espalda a Yuji. Su pantalón ajustado apenas podía contener la magnitud de sus caderas. Entonces, con una provocación descarada, comenzó a mover su retaguardia en un twerking rítmico y experto. El movimiento era hipnótico; el volumen de sus glúteos desafiaba las leyes de la física, moviéndose con una elasticidad que dejó a Yuji sin aliento.
—¿Qué te parece, Yuji-kun? —preguntó ella por encima del hombro, con una expresión juguetona—. ¿Soy lo suficientemente grande para ti? ¿O es que el grado especial te intimida?
La tristeza de Yuji fue reemplazada instantáneamente por una oleada de calor que le subió por el cuello. La visión de Yuki, tan vibrante, tan carnal y tan dispuesta, rompió el dique de su autocontrol. Ya no era solo el dolor lo que sentía; era una necesidad primitiva de aferrarse a la vida, a la calidez de un cuerpo que no buscaba juzgarlo, sino devorarlo.
—Usted... usted no tiene ni idea de lo que está haciendo —dijo Yuji, levantándose de las escaleras. Su mirada ya no estaba perdida, sino clavada en el movimiento de la hechicera.
—Oh, sé exactamente lo que hago —respondió Yuki, deteniéndose y girándose para encararlo, aunque manteniendo esa postura que resaltaba sus curvas—. Los hombres como tú necesitan un recordatorio de por qué vale la pena seguir vivo. ¿Quieres comprobar si soy tan real como parezco?
Yuji no esperó. Se acercó a ella y la tomó por la cintura, sintiendo la firmeza y la amplitud de sus caderas. Yuki soltó un gemido de satisfacción cuando él la atrajo hacia sí, sintiendo la dureza de su cuerpo contra la suavidad de ella.
—Enséñame —susurró Yuji, antes de besarla con una urgencia que ella respondió con la misma intensidad.
Se trasladaron a una de las habitaciones privadas cercanas. Allí, el encuentro fue una explosión de energía. Yuki era dominante, juguetona y ruidosa. Cada vez que Yuji la tomaba por detrás, maravillado por la inmensidad de su trasero, ella se burlaba de él, pidiéndole que demostrara si realmente tenía la fuerza de un recipiente de Sukuna. El sonido de la carne chocando y los suspiros de Yuki llenaron la habitación, borrando por un momento las pesadillas de Shibuya.
Horas más tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse, Yuji salió de la habitación, sintiéndose extrañamente renovado, aunque todavía con una tensión residual. Fue entonces cuando la vio.
Maki Zenin estaba entrenando sola en el campo de tiro. Pero ya no era la Maki de antes. Tras la masacre de su clan, su cuerpo estaba cubierto de cicatrices que le daban un aire de guerrera indomable. Su uniforme, ahora más ajustado, resaltaba un físico que se había vuelto increíblemente atlético y poderoso. Al estirarse para recoger una lanza, sus pantalones se tensaron, revelando unas curvas que no tenían nada que envidiar a las de Yuki en términos de firmeza y volumen.
Maki siempre había sido una presencia constante en la vida de Yuji, alguien a quien respetaba profundamente. Pero verla allí, sudorosa, con esa mirada de acero y ese cuerpo que parecía tallado por los mismos dioses de la guerra, despertó un hambre diferente en él.
—¿Vas a quedarte ahí mirando como un idiota o vas a ayudarme a entrenar? —preguntó Maki sin mirarlo, su voz era un látigo de autoridad.
Yuji se acercó, notando cómo el trasero de Maki se balanceaba con cada paso que daba. Era una masa de músculo puro, imponente y sumamente atractiva.
—Te ves diferente, Maki-san —dijo Yuji, deteniéndose a pocos metros de ella.
Maki se giró, apoyando la lanza en el suelo. Sus ojos, llenos de una determinación feroz, escanearon a Yuji. Notó el desorden en su ropa y el aroma de Yuki que aún flotaba a su alrededor.
—Parece que Tsukumo ya te dio tu "bienvenida" —comentó ella con una sonrisa cínica—. Esa mujer no pierde el tiempo.
—Ella me hizo una pregunta —respondió Yuji, acortando la distancia—. Y me di cuenta de que la respuesta no solo se aplicaba a ella.
Maki arqueó una ceja, dejando caer la lanza.
—¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que significa eso?
Yuji se colocó detrás de ella, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba de su piel tras el ejercicio.
—Significa que siempre he pensado que eres increíble, Maki. Pero ahora... verte así... —Yuji bajó la mano, rozando apenas la curva lateral de su cadera—. Es difícil concentrarse en el entrenamiento.
Maki no se apartó. Al contrario, se tensó, pero no por rechazo. Había una chispa de desafío en su mirada.
—He matado a todo mi clan, Itadori. No soy una chica delicada a la que puedas seducir con palabras bonitas —dijo ella, aunque su respiración se volvía más pesada.
—No busco a una chica delicada —replicó Yuji, rodeando su cintura con fuerza y pegando su cuerpo al de ella. El trasero de Maki, firme como una roca, presionó contra él—. Busco a alguien que pueda aguantar el ritmo.
Maki soltó un bufido que era casi un gruñido de deseo. Se giró en sus brazos, agarrándolo por el cuello de la camisa con una fuerza que lo obligó a mirarla directamente a los ojos.
—Más te vale que así sea, porque no tengo intención de ser suave contigo.
El encuentro con Maki fue radicalmente distinto al de Yuki. Fue una lucha de poder, una danza de fuerza bruta y pasión contenida. Maki era exigente, sus manos fuertes dejando marcas en la espalda de Yuji mientras él la poseía con una intensidad que buscaba igualar la ferocidad de la joven Zenin. La firmeza de sus glúteos bajo las manos de Yuji era una sensación adictiva; cada vez que la empujaba contra la pared o la levantaba del suelo, sentía el poder de una mujer que había reclamado su lugar en el mundo a través del fuego.
—Más fuerte, Itadori —le exigía ella al oído, su voz entrecortada por el placer—. Demuéstrame que puedes con esto.
Yuji respondió con creces. En ese momento, no había maldiciones, ni dedos de Sukuna, ni planes de Kenjaku. Solo existía la realidad tangible de esos cuerpos monumentales, la satisfacción de sus deseos más profundos y la conexión física con dos mujeres que, a su manera, eran las más fuertes que jamás conocería.
Cuando finalmente terminaron, ambos quedaron tendidos en el suelo del dojo, recuperando el aliento bajo la luz de la luna que se filtraba por las ventanas altas.
—Vaya... —susurró Yuji, mirando al techo.
Maki se sentó, arreglándose el cabello con un gesto brusco pero extrañamente femenino. Miró a Yuji y, por primera vez en mucho tiempo, hubo una suavidad genuina en su rostro.
—No ha estado mal, Itadori —dijo ella, dándole una palmada en el hombro antes de levantarse. Su figura se recortó contra la luz, resaltando una vez más esas curvas poderosas que lo habían cautivado—. Pero no te acostumbres. Mañana volvemos al trabajo de verdad.
Yuji sonrió, sintiendo por primera vez que el peso en su pecho era un poco más ligero. Había encontrado en Yuki y en Maki no solo placer, sino una forma de reafirmar que, a pesar de todo el horror, todavía estaba vivo. Y mientras caminaba de regreso a su habitación, no pudo evitar pensar que, efectivamente, su tipo de mujer era, sin lugar a dudas, el mejor del mundo.
