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"One shoot Ribbun": Maybe in this life.
Fandom: The amazing digital circus
Creado: 13/6/2026
Etiquetas
DramaAngustiaDolor/ConsueloRomancePsicológicoEstudio de PersonajeDistopíaCiencia FicciónAmbientación Canon
Máscaras Rota y Cintas Unidas
El vacío del Circo Digital nunca se había sentido tan pesado. El cielo artificial, con sus nubes de píxeles estáticos y su sol de cartón piedra, parecía vibrar con una frecuencia inquietante. En los pasillos de las habitaciones, el silencio era absoluto, roto únicamente por el sonido metálico de unos pasos erráticos.
Jax no se sentía él mismo. Sus extremidades alargadas, usualmente ágiles y cargadas de una elegancia burlona, se sentían pesadas, como si el código que lo mantenía unido se estuviera deshilachando. Sus ojos amarillos, siempre brillantes con la chispa de la malicia, parpadeaban con una estática negra. A su alrededor, la realidad comenzaba a pixelarse de forma violenta. Pequeños cubos de oscuridad brotaban de sus manos, desapareciendo y volviendo a aparecer.
Estaba al borde. La abstracción no era solo un mito para asustar a los recién llegados; era el final inevitable, el colapso de la mente cuando ya no podía soportar la farsa de Caine.
—Vaya... —susurró Jax, su voz distorsionada por un glitch—. Parece que el conejo se está quedando sin trucos.
Se apoyó contra la pared, dejando que su cuerpo se deslizara hasta el suelo. Su sonrisa permanente, esa máscara grotesca que nunca lo abandonaba, se sentía más pesada que nunca. Odiaba este lugar. Odiaba a Caine. Odiaba a Pomni por su esperanza desesperada y a Ragatha por su optimismo de trapo. Pero, sobre todo, se odiaba a sí mismo por no poder dejar de fingir.
—¿Jax?
La voz era suave, apenas un susurro de seda. Jax levantó la vista, forzando su cuello a girar. Allí estaba Gangle. Suspendida sobre sus cintas rojas, su máscara de tragedia estaba puesta, con esas líneas negras descendiendo por sus mejillas de porcelana. Parecía más frágil que de costumbre, como si un soplo de viento pudiera deshacerla.
—Vete de aquí, Cintitas —escupió Jax, aunque el veneno en su voz carecía de su fuerza habitual—. No querrás estar cerca cuando explote en un montón de ojos y brazos negros. Sería una lástima que ensuciaras tu disfraz de fideo.
Gangle no retrocedió. Al contrario, se deslizó un paso más cerca, sus cintas temblando ligeramente.
—Estás sufriendo —dijo ella de forma simple. No era una pregunta, era una observación cargada de una empatía que Jax no creía merecer.
—¡Ja! —Jax intentó reír, pero el sonido terminó en un quejido electrónico—. Yo no sufro, Gangle. Yo me divierto. ¿No ves mi cara? Siempre estoy feliz. Es el beneficio de ser el mejor personaje de este basurero.
—Deja de mentir —respondió Gangle, y por primera vez, hubo una firmeza en su voz que detuvo los pensamientos erráticos de Jax—. Sé lo que es esconderse detrás de una máscara. Yo lo hago literalmente todos los días. Pero tú... tú usas tu crueldad para que nadie vea lo asustado que estás.
Jax guardó silencio. La estática en sus manos aumentó, y por un momento, su brazo derecho se transformó en una masa amorfa de colores erróneos antes de recuperar su forma de conejo. El dolor de la desintegración digital era visceral, como si miles de agujas le pincharan el alma.
—¿Y qué si es así? —gritó Jax, golpeando el suelo con el puño—. ¡Aquí nada es real! ¡Tú no eres real! ¡Yo no soy real! Éramos personas, Gangle. Yo... yo servía mesas, o quizás era un maldito ejecutivo, ni siquiera lo recuerdo bien. Solo sé que ahora soy un juguete para un ojo gigante con dientes. ¿Cómo esperas que no quiera romperlo todo si todo está roto?
Gangle se acercó más, extendiendo una de sus cintas rojas. Con una delicadeza infinita, rodeó la mano de Jax, la misma mano que tantas veces había pisoteado sus máscaras de comedia por pura diversión.
—No todo está roto —murmuró ella—. Nosotros seguimos aquí. Y si te rindes, si dejas que la oscuridad te lleve, entonces Caine realmente habrá ganado.
Jax miró la cinta roja enrollada en sus dedos amarillos. La calidez del contacto, a pesar de ser artificial, lo ancló a la realidad. Sintió un nudo en la garganta que no sabía que un avatar podía tener. La vulnerabilidad de Gangle, su eterna tristeza, siempre le había recordado lo que él mismo intentaba enterrar: que todos eran víctimas. Él la atacaba porque ella era el espejo de su propio dolor, y no podía soportar ver su propia fragilidad reflejada en esas cintas.
—Gangle... yo... —Jax bajó la cabeza, las orejas caídas—. He sido un asco contigo. Con todos. Pero especialmente contigo.
—Lo sé —dijo ella con una pequeña nota de tristeza—. Me has roto muchas máscaras, Jax.
—No era por las máscaras —confesó él, su voz volviéndose humana, despojada de su tono sarcástico—. Era porque envidiaba que tú pudieras llorar. Yo estoy atrapado con esta sonrisa estúpida. Si lloro, nadie lo nota. Si sufro, parece un chiste. Te odio porque eres honesta con tu dolor, y yo soy un cobarde que se esconde detrás de las bromas pesadas.
Gangle se arrodilló frente a él, o al menos lo que su forma de cinta le permitía. Con un movimiento lento, llevó sus manos a los lados de su propia cara y retiró la máscara de tragedia. Debajo no había nada más que un vacío suave, pero Jax pudo sentir la mirada de la mujer que alguna vez fue, la gerente de comida rápida que buscaba algo de belleza en un mundo monótono.
—No tienes que esconderte conmigo —dijo Gangle—. Ya no.
Jax sintió que algo se rompía dentro de él, pero no era su código. Era la armadura que había construido durante años en el circo. Se inclinó hacia adelante y, por primera vez, no hubo un comentario mordaz, ni una trampa, ni una burla. Simplemente apoyó su frente contra el hombro de Gangle.
—Lo siento —susurró, y las palabras salieron como un sollozo ahogado—. Lo siento tanto, Cintitas. Por cada máscara, por cada empujón, por cada palabra cruel. No quería estar solo en este infierno, y pensé que si todos me odiaban, al menos estarían pensando en mí.
Gangle lo rodeó con sus cintas, envolviéndolo en un abrazo suave y protector.
—Perdonado —dijo ella, y Jax pudo jurar que escuchó una sonrisa en su voz, incluso sin la máscara de comedia—. Siempre quise que vieras que no tienes que ser el villano para que te prestemos atención.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas en el tiempo distorsionado del circo. La estática que rodeaba a Jax comenzó a desvanecerse. El peligro de la abstracción retrocedió, reemplazado por una extraña calma. El conejo cruel estaba desapareciendo, dejando paso a alguien que Jax apenas recordaba cómo ser.
Finalmente, Jax se separó un poco, mirando a Gangle. Ella volvió a colocarse su máscara de tragedia, pero esta vez, los ojos negros no parecían tan tristes.
—Sabes... —comenzó Jax, rascándose la nuca con timidez, un gesto completamente ajeno a su personalidad habitual—, Pomni entró en mi habitación el otro día. O en mi mente, ya ni sé qué es real.
Gangle inclinó la cabeza, curiosa.
—¿Y qué vio?
Jax sintió que sus mejillas digitales se calentaban.
—Vio que... bueno, que paso mucho tiempo pensando en ti. Pero no de la forma en que pensabas. No planeando bromas. Sino... imaginando que podíamos estar en un lugar que no fuera este. Un lugar donde pudiéramos caminar por un parque real, sin Caine, sin aventuras ridículas. Donde yo pudiera pedirte perdón de verdad.
Gangle se quedó inmóvil. Sus cintas se agitaron suavemente, un signo de su nerviosismo.
—Jax... ¿estás diciendo que...?
—Estoy diciendo que eres la única razón por la que no he dejado que este lugar me vuelva loco del todo —interrumpió él, hablando rápido, como si temiera perder el valor—. Me gustas, Gangle. Me gustas cuando estás triste, me gustas cuando intentas ser feliz, y me gustas incluso cuando me tienes miedo. Y me odio por haberte hecho sentir así.
Gangle guardó silencio durante un largo momento. El corazón virtual de Jax latía con fuerza contra sus costillas de píxeles. Estaba preparado para que ella se riera, para que se alejara, para que le devolviera todo el desprecio que él le había dado.
En lugar de eso, Gangle se acercó y depositó un beso suave, apenas un roce de porcelana, en la mejilla de Jax, justo al lado de su sonrisa permanente.
—A mí también me gustas, Jax —confesó ella en un susurro—. Incluso cuando eras un idiota. Porque sabía que debajo de todo ese ruido, había alguien que solo quería ser sostenido.
Jax cerró los ojos, dejando que la paz lo invadiera. El Circo Digital seguía ahí fuera. Caine seguiría inventando juegos absurdos, y el riesgo de abstraerse siempre sería una sombra al acecho. Pero mientras miraba a Gangle, sintió que el vacío ya no era tan profundo.
—Prometo no romper más máscaras —dijo Jax, recuperando un poco de su tono juguetón, pero esta vez con una dulzura genuina.
—Bueno —respondió Gangle, entrelazando una de sus cintas con la mano de él—, si rompes alguna, espero que sea para ayudarme a poner una mejor.
Jax sonrió, y por primera vez en toda su estancia en el circo, la sonrisa en su rostro coincidía exactamente con lo que sentía en su interior. Se levantaron juntos, dos fragmentos de humanidad perdidos en un código infinito, pero que finalmente habían encontrado algo real a lo que aferrarse.
—¿Quieres ir a ver si podemos robarle algo de la oficina a Caine? —preguntó Jax, guiñándole un ojo—. Solo por los viejos tiempos.
Gangle dejó escapar una pequeña risa, un sonido cristalino que iluminó el pasillo gris.
—Solo si me dejas llevar la máscara de comedia esta vez.
—Hecho, Cintitas. Hecho.
Caminaron por el pasillo, sus sombras proyectándose largas sobre el suelo digital. Ya no eran el bufón cruel y la víctima llorosa. Eran simplemente Jax y Gangle, y en la inmensidad del vacío virtual, eso era más que suficiente.
Jax no se sentía él mismo. Sus extremidades alargadas, usualmente ágiles y cargadas de una elegancia burlona, se sentían pesadas, como si el código que lo mantenía unido se estuviera deshilachando. Sus ojos amarillos, siempre brillantes con la chispa de la malicia, parpadeaban con una estática negra. A su alrededor, la realidad comenzaba a pixelarse de forma violenta. Pequeños cubos de oscuridad brotaban de sus manos, desapareciendo y volviendo a aparecer.
Estaba al borde. La abstracción no era solo un mito para asustar a los recién llegados; era el final inevitable, el colapso de la mente cuando ya no podía soportar la farsa de Caine.
—Vaya... —susurró Jax, su voz distorsionada por un glitch—. Parece que el conejo se está quedando sin trucos.
Se apoyó contra la pared, dejando que su cuerpo se deslizara hasta el suelo. Su sonrisa permanente, esa máscara grotesca que nunca lo abandonaba, se sentía más pesada que nunca. Odiaba este lugar. Odiaba a Caine. Odiaba a Pomni por su esperanza desesperada y a Ragatha por su optimismo de trapo. Pero, sobre todo, se odiaba a sí mismo por no poder dejar de fingir.
—¿Jax?
La voz era suave, apenas un susurro de seda. Jax levantó la vista, forzando su cuello a girar. Allí estaba Gangle. Suspendida sobre sus cintas rojas, su máscara de tragedia estaba puesta, con esas líneas negras descendiendo por sus mejillas de porcelana. Parecía más frágil que de costumbre, como si un soplo de viento pudiera deshacerla.
—Vete de aquí, Cintitas —escupió Jax, aunque el veneno en su voz carecía de su fuerza habitual—. No querrás estar cerca cuando explote en un montón de ojos y brazos negros. Sería una lástima que ensuciaras tu disfraz de fideo.
Gangle no retrocedió. Al contrario, se deslizó un paso más cerca, sus cintas temblando ligeramente.
—Estás sufriendo —dijo ella de forma simple. No era una pregunta, era una observación cargada de una empatía que Jax no creía merecer.
—¡Ja! —Jax intentó reír, pero el sonido terminó en un quejido electrónico—. Yo no sufro, Gangle. Yo me divierto. ¿No ves mi cara? Siempre estoy feliz. Es el beneficio de ser el mejor personaje de este basurero.
—Deja de mentir —respondió Gangle, y por primera vez, hubo una firmeza en su voz que detuvo los pensamientos erráticos de Jax—. Sé lo que es esconderse detrás de una máscara. Yo lo hago literalmente todos los días. Pero tú... tú usas tu crueldad para que nadie vea lo asustado que estás.
Jax guardó silencio. La estática en sus manos aumentó, y por un momento, su brazo derecho se transformó en una masa amorfa de colores erróneos antes de recuperar su forma de conejo. El dolor de la desintegración digital era visceral, como si miles de agujas le pincharan el alma.
—¿Y qué si es así? —gritó Jax, golpeando el suelo con el puño—. ¡Aquí nada es real! ¡Tú no eres real! ¡Yo no soy real! Éramos personas, Gangle. Yo... yo servía mesas, o quizás era un maldito ejecutivo, ni siquiera lo recuerdo bien. Solo sé que ahora soy un juguete para un ojo gigante con dientes. ¿Cómo esperas que no quiera romperlo todo si todo está roto?
Gangle se acercó más, extendiendo una de sus cintas rojas. Con una delicadeza infinita, rodeó la mano de Jax, la misma mano que tantas veces había pisoteado sus máscaras de comedia por pura diversión.
—No todo está roto —murmuró ella—. Nosotros seguimos aquí. Y si te rindes, si dejas que la oscuridad te lleve, entonces Caine realmente habrá ganado.
Jax miró la cinta roja enrollada en sus dedos amarillos. La calidez del contacto, a pesar de ser artificial, lo ancló a la realidad. Sintió un nudo en la garganta que no sabía que un avatar podía tener. La vulnerabilidad de Gangle, su eterna tristeza, siempre le había recordado lo que él mismo intentaba enterrar: que todos eran víctimas. Él la atacaba porque ella era el espejo de su propio dolor, y no podía soportar ver su propia fragilidad reflejada en esas cintas.
—Gangle... yo... —Jax bajó la cabeza, las orejas caídas—. He sido un asco contigo. Con todos. Pero especialmente contigo.
—Lo sé —dijo ella con una pequeña nota de tristeza—. Me has roto muchas máscaras, Jax.
—No era por las máscaras —confesó él, su voz volviéndose humana, despojada de su tono sarcástico—. Era porque envidiaba que tú pudieras llorar. Yo estoy atrapado con esta sonrisa estúpida. Si lloro, nadie lo nota. Si sufro, parece un chiste. Te odio porque eres honesta con tu dolor, y yo soy un cobarde que se esconde detrás de las bromas pesadas.
Gangle se arrodilló frente a él, o al menos lo que su forma de cinta le permitía. Con un movimiento lento, llevó sus manos a los lados de su propia cara y retiró la máscara de tragedia. Debajo no había nada más que un vacío suave, pero Jax pudo sentir la mirada de la mujer que alguna vez fue, la gerente de comida rápida que buscaba algo de belleza en un mundo monótono.
—No tienes que esconderte conmigo —dijo Gangle—. Ya no.
Jax sintió que algo se rompía dentro de él, pero no era su código. Era la armadura que había construido durante años en el circo. Se inclinó hacia adelante y, por primera vez, no hubo un comentario mordaz, ni una trampa, ni una burla. Simplemente apoyó su frente contra el hombro de Gangle.
—Lo siento —susurró, y las palabras salieron como un sollozo ahogado—. Lo siento tanto, Cintitas. Por cada máscara, por cada empujón, por cada palabra cruel. No quería estar solo en este infierno, y pensé que si todos me odiaban, al menos estarían pensando en mí.
Gangle lo rodeó con sus cintas, envolviéndolo en un abrazo suave y protector.
—Perdonado —dijo ella, y Jax pudo jurar que escuchó una sonrisa en su voz, incluso sin la máscara de comedia—. Siempre quise que vieras que no tienes que ser el villano para que te prestemos atención.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas en el tiempo distorsionado del circo. La estática que rodeaba a Jax comenzó a desvanecerse. El peligro de la abstracción retrocedió, reemplazado por una extraña calma. El conejo cruel estaba desapareciendo, dejando paso a alguien que Jax apenas recordaba cómo ser.
Finalmente, Jax se separó un poco, mirando a Gangle. Ella volvió a colocarse su máscara de tragedia, pero esta vez, los ojos negros no parecían tan tristes.
—Sabes... —comenzó Jax, rascándose la nuca con timidez, un gesto completamente ajeno a su personalidad habitual—, Pomni entró en mi habitación el otro día. O en mi mente, ya ni sé qué es real.
Gangle inclinó la cabeza, curiosa.
—¿Y qué vio?
Jax sintió que sus mejillas digitales se calentaban.
—Vio que... bueno, que paso mucho tiempo pensando en ti. Pero no de la forma en que pensabas. No planeando bromas. Sino... imaginando que podíamos estar en un lugar que no fuera este. Un lugar donde pudiéramos caminar por un parque real, sin Caine, sin aventuras ridículas. Donde yo pudiera pedirte perdón de verdad.
Gangle se quedó inmóvil. Sus cintas se agitaron suavemente, un signo de su nerviosismo.
—Jax... ¿estás diciendo que...?
—Estoy diciendo que eres la única razón por la que no he dejado que este lugar me vuelva loco del todo —interrumpió él, hablando rápido, como si temiera perder el valor—. Me gustas, Gangle. Me gustas cuando estás triste, me gustas cuando intentas ser feliz, y me gustas incluso cuando me tienes miedo. Y me odio por haberte hecho sentir así.
Gangle guardó silencio durante un largo momento. El corazón virtual de Jax latía con fuerza contra sus costillas de píxeles. Estaba preparado para que ella se riera, para que se alejara, para que le devolviera todo el desprecio que él le había dado.
En lugar de eso, Gangle se acercó y depositó un beso suave, apenas un roce de porcelana, en la mejilla de Jax, justo al lado de su sonrisa permanente.
—A mí también me gustas, Jax —confesó ella en un susurro—. Incluso cuando eras un idiota. Porque sabía que debajo de todo ese ruido, había alguien que solo quería ser sostenido.
Jax cerró los ojos, dejando que la paz lo invadiera. El Circo Digital seguía ahí fuera. Caine seguiría inventando juegos absurdos, y el riesgo de abstraerse siempre sería una sombra al acecho. Pero mientras miraba a Gangle, sintió que el vacío ya no era tan profundo.
—Prometo no romper más máscaras —dijo Jax, recuperando un poco de su tono juguetón, pero esta vez con una dulzura genuina.
—Bueno —respondió Gangle, entrelazando una de sus cintas con la mano de él—, si rompes alguna, espero que sea para ayudarme a poner una mejor.
Jax sonrió, y por primera vez en toda su estancia en el circo, la sonrisa en su rostro coincidía exactamente con lo que sentía en su interior. Se levantaron juntos, dos fragmentos de humanidad perdidos en un código infinito, pero que finalmente habían encontrado algo real a lo que aferrarse.
—¿Quieres ir a ver si podemos robarle algo de la oficina a Caine? —preguntó Jax, guiñándole un ojo—. Solo por los viejos tiempos.
Gangle dejó escapar una pequeña risa, un sonido cristalino que iluminó el pasillo gris.
—Solo si me dejas llevar la máscara de comedia esta vez.
—Hecho, Cintitas. Hecho.
Caminaron por el pasillo, sus sombras proyectándose largas sobre el suelo digital. Ya no eran el bufón cruel y la víctima llorosa. Eran simplemente Jax y Gangle, y en la inmensidad del vacío virtual, eso era más que suficiente.
