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Falso novio infantil

Fandom: Otaku

Creado: 13/6/2026

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Corazones de papel y muros de hielo

El sol de la mañana se filtraba por los grandes ventanales de la Universidad de Konoha, iluminando los pasillos de mármol que Sasuke Uchiha recorría con su habitual expresión de indiferencia. Caminaba con las manos en los bolsillos, la espalda recta y esa aura intimidante que hacía que los demás estudiantes se hicieran a un lado. Para el resto del mundo, él era el heredero de un imperio multimillonario, el nieto de un hombre cuya sombra alcanzaba los rincones más oscuros de la ciudad y el genio que, sin mirar una sola vez el tablero, obtenía las calificaciones más altas de la facultad.

Sin embargo, por dentro, Sasuke era un páramo congelado.

— ¡Sasuke-kun! —Una voz chillona y alegre rompió el silencio del pasillo, atrayendo las miradas de todos.

Sasuke no se detuvo, ni siquiera cuando escuchó los pasos apresurados de alguien corriendo hacia él. Un segundo después, sintió un peso cálido rodeando su brazo izquierdo y el aroma a jabón de naranja y pegamento escolar inundó sus sentidos.

— ¡Buenos días! Te traje algo —dijo Naruto con una sonrisa que podría haber iluminado todo el campus.

Naruto Uzumaki era todo lo que Sasuke no soportaba: ruidoso, inquieto y desesperadamente cariñoso. Llevaba puesto un suéter naranja que le quedaba un poco grande y sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas por el esfuerzo de alcanzarlo. Con sus manos pequeñas y algo manchadas de tinta, le extendió una pequeña figura de origami: un pequeño cuervo negro perfectamente doblado.

— Lo hice anoche pensando en ti. ¿Verdad que es bonito? —preguntó Naruto, con sus ojos azules brillando de pura ilusión.

Sasuke lanzó una mirada gélida al objeto de papel y luego al rostro del rubio. No se detuvo. Siguió caminando, obligando a Naruto a trotar a su lado para no soltarle el brazo.

— Guárdalo. Estás estorbando —respondió Sasuke con voz monótona.

— Pero si no ocupa espacio, mira, cabe en tu bolsillo —insistió Naruto, sin dejarse amilanar por la frialdad del otro. Con un gesto torpe y tierno, intentó meter el cuervo de papel en la chaqueta de Sasuke—. Mi tío me dijo que a las personas serias les gustan los detalles discretos.

Sasuke se detuvo en seco, haciendo que Naruto casi tropezara. El Uchiha lo miró desde su altura, sus ojos negros fijos en los del chico que sus padres le habían impuesto como "novio". Todo era un negocio. Sus padres querían limpiar la imagen de la familia, mostrar una faceta más "humana" y diversa, y Naruto, un huérfano que vivía con su tío y primos en un apartamento pequeño, había aceptado el trato por el dinero. Lo que los padres de Sasuke no sabían era que Naruto no lo hacía solo por la plata; lo hacía porque, desde el primer día que vio a Sasuke en una revista de negocios, su corazón infantil y puro se había quedado prendado de él.

— Escúchame bien, Naruto —dijo Sasuke, su voz era un susurro peligroso—. Esto es un contrato. No necesito tus juguetes de papel, ni tus abrazos, ni que me sigas como un perro faldero. Aléjate un metro de mí.

Naruto bajó un poco las orejas, pero su sonrisa no desapareció del todo, aunque se volvió más tímida.

— Los novios se dan la mano, Sasuke-kun. Si no lo hacemos, tus padres se enojarán conmigo y... bueno, a mí me gusta estar contigo.

— A mí no me gusta estar contigo —sentenció Sasuke antes de darse la vuelta y entrar al aula de conferencias.

Naruto se quedó en la puerta un momento, apretando el cuervo de papel contra su pecho. Suspiró, pero luego se sacudió la tristeza con un movimiento de cabeza. Él sabía que Sasuke sufría. Había escuchado los rumores sobre su exnovia, Sakura, una chica que ahora caminaba por los mismos pasillos y que solía burlarse de cómo Sasuke había sido "demasiado blando" con ella antes de que ella lo engañara y le rompiera el corazón. Naruto quería arreglar ese corazón, aunque tuviera que usar todo el pegamento y el papel de colores del mundo.

Al entrar al aula, Naruto se sentó justo al lado de Sasuke, a pesar de que este tenía su mochila puesta en el asiento contiguo para evitarlo. Naruto, con una amabilidad infinita, simplemente pidió permiso a la mochila y se acomodó en el borde de la silla.

En el fondo del salón, Suigetsu y Juugo, los únicos a los que Sasuke toleraba como amigos, observaban la escena.

— Ese chico es un ángel o está loco —comentó Suigetsu, masticando un chicle—. Sasuke lo trata como si fuera basura y él sigue ahí, sonriendo como si le hubieran dado un premio.

— Es tierno —añadió Juugo con seriedad—. Sasuke necesita a alguien así, aunque él no lo quiera admitir.

A mitad de la clase, mientras el profesor hablaba sobre macroeconomía, Sasuke sentía una mirada persistente. No era la de Naruto, sino una carga mucho más pesada. Miró hacia la fila de arriba y se encontró con los ojos verdes de Sakura. Ella le dedicó una sonrisa burlona y luego le lanzó un beso al aire, un gesto cargado de cinismo.

Sasuke apretó los puños bajo la mesa. El recuerdo de ella diciéndole que era un "bueno para nada" y que su lado cariñoso le daba asco volvió a golpearlo como un látigo. Su frialdad actual era su armadura, su escudo contra el dolor.

De repente, sintió algo cálido sobre su mano cerrada.

Naruto había deslizado su mano sobre la de Sasuke. No apretó, solo dejó que su piel tibia rozara los nudillos tensos del Uchiha.

— No la mires —susurró Naruto, sin apartar la vista de sus propios apuntes, que estaban llenos de dibujitos de ramen y corazones—. Ella no sabe lo valioso que eres, pero yo sí.

Sasuke retiró la mano como si se hubiera quemado.

— Cállate —siseó.

— Te hice un almuerzo —continuó Naruto, ignorando el rechazo—. Tiene forma de gatito. Mi primo Konohamaru me ayudó a cortar las algas. Te va a encantar.

— No voy a comer nada que tú hayas tocado.

— Entonces lo guardaré para cuando tengas hambre más tarde. Siempre tienes hambre a las tres de la tarde, lo he notado.

El día transcurrió de la misma manera. Naruto era una sombra persistente de dulzura en el mundo gris de Sasuke. En el descanso, Naruto intentó darle un beso en la mejilla frente a un grupo de estudiantes de intercambio, y Sasuke lo apartó con tanta fuerza que el rubio casi cae al suelo.

— ¡No me toques! —exclamó Sasuke, atrayendo la atención de todos, incluida la de Sakura, que se reía a lo lejos con sus amigas.

Naruto se recuperó rápidamente, aunque sus ojos estaban un poco cristalinos. Se arregló el suéter y forzó una sonrisa, aunque sus labios temblaban.

— Perdón, Sasuke-kun. Se me olvidó que hoy no era día de besos.

— Nunca es día de besos, Naruto. Entiéndelo de una vez. Eres un trámite. Un objeto que mis padres compraron para que yo no tuviera que buscar a alguien real.

Esas palabras fueron como dagas. Los estudiantes alrededor guardaron silencio, sintiendo una punzada de lástima por el chico rubio. Naruto bajó la mirada a sus zapatos gastados.

— Lo sé —dijo en un hilo de voz—. Pero incluso los objetos pueden tener sentimientos, ¿sabes?

Dicho esto, Naruto no se fue. Se quedó a su lado, a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para que Sasuke sintiera su presencia. Sacó de su mochila una pequeña caja de madera que él mismo había pintado de azul oscuro.

— Esto es para ti. No es un juguete. Es... para cuando te sientas solo en esa casa tan grande.

Dejó la caja sobre la mesa de piedra donde Sasuke estaba sentado y, por primera vez en todo el día, se alejó sin decir nada más.

Sasuke se quedó mirando la caja. Quiso tirarla a la basura, quiso ignorarla, pero el brillo de la pintura mal aplicada delataba el esfuerzo que Naruto había puesto en ella. Con un suspiro de frustración, abrió la tapa.

Dentro no había joyas ni dinero. Había un montón de pequeñas notas dobladas en forma de estrellas. Tomó una y la abrió.

"Eres muy inteligente, Sasuke-kun. Me gusta cómo frunces el ceño cuando resuelves un problema difícil".

Abrió otra.

"Tu cabello se ve muy suave hoy. Me gustaría saber a qué huele, pero me da vergüenza acercarme tanto".

Abrió una tercera.

"Sé que te duele el corazón. Yo también perdí a mis papás y a veces siento que el mundo es muy grande y yo muy chiquito. Pero si quieres, podemos ser chiquitos juntos".

Sasuke cerró la caja de golpe. Su pecho se apretó de una forma que no sentía desde hacía años. Era una mezcla de irritación y algo mucho más peligroso: vulnerabilidad.

— Es un idiota —susurró Sasuke para sí mismo, pero no tiró la caja. La guardó en su mochila, en el compartimento más profundo.

A la salida de la universidad, la lluvia comenzó a caer con fuerza. Sasuke esperaba a su chofer bajo el techo de la entrada principal. A unos metros, vio a Naruto. El rubio no tenía paraguas. Estaba usando su mochila para cubrirse la cabeza, pero se estaba empapando. Aun así, cuando vio a Sasuke, le dio un pequeño saludo con la mano y una sonrisa tímida, antes de empezar a caminar hacia la parada del autobús.

Sasuke lo observó. Vio cómo Naruto tiritaba, cómo sus zapatillas se llenaban de agua. Vio la fragilidad de ese chico que, a pesar de vivir con lo justo y de ser tratado con desprecio, tenía más amor para dar que toda la familia Uchiha junta.

— ¡Oye, dobe! —gritó Sasuke.

Naruto se detuvo y se giró, el agua chorreando por su rostro, haciendo que sus marcas en las mejillas resaltaran más.

— ¿Sí, Sasuke-kun?

— Súbete al coche. Mis padres me matarían si dejas que te de una neumonía y arruines la inversión.

Naruto corrió hacia él, salpicando agua, y se detuvo justo antes de entrar al lujoso sedán negro que acababa de llegar.

— ¡Gracias! Eres muy amable, de verdad.

— No soy amable —gruñó Sasuke, entrando al coche y dejando espacio para el rubio—. Y no mojes los asientos.

Dentro del vehículo, el silencio era denso, roto solo por el sonido de la lluvia contra el techo. Naruto temblaba un poco, abrazándose a sí mismo. Sasuke, sin mirarlo, tomó una manta que siempre había en el asiento trasero y se la lanzó a la cabeza.

— Cúbrete. Hueles a perro mojado.

Naruto se envolvió en la manta, sintiendo el calor residual del coche. Se acurrucó en su asiento y miró a Sasuke de reojo.

— Sasuke-kun... —susurró.

— ¿Qué ahora?

— Gracias por la manta. Y por dejarme ser tu novio, aunque sea de mentira. Es lo más feliz que he sido en mucho tiempo.

Sasuke no respondió. Miró por la ventana, viendo las luces de la ciudad borrosas por el agua. Por un momento, pensó en Sakura y en cómo ella nunca le habría dado las gracias por nada. Pensó en la caja de estrellas en su mochila y en el cuervo de papel que, sin que Naruto se diera cuenta, Sasuke había guardado en su bolsillo antes de salir del aula.

El camino hacia el infierno podía estar empedrado de buenas intenciones, pero para Sasuke, el infierno siempre había sido la soledad. Y Naruto, con su alegría infantil y sus detalles hechos a mano, estaba empezando a prender una luz que Sasuke no sabía si quería apagar.

— Duérmete, Naruto —dijo Sasuke, su voz un poco menos dura—. Aún falta mucho para llegar a tu casa.

Naruto asintió, cerrando los ojos con una sonrisa de pura paz. Sasuke se quedó allí, en la oscuridad del coche, preguntándose en qué momento aquel chico huérfano y ruidoso había empezado a sentirse menos como un contrato y más como un refugio. Pero todavía no estaba listo para admitirlo. Todavía era un Uchiha, y los Uchiha no caían ante corazones de papel.

O eso era lo que él quería creer.
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