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Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 14/6/2026

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El azul de la medianoche y la resaca del infinito

La paz era un concepto extraño en la vida de Satoru Gojo. Por lo general, su mundo estaba lleno de gritos de maldiciones, el zumbido constante del Infinito y las demandas interminables de los altos mandos de la hechicería. Por eso, estar sentado en su sofá de cuero italiano, vistiendo una camisa de algodón demasiado grande y unos pantalones de pijama holgados, se sentía como un lujo prohibido. Tenía un libro de edición limitada entre las manos y el silencio de su ático en Roppongi era absoluto.

Hasta que dejó de serlo.

El vibrar de su teléfono sobre la mesa de centro cortó el aire como un cuchillo. Satoru frunció el ceño, sus ojos azules —libres de la venda por una vez— se fijaron en la pantalla. Eran las tres de la mañana. Solo había tres tipos de personas que llamaban a esa hora: alguien a punto de morir, alguien queriendo matarlo, o Kento Nanami habiendo perdido la paciencia.

—¿Dime, Nanamin? —contestó Satoru con un tono cantarín, aunque sus ojos permanecían analíticos—. ¿Te diste cuenta de que no puedes vivir sin escuchar mi voz antes de dormir?

—Gojo. Ven al bar "Cuervo de Plata" en Roppongi. Ahora mismo —la voz de Nanami sonaba más cansada de lo habitual, lo cual ya era decir mucho. De fondo, Satoru pudo escuchar un estruendo de cristales rotos y algo que sonaba sospechosamente a Utahime cantando un himno de guerra de Kioto.

—¿Una fiesta y no me invitaron? Qué crueldad —bromeó Satoru, aunque se puso de pie, su instinto de seis ojos ya detectando el caos a través de la línea—. ¿Qué está pasando?

—Mei Mei, Utahime e Ieiri... se pasaron con el sake. Y con el whisky. Y con todo lo que tiene graduación alcohólica —explicó Nanami con un suspiro pesado—. Yo me llevaré a Mei Mei antes de que decida comprar el edificio con mi tarjeta de crédito. Ijichi está intentando meter a Utahime en un coche para llevarla hacia la estación, aunque ella insiste en que puede volar hasta Kioto.

—¿Y Shoko? —preguntó Gojo, arqueando una ceja—. Ella aguanta el alcohol mejor que todos nosotros juntos.

—Ese es el problema. No quiere moverse. Dijo, y cito textualmente: "No me moveré de este maldito taburete a menos que venga Satoru a buscarme" —Nanami hizo una pausa, y Satoru pudo jurar que escuchó a Shoko gritar algo sobre "ojos de cristal" de fondo—. Ven por ella. No puedo dejarla aquí y el dueño del bar está a punto de llamar a la policía o a un exorcista.

Satoru soltó una carcajada corta.

—En un segundo estoy ahí.

No fue una exageración. Para el hechicero más fuerte, el espacio era una sugerencia. En un parpadeo, Satoru pasó de la calidez de su sala de estar al aire viciado y cargado de olor a alcohol del bar.

La escena era, tal como Nanami describió, un desastre glorioso. Ijichi estaba siendo golpeado rítmicamente en el hombro por una Utahime desaliñada que gritaba que Gojo era un "ególatra con exceso de colágeno". Mei Mei estaba contando billetes con una sonrisa gélida mientras Nanami la sujetaba por el codo con una expresión de querer retirarse a una isla desierta.

Y en el centro de todo, sentada en la barra con la bata de laboratorio arrastrando por el suelo y el cabello castaño hecho un nido de pájaros, estaba Shoko Ieiri.

—¡Llegó el modelo de pasarela! —exclamó Shoko al verlo, señalándolo con un dedo tembloroso antes de casi caerse del taburete.

Satoru se movió con su gracia habitual y la sostuvo por la cintura antes de que tocara el suelo. Shoko pesaba poco, pero su olor era una mezcla de desinfectante hospitalario, tabaco y un sake de muy alta calidad.

—Vaya, Shoko. No sabía que me extrañabas tanto —dijo Satoru, sonriendo de esa manera que solía irritar a todo el mundo.

—Cállate, seis ojos —murmuró ella, hundiendo la cara en el pecho de la camisa de Satoru—. Hueles a... a caro. Me molesta. Vámonos.

Satoru intercambió una mirada de condolencia con Nanami y, sin decir una palabra más, activó su técnica. El mundo se comprimió y se expandió. En un instante, el ruido del bar fue reemplazado por el silencio sepulcral del departamento de Shoko, ubicado cerca de la escuela de hechicería.

El lugar estaba impecable, como siempre, pero con ese aire estéril que Shoko prefería. Satoru la llevó hasta su habitación, caminando con cuidado para no tropezar con los zapatos de tacón que ella se quitó a mitad del pasillo, lanzándolos a cualquier parte.

—Listo, doctora. Entrega a domicilio —dijo Satoru, depositándola con suavidad sobre la cama de sábanas grises—. Duerme un poco. Mañana tendrás una resaca que ni tu Técnica de Maldición Inversa podrá curar del todo.

Se dio la vuelta para marcharse, satisfecho con su buena acción del día, pero sintió un tirón brusco en la manga de su camisa de pijama. Shoko no lo había soltado.

—No te vayas —dijo ella. Su voz no era la habitual, seca e indiferente. Estaba arrastrando las palabras, sí, pero había una nota de vulnerabilidad que Satoru no escuchaba desde que eran adolescentes, desde que Suguru se fue.

—Shoko, estás ebria —respondió Satoru, girándose para verla. Ella se había sentado en el borde de la cama, sus ojos castaños, generalmente apagados por el cansancio, brillaban con una intensidad extraña bajo las luces tenues—. Necesitas descansar.

—Sé que estoy borracha, idiota. Es la única forma en la que soporto ver tu cara sin querer golpearte —ella tiró de él con más fuerza, obligándolo a sentarse a su lado. Satoru cedió, intrigado por el comportamiento errático de su amiga—. Siempre te vas. Tú vas y vienes como si el mundo fuera tu patio de recreo.

—Soy el más fuerte, Shoko. Tengo que estar en todas partes —dijo él con una ligereza que no sentía del todo.

—Eres un mentiroso —Shoko se inclinó hacia él, acortando la distancia. El lunar bajo su ojo derecho parecía más oscuro contra su piel pálida—. Eres el más fuerte, pero eres el que más solo está. Y me dejas aquí, con los muertos. Siempre con los muertos.

Satoru se quedó helado. No esperaba que la Shoko indiferente, la que diseccionaba cadáveres sin parpadear, guardara ese tipo de pensamientos. El Infinito siempre estaba activo entre él y el resto del mundo, pero con Shoko, a veces, bajaba la guardia.

—Shoko...

—¿Sabes qué dicen de nosotros? —continuó ella, riendo sin ganas, su mano subiendo ahora por el brazo de Satoru hasta tocar su cuello—. El hechicero que lo ve todo y la doctora que lo cura todo. Pero tú no puedes ver lo que tengo frente a mí y yo no puedo curar lo que te falta a ti.

—Estás diciendo muchas incoherencias —murmuró Satoru, aunque no se alejó. Sus ojos azules recorrían el rostro de su amiga, notando las ojeras profundas, la suavidad de su piel y la forma en que su respiración se aceleraba.

—¿Incoherencias? —Shoko soltó una carcajada que terminó en un suspiro—. Tal vez. O tal vez es que estoy harta de ser la que se queda atrás. Suguru se fue por un camino que no pude seguir. Tú te fuiste a un altar donde nadie puede tocarte. ¿Y yo? Yo me quedo en la morgue, esperando a ver cuál de los dos llega primero en una bolsa de plástico.

Satoru sintió una punzada de dolor real en el pecho. A veces olvidaba que, aunque él cargaba con el peso del mundo, Shoko cargaba con el peso de las pérdidas.

—No voy a terminar en una bolsa, Shoko. Soy Satoru Gojo —dijo, tratando de recuperar su tono arrogante.

—Eso es lo más comprometedor que podrías decir —ella se acercó más, hasta que sus frentes se tocaron. Satoru podía sentir el calor que emanaba de ella debido al alcohol—. Eres tan arrogante que duele. Pero a veces... a veces me gustaría que dejaras de ser un dios y fueras solo Satoru. El Satoru que me robaba los cigarrillos solo para hacerme enojar.

Shoko cerró los ojos y, por un momento, el silencio en la habitación fue denso. Satoru no sabía qué hacer. Podía enfrentarse a Sukuna, podía destruir maldiciones de grado especial con un chasquido de dedos, pero no sabía cómo manejar a una Shoko Ieiri que le abría el corazón en medio de una borrachera nocturna.

—Si me quedo, te arrepentirás por la mañana —advirtió Satoru en un susurro.

—Mañana no existe —respondió ella, pasando sus dedos por el cabello blanco y rebelde de él—. Mañana solo habrá café amargo y autopsias. Quédate hoy. Solo hoy. Quédate y dime que no soy la única que recuerda cómo era todo antes de que nos volviéramos tan... importantes.

Satoru suspiró, dejando que sus hombros se relajaran. Extendió una mano y apartó un mechón de cabello castaño del rostro de Shoko.

—Está bien, Shoko. Me quedo.

Ella sonrió, una sonrisa genuina y pequeña que rara vez mostraba, y luego, con la falta de coordinación propia de su estado, se dejó caer hacia atrás en la cama, arrastrando a Satoru con ella. Él terminó medio recostado a su lado, atrapado entre las sábanas y el brazo de ella que se aferraba a su cintura como si fuera un ancla.

—Satoru... —murmuró ella, ya con los ojos cerrados, el sueño empezando a ganarle la batalla al alcohol.

—¿Sí?

—Tus ojos... realmente parecen el cielo. Es molesto. Me da ganas de volar, y yo odio las alturas.

Satoru soltó una risita suave, mirando el techo de la habitación.

—Duerme, Shoko.

—No te atrevas a teletransportarte mientras duermo —amenazó ella con un hilo de voz—. Te encontraré y te haré una autopsia sin anestesia.

—No me iré. Te lo prometo.

Se quedó allí, escuchando cómo la respiración de Shoko se volvía lenta y acompasada. El hombre más fuerte del mundo, el que podía distorsionar el espacio y el tiempo, se quedó inmóvil en una cama de una habitación sencilla, custodiando el sueño de la única persona que aún lo miraba y veía al chico de dieciséis años detrás de los Seis Ojos.

Afuera, el sol empezaba a asomarse tímidamente por el horizonte de Tokio, marcando el inicio de un nuevo día lleno de maldiciones y responsabilidades. Pero en ese pequeño rincón, por unas horas más, el tiempo se detuvo. Satoru Gojo no era un dios, y Shoko Ieiri no estaba sola entre los muertos. Eran solo dos amigos, los restos de una juventud rota, aferrándose el uno al otro en la oscuridad protectora del final de la noche.

Satoru cerró los ojos también, permitiéndose, por una vez, no ver nada más que la calidez de ese momento. Mañana, efectivamente, Shoko lo insultaría por haberla visto en ese estado y él volvería a ser el hechicero intocable. Pero esa noche, el Infinito no existía. Solo existían ellos.
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