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La diva del ring
Fandom: Saga: rocky
Creado: 14/6/2026
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UA (Universo Alternativo)DramaPsicológicoEstudio de PersonajeCelosRomanceCrossoverRecontar
Sombras de Seda y Cuero en la Ciudad del Amor Fraternal
El aire de Philadelphia en pleno invierno era una mezcla de humedad gélida y el olor metálico del puerto, una combinación que para cualquier otra persona resultaría deprimente, pero que para Graciella Xiomara Jolie Áraoz era el escenario perfecto. Caminaba por las calles de Kensington con su "uniforme de anonimato": una gabardina negra de corte impecable, un sombrero de ala ancha que ocultaba su distintivo cabello rubio perlado y un pañuelo de seda rosado que protegía su cuello, la única nota de color que delataba su naturaleza vibrante.
Ajustó sus gafas oscuras. A pesar de ser una campeona de peso pesado en Argentina y una modelo cotizada, aquí, entre los edificios de ladrillo visto y los callejones sombríos, se sentía extrañamente libre. Su asistente le había rogado que se quedara en la casa de veraneo descansando para su próxima exhibición, pero Graciella tenía una cita con su propia curiosidad. O mejor dicho, con una obsesión que le oprimía el pecho más que cualquier corsé de alta costura.
Se detuvo frente al gimnasio de Mickey Goldmill. El sonido rítmico de las cuerdas saltando y el golpe seco de los guantes contra el cuero viejo eran música para sus oídos. Pero ella no buscaba técnica; buscaba a un hombre.
—Es un diamante en bruto —susurró para sí misma, acariciando el ópalo de su collar de oro con forma de cisne—. Pero un diamante que insiste en brillar para la mujer equivocada.
Graciella lo había visto por primera vez hacía una semana. Rocky Balboa. No era el boxeador más refinado, ni el más rápido, pero poseía una nobleza bruta que la había desarmado por completo. Ella, que despreciaba la vulgaridad, encontraba en la torpeza de Rocky una autenticidad que no existía en los salones de Buenos Aires. El problema era Adrian. Esa muchacha tímida de la tienda de animales, tan gris y silenciosa, que parecía haber capturado el corazón del semental italiano sin siquiera esforzarse.
Sintió una punzada de envidia, un sentimiento que detestaba porque lo consideraba poco estético. ¿Cómo podía ella, una mujer que consideraba la belleza y la feminidad como sinónimos de poder, sentirse amenazada por alguien que se escondía tras unas gafas de pasta gruesa?
Entró al gimnasio con pasos silenciosos, aprovechando que el lugar estaba sumido en el caos del entrenamiento vespertino. Se situó en un rincón sombrío, observando. Allí estaba él, golpeando el saco con una fuerza que hacía vibrar las cadenas del techo.
—¡Izquierda, Rocky! ¡Mueve los pies, pedazo de vago! —gritó Mickey desde el otro lado del local.
Graciella analizó el movimiento de Rocky con su ojo clínico de experta. "Demasiado abierto", pensó. "Si yo le lanzara 'La Campanada' ahora mismo, no sabría ni qué lo golpeó". Pero al mismo tiempo, admiró la rotación de su cadera, la resistencia de sus piernas. Era un hombre fuerte y alto, el tipo de hombre que normalmente la ponía nerviosa, pero con él, el nerviosismo se transformaba en un calor dulce que nacía en su vientre.
De repente, Rocky se detuvo para secarse el sudor con una toalla raída. Sus ojos vagaron por el gimnasio hasta que se encontraron con la figura elegante y oscura de Graciella. Ella no se movió. A pesar de su disfraz, su postura era demasiado erguida, demasiado refinada para ese entorno.
Rocky caminó hacia ella, con ese andar pesado y oscilante tan característico.
—Eh... hola. ¿Buscas a alguien? —preguntó él, con su voz ronca y ese acento de barrio que a ella le parecía extrañamente musical—. Este no es un buen sitio para un abrigo tan caro, señora. Se va a llenar de polvo de resina.
Graciella sonrió bajo el pañuelo. Se quitó las gafas oscuras lentamente, revelando sus ojos azul claro enmarcados por esa sombra violeta que era su sello personal.
—El polvo se limpia, Rocky. El talento, en cambio, es mucho más difícil de encontrar —dijo ella en un inglés con un marcado y elegante acento argentino.
Rocky parpadeó, confundido. Se rascó la cabeza, dejando una mancha de sudor en su frente.
—¿Me conoces? ¿Eres de la prensa? Porque si eres de la prensa, Mickey dice que no puedo hablar hasta que termine el entrenamiento.
—No soy de la prensa —respondió ella, dando un paso adelante. La fragancia de su perfume *Donna by Valentino* chocó contra el olor a sudor y tabaco del gimnasio como un choque de dos mundos—. Soy una admiradora del arte. Y lo que haces ahí arriba, aunque le falte pulido, tiene la esencia de una gran presentación.
—¿Presentación? —Rocky soltó una risita corta—. Esto es boxeo, señorita. Aquí nos pegamos, no bailamos tango.
—El boxeo es una danza de sombras, mi querido Rocky —replicó Graciella, dejando que su mano enguantada rozara ligeramente el brazo del boxeador. Sintió la dureza del músculo y su corazón dio un vuelco—. Solo que algunos prefieren bailar con la fuerza, y otros con la estrategia. Yo prefiero ambas.
—Hablas igual que un libro que leí una vez... o que intenté leer —dijo Rocky, mirándola con una mezcla de sospecha y fascinación—. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Graciella. Pero eso no importa ahora. He venido a Philadelphia a descansar, y parece que el destino me ha traído a tu puerta.
En ese momento, la puerta del gimnasio se abrió y entró una figura pequeña y encogida. Era Adrian, llevando una pequeña bolsa con comida. Se detuvo en seco al ver a la imponente mujer de negro hablando con Rocky. La inseguridad en el rostro de Adrian fue instantánea.
—Rocky... yo... te traje el almuerzo —susurró la joven, bajando la mirada al suelo.
Graciella sintió una oleada de irritación. "Jaque mate", pensó amargamente, aunque la partida ni siquiera había comenzado. Ver la forma en que los ojos de Rocky se iluminaron al ver a Adrian fue como recibir un golpe directo al hígado, de esos que te quitan el aire y te obligan a poner la rodilla en la lona.
—¡Adrian! ¡Qué bueno que viniste! —Rocky se olvidó por completo de la misteriosa mujer argentina y corrió hacia su novia—. Mira, esta señora estaba diciendo cosas raras sobre el arte y el tango.
Graciella se ajustó el sombrero con una elegancia gélida. Observó a Adrian: su cabello descuidado, su ropa sin forma, su falta total de maquillaje. Para Graciella, que consideraba que una mujer debía ser un templo de belleza, el aspecto de Adrian era casi un insulto personal. Y sin embargo, Rocky la miraba como si fuera la criatura más preciosa del mundo.
—Debo retirarme —dijo Graciella, recuperando su compostura de campeona—. Tengo compromisos que atender. Mi asistente me espera.
—¿Te vas ya? —preguntó Rocky, volviéndose un segundo—. Ni siquiera me dijiste qué haces en un sitio como este.
—Busco inspiración, Rocky. Y creo que he encontrado un desafío interesante —hizo una pausa, mirando fijamente a Adrian, quien se encogió un poco más bajo su mirada—. Buena suerte con tu entrenamiento. La vas a necesitar si quieres vencer a Apollo Creed. Él no pelea con el corazón, pelea con el reloj. Y tú... tú necesitas aprender a leer el plan del adversario antes de que el primer golpe caiga.
Salió del gimnasio antes de que pudieran responder. Una vez en la acera, el frío de Philadelphia la golpeó, pero ella lo recibió con alivio. Caminó rápidamente hacia el callejón trasero, donde no hubiera testigos. Necesitaba liberar la tensión.
Vio una vieja tubería que sobresalía de una pared de ladrillos, a unos tres metros de altura. Sin pensarlo dos veces, Graciella se quitó la gabardina, revelando su mini-vestido blanco con detalles dorados (siempre lo llevaba debajo, como una armadura secreta). Con una agilidad que desafiaba su tamaño de peso pesado, saltó, se impulsó en un contenedor de basura y realizó una maniobra de parkour que la dejó en el tejado del edificio colindante.
Allí arriba, con la ciudad extendiéndose bajo ella como un tablero de ajedrez grisáceo, comenzó a moverse. Sombras de boxeo. Sus puños cortaban el aire con una velocidad aterradora. Esquive corto, paso lateral, bloqueo de hombro. Imaginaba a Adrian frente a ella, no para golpearla —ella nunca atacaría a alguien débil, su gallardía se lo impedía—, sino para entender qué tenía esa mujer que ella no poseyera.
—¿Es la vulnerabilidad? —se preguntó, lanzando un jab rápido—. ¿Es el silencio?
Se detuvo, respirando con dificultad, el vapor saliendo de sus labios rojos. Se tocó el collar de cisne. Ella era una reina en su tierra, una mujer que llenaba estadios y portadas de revistas. Pero aquí, era solo una extraña enamorada de un hombre que prefería las flores silvestres a las orquídeas de cristal.
De repente, su teléfono sonó dentro del pequeño bolso rosa que había dejado junto a su abrigo. Era su asistente.
—¿Graciella? ¿Dónde estás? Tienes la sesión de fotos para la biografía en una hora. El vestido de las lanas beige ya está listo y el maquillador está desesperado.
—Ya voy, tonta —respondió Graciella, recuperando su tono autoritario pero refinado—. Estaba... analizando el terreno. Philadelphia es una ciudad con una defensa muy alta, pero creo que he encontrado la apertura.
—¿De qué hablas? ¿Es por el entrenamiento con tu primo Nerón? Él llamó preguntando si estarías lista para el sparring de mañana.
Graciella sonrió al pensar en Nerón. Su primo era el único que entendía su dualidad: la modelo que amaba el champagne y la guerrera que podía romper costillas con un izquierdazo descendente.
—Dile a Nerón que estaré lista. Mañana quiero entrenar como si fuera a pelear por el título mundial. He visto algo hoy que me ha recordado por qué peleamos. No es por el cinturón, es por la mirada de alguien.
Colgó y se quedó un momento más observando las luces de la ciudad. El clima lúgubre de Philadelphia la envolvía como una manta familiar. Odiaba el calor, odiaba las cebollas y odiaba la forma en que Adrian miraba a Rocky. Pero amaba el desafío.
Se puso la gabardina de nuevo, ocultando las alas de nube de su vestido. Bajó del tejado con la gracia de un gato y caminó hacia su hotel de lujo. Esa noche, cenaría tostadas francesas y un poco de champagne, permitiéndose el lujo de la melancolía antes de volver a la disciplina del ring.
—Mañana será otro día —murmuró mientras cruzaba una calle neblinosa—. Y mañana, Rocky Balboa, entenderás que hay presentaciones que no se olvidan fácilmente.
Al llegar a su suite, se quitó las botas de tacón y se dejó caer en la cama, rodeada de los peluches que siempre llevaba consigo para no sentirse sola. Abrazó a un pequeño oso de felpa y cerró los ojos. En su mente, seguía repasando el combate de sombras.
Ella no era una villana. No quería destruir a Adrian. Pero era una boxeadora, y los boxeadores no se rinden hasta que suena la campana final. Si Rocky necesitaba un entrenador, alguien que le enseñara la "lectura milimétrica" del adversario, ella estaría allí. Si necesitaba ver lo que la verdadera elegancia y fuerza podían hacer juntas, ella se lo mostraría.
—Jaque mate —susurró al vacío de la habitación antes de quedarse dormida.
A la mañana siguiente, el despertador sonó a las 4:30 AM. Graciella gruñó, envuelta en sus mantas de seda, luchando contra el deseo de quedarse en el calor de la cama. Pero recordó la imagen de Rocky en el gimnasio, el diamante en bruto esperando ser tallado.
Se levantó, bebió un vaso de jugo de moras helado y se puso su ropa de correr más abrigada. Mientras se vendaba las manos escuchando una canción de pop suave, sintió la familiar inflamación en sus nudillos, un recordatorio de sus batallas pasadas.
Salió a las calles desiertas de Philadelphia. El frío le aclaró la cabeza de inmediato. Corrió diez, quince, veinte kilómetros. Pasó por delante de la tienda de animales donde trabajaba Adrian, que aún estaba cerrada y oscura. Siguió corriendo hasta llegar a las escaleras del Museo de Arte.
Subió los escalones de dos en dos, con las piernas ardiendo y los pulmones exigiendo aire. Al llegar a la cima, se giró para ver el amanecer rompiendo sobre la ciudad. El cielo tenía matices de rosa vino y magenta apagado, los mismos colores de su enterizo de combate favorito.
—Esta ciudad es mía —dijo en voz alta, desafiando al viento—. Y tú también lo serás, Rocky. Aunque tenga que enseñarte a boxear de nuevo desde cero.
Se imaginó a sí misma en el ring, luciendo su traje de mariposa crema y violeta, moviéndose con la velocidad de la luz mientras Rocky la observaba desde la esquina, deslumbrado. La belleza y la mujer eran sinónimos, se recordó a sí misma. Y ella era la definición máxima de ambos.
Regresó a su casa de veraneo empapada de sudor, pero con una sonrisa triunfal. Se duchó con agua caliente, disfrutando del vapor que relajaba sus músculos tensos, y luego se preparó un mate. Mientras revisaba una revista de moda francesa, su asistente entró con una pila de compromisos.
—Graciella, tienes tres entrevistas, una prueba de vestuario y Nerón llega en una hora para el sparring.
—Cancela las entrevistas —dijo Graciella sin levantar la vista de la revista—. Hoy solo quiero boxear. Y asegúrate de que alguien envíe un ramo de rosas blancas a la tienda de animales de Kensington. Sin tarjeta. Solo para que esa pobre chica sepa que hay cosas más hermosas que el serrín de las jaulas.
Su asistente la miró confundida, pero no se atrevió a preguntar. Graciella Xiomara Jolie Áraoz era una mujer de misterios y estrategias, y en el gran tablero de Philadelphia, acababa de mover su primera pieza. El juego por el corazón del semental italiano apenas comenzaba, y ella no tenía intención de perder por puntos. Ella iba por el KO.
Ajustó sus gafas oscuras. A pesar de ser una campeona de peso pesado en Argentina y una modelo cotizada, aquí, entre los edificios de ladrillo visto y los callejones sombríos, se sentía extrañamente libre. Su asistente le había rogado que se quedara en la casa de veraneo descansando para su próxima exhibición, pero Graciella tenía una cita con su propia curiosidad. O mejor dicho, con una obsesión que le oprimía el pecho más que cualquier corsé de alta costura.
Se detuvo frente al gimnasio de Mickey Goldmill. El sonido rítmico de las cuerdas saltando y el golpe seco de los guantes contra el cuero viejo eran música para sus oídos. Pero ella no buscaba técnica; buscaba a un hombre.
—Es un diamante en bruto —susurró para sí misma, acariciando el ópalo de su collar de oro con forma de cisne—. Pero un diamante que insiste en brillar para la mujer equivocada.
Graciella lo había visto por primera vez hacía una semana. Rocky Balboa. No era el boxeador más refinado, ni el más rápido, pero poseía una nobleza bruta que la había desarmado por completo. Ella, que despreciaba la vulgaridad, encontraba en la torpeza de Rocky una autenticidad que no existía en los salones de Buenos Aires. El problema era Adrian. Esa muchacha tímida de la tienda de animales, tan gris y silenciosa, que parecía haber capturado el corazón del semental italiano sin siquiera esforzarse.
Sintió una punzada de envidia, un sentimiento que detestaba porque lo consideraba poco estético. ¿Cómo podía ella, una mujer que consideraba la belleza y la feminidad como sinónimos de poder, sentirse amenazada por alguien que se escondía tras unas gafas de pasta gruesa?
Entró al gimnasio con pasos silenciosos, aprovechando que el lugar estaba sumido en el caos del entrenamiento vespertino. Se situó en un rincón sombrío, observando. Allí estaba él, golpeando el saco con una fuerza que hacía vibrar las cadenas del techo.
—¡Izquierda, Rocky! ¡Mueve los pies, pedazo de vago! —gritó Mickey desde el otro lado del local.
Graciella analizó el movimiento de Rocky con su ojo clínico de experta. "Demasiado abierto", pensó. "Si yo le lanzara 'La Campanada' ahora mismo, no sabría ni qué lo golpeó". Pero al mismo tiempo, admiró la rotación de su cadera, la resistencia de sus piernas. Era un hombre fuerte y alto, el tipo de hombre que normalmente la ponía nerviosa, pero con él, el nerviosismo se transformaba en un calor dulce que nacía en su vientre.
De repente, Rocky se detuvo para secarse el sudor con una toalla raída. Sus ojos vagaron por el gimnasio hasta que se encontraron con la figura elegante y oscura de Graciella. Ella no se movió. A pesar de su disfraz, su postura era demasiado erguida, demasiado refinada para ese entorno.
Rocky caminó hacia ella, con ese andar pesado y oscilante tan característico.
—Eh... hola. ¿Buscas a alguien? —preguntó él, con su voz ronca y ese acento de barrio que a ella le parecía extrañamente musical—. Este no es un buen sitio para un abrigo tan caro, señora. Se va a llenar de polvo de resina.
Graciella sonrió bajo el pañuelo. Se quitó las gafas oscuras lentamente, revelando sus ojos azul claro enmarcados por esa sombra violeta que era su sello personal.
—El polvo se limpia, Rocky. El talento, en cambio, es mucho más difícil de encontrar —dijo ella en un inglés con un marcado y elegante acento argentino.
Rocky parpadeó, confundido. Se rascó la cabeza, dejando una mancha de sudor en su frente.
—¿Me conoces? ¿Eres de la prensa? Porque si eres de la prensa, Mickey dice que no puedo hablar hasta que termine el entrenamiento.
—No soy de la prensa —respondió ella, dando un paso adelante. La fragancia de su perfume *Donna by Valentino* chocó contra el olor a sudor y tabaco del gimnasio como un choque de dos mundos—. Soy una admiradora del arte. Y lo que haces ahí arriba, aunque le falte pulido, tiene la esencia de una gran presentación.
—¿Presentación? —Rocky soltó una risita corta—. Esto es boxeo, señorita. Aquí nos pegamos, no bailamos tango.
—El boxeo es una danza de sombras, mi querido Rocky —replicó Graciella, dejando que su mano enguantada rozara ligeramente el brazo del boxeador. Sintió la dureza del músculo y su corazón dio un vuelco—. Solo que algunos prefieren bailar con la fuerza, y otros con la estrategia. Yo prefiero ambas.
—Hablas igual que un libro que leí una vez... o que intenté leer —dijo Rocky, mirándola con una mezcla de sospecha y fascinación—. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Graciella. Pero eso no importa ahora. He venido a Philadelphia a descansar, y parece que el destino me ha traído a tu puerta.
En ese momento, la puerta del gimnasio se abrió y entró una figura pequeña y encogida. Era Adrian, llevando una pequeña bolsa con comida. Se detuvo en seco al ver a la imponente mujer de negro hablando con Rocky. La inseguridad en el rostro de Adrian fue instantánea.
—Rocky... yo... te traje el almuerzo —susurró la joven, bajando la mirada al suelo.
Graciella sintió una oleada de irritación. "Jaque mate", pensó amargamente, aunque la partida ni siquiera había comenzado. Ver la forma en que los ojos de Rocky se iluminaron al ver a Adrian fue como recibir un golpe directo al hígado, de esos que te quitan el aire y te obligan a poner la rodilla en la lona.
—¡Adrian! ¡Qué bueno que viniste! —Rocky se olvidó por completo de la misteriosa mujer argentina y corrió hacia su novia—. Mira, esta señora estaba diciendo cosas raras sobre el arte y el tango.
Graciella se ajustó el sombrero con una elegancia gélida. Observó a Adrian: su cabello descuidado, su ropa sin forma, su falta total de maquillaje. Para Graciella, que consideraba que una mujer debía ser un templo de belleza, el aspecto de Adrian era casi un insulto personal. Y sin embargo, Rocky la miraba como si fuera la criatura más preciosa del mundo.
—Debo retirarme —dijo Graciella, recuperando su compostura de campeona—. Tengo compromisos que atender. Mi asistente me espera.
—¿Te vas ya? —preguntó Rocky, volviéndose un segundo—. Ni siquiera me dijiste qué haces en un sitio como este.
—Busco inspiración, Rocky. Y creo que he encontrado un desafío interesante —hizo una pausa, mirando fijamente a Adrian, quien se encogió un poco más bajo su mirada—. Buena suerte con tu entrenamiento. La vas a necesitar si quieres vencer a Apollo Creed. Él no pelea con el corazón, pelea con el reloj. Y tú... tú necesitas aprender a leer el plan del adversario antes de que el primer golpe caiga.
Salió del gimnasio antes de que pudieran responder. Una vez en la acera, el frío de Philadelphia la golpeó, pero ella lo recibió con alivio. Caminó rápidamente hacia el callejón trasero, donde no hubiera testigos. Necesitaba liberar la tensión.
Vio una vieja tubería que sobresalía de una pared de ladrillos, a unos tres metros de altura. Sin pensarlo dos veces, Graciella se quitó la gabardina, revelando su mini-vestido blanco con detalles dorados (siempre lo llevaba debajo, como una armadura secreta). Con una agilidad que desafiaba su tamaño de peso pesado, saltó, se impulsó en un contenedor de basura y realizó una maniobra de parkour que la dejó en el tejado del edificio colindante.
Allí arriba, con la ciudad extendiéndose bajo ella como un tablero de ajedrez grisáceo, comenzó a moverse. Sombras de boxeo. Sus puños cortaban el aire con una velocidad aterradora. Esquive corto, paso lateral, bloqueo de hombro. Imaginaba a Adrian frente a ella, no para golpearla —ella nunca atacaría a alguien débil, su gallardía se lo impedía—, sino para entender qué tenía esa mujer que ella no poseyera.
—¿Es la vulnerabilidad? —se preguntó, lanzando un jab rápido—. ¿Es el silencio?
Se detuvo, respirando con dificultad, el vapor saliendo de sus labios rojos. Se tocó el collar de cisne. Ella era una reina en su tierra, una mujer que llenaba estadios y portadas de revistas. Pero aquí, era solo una extraña enamorada de un hombre que prefería las flores silvestres a las orquídeas de cristal.
De repente, su teléfono sonó dentro del pequeño bolso rosa que había dejado junto a su abrigo. Era su asistente.
—¿Graciella? ¿Dónde estás? Tienes la sesión de fotos para la biografía en una hora. El vestido de las lanas beige ya está listo y el maquillador está desesperado.
—Ya voy, tonta —respondió Graciella, recuperando su tono autoritario pero refinado—. Estaba... analizando el terreno. Philadelphia es una ciudad con una defensa muy alta, pero creo que he encontrado la apertura.
—¿De qué hablas? ¿Es por el entrenamiento con tu primo Nerón? Él llamó preguntando si estarías lista para el sparring de mañana.
Graciella sonrió al pensar en Nerón. Su primo era el único que entendía su dualidad: la modelo que amaba el champagne y la guerrera que podía romper costillas con un izquierdazo descendente.
—Dile a Nerón que estaré lista. Mañana quiero entrenar como si fuera a pelear por el título mundial. He visto algo hoy que me ha recordado por qué peleamos. No es por el cinturón, es por la mirada de alguien.
Colgó y se quedó un momento más observando las luces de la ciudad. El clima lúgubre de Philadelphia la envolvía como una manta familiar. Odiaba el calor, odiaba las cebollas y odiaba la forma en que Adrian miraba a Rocky. Pero amaba el desafío.
Se puso la gabardina de nuevo, ocultando las alas de nube de su vestido. Bajó del tejado con la gracia de un gato y caminó hacia su hotel de lujo. Esa noche, cenaría tostadas francesas y un poco de champagne, permitiéndose el lujo de la melancolía antes de volver a la disciplina del ring.
—Mañana será otro día —murmuró mientras cruzaba una calle neblinosa—. Y mañana, Rocky Balboa, entenderás que hay presentaciones que no se olvidan fácilmente.
Al llegar a su suite, se quitó las botas de tacón y se dejó caer en la cama, rodeada de los peluches que siempre llevaba consigo para no sentirse sola. Abrazó a un pequeño oso de felpa y cerró los ojos. En su mente, seguía repasando el combate de sombras.
Ella no era una villana. No quería destruir a Adrian. Pero era una boxeadora, y los boxeadores no se rinden hasta que suena la campana final. Si Rocky necesitaba un entrenador, alguien que le enseñara la "lectura milimétrica" del adversario, ella estaría allí. Si necesitaba ver lo que la verdadera elegancia y fuerza podían hacer juntas, ella se lo mostraría.
—Jaque mate —susurró al vacío de la habitación antes de quedarse dormida.
A la mañana siguiente, el despertador sonó a las 4:30 AM. Graciella gruñó, envuelta en sus mantas de seda, luchando contra el deseo de quedarse en el calor de la cama. Pero recordó la imagen de Rocky en el gimnasio, el diamante en bruto esperando ser tallado.
Se levantó, bebió un vaso de jugo de moras helado y se puso su ropa de correr más abrigada. Mientras se vendaba las manos escuchando una canción de pop suave, sintió la familiar inflamación en sus nudillos, un recordatorio de sus batallas pasadas.
Salió a las calles desiertas de Philadelphia. El frío le aclaró la cabeza de inmediato. Corrió diez, quince, veinte kilómetros. Pasó por delante de la tienda de animales donde trabajaba Adrian, que aún estaba cerrada y oscura. Siguió corriendo hasta llegar a las escaleras del Museo de Arte.
Subió los escalones de dos en dos, con las piernas ardiendo y los pulmones exigiendo aire. Al llegar a la cima, se giró para ver el amanecer rompiendo sobre la ciudad. El cielo tenía matices de rosa vino y magenta apagado, los mismos colores de su enterizo de combate favorito.
—Esta ciudad es mía —dijo en voz alta, desafiando al viento—. Y tú también lo serás, Rocky. Aunque tenga que enseñarte a boxear de nuevo desde cero.
Se imaginó a sí misma en el ring, luciendo su traje de mariposa crema y violeta, moviéndose con la velocidad de la luz mientras Rocky la observaba desde la esquina, deslumbrado. La belleza y la mujer eran sinónimos, se recordó a sí misma. Y ella era la definición máxima de ambos.
Regresó a su casa de veraneo empapada de sudor, pero con una sonrisa triunfal. Se duchó con agua caliente, disfrutando del vapor que relajaba sus músculos tensos, y luego se preparó un mate. Mientras revisaba una revista de moda francesa, su asistente entró con una pila de compromisos.
—Graciella, tienes tres entrevistas, una prueba de vestuario y Nerón llega en una hora para el sparring.
—Cancela las entrevistas —dijo Graciella sin levantar la vista de la revista—. Hoy solo quiero boxear. Y asegúrate de que alguien envíe un ramo de rosas blancas a la tienda de animales de Kensington. Sin tarjeta. Solo para que esa pobre chica sepa que hay cosas más hermosas que el serrín de las jaulas.
Su asistente la miró confundida, pero no se atrevió a preguntar. Graciella Xiomara Jolie Áraoz era una mujer de misterios y estrategias, y en el gran tablero de Philadelphia, acababa de mover su primera pieza. El juego por el corazón del semental italiano apenas comenzaba, y ella no tenía intención de perder por puntos. Ella iba por el KO.
