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Solo mía
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 14/6/2026
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RomanceRecortes de VidaFluffCelosAmbientación CanonHistoria DomésticaEstudio de PersonajeAcciónAventuraHumor
Danza de Sombras y Celos en el Distrito Rojo
La luz del sol de las once de la mañana se filtraba de manera inclemente por las ventanas del aula de la Academia de Jujutsu, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Sobre la mesa, un mapa desplegado del barrio de Kabukicho y varias fotografías borrosas de un callejón sin salida marcaban el inicio de lo que Megumi Fushiguro llamaba "operación de infiltración".
—Escuchen bien —dijo Megumi, señalando un punto específico en el mapa—. La maldición es de primer grado. Tiene la capacidad de mimetizarse perfectamente con la forma humana, pero carece de la chispa emocional. No siente miedo, ni placer, ni asco. Es un cascarón vacío que se alimenta de la energía residual de los vicios humanos.
Yuji Itadori se rascó la nuca, frunciendo el ceño mientras intentaba procesar la información.
—Entonces, ¿solo tenemos que buscar a alguien que parezca aburrido? —preguntó Yuji con su habitual tono directo.
—No es tan simple, Itadori —respondió Megumi con un suspiro—. En un bar clandestino, mucha gente puede parecer distante o cansada. Necesitamos un estímulo fuerte, algo que provoque una reacción visceral en cualquier ser humano normal. Si alguien permanece impasible ante un espectáculo diseñado para cautivar, ese será nuestro objetivo.
Nobara Kugisaki, que hasta ese momento se limaba las uñas con desinterés, levantó la vista con una chispa peligrosa en sus ojos naranjas.
—Y ahí es donde entro yo, ¿verdad? —Una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro—. El bar es famoso por sus bailarinas de vientre. Quieren que yo sea la estrella del show.
—Exacto —confirmó Megumi—. Yo estaré tras la barra como bartender. Es la posición perfecta para observar a toda la clientela y escuchar las conversaciones. Itadori, tú serás un mesero. Te moverás entre las mesas, observarás de cerca los rostros de los comensales y buscarás cualquier rastro de energía maldita que se le escape al sospechoso cuando Nobara esté en el escenario.
Nobara se puso en pie, haciendo una pose dramática.
—¡Es perfecto! Finalmente, una misión que reconoce mi belleza y mi talento natural. Voy a dejarlos a todos boquiabiertos. Ese traje de bailarina tiene que ser espectacular, algo que resalte mi figura y...
—¡Espera un segundo! —interrumpió Yuji, poniéndose de pie de un salto. Su rostro, usualmente alegre, mostraba una mezcla de confusión y una molestia que ni él mismo lograba comprender—. ¿Nobara tiene que bailar... así? ¿Delante de todos esos tipos borrachos en un bar de mala muerte?
Nobara arqueó una ceja, cruzándose de brazos.
—¿Tienes algún problema con eso, Itadori? ¿Acaso crees que no puedo hacerlo?
—No, no es eso —balbuceó él, sintiendo que el calor subía por su cuello—. Es solo que... ese lugar suena peligroso. Y el plan dice que tenemos que repetirlo cada noche hasta que aparezca la maldición. ¿Vas a estar ahí arriba exponiéndote todas las noches? No me parece bien.
—Es una misión, Itadori —sentenció Megumi, recogiendo los papeles—. Si sale mal hoy, volveremos mañana. Y pasado mañana. Hasta que el objetivo caiga. A mí me da igual el tiempo que tome mientras sea efectivo.
Nobara soltó una carcajada y le dio una palmada fuerte en la espalda a Yuji, casi haciéndolo tropezar.
—No seas tan anticuado, Yuji. Voy a ser la reina de ese local. Tú solo asegúrate de no tirar las bebidas por estar mirándome demasiado, ¿entendido?
Yuji no respondió. Se quedó mirando cómo sus dos amigos salían de la habitación. Un sentimiento extraño, como un nudo frío en el estómago, lo invadió. No era miedo a la maldición; era algo más punzante. La idea de decenas de desconocidos clavando sus ojos en Nobara, mientras ella se movía al ritmo de la música, le resultaba insoportable.
***
Diez de la noche. El aire en el distrito de Shinjuku estaba cargado de humedad y el olor metálico de los carteles de neón. El bar, oculto tras una puerta de metal sin marcar en un sótano, era un hervidero de humo de cigarrillo, música hipnótica y susurros clandestinos.
Yuji se ajustó el chaleco negro del uniforme de mesero. Se sentía incómodo. La prenda le apretaba los hombros y el ambiente denso del lugar lo ponía alerta. Miró hacia la barra, donde Megumi, con una eficiencia sorprendente, mezclaba tragos sin decir una palabra, manteniendo sus ojos verdes fijos en la multitud.
—Mantén la concentración, Itadori —murmuró Megumi cuando Yuji se acercó a dejar una bandeja vacía—. El espectáculo está por empezar.
—Lo sé, lo sé —respondió Yuji en voz baja, apretando los puños—. Pero sigo pensando que este plan es una locura.
De pronto, las luces del local se atenuaron hasta quedar en un tono carmesí profundo. El sonido de un laúd árabe y tambores rítmicos comenzó a vibrar en las paredes. El murmullo de los clientes cesó, reemplazado por una anticipación eléctrica.
Cuando Nobara salió al escenario, Yuji sintió que el corazón se le detenía por un instante.
Llevaba un traje de seda color esmeralda que contrastaba vívidamente con su cabello naranja. El top estaba decorado con monedas de oro que tintineaban con cada uno de sus movimientos, y la falda, traslúcida y abierta a los costados, dejaba ver sus piernas con una elegancia que Yuji nunca le había asociado. No era solo que se viera hermosa; era la confianza arrolladora que emanaba.
—¡Vaya, miren a esa chica! —exclamó un hombre en una mesa cercana, lamiéndose los labios.
Yuji apretó la bandeja con tanta fuerza que el metal crujió levemente. Sintió un impulso violento de caminar hacia ese hombre y pedirle que cerrara la boca, pero la voz de Megumi resonó en su auricular oculto.
—Identifica a los sospechosos, Itadori. No te distraigas.
Nobara comenzó a moverse. Sus caderas seguían el ritmo de los tambores con una precisión técnica impresionante. Giraba y se ondulaba, haciendo que las monedas de su traje crearan una melodía metálica que hipnotizaba a la audiencia. Los hombres en el bar estaban cautivados; algunos gritaban, otros se inclinaban hacia adelante, completamente absortos por la presencia de la joven.
Yuji, sin embargo, no podía dejar de mirar las expresiones de los clientes. Sus ojos escaneaban mesa por mesa, pero su mente volvía constantemente a la figura en el escenario. Sentía una molestia creciente, un calor que no era por el vapor del lugar, sino una rabia sorda. ¿Por qué ella parecía estar disfrutándolo tanto?
—Mesa cuatro, el sujeto de la chaqueta gris —susurró Megumi por el comunicador—. No ha parpadeado en tres minutos. Analízalo.
Yuji se obligó a caminar hacia la mesa indicada. Mientras dejaba una cerveza frente al hombre de gris, notó que el sujeto miraba a Nobara, pero sus ojos estaban muertos. No había deseo, ni alegría, ni siquiera curiosidad. Era como mirar a una estatua.
—Aquí tiene su pedido —dijo Yuji, tratando de captar algún rastro de energía maldita.
El hombre ni siquiera lo miró. Su mirada seguía fija en Nobara, pero era una observación mecánica, como un depredador calculando una distancia, no como un espectador disfrutando de un arte.
Yuji sintió un escalofrío. Era él. O al menos, era el candidato más probable. Pero antes de que pudiera hacer una señal a Megumi, un grupo de hombres en la mesa de al lado comenzó a silbar con fuerza, lanzando comentarios groseros hacia el escenario.
—¡Eh, preciosa! ¡Acércate más! —gritó uno de ellos, extendiendo una mano para intentar tocar el borde de la falda de Nobara mientras ella pasaba cerca del borde del escenario.
Yuji no lo pensó. En un parpadeo, estaba junto a la mesa, interceptando la mano del hombre con una presión firme pero controlada.
—El espectáculo se mira, no se toca —dijo Yuji. Su voz era baja, cargada de una seriedad que rara vez mostraba. Sus ojos, usualmente amables, brillaban con una intensidad peligrosa.
El hombre, un tipo corpulento que le doblaba el peso, intentó zafarse, pero la mano de Yuji era como una prensa de acero.
—¿Y tú quién te crees que eres, niño? —gruñó el cliente.
—Soy el que va a sacarte de aquí si no te sientas y te callas —respondió Yuji, sin soltarlo.
Desde el escenario, Nobara no perdió el ritmo. Sus ojos se cruzaron con los de Yuji por una fracción de segundo. Ella vio la mandíbula tensa de su amigo, la forma en que sus hombros estaban rígidos de pura indignación. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios. "Idiota", pensó ella, aunque su corazón dio un vuelco extraño.
—Itadori, suéltalo —ordenó Megumi a través del auricular—. Estás llamando la atención. El sospechoso se está moviendo.
Yuji soltó al hombre, quien se hundió en su asiento, murmurando insultos. El joven mesero miró hacia la mesa cuatro. El hombre de la chaqueta gris se había levantado y caminaba hacia la parte trasera del bar, cerca de los camerinos.
—Se dirige hacia Nobara —dijo Yuji, y esta vez no esperó órdenes.
Dejó caer la bandeja al suelo con un estrépito metálico y comenzó a abrirse paso entre la multitud. La música seguía sonando, pero para Yuji, todo se había vuelto silencioso excepto por el latido de su propio corazón y la urgencia de llegar al lado de su compañera.
Nobara terminó su acto con un giro final y una pose elegante mientras las luces se apagaban por completo para el intermedio. Aprovechó la oscuridad para bajar del escenario y dirigirse al pasillo de los camerinos, tal como habían planeado para atraer a la maldición a un lugar más privado.
Al entrar en el pasillo estrecho y mal iluminado, sintió la caída de la temperatura. El aire se volvió pesado, con un olor a humedad y carne rancia. Se detuvo y llevó la mano a su cinturón, donde ocultaba sus clavos y su martillo bajo las telas del traje.
—Sé que estás ahí —dijo ella, recuperando su tono desafiante—. No eres muy bueno escondiendo ese vacío que llevas dentro.
De las sombras emergió el hombre de la chaqueta gris. Su rostro comenzó a distorsionarse; la piel se estiraba como goma y sus ojos se multiplicaban en su frente. Su voz salió como un crujido de cristales rotos.
—No... entiendo... la danza... ¿Por qué... se mueven... así?
—Porque estamos vivos, cosa fea —respondió Nobara, sacando su martillo—. Algo que tú nunca entenderás.
La maldición se lanzó hacia ella con una velocidad inhumana, sus brazos transformándose en cuchillas de hueso. Nobara se preparó para el impacto, pero antes de que el ataque la alcanzara, una figura vestida de mesero se interpuso en el camino.
Yuji recibió el golpe con los antebrazos cruzados, la fuerza del impacto lo arrastró unos centímetros hacia atrás, pero no cedió.
—¡Itadori! —exclamó Nobara, sorprendida.
—Te tengo —dijo él, sin mirar atrás. Su energía maldita comenzó a fluir, rodeando sus puños con ese característico brillo azulado—. No voy a dejar que toque ni un solo hilo de ese traje, Nobara.
La maldición siseó, confundida por la repentina agresividad del chico.
—¿Por qué... proteges... a la hembra? —preguntó la criatura, ladeando la cabeza—. No... hay beneficio... lógico.
Yuji apretó los dientes. La molestia que había sentido toda la mañana, la irritación al ver a los hombres mirándola, el nudo en su estómago... todo explotó en una determinación feroz.
—No necesito una razón lógica para querer proteger a mi amiga —bramó Yuji, lanzándose al ataque con un derechazo cargado de energía—. ¡Y mucho menos a alguien como tú!
El golpe conectó de lleno en el pecho de la maldición, lanzándola contra la pared del fondo. Nobara, aprovechando la apertura, saltó por encima de Yuji, lanzando tres clavos imbuidos en energía maldita que se clavaron en las articulaciones del monstruo.
—¡Resonancia! —gritó ella, golpeando su propio muñeco de paja con el martillo.
Un estallido de energía negra y roja recorrió el cuerpo de la maldición, que soltó un alarido de agonía antes de disolverse en una nube de ceniza negra. El pasillo volvió a quedar en silencio, solo interrumpido por la respiración agitada de ambos.
Yuji se relajó, bajando los brazos. Se dio la vuelta para mirar a Nobara, quien todavía sostenía su martillo, con el traje de bailarina algo desordenado y el cabello revuelto.
—¿Estás bien? —preguntó Yuji, acercándose un paso. Su voz todavía tenía ese rastro de preocupación protectora.
Nobara lo miró de arriba abajo, guardando sus herramientas.
—Estoy bien, Yuji. Te dije que podía manejarlo. —Hizo una pausa, cruzándose de brazos mientras una sonrisa burlona volvía a su rostro—. Aunque... ese rescate fue un poco dramático, ¿no crees? ¿Acaso estabas celoso de los tipos del bar?
Yuji se quedó congelado. El calor volvió a subir por sus mejillas, esta vez con más fuerza que nunca.
—¡No! —exclamó, agitando las manos frenéticamente—. ¡No es eso! Es solo que... el bar... y el traje... y... ¡era una misión peligrosa!
—Sí, claro —se burló ella, caminando hacia la salida del pasillo, haciendo que las monedas de su cintura tintinearan—. "El espectáculo se mira, no se toca", ¿eh? Quién diría que el gran Itadori era tan posesivo.
—¡No soy posesivo! —protestó él, siguiéndola de cerca—. ¡Solo soy un buen compañero! ¡Nobara, espera!
—Cállate y ayúdame a buscar mi ropa normal —dijo ella, aunque no pudo evitar que su corazón latiera un poco más rápido de lo normal—. Mañana tenemos que informar a Gojo-sensei. Y más te vale no mencionar lo de los celos, o te usaré como práctica de tiro.
—¡Que no eran celos! —insistió Yuji, aunque en el fondo de su mente, una pequeña voz le decía que quizá, solo quizá, Nobara tenía razón.
Mientras salían del local hacia la fresca noche de Tokio, Megumi los esperaba en la esquina, con su uniforme escolar ya puesto y una expresión de cansancio absoluto.
—¿Terminaron? —preguntó Megumi, mirando a Yuji, que seguía rojo, y a Nobara, que caminaba con la cabeza en alto como si acabara de ganar un premio.
—Misión cumplida —dijo Nobara, guiñándole un ojo—. Aunque creo que a nuestro mesero estrella le vendría bien un poco de té de tilo para los nervios.
Yuji suspiró, mirando las luces de la ciudad. La misión había terminado, pero sabía que esa noche, y la imagen de Nobara bajo las luces carmesí, se quedarían grabadas en su memoria por mucho tiempo. Y por primera vez, no le importaba que Megumi tuviera que aguantar sus quejas el resto del camino de regreso a la academia. Al menos, ella estaba a salvo, y estaba con ellos.
—Escuchen bien —dijo Megumi, señalando un punto específico en el mapa—. La maldición es de primer grado. Tiene la capacidad de mimetizarse perfectamente con la forma humana, pero carece de la chispa emocional. No siente miedo, ni placer, ni asco. Es un cascarón vacío que se alimenta de la energía residual de los vicios humanos.
Yuji Itadori se rascó la nuca, frunciendo el ceño mientras intentaba procesar la información.
—Entonces, ¿solo tenemos que buscar a alguien que parezca aburrido? —preguntó Yuji con su habitual tono directo.
—No es tan simple, Itadori —respondió Megumi con un suspiro—. En un bar clandestino, mucha gente puede parecer distante o cansada. Necesitamos un estímulo fuerte, algo que provoque una reacción visceral en cualquier ser humano normal. Si alguien permanece impasible ante un espectáculo diseñado para cautivar, ese será nuestro objetivo.
Nobara Kugisaki, que hasta ese momento se limaba las uñas con desinterés, levantó la vista con una chispa peligrosa en sus ojos naranjas.
—Y ahí es donde entro yo, ¿verdad? —Una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro—. El bar es famoso por sus bailarinas de vientre. Quieren que yo sea la estrella del show.
—Exacto —confirmó Megumi—. Yo estaré tras la barra como bartender. Es la posición perfecta para observar a toda la clientela y escuchar las conversaciones. Itadori, tú serás un mesero. Te moverás entre las mesas, observarás de cerca los rostros de los comensales y buscarás cualquier rastro de energía maldita que se le escape al sospechoso cuando Nobara esté en el escenario.
Nobara se puso en pie, haciendo una pose dramática.
—¡Es perfecto! Finalmente, una misión que reconoce mi belleza y mi talento natural. Voy a dejarlos a todos boquiabiertos. Ese traje de bailarina tiene que ser espectacular, algo que resalte mi figura y...
—¡Espera un segundo! —interrumpió Yuji, poniéndose de pie de un salto. Su rostro, usualmente alegre, mostraba una mezcla de confusión y una molestia que ni él mismo lograba comprender—. ¿Nobara tiene que bailar... así? ¿Delante de todos esos tipos borrachos en un bar de mala muerte?
Nobara arqueó una ceja, cruzándose de brazos.
—¿Tienes algún problema con eso, Itadori? ¿Acaso crees que no puedo hacerlo?
—No, no es eso —balbuceó él, sintiendo que el calor subía por su cuello—. Es solo que... ese lugar suena peligroso. Y el plan dice que tenemos que repetirlo cada noche hasta que aparezca la maldición. ¿Vas a estar ahí arriba exponiéndote todas las noches? No me parece bien.
—Es una misión, Itadori —sentenció Megumi, recogiendo los papeles—. Si sale mal hoy, volveremos mañana. Y pasado mañana. Hasta que el objetivo caiga. A mí me da igual el tiempo que tome mientras sea efectivo.
Nobara soltó una carcajada y le dio una palmada fuerte en la espalda a Yuji, casi haciéndolo tropezar.
—No seas tan anticuado, Yuji. Voy a ser la reina de ese local. Tú solo asegúrate de no tirar las bebidas por estar mirándome demasiado, ¿entendido?
Yuji no respondió. Se quedó mirando cómo sus dos amigos salían de la habitación. Un sentimiento extraño, como un nudo frío en el estómago, lo invadió. No era miedo a la maldición; era algo más punzante. La idea de decenas de desconocidos clavando sus ojos en Nobara, mientras ella se movía al ritmo de la música, le resultaba insoportable.
***
Diez de la noche. El aire en el distrito de Shinjuku estaba cargado de humedad y el olor metálico de los carteles de neón. El bar, oculto tras una puerta de metal sin marcar en un sótano, era un hervidero de humo de cigarrillo, música hipnótica y susurros clandestinos.
Yuji se ajustó el chaleco negro del uniforme de mesero. Se sentía incómodo. La prenda le apretaba los hombros y el ambiente denso del lugar lo ponía alerta. Miró hacia la barra, donde Megumi, con una eficiencia sorprendente, mezclaba tragos sin decir una palabra, manteniendo sus ojos verdes fijos en la multitud.
—Mantén la concentración, Itadori —murmuró Megumi cuando Yuji se acercó a dejar una bandeja vacía—. El espectáculo está por empezar.
—Lo sé, lo sé —respondió Yuji en voz baja, apretando los puños—. Pero sigo pensando que este plan es una locura.
De pronto, las luces del local se atenuaron hasta quedar en un tono carmesí profundo. El sonido de un laúd árabe y tambores rítmicos comenzó a vibrar en las paredes. El murmullo de los clientes cesó, reemplazado por una anticipación eléctrica.
Cuando Nobara salió al escenario, Yuji sintió que el corazón se le detenía por un instante.
Llevaba un traje de seda color esmeralda que contrastaba vívidamente con su cabello naranja. El top estaba decorado con monedas de oro que tintineaban con cada uno de sus movimientos, y la falda, traslúcida y abierta a los costados, dejaba ver sus piernas con una elegancia que Yuji nunca le había asociado. No era solo que se viera hermosa; era la confianza arrolladora que emanaba.
—¡Vaya, miren a esa chica! —exclamó un hombre en una mesa cercana, lamiéndose los labios.
Yuji apretó la bandeja con tanta fuerza que el metal crujió levemente. Sintió un impulso violento de caminar hacia ese hombre y pedirle que cerrara la boca, pero la voz de Megumi resonó en su auricular oculto.
—Identifica a los sospechosos, Itadori. No te distraigas.
Nobara comenzó a moverse. Sus caderas seguían el ritmo de los tambores con una precisión técnica impresionante. Giraba y se ondulaba, haciendo que las monedas de su traje crearan una melodía metálica que hipnotizaba a la audiencia. Los hombres en el bar estaban cautivados; algunos gritaban, otros se inclinaban hacia adelante, completamente absortos por la presencia de la joven.
Yuji, sin embargo, no podía dejar de mirar las expresiones de los clientes. Sus ojos escaneaban mesa por mesa, pero su mente volvía constantemente a la figura en el escenario. Sentía una molestia creciente, un calor que no era por el vapor del lugar, sino una rabia sorda. ¿Por qué ella parecía estar disfrutándolo tanto?
—Mesa cuatro, el sujeto de la chaqueta gris —susurró Megumi por el comunicador—. No ha parpadeado en tres minutos. Analízalo.
Yuji se obligó a caminar hacia la mesa indicada. Mientras dejaba una cerveza frente al hombre de gris, notó que el sujeto miraba a Nobara, pero sus ojos estaban muertos. No había deseo, ni alegría, ni siquiera curiosidad. Era como mirar a una estatua.
—Aquí tiene su pedido —dijo Yuji, tratando de captar algún rastro de energía maldita.
El hombre ni siquiera lo miró. Su mirada seguía fija en Nobara, pero era una observación mecánica, como un depredador calculando una distancia, no como un espectador disfrutando de un arte.
Yuji sintió un escalofrío. Era él. O al menos, era el candidato más probable. Pero antes de que pudiera hacer una señal a Megumi, un grupo de hombres en la mesa de al lado comenzó a silbar con fuerza, lanzando comentarios groseros hacia el escenario.
—¡Eh, preciosa! ¡Acércate más! —gritó uno de ellos, extendiendo una mano para intentar tocar el borde de la falda de Nobara mientras ella pasaba cerca del borde del escenario.
Yuji no lo pensó. En un parpadeo, estaba junto a la mesa, interceptando la mano del hombre con una presión firme pero controlada.
—El espectáculo se mira, no se toca —dijo Yuji. Su voz era baja, cargada de una seriedad que rara vez mostraba. Sus ojos, usualmente amables, brillaban con una intensidad peligrosa.
El hombre, un tipo corpulento que le doblaba el peso, intentó zafarse, pero la mano de Yuji era como una prensa de acero.
—¿Y tú quién te crees que eres, niño? —gruñó el cliente.
—Soy el que va a sacarte de aquí si no te sientas y te callas —respondió Yuji, sin soltarlo.
Desde el escenario, Nobara no perdió el ritmo. Sus ojos se cruzaron con los de Yuji por una fracción de segundo. Ella vio la mandíbula tensa de su amigo, la forma en que sus hombros estaban rígidos de pura indignación. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios. "Idiota", pensó ella, aunque su corazón dio un vuelco extraño.
—Itadori, suéltalo —ordenó Megumi a través del auricular—. Estás llamando la atención. El sospechoso se está moviendo.
Yuji soltó al hombre, quien se hundió en su asiento, murmurando insultos. El joven mesero miró hacia la mesa cuatro. El hombre de la chaqueta gris se había levantado y caminaba hacia la parte trasera del bar, cerca de los camerinos.
—Se dirige hacia Nobara —dijo Yuji, y esta vez no esperó órdenes.
Dejó caer la bandeja al suelo con un estrépito metálico y comenzó a abrirse paso entre la multitud. La música seguía sonando, pero para Yuji, todo se había vuelto silencioso excepto por el latido de su propio corazón y la urgencia de llegar al lado de su compañera.
Nobara terminó su acto con un giro final y una pose elegante mientras las luces se apagaban por completo para el intermedio. Aprovechó la oscuridad para bajar del escenario y dirigirse al pasillo de los camerinos, tal como habían planeado para atraer a la maldición a un lugar más privado.
Al entrar en el pasillo estrecho y mal iluminado, sintió la caída de la temperatura. El aire se volvió pesado, con un olor a humedad y carne rancia. Se detuvo y llevó la mano a su cinturón, donde ocultaba sus clavos y su martillo bajo las telas del traje.
—Sé que estás ahí —dijo ella, recuperando su tono desafiante—. No eres muy bueno escondiendo ese vacío que llevas dentro.
De las sombras emergió el hombre de la chaqueta gris. Su rostro comenzó a distorsionarse; la piel se estiraba como goma y sus ojos se multiplicaban en su frente. Su voz salió como un crujido de cristales rotos.
—No... entiendo... la danza... ¿Por qué... se mueven... así?
—Porque estamos vivos, cosa fea —respondió Nobara, sacando su martillo—. Algo que tú nunca entenderás.
La maldición se lanzó hacia ella con una velocidad inhumana, sus brazos transformándose en cuchillas de hueso. Nobara se preparó para el impacto, pero antes de que el ataque la alcanzara, una figura vestida de mesero se interpuso en el camino.
Yuji recibió el golpe con los antebrazos cruzados, la fuerza del impacto lo arrastró unos centímetros hacia atrás, pero no cedió.
—¡Itadori! —exclamó Nobara, sorprendida.
—Te tengo —dijo él, sin mirar atrás. Su energía maldita comenzó a fluir, rodeando sus puños con ese característico brillo azulado—. No voy a dejar que toque ni un solo hilo de ese traje, Nobara.
La maldición siseó, confundida por la repentina agresividad del chico.
—¿Por qué... proteges... a la hembra? —preguntó la criatura, ladeando la cabeza—. No... hay beneficio... lógico.
Yuji apretó los dientes. La molestia que había sentido toda la mañana, la irritación al ver a los hombres mirándola, el nudo en su estómago... todo explotó en una determinación feroz.
—No necesito una razón lógica para querer proteger a mi amiga —bramó Yuji, lanzándose al ataque con un derechazo cargado de energía—. ¡Y mucho menos a alguien como tú!
El golpe conectó de lleno en el pecho de la maldición, lanzándola contra la pared del fondo. Nobara, aprovechando la apertura, saltó por encima de Yuji, lanzando tres clavos imbuidos en energía maldita que se clavaron en las articulaciones del monstruo.
—¡Resonancia! —gritó ella, golpeando su propio muñeco de paja con el martillo.
Un estallido de energía negra y roja recorrió el cuerpo de la maldición, que soltó un alarido de agonía antes de disolverse en una nube de ceniza negra. El pasillo volvió a quedar en silencio, solo interrumpido por la respiración agitada de ambos.
Yuji se relajó, bajando los brazos. Se dio la vuelta para mirar a Nobara, quien todavía sostenía su martillo, con el traje de bailarina algo desordenado y el cabello revuelto.
—¿Estás bien? —preguntó Yuji, acercándose un paso. Su voz todavía tenía ese rastro de preocupación protectora.
Nobara lo miró de arriba abajo, guardando sus herramientas.
—Estoy bien, Yuji. Te dije que podía manejarlo. —Hizo una pausa, cruzándose de brazos mientras una sonrisa burlona volvía a su rostro—. Aunque... ese rescate fue un poco dramático, ¿no crees? ¿Acaso estabas celoso de los tipos del bar?
Yuji se quedó congelado. El calor volvió a subir por sus mejillas, esta vez con más fuerza que nunca.
—¡No! —exclamó, agitando las manos frenéticamente—. ¡No es eso! Es solo que... el bar... y el traje... y... ¡era una misión peligrosa!
—Sí, claro —se burló ella, caminando hacia la salida del pasillo, haciendo que las monedas de su cintura tintinearan—. "El espectáculo se mira, no se toca", ¿eh? Quién diría que el gran Itadori era tan posesivo.
—¡No soy posesivo! —protestó él, siguiéndola de cerca—. ¡Solo soy un buen compañero! ¡Nobara, espera!
—Cállate y ayúdame a buscar mi ropa normal —dijo ella, aunque no pudo evitar que su corazón latiera un poco más rápido de lo normal—. Mañana tenemos que informar a Gojo-sensei. Y más te vale no mencionar lo de los celos, o te usaré como práctica de tiro.
—¡Que no eran celos! —insistió Yuji, aunque en el fondo de su mente, una pequeña voz le decía que quizá, solo quizá, Nobara tenía razón.
Mientras salían del local hacia la fresca noche de Tokio, Megumi los esperaba en la esquina, con su uniforme escolar ya puesto y una expresión de cansancio absoluto.
—¿Terminaron? —preguntó Megumi, mirando a Yuji, que seguía rojo, y a Nobara, que caminaba con la cabeza en alto como si acabara de ganar un premio.
—Misión cumplida —dijo Nobara, guiñándole un ojo—. Aunque creo que a nuestro mesero estrella le vendría bien un poco de té de tilo para los nervios.
Yuji suspiró, mirando las luces de la ciudad. La misión había terminado, pero sabía que esa noche, y la imagen de Nobara bajo las luces carmesí, se quedarían grabadas en su memoria por mucho tiempo. Y por primera vez, no le importaba que Megumi tuviera que aguantar sus quejas el resto del camino de regreso a la academia. Al menos, ella estaba a salvo, y estaba con ellos.
