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¿Eres... tu realmente?

Fandom: Lore Olympus

Creado: 15/6/2026

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Un Intruso Azul en el Sillón de Terciopelo

El aroma del prosciutto tostándose y el queso cheddar fundiéndose era, para Graciella, la definición máxima de la felicidad un martes por la tarde. En su casa de veraneo en Nordelta, el silencio era un lujo que saboreaba tanto como sus lecturas favoritas. Llevaba puesto su hoodie gigante de River Plate —ese que le quedaba como un vestido y ocultaba el conjunto de encaje rosa de Victoria's Secret que se había puesto solo porque la hacía sentir guapa—, sus medias tres cuartos negras y sus pantuflas de conejito que daban saltitos mudos sobre el suelo de porcelanato.

Graciella tarareaba una canción pop mientras esperaba que la tostadora del Osito Bimbo hiciera su magia. Se pasó una mano por su larguísima melena castaña rosada, que caía como una cascada de seda hasta casi rozar el suelo, y sonrió para sí misma. Tenía planeado una tarde perfecta: paninis, té de rosas y terminar esa novela romántica de "mala muerte" que las chicas del club de belleza criticarían, pero que a ella le encendía la imaginación.

Entonces, el mundo se apagó.

—¿Pero qué chotos...? —exclamó Graciella, quedándose estática con un cuchillo untado de mayonesa en la mano.

La casa quedó sumida en una penumbra repentina. El zumbido de la heladera se detuvo y el silencio de Nordelta se volvió denso, casi antinatural. Graciella soltó un suspiro de frustración, dejando el cuchillo sobre la mesada.

—Dale, justo ahora que el queso estaba en su punto —protestó al aire, haciendo un puchero con sus labios en forma de corazón—. ¿Dónde dejé las velas de emergencia? Seguro las guardé en el mueble del living...

Caminó a oscuras, guiándose por el instinto y el tacto de sus pies enfundados en conejos de peluche. Sin embargo, antes de que pudiera llegar al mueble, la electricidad regresó con un golpe seco. Las luces LED del techo parpadearon y recuperaron su brillo total, cegándola por un segundo.

Graciella parpadeó, ajustando sus grandes ojos verde esmeralda a la claridad. Pero lo que vio no fue su living minimalista y ordenado. O mejor dicho, sí era su living, pero había un "accesorio" nuevo que definitivamente no formaba parte de la decoración de Nordelta.

Un sonido gutural, una mezcla entre un trueno lejano y un búfalo con asma, llenaba la habitación.

—¿Qué carajos...? —susurró, retrocediendo un paso.

Tumbado de forma despatarrada en su sillón de diseño —que ahora parecía ridículamente pequeño—, había un hombre. Pero no cualquier hombre. Era una montaña de músculos de un color azul celeste vibrante, con una nariz afilada que parecía esculpida en mármol y un cabello blanco marfil que contrastaba violentamente con el tapizado. Estaba solo en bóxer, dejando a la vista un torso ancho, cruzado por cicatrices blancas que contaban historias de batallas antiguas y traumas profundos.

Graciella se quedó boquiabierta. Sus ojos recorrieron las piernas interminables del intruso, los hombros que ocupaban tres plazas del sofá y los hoyuelos que se marcaban levemente en sus mejillas a pesar de estar profundamente dormido.

—No puede ser —murmuró ella, sintiendo que su corazón de fanática de las novelas románticas daba un vuelco—. Es él. Es el de la historieta. Es Hades.

El dios del Inframundo soltó otro ronquido estruendoso y se rascó el abdomen de forma inconsciente. Graciella, recuperando su carácter fuerte y esa pizca de arrogancia que la caracterizaba, se cruzó de brazos. Estaba en shock, sí, pero también estaba en su casa, y nadie, ni siquiera un Rey del Inframundo, interrumpía su merienda sin una explicación.

Se acercó lentamente, haciendo que sus pantuflas de conejito chirriaran contra el suelo. Se detuvo a centímetros del sillón. Visto de cerca, Hades era... intimidante. Emanaba una fragancia a tierra húmeda, cigarrillos caros y algo frío, como el acero.

—¡Che! ¡Despertate, pedazo de pitufo gigante! —gritó Graciella, dándole un empujoncito en el hombro con un dedo perfectamente manicurado.

Hades reaccionó al instante. Sus ojos se abrieron de golpe, revelando una esclerótica blanca que rápidamente se tiñó de un rojo vibrante por la sorpresa. En un movimiento fluido y aterrador, se incorporó, haciendo que el sillón crujiera bajo su peso. El aire en el living se volvió pesado, y por un segundo, Graciella vio cómo unas pequeñas gemas brotaban de la piel de los brazos del dios.

—¿Dónde...? ¿Quién...? —la voz de Hades era un barítono profundo que hizo vibrar los cristales de las ventanas.

Sus ojos negros, ahora con iris rojos como brasas, se clavaron en Graciella. El dios parecía desorientado, mirando a su alrededor con una mezcla de pánico y confusión. Se fijó en la chica: una humana pequeña en comparación con él, con una melena imposiblemente larga y una sudadera de un equipo de fútbol que él no reconocía.

—¿Sos sordo o qué? —preguntó Graciella, sin dejarse amedrentar por la mirada roja—. Estás en mi casa, en mi sillón, y casi me hacés tirar el panini de Prosciutto. ¿Quién te creés que sos para aparecerte así?

Hades parpadeó, su ira inicial siendo reemplazada por una desconcertante timidez. Se dio cuenta de que estaba casi desnudo frente a una desconocida extremadamente hermosa. Sus orejas, ligeramente puntiagudas, se tornaron de un azul más oscuro.

—Yo... yo lo siento mucho —dijo Hades, intentando cubrirse con las manos de forma torpe—. Estaba en mi oficina... en el Inframundo... hubo un destello, una sensación de tirón en el pecho... y de repente estaba aquí.

Graciella arqueó una ceja perfecta. Su mente analítica de estudiante y su intuición espiritual empezaron a trabajar.

—Bueno, Rey de los Muertos, parece que te teletransportaste mal —dijo ella, suavizando un poco el tono pero manteniendo su postura de guerrera—. Soy Graciella. Y esto es Nordelta, Argentina. Bastante lejos del Tártaro, me imagino.

Hades miró hacia abajo, avergonzado. Sus hombros se hundieron, revelando esa melancolía que Graciella conocía de sus lecturas. Parecía un niño grande y perdido, a pesar de su físico imponente.

—Nordelta... Argentina... —repitió él, probando las palabras con su acento extranjero—. No reconozco esos reinos. ¿Es esto parte de los dominios de Poseidón? Hay mucha agua afuera.

—Es un barrio privado, Hades. Bajá un cambio —respondió ella con una risita carismática—. Mirá, tenés una pinta de que el mundo se te viene abajo. ¿Querés un té? Estoy por merendar.

Hades la miró, asombrado por la naturalidad con la que lo trataba. Nadie, excepto quizás Perséfone o sus hermanos en sus días de menos narcisismo, le hablaba con tanta ligereza.

—¿No me tienes miedo? —preguntó él en voz baja, sus ojos volviendo a un color negro más tranquilo—. Soy el Dios del Inframundo. Los mortales suelen... bueno, suelen gritar o intentar apuñalarme con cosas de plata.

Graciella soltó una carcajada sonora y melodiosa, echando su cabeza hacia atrás.

—Cariño, he lidiado con tipos mucho más peligrosos en los concursos de belleza y en las previas de los boliches —dijo ella, guiñándole un ojo verde—. Además, sos demasiado guapo para dar miedo. Un poco azul, sí, pero guapo.

Hades sintió que sus mejillas ardían de nuevo. Se levantó del sillón, y Graciella tuvo que mirar muy hacia arriba para sostenerle la vista. Era una torre de poder, pero sus ojos reflejaban una soledad que a ella le encogió el corazón.

—No tengo ropa —señaló él, señalando sus bóxers oscuros con una elegancia que incluso en esa situación no perdía.

—Bueno, no te voy a dar mi hoodie de River porque no te entra ni en un brazo y además es sagrado —sentenció Graciella—. Pero vení a la cocina. No te voy a dejar ahí parado como un adorno de jardín.

Hades la siguió, caminando con cuidado para no romper nada en aquella casa que le parecía de juguete. Al entrar a la cocina, el aroma del queso tostado lo golpeó.

—¿Qué es ese olor? —preguntó, curioso.

—Manjar de los dioses, versión mortal —dijo Graciella, sacando los paninis de la tostadora—. Sentate en la banqueta. Y tratá de no romperla, que es de diseñador.

Hades se acomodó como pudo, sus largas piernas chocando con la estructura de la isla de la cocina. Graciella preparó dos tazas de té de rosas con una gracia natural, sus movimientos eran fluidos y elegantes, dignos de la modelo que era.

—Tomá —le alcanzó una taza y un plato con un panini—. Comé. Te va a subir el azúcar o lo que sea que tengan los dioses en la sangre.

Hades tomó el sándwich con dedos largos y cuidadosos. Al dar el primer bocado, sus ojos se cerraron de placer.

—Esto es... exquisito —murmuró—. Mucho mejor que la comida de la cafetería de Underworld Corp.

—Viste, te dije —Graciella se sentó frente a él, apoyando la barbilla en sus manos y observándolo con intensidad—. Entonces... ¿qué hacías antes de caer en mi sillón? ¿Problemas con Minthe? ¿O ya conociste a la diosa de la primavera?

Hades casi se atraganta con el té. Dejó la taza sobre la mesa, mirando a Graciella con una mezcla de sospecha y maravilla.

—¿Cómo sabes de...?

—Tengo mis fuentes —lo interrumpió ella con una sonrisa traviesa—. Digamos que tu vida es bastante popular por estos lados, aunque sea en forma de ficción. Pero tranqui, tu secreto está a salvo conmigo.

Hades suspiró, relajando los hombros. Por primera vez en eones, se sintió... normal. No era el Rey, no era el "Tío Rico", no era el monstruo que devoró su padre. Era solo un hombre azul tomando el té con una chica argentina que tenía el cabello más increíble que jamás hubiera visto.

—Estoy cansado, Graciella —confesó él, mirando el fondo de su taza—. A veces el Inframundo se siente como una carga que nunca pedí. Y las relaciones... bueno, parece que tengo un talento especial para elegir personas que me hacen sentir que no valgo nada.

Graciella estiró la mano y, con una audacia que solo ella poseía, tocó la mano de Hades. Su piel estaba fría, pero su tacto fue cálido y reconfortante.

—Escuchame bien, "pitufo" —dijo ella con un tono firme pero dulce—. Sos un caballero. Se nota a leguas. Sos educado, sensible y, por lo que veo, un poco bastante dramático. No te merecés que nadie te trate mal. Ni una ninfa tóxica ni tus hermanos mandones.

Hades la miró a los ojos. El verde esmeralda de Graciella parecía leerle el alma.

—¿De verdad crees eso? —preguntó él, su baja autoestima asomando en su voz.

—Lo sé —afirmó ella—. Sos un Rey. Empezá a actuar como tal, pero no con crueldad, sino con amor propio. Y si alguien no lo ve, es porque es un idiota.

Hades sonrió, una sonrisa real que iluminó su rostro y marcó profundamente sus hoyuelos. Graciella sintió un calorcito en el pecho. Era una mujer que amaba las novelas románticas, y tener al protagonista de una frente a ella, siendo vulnerable, era más de lo que podía haber soñado para unas vacaciones de verano.

—Gracias, Graciella —dijo él sinceramente—. Tu reino de Nordelta tiene una sabiduría inesperada.

—Es el aire del río, te abre la cabeza —bromeó ella, levantándose para recoger los platos—. Ahora, antes de que te vayas... porque asumo que en algún momento vas a volver a tu oficina... ¿me dejarías sacarme una foto con vos? Nadie me va a creer que tuve a Hades en paños menores en mi cocina.

Hades soltó una carcajada, la primera en mucho tiempo.

—Supongo que es lo mínimo que puedo hacer por el panini y el consejo.

Graciella buscó su celular y se puso al lado de él. La diferencia de altura era cómica; ella apenas llegaba a la mitad de su pecho. Se acomodó el cabello, puso su mejor cara de modelo y Hades, sintiéndose extrañamente juguetón, hizo una pose elegante, aunque seguía en bóxer.

Justo cuando el flash de la cámara se disparó, el aire alrededor de Hades empezó a vibrar. Pequeñas estrellas blancas comenzaron a brotar de su piel azul oscuro, y un manto de bruma nocturna empezó a llenar la cocina.

—Parece que mi reino me reclama —dijo Hades, su voz volviéndose más etérea—. El equilibrio se está restableciendo.

—Bueno, fue un gusto, su Majestad —dijo Graciella, dándole un beso rápido en la mejilla, lo que hizo que el dios se quedara de piedra por un segundo—. No te olvides de lo que hablamos. Y buscá a la chica de las flores, te va a hacer bien.

Hades asintió, su cuerpo empezando a desvanecerse en un polvo estelar azulado.

—No olvidaré este lugar, Graciella de Nordelta. Ni tu fuego de pasión —añadió con una chispa de humor travieso antes de desaparecer por completo.

La cocina quedó en silencio. El aroma a rosas y prosciutto persistía, y una pequeña gema, un diamante perfectamente tallado, quedó sobre la mesada como propina.

Graciella suspiró, mirando el lugar vacío donde antes estaba el dios. Se pasó una mano por su melena castaña rosada y sonrió con arrogancia.

—Bueno, eso fue mucho mejor que cualquier novela de mala muerte —murmuró.

Caminó de regreso a su sillón, se acomodó con su hoodie de River y abrió su libro. Pero antes de empezar a leer, miró la foto en su celular. Hades salía impecable, incluso sorprendido.

—De nada, Hades —susurró ella, volviendo a su té—. Y la próxima vez, traete un pantalón, por favor.

Afuera, el cielo de Nordelta se llenó de repente de estrellas, mucho más brillantes de lo habitual, como si el mismo firmamento estuviera celebrando el breve encuentro entre una reina de la belleza mortal y el melancólico rey del Inframundo. Graciella cerró los ojos un momento, sintiendo la espiritualidad del ambiente, y luego, con una sonrisa de satisfacción, se sumergió de nuevo en su lectura, sabiendo que su verano acababa de volverse legendario.
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