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¿Que demonios... Viejo que rayos?

Fandom: Tilsa king

Creado: 15/6/2026

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El General y la Ninfa de Nordelta

La tarde en Nordelta transcurría con esa parsimonia aristocrática que solo el verano argentino sabe dictar. El sol, una bola de fuego anaranjada, se reflejaba en los canales del barrio privado, mientras el aire acondicionado de la mansión de verano de Graciella luchaba valientemente contra los treinta y ocho grados de humedad exterior. Ella, ajena al mundo y a las expectativas sociales que su belleza solía imponer, se encontraba en la cocina, sumida en una misión sagrada: la elaboración del panini perfecto.

Graciella Xiomara Jolie Aráoz no era una chica común, y su atuendo de ese día lo gritaba a los cuatro vientos. Llevaba puesto un hoodie gigante de River Plate que le llegaba a mitad de los muslos, ocultando apenas el conjunto de encaje rosa de Victoria's Secret que era su pequeño secreto de confianza diario. Sus piernas, largas y torneadas como las de una gacela de pasarela, estaban cubiertas hasta las rodillas por unas medias tres cuartos negras, terminando en unas pantuflas de conejito blanco que daban saltitos rítmicos mientras ella tarareaba una canción de reggaetón vieja.

—Prosciutto, chedar, un toque de orégano... y al calor —susurró para sí misma, deslizando el sándwich en su tostadora con la cara del osito Bimbo.

Era una imagen de absoluta paz doméstica. Graciella, con su melena castaña rosada recogida en un rodete desprolijo que aun así parecía de peluquería, esperaba el "clac" de la tostadora. Pero en su lugar, lo que llegó fue el silencio. Un silencio sepulcral.

La luz se apagó de golpe. El zumbido constante del refrigerador y el flujo de aire frío desaparecieron.

—¡No, me estás cargando! —exclamó Graciella al aire, su acento argentino marcando cada sílaba con indignación—. Justo ahora, Edenor, ¿es en serio?

Se quedó quieta, esperando el milagro de la reconexión automática. Sus ojos verde esmeralda intentaron adaptarse a la penumbra de la cocina. Estaba procesando mentalmente en qué cajón de la alacena de caoba había guardado las velas de emergencia cuando, con la misma brusquedad con la que se había ido, la electricidad regresó. Las luces parpadearon y la tostadora del osito Bimbo volvió a emitir su luz naranja de precalentado.

—Menos mal —suspiró, aliviada.

Sin embargo, algo había cambiado. Un sonido extraño, rítmico y gutural, comenzó a filtrarse desde el living de la planta baja. No era el sonido de la casa asentándose, ni el motor del aire. Era un ronquido. Pero no un ronquido cualquiera; era un sonido profundo, pesado, que recordaba a un búfalo con asma o a un motor diésel intentando arrancar en una mañana gélida.

Graciella frunció el ceño, su carácter fuerte emergiendo sobre su confusión. Tomó un cuchillo de untar —no era la mejor arma, pero era lo que tenía a mano— y caminó de puntillas hacia la sala principal. Sus pantuflas de conejito no hacían ruido sobre el mármol.

Al llegar al arco que dividía el comedor del living, se detuvo en seco. Su corazón dio un vuelco que no tenía nada que ver con el miedo y todo con el absurdo cinematográfico.

Tirado en su sillón de diseño italiano —que de repente parecía haber encogido tres tallas—, se encontraba un hombre. Pero no cualquier hombre. Era un gigante de setenta y cinco años, de hombros anchos y piel curtida, con el cabello canoso peinado hacia atrás con una precisión que ni el sueño lograba deshacer. Estaba en calzoncillos bóxer de seda oscura, dejando a la vista un físico imponente y robusto que contaba historias de décadas de violencia y gimnasios carcelarios.

—No puede ser... —susurró Graciella, dejando caer el cuchillo de untar sobre la alfombra—. ¿Dwight?

El hombre en el sillón se agitó. El ronquido se cortó en un bufido seco y sus ojos se abrieron de golpe. Eran ojos que habían visto todo lo que el mundo criminal de Nueva York tenía para ofrecer: traición, sangre y veinticinco años de paredes de concreto.

Dwight "El General" Manfredi se incorporó con una agilidad sorprendente para su edad, aunque sus rodillas crujieron en protesta. Miró a su alrededor con la desorientación de un hombre que acaba de ser teletransportado de un planeta a otro. Sus ojos pasaron de las paredes blancas y minimalistas de la mansión de Nordelta a la televisión de ochenta pulgadas, y finalmente se posaron en la figura frente a él.

—¿Qué demonios...? —la voz de Dwight era un rugido ronco, cargado de la grava de Brooklyn—. ¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú?

Graciella parpadeó, sus pestañas de cierva aleteando con incredulidad.

—Estás en mi casa. En Argentina. Y yo soy Graciella —dijo ella, recuperando su compostura y cruzándose de brazos, lo que hizo que el logo de River Plate resaltara en su pecho—. Y vos... vos sos Dwight Manfredi. El Rey de Tulsa. Se supone que sos un personaje de una serie, flaco.

Dwight se puso de pie, ignorando el hecho de que estaba casi desnudo frente a una desconocida. Su presencia llenaba la habitación. Se miró las manos, luego miró el paisaje de palmeras y canales que se veía por el ventanal.

—¿Argentina? —repitió Dwight, arrastrando las palabras—. Estaba en mi oficina en el casino. Estaba tomando un trago. Hubo un destello, un ruido como de un transformador explotando... y ahora estoy en una casa que parece sacada de un catálogo de Beverly Hills frente a una niña con pantuflas de conejo.

Graciella se indignó ante lo de "niña", pero la curiosidad pudo más. Se acercó un par de pasos, escaneando al hombre. Era él. El mismo porte distinguido, la misma nariz romana, la misma aura de autoridad que obligaba a la gente a bajar la voz cuando él entraba en una habitación.

—No soy una niña, tengo veinte años y estudio derecho —le espetó ella, aunque luego suavizó el tono—. Y esto es Nordelta, no Beverly Hills. Es mucho más exclusivo si le preguntás a la gente de acá.

Dwight suspiró, frotándose la nuca. Miró hacia abajo, dándose cuenta finalmente de su falta de vestimenta.

—Escucha, Graciella... si ese es tu nombre. No sé qué clase de truco es este. Si Caolan Waltrip o alguno de esos idiotas me puso algo en la bebida... —Se interrumpió, mirando a la chica con una mezcla de sospecha y respeto instintivo por su falta de miedo—. No pareces asustada. La mayoría de la gente se encoge cuando me ve.

Graciella soltó una risita encantadora, un sonido plateado que pareció descolocar al mafioso.

—Es que sos mi personaje favorito, Dwight. Sé todo de vos. Sé que pasaste veinticinco años en la sombra por los Invernizzi, sé lo de tu hija Tina, sé que odiás lo que el mundo te obliga a ser —dijo ella, caminando hacia él con una confianza casi arrogante—. En mi mundo, sos una historia. Pero acá... bueno, acá sos un tipo muy grande en calzoncillos que me está ocupando el sillón.

Dwight la observó con detenimiento. A pesar de la situación bizarra, su instinto de hombre de honor seguía intacto.

—Si lo que dices es cierto, y estoy en otro... lugar, te pido disculpas por mi apariencia. Un hombre de mi posición no debería presentarse así ante una dama.

—Me gusta eso —asintió Graciella, aprobando sus modales tradicionales—. El honor ante todo. Pero antes de que busquemos ropa, tengo un panini de prosciutto en la cocina que debe estar en su punto justo. ¿Tenés hambre, General?

Dwight Manfredi, el hombre que había desafiado a la mafia de Nueva York y conquistado el submundo de Oklahoma, no pudo evitar que una pequeña sonrisa de lado curvara sus labios. La situación era absurda, imposible, pero había algo en la energía de esa chica, en su mezcla de belleza angelical y lengua afilada, que le recordaba a la vitalidad que él mismo intentaba recuperar en Tulsa.

—He comido cosas peores que un panini en la prisión de Lewisburg —dijo Dwight, extendiendo una mano hacia ella—. Acepto la oferta. Pero después, vamos a necesitar respuestas. Y pantalones. Definitivamente pantalones.

Caminaron hacia la cocina. Graciella iba adelante, su melena castaña rozando casi el suelo con cada paso, mientras Dwight la seguía, asombrado por el lujo de la casa y la extraña serenidad de su anfitriona.

—¿Y decís que soy famoso acá? —preguntó él mientras se sentaba en una banqueta alta de la isla de la cocina.

—Famosísimo —respondió Graciella, sacando el panini humeante—. Sos el ícono del hombre que no se rinde. Aunque, te digo la verdad, Dwight, en persona sos mucho más... imponente. Las cámaras no te hacen justicia a los músculos.

Dwight soltó una carcajada seca, la primera en mucho tiempo que se sentía genuina.

—Eres una joven muy directa, Graciella. Me recuerdas a alguien, pero no estoy seguro de a quién.

—Soy única, General. Ya te vas a dar cuenta —dijo ella, cortando el sándwich a la mitad con elegancia y ofreciéndole una parte—. Bienvendido a Argentina. No hay casinos de marihuana acá, pero tenemos buen vino y una política que haría que tus amigos de Nueva York parezcan principiantes.

Dwight tomó el panini, el olor del queso fundido y el jamón de calidad llenando sus sentidos. Por un momento, el estrés de su imperio en Tulsa y la confusión de su viaje dimensional quedaron en segundo plano.

—¿Y qué se supone que haga ahora? —preguntó Dwight antes de dar el primer bocado.

Graciella se apoyó en la mesada, sosteniendo su té de rosas que acababa de preparar. Sus ojos verdes brillaron con una chispa de travesura.

—Bueno, técnicamente no existís en este sistema. No tenés documentos, ni ropa, ni dinero que sirva acá. Así que, por ahora, te vas a quedar conmigo. Mis viejos están en Europa por tres meses, así que tenemos la casa para nosotros.

Dwight la miró seriamente, su código ético saltando a la superficie.

—No puedo quedarme en la casa de una joven sin supervisión. No sería apropiado.

Graciella rodó los ojos, divertida.

—Ay, por favor, Dwight. Sos un capo de la mafia de setenta y cinco años y yo soy una estudiante que lee novelas románticas de mala muerte. Si alguien debería estar preocupado, soy yo, ¿no? Además, sos mi invitado. Y yo siempre cuido lo que es mío.

Dwight masticó lentamente, saboreando la comida. Era deliciosa. Miró a la chica: era una mezcla fascinante de inocencia y astucia. Había algo en su mirada que le decía que, debajo de esa fachada de "it-girl" de Nordelta, había una guerrera elegante.

—Está bien —cedió Dwight—. Me quedaré hasta que entendamos cómo volver. Pero mañana mismo saldré a buscar una forma de ser útil. No soy un hombre que viva de la caridad, ni siquiera de la de una... ¿cómo dijiste? ¿Reina de Nordelta?

—Algo así —rio ella—. Pero primero, mañana te llevo de shopping. No podés andar por ahí en bóxer, por más que te queden bien. Te voy a comprar algo que combine tu estilo de Nueva York con un toque de acá. Tal vez algo de cuero, muy "El General".

—Nada de colores brillantes —advirtió Dwight, señalando con el dedo—. Y nada de esas camisas ajustadas que usan los jóvenes de ahora. Quiero algo con clase.

—Trato hecho, General —dijo Graciella, levantando su taza de té como si brindara—. Mañana conquistamos Buenos Aires. O al menos, el shopping Unicenter.

La noche cayó sobre Nordelta, y mientras Dwight Manfredi intentaba procesar la idea de que su vida se había convertido en el guion de una serie de televisión en otro universo, Graciella se retiró a su habitación para leer un capítulo de su novela romántica favorita. Sin embargo, no podía concentrarse. La realidad era mucho más interesante que la ficción. Tenía a Dwight Manfredi durmiendo en su cuarto de invitados (después de convencerlo de que no podía dormir en el sillón).

Por su parte, Dwight se acostó en la cama de sábanas de seda, mirando el techo. Había pasado de una celda de tres por tres a un imperio en Tulsa, y de ahí a una mansión en Argentina. La vida, decidió, siempre tenía una forma de sorprenderlo.

—Argentina... —susurró Dwight para sí mismo en la oscuridad—. Bueno, al menos aquí no hay agentes del FBI persiguiéndome. Por ahora.

Se acomodó, cerrando los ojos. El aroma a rosas que impregnaba la casa era mucho más agradable que el olor a pólvora y asfalto de Tulsa. Quizás, solo quizás, este exilio forzado no sería tan malo después de todo, especialmente con una aliada tan peculiar y encantadora como Graciella.

En la cocina, la tostadora del osito Bimbo brilló por última vez antes de entrar en modo de ahorro de energía, marcando el inicio de una alianza que nadie en ninguno de los dos mundos habría podido predecir. El General había encontrado una nueva base de operaciones, y la Ninfa de Nordelta había encontrado al fin un hombre que estaba a la altura de sus expectativas literarias.
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