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Ss
Fandom: BTS
Creado: 15/6/2026
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DramaAngustiaPsicológicoEstudio de PersonajePWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje ExplícitoDiscriminación
Entre el humo y la negación
El humo del cigarrillo de Jungkook flotaba en el aire estancado de la habitación de hotel, dibujando figuras abstractas que se deshacían antes de que Jimin pudiera darles sentido. Jimin estaba sentado en el borde de la cama, con la sábana de seda apenas cubriendo su cadera, observando la espalda ancha y tensa del hombre frente al ventanal.
Jungkook siempre hacía lo mismo. Después de cada encuentro, después de cada jadeo y de cada rastro de sudor compartido, se alejaba como si el contacto físico con Jimin fuera una mancha que necesitaba limpiar con distancia y nicotina.
—Deberías dejar de fumar dentro —dijo Jimin, su voz era un ronroneo suave, cargado de una satisfacción que sabía que irritaba a Jungkook—. El olor se queda en las cortinas. Y en tu piel.
Jungkook no se giró. Dio una última calada y aplastó la colilla en el cenicero de cristal con una fuerza innecesaria.
—No te pago para que me des consejos de salud, Jimin —respondió Jungkook, su tono era áspero, una barrera defensiva que Jimin conocía de memoria.
Jimin soltó una risita melódica y se puso de pie. No tenía reparos en mostrar su desnudez; se sentía cómodo en su piel, orgulloso de las curvas y la firmeza que Jungkook parecía devorar con desesperación apenas unas horas antes. Se acercó a él, deslizando sus manos por la espalda de Jungkook, sintiendo los músculos tensarse bajo su tacto.
—No, me pagas por otras cosas —susurró Jimin al oído de Jungkook—. Cosas que pareces disfrutar bastante para alguien que siempre tiene tanta prisa por encender un cigarrillo después.
Jungkook se dio la vuelta bruscamente, atrapando las muñecas de Jimin. Sus ojos oscuros estaban llenos de una tormenta que mezclaba el deseo residual y una terca negación.
—Sabes lo que pienso —dijo Jungkook, apretando el agarre—. Eres increíble, Jimin. De verdad lo eres. Pero cada vez que cierro los ojos, desearía que fueras una mujer. Todo sería mucho más fácil si tuvieras el cuerpo de una chica.
Jimin no se inmutó. No era la primera vez que escuchaba esa frase, y sabía que no sería la última. Jungkook vivía en una contradicción constante: buscaba la masculinidad de Jimin, su fuerza y su entrega, pero su ego se negaba a aceptar que lo que realmente le gustaba era, precisamente, un hombre.
—Pero no soy una mujer, Jungkook —dijo Jimin, inclinando la cabeza con una sonrisa desafiante—. Y sin embargo, aquí estás. Por tercera vez esta semana. Si tanto desearas a una mujer, el teléfono está ahí. Podrías llamar a cualquier otra persona de la agencia. Pero siempre me llamas a mí.
Jungkook soltó las muñecas de Jimin y retrocedió un paso, buscando su camisa en el suelo.
—Es solo porque eres bueno en tu trabajo. No confundas las cosas. No soy como tú. No soy... gay. Solo necesito desahogarme y tú sabes cómo moverte. Si fueras mujer, serías perfecta. Es una lástima que falte esa parte.
Jimin sintió la punzada de la provocación, pero en lugar de enojarse, sintió esa chispa de juego que siempre lo llevaba a ganar. Se acercó de nuevo, esta vez con lentitud, como un depredador que sabe que su presa ya está atrapada aunque intente huir.
—¿Una lástima? —Jimin pasó un dedo por el pecho desnudo de Jungkook, bajando peligrosamente hacia la línea de sus pantalones—. ¿Crees que una mujer podría haberte sujetado como yo lo hice hace un momento? ¿Crees que una mujer tendría la fuerza para aguantar tu ritmo sin romperse?
—Cállate —gruñó Jungkook, aunque no se apartó.
—No quieres que me calle. Quieres que te convenza de nuevo —dijo Jimin, acortando la distancia hasta que sus alientos se mezclaron—. Te gusta mi voz, te gusta cómo huelo, te gusta que sea más alto que cualquier chica con la que hayas estado. Te gusta que pueda mirarte a los ojos sin bajar la cabeza.
Jungkook puso las manos en la cintura de Jimin, un gesto instintivo, posesivo.
—Si tuvieras curvas de mujer, no tendría que esconderme de mí mismo cada vez que salgo de esta habitación —confesó Jungkook en un susurro casi inaudible, una grieta en su armadura de terquedad.
—El problema no es mi cuerpo, Jeon. El problema es tu cabeza —Jimin se puso de puntillas, rozando sus labios con los de él—. Quieres convencerte de que lo que sientes por mí es un error de cálculo, una anomalía. Pero tus manos no mienten.
Jimin se separó un poco y caminó hacia el tocador, donde descansaba un pequeño frasco de perfume y un brillo labial que utilizaba para sus sesiones de fotos. Con una parsimonia calculada, aplicó un poco del brillo en sus labios, resaltando su plenitud. Luego, se giró hacia Jungkook, quien lo observaba con una mezcla de fascinación y horror.
—¿Quieres que sea una mujer? —preguntó Jimin, su voz volviéndose más profunda, más cargada—. Puedo jugar a eso si es lo que tu frágil masculinidad necesita para dormir esta noche. Pero ambos sabemos que lo que te vuelve loco es que soy un hombre el que te hace sentir así.
Jungkook caminó hacia él, atrapándolo contra el tocador. Sus manos se enterraron en el cabello rubio de Jimin, obligándolo a mirarlo fijamente.
—Eres un manipulador, Jimin.
—Y tú eres un mentiroso —respondió Jimin sin parpadear—. Te mientes a ti mismo cada vez que dices que desearías que fuera otra persona. Me quieres a mí. Quieres mi cuerpo, quieres mi fuerza, quieres mi boca.
Jungkook bajó la mirada a los labios de Jimin, que brillaban bajo la luz tenue de la lámpara. La tensión en la habitación era casi sólida, un hilo a punto de romperse.
—A veces te odio —dijo Jungkook, aunque su agarre se volvió más suave, casi una caricia.
—Me odias porque te hago aceptar la verdad —Jimin llevó sus manos a los hombros de Jungkook, atrayéndolo más—. Me odias porque no hay ninguna mujer en este mundo que pueda hacerte olvidar quién eres como yo lo hago.
Jungkook soltó un suspiro pesado, una rendición momentánea. Se inclinó y besó a Jimin con una ferocidad que buscaba silenciar las palabras, silenciar la lógica y, sobre todo, silenciar su propia culpa. Era un beso hambriento, uno que Jimin devolvió con la misma intensidad, saboreando el sabor a tabaco y la desesperación de Jungkook.
Cuando se separaron por aire, Jungkook apoyó su frente contra la de Jimin.
—Esto no cambia nada —dijo Jungkook, aunque su voz carecía de la convicción de antes—. Sigo pensando que sería mejor si...
—Si fuera mujer —completó Jimin con una sonrisa victoriosa—. Sí, ya lo sé. Lo dices siempre. Pero mañana volverás a llamarme. Y volverás a entrar por esa puerta buscando exactamente lo que tengo para ofrecerte.
Jungkook se apartó, comenzando a vestirse en silencio. Jimin lo observó desde la cama, recostado sobre los cojines con la elegancia de un gato que acaba de cazar su presa. No necesitaba gritar su victoria; los ojos de Jungkook, que evitaban mirarlo mientras se abotonaba la camisa, hablaban por sí solos.
—Te enviaré el pago mañana por la mañana —dijo Jungkook, recuperando su máscara de frialdad mientras se ponía la chaqueta.
—Como siempre —respondió Jimin, estirándose perezosamente.
Jungkook caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo con la mano en el pomo. Dudó un segundo, un breve instante en el que pareció que iba a decir algo real, algo honesto.
—Ese brillo de labios... —comenzó Jungkook sin darse la vuelta.
—¿Sí? —preguntó Jimin, arqueando una ceja.
—Te queda bien. Pero no pienses que es por lo que crees.
La puerta se cerró tras él con un clic seco. Jimin soltó una carcajada suave y se tocó los labios con la yema de los dedos.
—Terco hasta el final —susurró para sí mismo.
Jimin sabía que Jungkook pasaría la noche dando vueltas en su cama, tratando de convencerse de que su deseo tenía una explicación lógica, que era solo una fase o una preferencia por la técnica de Jimin. Pero Jimin también sabía que, en la oscuridad de su habitación, Jungkook recordaría el peso de los hombros de Jimin, la firmeza de sus músculos y la forma en que su voz masculina gemía su nombre.
No importaba cuántas veces Jungkook dijera que deseaba una mujer; Jimin siempre ganaba porque era el único que podía hacer que Jungkook perdiera el control. Y para un hombre como Jeon Jungkook, el control era lo único que tenía, hasta que entraba en la habitación de Jimin.
Jimin se levantó para ir a la ducha, tarareando una canción suave. El juego continuaría la próxima semana, y la siguiente, hasta que un día, Jungkook dejara de fumar después del sexo y simplemente se quedara, aceptando que lo que deseaba no era una categoría, sino a la persona que tenía delante.
Mientras tanto, Jimin disfrutaría del proceso de desmantelar, pieza por pieza, la mentira en la que Jungkook elegía vivir. Al fin y al cabo, no había nada más satisfactorio que ver a un hombre fuerte caer de rodillas ante la verdad que tanto temía.
Y Jimin era un experto en verdades desnudas.
Jungkook siempre hacía lo mismo. Después de cada encuentro, después de cada jadeo y de cada rastro de sudor compartido, se alejaba como si el contacto físico con Jimin fuera una mancha que necesitaba limpiar con distancia y nicotina.
—Deberías dejar de fumar dentro —dijo Jimin, su voz era un ronroneo suave, cargado de una satisfacción que sabía que irritaba a Jungkook—. El olor se queda en las cortinas. Y en tu piel.
Jungkook no se giró. Dio una última calada y aplastó la colilla en el cenicero de cristal con una fuerza innecesaria.
—No te pago para que me des consejos de salud, Jimin —respondió Jungkook, su tono era áspero, una barrera defensiva que Jimin conocía de memoria.
Jimin soltó una risita melódica y se puso de pie. No tenía reparos en mostrar su desnudez; se sentía cómodo en su piel, orgulloso de las curvas y la firmeza que Jungkook parecía devorar con desesperación apenas unas horas antes. Se acercó a él, deslizando sus manos por la espalda de Jungkook, sintiendo los músculos tensarse bajo su tacto.
—No, me pagas por otras cosas —susurró Jimin al oído de Jungkook—. Cosas que pareces disfrutar bastante para alguien que siempre tiene tanta prisa por encender un cigarrillo después.
Jungkook se dio la vuelta bruscamente, atrapando las muñecas de Jimin. Sus ojos oscuros estaban llenos de una tormenta que mezclaba el deseo residual y una terca negación.
—Sabes lo que pienso —dijo Jungkook, apretando el agarre—. Eres increíble, Jimin. De verdad lo eres. Pero cada vez que cierro los ojos, desearía que fueras una mujer. Todo sería mucho más fácil si tuvieras el cuerpo de una chica.
Jimin no se inmutó. No era la primera vez que escuchaba esa frase, y sabía que no sería la última. Jungkook vivía en una contradicción constante: buscaba la masculinidad de Jimin, su fuerza y su entrega, pero su ego se negaba a aceptar que lo que realmente le gustaba era, precisamente, un hombre.
—Pero no soy una mujer, Jungkook —dijo Jimin, inclinando la cabeza con una sonrisa desafiante—. Y sin embargo, aquí estás. Por tercera vez esta semana. Si tanto desearas a una mujer, el teléfono está ahí. Podrías llamar a cualquier otra persona de la agencia. Pero siempre me llamas a mí.
Jungkook soltó las muñecas de Jimin y retrocedió un paso, buscando su camisa en el suelo.
—Es solo porque eres bueno en tu trabajo. No confundas las cosas. No soy como tú. No soy... gay. Solo necesito desahogarme y tú sabes cómo moverte. Si fueras mujer, serías perfecta. Es una lástima que falte esa parte.
Jimin sintió la punzada de la provocación, pero en lugar de enojarse, sintió esa chispa de juego que siempre lo llevaba a ganar. Se acercó de nuevo, esta vez con lentitud, como un depredador que sabe que su presa ya está atrapada aunque intente huir.
—¿Una lástima? —Jimin pasó un dedo por el pecho desnudo de Jungkook, bajando peligrosamente hacia la línea de sus pantalones—. ¿Crees que una mujer podría haberte sujetado como yo lo hice hace un momento? ¿Crees que una mujer tendría la fuerza para aguantar tu ritmo sin romperse?
—Cállate —gruñó Jungkook, aunque no se apartó.
—No quieres que me calle. Quieres que te convenza de nuevo —dijo Jimin, acortando la distancia hasta que sus alientos se mezclaron—. Te gusta mi voz, te gusta cómo huelo, te gusta que sea más alto que cualquier chica con la que hayas estado. Te gusta que pueda mirarte a los ojos sin bajar la cabeza.
Jungkook puso las manos en la cintura de Jimin, un gesto instintivo, posesivo.
—Si tuvieras curvas de mujer, no tendría que esconderme de mí mismo cada vez que salgo de esta habitación —confesó Jungkook en un susurro casi inaudible, una grieta en su armadura de terquedad.
—El problema no es mi cuerpo, Jeon. El problema es tu cabeza —Jimin se puso de puntillas, rozando sus labios con los de él—. Quieres convencerte de que lo que sientes por mí es un error de cálculo, una anomalía. Pero tus manos no mienten.
Jimin se separó un poco y caminó hacia el tocador, donde descansaba un pequeño frasco de perfume y un brillo labial que utilizaba para sus sesiones de fotos. Con una parsimonia calculada, aplicó un poco del brillo en sus labios, resaltando su plenitud. Luego, se giró hacia Jungkook, quien lo observaba con una mezcla de fascinación y horror.
—¿Quieres que sea una mujer? —preguntó Jimin, su voz volviéndose más profunda, más cargada—. Puedo jugar a eso si es lo que tu frágil masculinidad necesita para dormir esta noche. Pero ambos sabemos que lo que te vuelve loco es que soy un hombre el que te hace sentir así.
Jungkook caminó hacia él, atrapándolo contra el tocador. Sus manos se enterraron en el cabello rubio de Jimin, obligándolo a mirarlo fijamente.
—Eres un manipulador, Jimin.
—Y tú eres un mentiroso —respondió Jimin sin parpadear—. Te mientes a ti mismo cada vez que dices que desearías que fuera otra persona. Me quieres a mí. Quieres mi cuerpo, quieres mi fuerza, quieres mi boca.
Jungkook bajó la mirada a los labios de Jimin, que brillaban bajo la luz tenue de la lámpara. La tensión en la habitación era casi sólida, un hilo a punto de romperse.
—A veces te odio —dijo Jungkook, aunque su agarre se volvió más suave, casi una caricia.
—Me odias porque te hago aceptar la verdad —Jimin llevó sus manos a los hombros de Jungkook, atrayéndolo más—. Me odias porque no hay ninguna mujer en este mundo que pueda hacerte olvidar quién eres como yo lo hago.
Jungkook soltó un suspiro pesado, una rendición momentánea. Se inclinó y besó a Jimin con una ferocidad que buscaba silenciar las palabras, silenciar la lógica y, sobre todo, silenciar su propia culpa. Era un beso hambriento, uno que Jimin devolvió con la misma intensidad, saboreando el sabor a tabaco y la desesperación de Jungkook.
Cuando se separaron por aire, Jungkook apoyó su frente contra la de Jimin.
—Esto no cambia nada —dijo Jungkook, aunque su voz carecía de la convicción de antes—. Sigo pensando que sería mejor si...
—Si fuera mujer —completó Jimin con una sonrisa victoriosa—. Sí, ya lo sé. Lo dices siempre. Pero mañana volverás a llamarme. Y volverás a entrar por esa puerta buscando exactamente lo que tengo para ofrecerte.
Jungkook se apartó, comenzando a vestirse en silencio. Jimin lo observó desde la cama, recostado sobre los cojines con la elegancia de un gato que acaba de cazar su presa. No necesitaba gritar su victoria; los ojos de Jungkook, que evitaban mirarlo mientras se abotonaba la camisa, hablaban por sí solos.
—Te enviaré el pago mañana por la mañana —dijo Jungkook, recuperando su máscara de frialdad mientras se ponía la chaqueta.
—Como siempre —respondió Jimin, estirándose perezosamente.
Jungkook caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo con la mano en el pomo. Dudó un segundo, un breve instante en el que pareció que iba a decir algo real, algo honesto.
—Ese brillo de labios... —comenzó Jungkook sin darse la vuelta.
—¿Sí? —preguntó Jimin, arqueando una ceja.
—Te queda bien. Pero no pienses que es por lo que crees.
La puerta se cerró tras él con un clic seco. Jimin soltó una carcajada suave y se tocó los labios con la yema de los dedos.
—Terco hasta el final —susurró para sí mismo.
Jimin sabía que Jungkook pasaría la noche dando vueltas en su cama, tratando de convencerse de que su deseo tenía una explicación lógica, que era solo una fase o una preferencia por la técnica de Jimin. Pero Jimin también sabía que, en la oscuridad de su habitación, Jungkook recordaría el peso de los hombros de Jimin, la firmeza de sus músculos y la forma en que su voz masculina gemía su nombre.
No importaba cuántas veces Jungkook dijera que deseaba una mujer; Jimin siempre ganaba porque era el único que podía hacer que Jungkook perdiera el control. Y para un hombre como Jeon Jungkook, el control era lo único que tenía, hasta que entraba en la habitación de Jimin.
Jimin se levantó para ir a la ducha, tarareando una canción suave. El juego continuaría la próxima semana, y la siguiente, hasta que un día, Jungkook dejara de fumar después del sexo y simplemente se quedara, aceptando que lo que deseaba no era una categoría, sino a la persona que tenía delante.
Mientras tanto, Jimin disfrutaría del proceso de desmantelar, pieza por pieza, la mentira en la que Jungkook elegía vivir. Al fin y al cabo, no había nada más satisfactorio que ver a un hombre fuerte caer de rodillas ante la verdad que tanto temía.
Y Jimin era un experto en verdades desnudas.
