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Secretos de la Ebriedad

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 15/6/2026

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Noches de Insomnio y Confesiones Etílicas

El silencio en el ático más caro de Tokio era una sinfonía exquisita, una rareza que Satoru Gojo atesoraba con el celo de un dragón cuidando su oro. Eran las tres de la madrugada. La ciudad, una bestia de neón y asfalto, dormitaba a sus pies, un tapiz de luces parpadeantes que se extendía hasta el horizonte. Dentro, el Hechicero Más Fuerte del mundo era simplemente Satoru, un hombre desgarbado de metro noventa envuelto en un pijama de seda que había costado más que el sueldo mensual de un oficinista promedio. El pelo blanco, normalmente erizado en una corona de desafío a la gravedad, caía lacio y suave sobre su frente, enmarcando el antifaz negro que cubría sus ojos incluso en la soledad de su hogar.

Estaba recostado en un sofá de diseño italiano, tan largo que sus pies apenas llegaban al otro extremo, absorto en la lectura de una primera edición de «El hombre que ríe» de Victor Hugo. La ironía del título no se le escapaba. Él, que vivía detrás de una sonrisa perpetua, encontraba un extraño consuelo en la tragedia de Gwynplaine. La paz era absoluta, densa, palpable. Solo el suave zumbido del purificador de aire y el pasar de las páginas rompían la quietud. Era un momento perfecto.

Y como todas las cosas perfectas en su vida, estaba destinado a hacerse añicos.

El vibrato agudo y persistente de su teléfono móvil sobre la mesa de cristal resonó como un disparo en la noche. Gojo suspiró, un sonido largo y sufrido. Ignoró la primera vibración. Y la segunda. A la tercera, sabiendo que la insistencia solo podía significar una de dos cosas —una catástrofe de nivel nacional o algo relacionado con sus problemáticos colegas—, se estiró con pereza y cogió el aparato. La pantalla brilló con un nombre que le provocó un tic en el ojo.

*Nanami Kento.*

Tres de la mañana. Nanami, el hombre que consideraba las horas extra como un pecado capital, llamándole a las tres de la mañana. Esto no era una catástrofe. Era el apocalipsis.

Con un movimiento resignado de su pulgar, contestó.

—Nanamin, querido —dijo con una voz cantarina y deliberadamente irritante—. ¿Sabes qué hora es? Estaba en medio de un sueño maravilloso contigo. Llevabas un delantal de volantes y me preparabas panqueques.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, cargado de un cansancio tan profundo que Gojo casi pudo sentirlo a través del teléfono. Luego, la voz grave y monótona de Nanami, desprovista de cualquier atisbo de humor.

—Gojo-san. Necesito que vengas. Ahora.

—¿Oh? ¿Tan desesperado estás por hacer realidad mi sueño? —bromeó Satoru, sentándose un poco más recto. A pesar del tono ligero, su instinto de chamán ya estaba en alerta.

—Estoy en un bar cerca de Roppongi. El «Noir Cisne». Te enviaré la ubicación exacta. Ven de inmediato.

Gojo frunció el ceño bajo el antifaz. —¿Un bar? Nanami, si esto es tu forma de invitarme a una copa, tu técnica es pésima. Además, son las…

—Tres y siete de la mañana —le interrumpió Nanami, con la paciencia de un santo al borde del martirio—. Soy plenamente consciente de la hora. El problema es que no estoy solo.

Un mal presentimiento comenzó a reptar por la columna de Gojo. —¿Quién está contigo?

Se escuchó un ruido de fondo. Un estruendo, como de una silla cayendo, seguido de una carcajada estridente y muy familiar.

—¡Otra ronda para la hechicera más bella y fuerte de Kioto! —gritó la voz de Utahime Iori, arrastrando las palabras—. ¡Invita Ijichi!

—¡Iori-senpai, por favor, bájese de la mesa! ¡Va a caerse! —se oyó el tono agudo y desesperado de Ijichi.

—Apuesto cien mil yenes a que no se cae —terció una tercera voz, sedosa y calculadora, inconfundiblemente la de Mei Mei—. Doscientos mil si logra hacer la vertical.

Gojo se pellizcó el puente de la nariz. Así que esa era la alineación del desastre. Nanami, Ijichi, Mei Mei, Utahime y… un momento. Faltaba alguien.

—Salimos a beber —explicó Nanami, su voz como el monótono informe de un forense—. Ijichi estaba de paso por Tokio, Utahime tenía una reunión, Mei Mei… es Mei Mei. Y Shoko se nos unió.

—Ah —dijo Gojo, entendiendo la magnitud del problema—. Dejaste que las tres amazonas del apocalipsis bebieran juntas. Error de novato, Nanamin.

—No fue mi decisión. Fue una emboscada. La cuestión es que las cosas se han salido de control. Mei Mei, Utahime y Shoko están… —Nanami pareció buscar la palabra adecuada— …en un estado que desafía la descripción médica y la decencia humana. Están demasiado, DEMASIADO, ebrias.

—Suena divertido. ¿Por qué me arruinas la noche contándomelo en lugar de enviarme un vídeo?

—Porque necesito ayuda para gestionar la evacuación —continuó Nanami, ignorando por completo su sarcasmo—. Yo me encargaré de Mei Mei. Ya he negociado una tarifa para llevarla a su hotel sin que intente venderme uno de mis propios riñones por el camino.

—Sabia decisión. ¿Y la débil de Utahime?

Un nuevo grito de pánico de Ijichi respondió a su pregunta. —¡Senpai, no, esa es la peluca del dueño del bar!

—Ijichi está intentando controlar a Utahime para llevarla a la estación. Tiene que coger el primer tren a Kioto y dudo que pueda encontrar el andén por sí misma en este estado.

Gojo asintió para sí mismo. El plan parecía lógico, aunque condenado al fracaso en varios puntos. —¿Y Shoko? ¿Por qué no la lleváis vosotros? Ijichi puede dejarla en su apartamento de camino.

Hubo una pausa. Una pausa larga y ominosa. Gojo podía imaginarse a Nanami, de pie en medio del caos, masajeándose las sienes con una expresión de puro sufrimiento.

—Hemos intentado eso —dijo Nanami finalmente—. Durante la última media hora.

—¿Y?

—Y, cito textualmente lo que Ieiri-san ha estado repitiendo como un mantra mientras construye una torre con los vasos vacíos: —la imitación que hizo Nanami de la voz de Shoko fue terrible, pero el mensaje fue claro— «No me moveré de este maldito lugar a menos que venga Satoru a recogerme. Que venga ese idiota con patas y me lleve él. A vosotros no os quiero ni ver».

Gojo parpadeó. Se quedó en silencio por un momento, procesando la información. Shoko, la estoica, la indiferente, la mujer que se comunicaba principalmente a través de suspiros y miradas cínicas, ¿estaba haciendo un berrinche por él? La idea era tan absurda que casi se echó a reír.

—Nah, olvídalo, Nanamin. Que duerma en el bar. Le vendrá bien un poco de humildad. Yo vuelvo a mi libro. Dile que…

Estaba a punto de colgar cuando el pandemonio en el otro extremo de la línea alcanzó un nuevo crescendo. La risa de Utahime se convirtió en un chillido agudo de euforia. Oyó a Mei Mei gritar: «¡Un millón de yenes a que Satoru aparece en menos de un minuto!». Y entonces, un sonido nuevo y desconcertante se unió al coro. Un sollozo. Un sollozo ahogado y furioso.

—¡No es justo! —se lamentó una voz pastosa y rota que apenas reconoció como la de Shoko—. ¡Siempre hace lo que le da la gana! ¡Ese idiota… egoísta… de pelo de nube! ¡Le odio! ¡Que venga… que venga ahora mismo o… o quemaré toda su colección de dulces!

Gojo se quedó helado. La amenaza no era lo que le había impactado. Era el tono. El berrinche infantil, la vulnerabilidad desnuda en su voz… eso no era la Shoko que conocía. Esa no era la mujer que había sido su ancla y su confidente silenciosa durante más de una década. Aquello era algo diferente. Algo roto.

Nanami suspiró de nuevo, un sonido que era pura derrota. —La situación es seria, Gojo-san.

Satoru se puso de pie de un salto. La paz de su apartamento se había evaporado, reemplazada por una extraña y urgente inquietud.

—Envíame la ubicación.

—Ya lo he hecho.

—Bien. —Gojo se pasó una mano por el pelo, ya pensando—. Dile a Mei Mei que ha perdido su apuesta. Estaré allí en menos de un segundo.

No esperó respuesta. Colgó, dejó el teléfono sobre el sofá y se concentró. El espacio se plegó a su alrededor, el lujoso salón se disolvió en un borrón de colores y sensaciones. Por una fracción de instante, existió en todas partes y en ninguna. Luego, con la misma naturalidad con la que se respira, el mundo volvió a enfocarse.

El olor a alcohol derramado, perfume caro y desesperación le golpeó primero. El «Noir Cisne» era un local elegante, de paredes oscuras, sofás de terciopelo y una iluminación íntima. O al menos, lo había sido. Ahora parecía el escenario de una batalla campal.

La escena que le recibió era, en efecto, hilarante y curiosa.

Nanami, impecable como siempre en su traje beis, aunque con la corbata ligeramente torcida, sujetaba a Mei Mei por los hombros mientras esta intentaba pagarle al aterrorizado barman con un mechón de su propio pelo, asegurándole que era una «inversión a futuro».

Al otro lado de la sala, un Ijichi al borde de las lágrimas trataba de convencer a Utahime de que bajara de una de las mesas de centro. Ella, con las mejillas sonrojadas y una botella de vino vacía en la mano a modo de micrófono, estaba cantando a gritos el himno de su antigua escuela de Jujutsu, pero con una letra improvisada que involucraba la dudosa higiene personal de varios ancianos del consejo.

Y luego estaba Shoko.

Sentada en un taburete de la barra, completamente inmóvil, como el ojo tranquilo del huracán. Tenía la espalda encorvada, la mirada perdida en la superficie de madera pulida. A su alrededor, una fortaleza de vasos de chupito y copas de vino vacías formaba una barricada improvisada. Su largo cabello castaño estaba despeinado, cayéndole sobre la cara, y las habituales ojeras parecían aún más profundas. Parecía una muñeca de porcelana abandonada y rota.

Nadie se había percatado de su llegada. Gojo se aclaró la garganta, un sonido que cortó el ruido como un bisturí.

—¿Se puede saber qué le habéis hecho a este respetable establecimiento? —preguntó, su voz resonando con una autoridad juguetona.

Todas las cabezas se giraron hacia él. Ijichi pareció a punto de llorar de alivio. Nanami le dedicó una inclinación de cabeza casi imperceptible. Mei Mei sonrió, una sonrisa felina y calculadora.

—Satoru. Has tardado cincuenta y ocho segundos —dijo, consultando un reloj de oro—. Técnicamente, he ganado yo.

Pero Gojo no le prestaba atención. Sus ojos, ocultos tras el antifaz, estaban fijos en Shoko.

Ella levantó la cabeza lentamente. Sus ojos castaños, normalmente agudos y analíticos, estaban vidriosos y desenfocados. Le miró fijamente durante un largo segundo, como si su cerebro etílico luchara por procesar la imagen. Luego, sus labios se curvaron en un puchero.

—Tardaste mucho —murmuró, su voz un susurro ronco.

—Tenía cosas importantes que hacer —replicó él, acercándose a la barra con pasos tranquilos—. Como, por ejemplo, dormir. Un concepto que parece que habéis olvidado.

Se detuvo a su lado. Olía a alcohol, sí, pero también a su perfume habitual, una sutil mezcla de sándalo y algo clínico, casi estéril. Era el olor de Shoko.

—Vamos, doctora. Es hora de cerrar la consulta.

Extendió una mano para ayudarla a bajar del taburete. Pero Shoko tenía otros planes. Con una agilidad que desmentía su estado, se deslizó del asiento y, en un movimiento fluido y completamente inesperado, se lanzó hacia él. Gojo, cuyos Seis Ojos le permitían prever cualquier ataque, cualquier amenaza, se quedó paralizado por la pura estupefacción. No era un ataque. Era un abordaje.

Shoko se le colgó de la espalda como un koala, rodeándole el cuello con los brazos y las piernas con la cintura. Su cabeza cayó sobre su hombro, y el peso de su cuerpo casi le hizo perder el equilibrio.

—Llévame —ordenó, su aliento cálido y con olor a vino en su oído—. Ahora.

Gojo se quedó quieto un instante, con una hechicera de primera clase borracha aferrada a su espalda. Pudo oír una risita ahogada de Mei Mei. Nanami, diplomáticamente, miraba hacia otro lado.

Un suspiro, esta vez no de pereza, sino de profunda e infinita resignación, escapó de sus labios.

—Me debéis una —gruñó a Nanami por encima del hombro—. Una muy, muy grande. Y cara.

—Acepto los términos —respondió el rubio, ya guiando a una Mei Mei dócil hacia la salida.

Sin más preámbulos, y con la extraña carga todavía aferrada a él, Gojo volvió a plegar el espacio. El bar, los rostros de sus colegas, el caos… todo desapareció en un instante.

El siguiente parpadeo le devolvió a la familiaridad del pasillo del complejo de apartamentos donde vivía Shoko. Era un lugar mucho más modesto que el suyo, funcional y limpio. El aire olía a antiséptico y a café.

—Ya estamos —anunció, dando unas palmaditas torpes en la pierna de ella que colgaba a su costado—. Te puedes bajar, princesa del caos. El carruaje ha llegado a su destino.

Shoko no se movió. Solo emitió un pequeño gemido y apretó más su agarre.

—No quiero caminar.

—Shoko, pesas. Y no en el buen sentido.

—Tú eres el más fuerte, ¿no? Pues aguántate.

Gojo puso los ojos en blanco, aunque nadie pudiera verlo. Con un gruñido, caminó por el pasillo, sacó del bolsillo de su pijama la llave del apartamento de ella (una copia que ambos tenían del otro para emergencias desde que eran adolescentes) y abrió la puerta.

El interior era exactamente como lo recordaba. Minimalista, ordenado hasta un punto casi obsesivo. Libros de medicina apilados en estanterías metálicas, un esqueleto anatómico de plástico en una esquina al que habían bautizado «Kenji», y una pulcritud que contrastaba violentamente con el estado de su dueña.

La llevó a trompicones hasta el dormitorio. La habitación era igualmente austera: una cama grande con sábanas blancas impecables, una mesita de noche con una lámpara y un vaso de agua, y un armario empotrado. Nada más. El santuario de una mujer que pasaba más tiempo entre los muertos que entre los vivos.

Con un esfuerzo, consiguió desengancharla de su espalda y la dejó caer sobre la cama. Shoko aterrizó en el colchón con un «oof» y se quedó allí, boca abajo, como una estrella de mar.

—Bien —dijo Gojo, sacudiéndose las manos como si se hubiera librado de un gran peso—. Misión cumplida. Ahora, si me disculpas, mi cama y mi libro de tragedias francesas me esperan. No prendas fuego a nada mientras duermes.

Se dio la vuelta, listo para marcharse y reclamar las pocas horas de paz que le quedaban antes del amanecer. Ya estaba en el umbral de la puerta cuando una mano se cerró con sorprendente fuerza alrededor de la muñeca de su camisa de pijama.

Se detuvo. Miró hacia atrás.

Shoko se había girado sobre la cama. Estaba apoyada sobre un codo, el pelo cayéndole como una cortina sobre un lado de la cara. Sus ojos, fijos en él, ya no tenían esa chispa desafiante de antes. Ahora estaban nublados por una extraña mezcla de confusión y súplicha.

—No te vayas —susurró.

La voz era tan baja, tan frágil, que Gojo pensó que la había imaginado.

—¿Qué? Shoko, estás borracha. Necesitas dormir. Y yo también.

—No. —Apretó más fuerte, tirando de él—. No te vayas. Quédate.

Gojo frunció el ceño. Esto era nuevo. Shoko nunca, jamás, pedía nada. Mucho menos su compañía de una forma tan directa. Su dinámica se basaba en un entendimiento tácito, en presencias silenciosas y sarcasmos compartidos. Esto, esta petición desnuda, era un territorio completamente desconocido.

—¿Para qué quieres que me quede? —preguntó, su tono perdiendo el filo burlón y volviéndose genuinamente curioso—. ¿Para sujetarte el pelo si vomitas? Ya lo he hecho antes, no es ninguna novedad.

Ella negó con la cabeza, un movimiento lento y torpe.

—Solo… quédate. Un rato.

Se acercó un paso, arrastrado por la fuerza de su agarre. Se sentó en el borde de la cama, manteniendo una distancia prudente. El colchón se hundió bajo su peso. Shoko no le soltó.

—Vale —dijo él, con una suavidad que rara vez usaba—. Me quedaré un rato. Pero tienes que soltarme la camisa o la vas a dar de sí. Es de seda italiana.

Ella pareció no oírle. Su mirada estaba perdida en algún punto de la pared detrás de él.

—Eres un idiota, Satoru —dijo de repente, las palabras arrastradas, pero claras. El uso de su nombre de pila, sin ningún apodo o formalidad, le golpeó con más fuerza que cualquier técnica maldita.

—Me lo dicen a menudo —respondió él, intentando recuperar la ligereza—. Suelo tomarlo como un cumplido.

—No lo es. —Sus ojos volvieron a enfocarse en él, y había una intensidad en ellos que le inquietó—. Siempre… siempre estás corriendo. Siempre te vas. A misiones peligrosas. A jugar al dios intocable. Y nunca miras atrás.

Gojo se quedó en silencio. El alcohol estaba desatando la lengua de Shoko de una manera que nunca había previsto. Estaba abriendo una puerta que siempre había permanecido cerrada con siete cerrojos.

—Es mi trabajo, Shoko. Alguien tiene que hacerlo.

—Lo sé —murmuró ella. Su mano soltó su camisa, pero solo para subir por su brazo y posarse en su hombro. Sus dedos estaban fríos—. Lo sé. Pero… a veces… —Se interrumpió, mordiéndose el labio inferior—. A veces odio que seas tú.

La confesión flotó en el aire silencioso de la habitación. No era una declaración de amor, ni de odio. Era algo mucho más complejo. Era el lamento de la única persona que había estado a su lado desde el principio, la que le había visto ascender a esa soledad vertiginosa de la cima.

—Recuerdo… —continuó ella, su voz volviéndose más soñadora, más lejana— …cuando éramos solo nosotros. En la escuela. Tú, yo… y Suguru.

La mención de ese nombre fue como una aguja de hielo en el corazón de Gojo. Rara vez hablaban de él. Era un fantasma que habitaba en los silencios entre ellos, un pacto no escrito de dolor compartido.

—Éramos un desastre —dijo ella, y una pequeña sonrisa triste, la primera que le veía en toda la noche, apareció en sus labios—. Siempre rompiendo cosas. Siempre metiéndote en líos. Y yo siempre estaba ahí para curar tus estupideces.

—Y sigues haciéndolo —apuntó él en voz baja.

—Sí. —Su sonrisa se desvaneció—. Sigo haciéndolo. Pero ahora… es diferente. Antes, curaba tus rasguños. Ahora… —su mirada se volvió penetrante— …ahora tengo que coser a los chicos que envías a misiones que deberían ser tuyas. Tengo que ver cómo vuelven rotos, o no vuelven. Y tú… tú sigues ahí arriba, tan lejos. Intocable.

Se incorporó un poco más, acercando su rostro al de él. Gojo no se movió. Podía sentir el calor de su piel, el olor a vino en su aliento. Su antifaz era la única barrera que quedaba entre ellos.

—¿Sabes lo que es más frustrante? —susurró, tan cerca que sus labios casi rozaban la tela negra que cubría sus ojos—. Que a pesar de todo… a pesar de lo idiota que eres… de lo arrogante y egoísta… solo tú puedes hacer esto.

—¿Hacer qué? —preguntó él, su propia voz un susurro.

—Esto. Venir a buscarme. —Su mano en su hombro se apretó—. Porque solo tú… entiendes. Entiendes lo que es estar solo incluso cuando estás rodeado de gente. Entiendes lo que es ver… lo peor de la humanidad todos los días y tener que seguir levantándote por la mañana.

Su cabeza se inclinó, y su frente se apoyó suavemente contra su pecho. Gojo sintió la calidez a través de la fina seda de su pijama. Se quedó rígido, sin saber cómo reaccionar. Shoko Ieiri, la personificación de la autosuficiencia, se estaba apoyando en él. Literal y figuradamente.

—No me moveré de este lugar a menos que venga Satoru a recogerme —repitió ella, su voz ahogada contra su pecho, imitando su propio berrinche de antes—. Suena tan estúpido. Tan infantil.

—Un poco —admitió él, encontrando por fin su voz.

—Pero es verdad. —Levantó la cabeza de nuevo. Había lágrimas brillando en sus ojos, lágrimas de borracha, de cansancio, de una tristeza demasiado antigua—. No confío en nadie más para que me lleve a casa.

El corazón de Satoru Gojo, ese órgano que él mismo consideraba a menudo un simple accesorio, dio un vuelco doloroso. La entendía. Oh, claro que la entendía. En su mundo de monstruos y locura, la confianza era la moneda más valiosa y escasa. Y entre ellos, había un tesoro acumulado durante diecisiete años. Un tesoro forjado en aulas compartidas, misiones suicidas, pérdidas irreparables y silencios cómplices.

—Estoy cansada, Satoru —murmuró, y sonó como la confesión más íntima que jamás le hubiera hecho—. Tan, tan cansada.

Sin pensarlo, sin su habitual filtro de ironía y distancia, Gojo levantó una mano y, con una delicadeza que habría sorprendido a cualquiera que lo viera, apartó un mechón de pelo de su cara. Sus dedos rozaron su mejilla. La piel de ella estaba caliente.

—Lo sé —dijo él, y su voz era grave y sincera—. Yo también.

Se miraron durante un largo momento. El mundo exterior, con sus maldiciones y sus responsabilidades, pareció desvanecerse. Solo existía esa habitación silenciosa, el olor a alcohol y desinfectante, y la verdad cruda y desnuda que el vino había decidido descorchar.

Shoko parpadeó lentamente, sus párpados pesados. El torrente de adrenalina y alcohol que la había mantenido en pie estaba empezando a ceder, reemplazado por un agotamiento abrumador.

—No te vayas —repitió, su voz apenas un hilo—. Por favor. Solo… hasta que me duerma.

Se dejó caer de nuevo sobre las almohadas, pero su mano no le soltó. Se aferró a la tela de su pantalón de pijama como un niño que teme a la oscuridad.

Gojo la observó. La mujer más fuerte y resiliente que conocía, reducida a una vulnerabilidad casi infantil. Y extrañamente, no le provocaba ganas de burlarse. No le provocaba incomodidad. Le provocaba una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la ternura. Y a la protección. Un instinto que iba más allá del deber del «Más Fuerte».

Ella cerró los ojos. Su respiración comenzó a hacerse más lenta, más profunda. Pero su agarre seguía siendo firme. Una última ancla a la consciencia antes de que la marea del sueño se la llevara.

Él no se movió. Se quedó sentado en el borde de la cama, una extraña estatua de seda negra en la penumbra, permitiéndole mantener ese contacto. Escuchó el silencio, roto solo por la respiración acompasada de Shoko. Miró su rostro relajado en el sueño, la tensión habitual borrada de sus facciones. Las ojeras seguían ahí, recordatorios permanentes de su carga, pero por primera vez en mucho tiempo, parecía en paz.

Pasaron los minutos. Cinco. Diez. Su mano finalmente se aflojó, resbalando de su pantalón y quedando inerte sobre la sábana. Estaba profundamente dormida.

Ahora podía irse. Su misión estaba, de verdad, cumplida. Podía volver a su ático, a su soledad elegida, a su libro.

Pero no se movió.

Se inclinó y, con cuidado, le subió la manta hasta los hombros, arropándola. Un gesto tan doméstico, tan impropio de él, que casi se sorprendió a sí mismo.

Luego, en lugar de levantarse y marcharse, se reclinó contra la pared junto a la cabecera de la cama, estirando sus largas piernas. Se ajustó el antifaz, cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos, aunque no para dormir. Simplemente para escuchar. Para estar.

Las palabras de Shoko resonaban en su mente. «Solo tú entiendes lo que es estar solo». Era la verdad más grande y más terrible de su existencia. Siempre había pensado que era una carga que solo él llevaba. Pero esa noche, en medio de un berrinche etílico y confesiones a media voz, se dio cuenta de que no era del todo cierto. Shoko, su Shoko, la que siempre estaba allí con un cigarrillo y una mirada de hastío, también lo entendía. Ella también estaba sola en su propia cumbre, una cumbre hecha de autopsias y milagros médicos silenciosos.

Una leve sonrisa, genuina y desprovista de toda arrogancia, se dibujó en los labios de Satoru Gojo. Se quedaría. No solo hasta que ella se durmiera. Se quedaría hasta que saliera el sol. Velaría su sueño, como un guardián silencioso. Era lo menos que podía hacer por la única persona en el mundo que confiaba en él para llevarla a casa.

Quizás, solo por esa noche, podía permitirse no estar solo tampoco.
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