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Cherry ❤️‍🔥

Fandom: Navy

Creado: 15/6/2026

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Cerezas, ceniza y el infierno de tus ojos

El humo del cigarrillo se arremolinaba en el aire estancado de la habitación, dibujando figuras fantasmales que desaparecían antes de que Zhanwei pudiera siquiera ponerles nombre. Estaba sentado en el alféizar de la ventana, con una pierna recogida contra el pecho y la otra colgando hacia el vacío del dormitorio compartido. El negro de su ropa parecía absorber la escasa luz de la luna que se filtraba por las cortinas entreabiertas. Zhanwei, el chico de hielo, el de la voz de barítono que vibraba en el pecho de quien lo escuchara, el que vestía como si estuviera perpetuamente de luto por su propia cordura.

A pocos metros, en la litera de al lado, Choi Joonho dormía. O al menos eso parecía.

Joonho era el caos vestido de seda y confianza. Era el tipo de hombre que caminaba por una habitación y hacía que el oxígeno se volviera más denso, más difícil de respirar. Era el "hot boyfriend" por excelencia, el chico que sabía exactamente qué decir para que cualquiera cayera a sus pies, y Zhanwei no era la excepción, aunque el mundo entero creyera que era inmune a sus encantos.

Zhanwei sacó una pequeña libreta de cuero negro del bolsillo de su chaqueta. Sus dedos, largos y pálidos, acariciaron el papel antes de escribir con una caligrafía afilada, casi violenta.

*"Si el amor es un pelotón de fusilamiento, me quedaría en fila solo para verte apretar el gatillo. Preferiría morir mil veces antes de dejar de sentir este vacío que me provocas"*.

Cerró el cuaderno de golpe. El sonido fue apenas un susurro, pero en el silencio de la madrugada sonó como un disparo.

—Fumar dentro de la habitación está prohibido, Zhanwei —la voz de Joonho, ronca por el sueño y cargada de esa sensualidad natural que lo caracterizaba, rompió la quietud.

Zhanwei no se movió. Ni siquiera parpadeó. Dio una última calada al cigarrillo, sintiendo cómo el humo le quemaba los pulmones, un dolor que prefería mil veces antes que la agonía de mirar a Joonho a los ojos y no poder lanzarse sobre él.

—Las reglas son para los que tienen algo que perder —respondió Zhanwei. Su voz era grave, una nota baja de un violonchelo desafinado.

Escuchó el crujido de las sábanas. Joonho se estaba incorporando. Incluso en la penumbra, Zhanwei podía sentir la intensidad de su mirada. Joonho no solo miraba; él devoraba.

—Tan dramático, tan oscuro —dijo Joonho con una risita suave que envió un escalofrío por la columna de Zhanwei—. A veces me pregunto qué guardas en esa cabecita tuya, además de poemas de mierda y odio por el mundo.

—No me conoces, Joonho. Ni un poco.

Joonho se levantó de la cama. Estaba medio desnudo, solo con unos pantalones de chándal grises que colgaban peligrosamente bajos de sus caderas. Caminó hacia Zhanwei con la gracia de un depredador que sabe que su presa no tiene intención de huir. Se detuvo justo frente a él, invadiendo su espacio personal, obligando a Zhanwei a inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.

—Entonces enséñame —susurró Joonho, apoyando una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Zhanwei—. Enséñame qué hay detrás de esa fachada de rockero alternativo que no siente nada.

Zhanwei sintió que se desmoronaba. Por fuera era una estatua de mármol, pero por dentro era un incendio forestal. Quería agarrarlo del cuello, besarlo hasta que ambos se quedaran sin aliento, decirle que era su maldita religión, su droga, su perdición. Quería que Joonho lo protegiera, que lo envolviera en sus brazos y le dijera que no tenía que ser fuerte todo el tiempo. Pero en lugar de eso, soltó una carcajada seca y amarga.

—Te quemarías, Joonho. Y tú amas demasiado tu piel como para dejar que alguien como yo la arruine.

Joonho sonrió. No fue una sonrisa amable; fue una sonrisa cargada de esa tensión sexual que siempre parecía rodearlo como un aura. Se acercó más, tanto que Zhanwei pudo oler el aroma a menta y a esa colonia cara que Joonho usaba.

—Me gusta el fuego, Zhanwei. Me gusta cuando las cosas se ponen peligrosas.

Joonho alargó la mano y, con una lentitud tortuosa, le quitó el cigarrillo de los dedos. Se lo llevó a sus propios labios, dio una calada corta mientras mantenía los ojos clavados en los de Zhanwei, y luego exhaló el humo directamente en su cara.

—Eres un jodido desastre —murmuró Joonho, su voz bajando una octava—. Y eso me encanta.

—Vete a la mierda —respondió Zhanwei, aunque sus manos temblaban ligeramente bajo la tela negra de sus pantalones.

—Oblígame.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, rompiendo el hechizo. Goram y Seoin entraron riendo, probablemente regresando de alguna de sus escapadas nocturnas por los pasillos de la academia.

—¡Vaya! ¿Interrumpimos algo? —preguntó Goram, encendiendo la luz principal y parpadeando ante el brillo.

Joonho se apartó de Zhanwei con una naturalidad pasmosa, como si no hubiera estado a milímetros de desatar una tormenta. Se pasó una mano por el cabello alborotado y les dedicó una de sus sonrisas ganadoras.

—Solo le decía a Zhanwei que su música es demasiado deprimente para estas horas —dijo Joonho, guiñándole un ojo a Zhanwei antes de volver a su cama.

Zhanwei se quedó allí, sentado en el alféizar, sintiendo el frío del cristal contra su espalda. La luz de la habitación ahora le resultaba insoportable. Se sentía expuesto, como si sus secretos estuvieran escritos en su piel con tinta invisible que solo Joonho podía leer.

—Zhanwei, tío, pareces un fantasma —comentó Seoin mientras se quitaba los zapatos—. ¿Has dormido algo en los últimos tres años?

—Estoy bien —cortó Zhanwei, su tono volviendo a ser el de siempre: gélido, distante.

Se levantó y caminó hacia su cama, ignorando las miradas curiosas de sus compañeros. Se tumbó boca arriba, mirando el techo, escuchando el murmullo de las conversaciones de los demás. Pero su mente estaba en otra parte. Estaba en el roce de los dedos de Joonho contra los suyos, en el sabor del humo compartido, en la absoluta certeza de que estaba perdidamente, obsesivamente enamorado de un hombre que jugaba con el amor como si fuera un deporte.

*"Mis sueños de jardines de rosas han sido incendiados por demonios"*, pensó Zhanwei, recordando un verso que nunca se atrevería a recitar en voz alta. *"Y todas mis playas negras están en ruinas"*.

Joonho era el sol, y Zhanwei era el Ícaro que ya sentía la cera derretirse en sus alas. Y lo peor de todo es que no le importaba caer.

—Mañana tenemos ensayo temprano —dijo Goram desde su cama—. Intentad no mataros mientras duermo.

—No prometo nada —respondió Joonho desde la oscuridad de su litera.

Zhanwei cerró los ojos. En la oscuridad de su mente, solo veía a Joonho. Lo veía riendo, lo veía bailando, lo veía mirándolo con esa mezcla de burla y deseo que lo estaba volviendo loco. El amor, para Zhanwei, no era algo dulce o tierno. Era una guerra. Era sonreír mientras el pelotón de fusilamiento apuntaba al corazón.

Sacó de nuevo su libreta, escondiéndola bajo la almohada, y escribió una última frase antes de intentar conciliar el sueño.

*"Joonho, eres el mismísimo puto Dios, y yo soy tu pecador más devoto"*.

El silencio volvió a reinar en la habitación, pero para Zhanwei, el ruido en su cabeza era ensordecedor. Sabía que este apego, esta necesidad de que Joonho lo mirara, lo tocara, lo destruyera, terminaría mal. Pero mientras sentía el calor de la presencia de Joonho a solo unos metros de distancia, Zhanwei supo que aceptaría cualquier infierno con tal de no tener que desenamorarse.

Porque si el amor era una caída libre, él ya había saltado al vacío sin paracaídas.

A la mañana siguiente, el sol entró sin piedad por la ventana. Zhanwei fue el primero en levantarse, como siempre. Se vistió mecánicamente: jeans negros rasgados, una camiseta de una banda de rock alternativo que nadie conocía y su inseparable chaqueta de cuero. Se miró al espejo y vio las ojeras marcadas, el rostro pálido, la expresión de alguien que ha visto demasiado y no ha dormido nada.

—Te ves fatal —dijo una voz detrás de él.

Era Joonho, que ya estaba despierto y lo observaba desde la cama, apoyado en un codo. Su cabello estaba un desastre sexy y sus ojos brillaban con una diversión maliciosa.

—Gracias. Tú te ves igual de insoportable que siempre —respondió Zhanwei sin mirarlo.

—Sabes que me amas, Zhanwei. No intentes ocultarlo, se te da fatal.

Zhanwei se tensó. El corazón le dio un vuelco violento contra las costillas. ¿Lo sabía? ¿Había sido tan obvio?

—No digas estupideces —dijo Zhanwei, su voz fallando por un milisegundo—. Solo somos compañeros de grupo. Nada más.

Joonho se levantó y caminó hacia él, deteniéndose justo detrás de Zhanwei. En el reflejo del espejo, sus ojos se encontraron. Joonho puso una mano sobre el hombro de Zhanwei, apretando ligeramente. El contacto quemaba a través de la ropa.

—Compañeros... claro —susurró Joonho al oído de Zhanwei, su aliento cálido rozando su piel—. Pero ayer, cuando te miré a los ojos, no vi a un "compañero". Vi a alguien que se muere por que lo rompan en pedazos.

Zhanwei se soltó del agarre de un tirón y se giró, encarando a Joonho. La rabia y el deseo luchaban por el control en su interior.

—¿Y qué si es así? ¿Qué vas a hacer tú al respecto, Joonho? ¿Vas a jugar conmigo como haces con todos los demás? ¿Vas a fingir que te importo hasta que te aburras?

La sonrisa de Joonho desapareció, reemplazada por una expresión de seriedad que Zhanwei rara vez veía. Se acercó un paso más, obligando a Zhanwei a retroceder hasta que sus riñones chocaron contra el borde del lavabo.

—Yo no finjo, Zhanwei —dijo Joonho, su voz cargada de una intensidad peligrosa—. Si te toco, no será para jugar. Será para marcarte.

Zhanwei sintió que se le escapaba el aire. La tensión entre ellos era tan física que casi podía tocarse. Era eléctrica, pesada, asfixiante.

—Vete al carajo —susurró Zhanwei, aunque sus ojos decían lo contrario.

—Después de ti, precioso.

Joonho le dio una palmada suave en la mejilla, un gesto que era a la vez cariñoso y condescendiente, y salió del baño tarareando una melodía alegre.

Zhanwei se quedó solo, temblando, apoyado en el lavabo. Abrió el grifo y se echó agua fría en la cara, intentando apagar el fuego que Joonho acababa de encender. Se miró de nuevo al espejo y odió lo que vio: a un chico que daría su vida, su alma y su cordura por un momento de atención de alguien que era el epítome del peligro.

Se sacó un papel del bolsillo. Era un poema que había escrito la noche anterior, uno que hablaba de cerezas, vino y ruinas. Con manos temblorosas, lo rompió en mil pedazos y los tiró a la basura.

Pero sabía que no importaba cuántos papeles rompiera. Las palabras seguían tatuadas en su mente, y el sentimiento seguía creciendo como una hiedra venenosa que amenazaba con asfixiarlo.

—Maldita sea —maldijo en voz baja, su voz grave rompiéndose por fin—. Maldito seas, Choi Joonho.

Salió de la habitación con el corazón en un puño y la determinación de sobrevivir a un día más en presencia de su propia perdición. Pero en el fondo, Zhanwei sabía la verdad. El amor real no era seguridad. El amor real era sentir que no tienes miedo cuando estás frente al peligro, porque lo deseas tanto que nada más importa.

Y él deseaba a Joonho más de lo que deseaba seguir respirando.

En el pasillo, los demás miembros del grupo ya se reunían para ir al estudio. Zhanwei se puso su máscara de frialdad, ajustó su chaqueta y caminó hacia ellos con la elegancia de un cuervo. Pero cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Joonho, sentía que se caía a pedazos.

Y lo peor de todo es que le encantaba la sensación de estar roto si era Joonho quien sostenía los fragmentos.

—¿Listo para brillar, Zhanwei? —le preguntó Goram, dándole un golpe amistoso en el hombro.

—Siempre —respondió Zhanwei, su voz volviendo a ser una línea plana de indiferencia.

Pero mientras caminaban hacia el estudio, Zhanwei pudo sentir la mirada de Joonho en su nuca, pesada y posesiva. Sabía que esto era solo el principio. El capítulo uno de una historia que probablemente terminaría en cenizas. Pero mientras esas cenizas fueran de ambos, Zhanwei estaba dispuesto a arder.

Porque para él, Joonho no era solo un chico. Era el cielo tomando el lugar de algo maligno, y dejando que todo se consumiera en el éxtasis del momento.

—¡Hey, Zhanwei! —gritó Joonho desde el frente del grupo, deteniéndose para esperarlo.

Zhanwei aceleró el paso, sintiendo cómo el mundo a su alrededor se desvanecía hasta que solo quedaron ellos dos.

—¿Qué quieres? —preguntó Zhanwei cuando llegó a su altura.

Joonho se inclinó hacia él, aprovechando que los demás se habían adelantado unos metros.

—Asegúrate de cantar con esa voz tuya tan profunda hoy —le susurró Joonho, su mano rozando accidentalmente (o no) la de Zhanwei—. Me pone de un humor... interesante.

Zhanwei no respondió. No podía. Solo pudo seguir caminando, con el pulso acelerado y la certeza de que su vida ya no le pertenecía. Se la había entregado a Choi Joonho en una bandeja de plata, rodeada de poemas y humo de cigarrillo.

Y si eso lo llevaba a la ruina, entonces que así fuera. Porque en el mundo de Zhanwei, no había nada más hermoso que una playa negra en ruinas, siempre y cuando Joonho estuviera allí para verla arder.
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