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~love in paradise
Fandom: Cookie run kindom
Creado: 15/6/2026
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UA (Universo Alternativo)FantasíaPsicológicoAcciónAventuraDistopíaEstudio de PersonajeOscuroIsekai / Fantasía PortalDrama
El Embrujo de la Dulzura Eterna
El aire en aquel lugar no se sentía como el aire de Earthbread. No olía a tierra húmeda tras la lluvia, ni al aroma metálico del escudo de una guerrera, ni siquiera al dulce y reconfortante aroma de las bayas silvestres que crecían en los jardines del Reino Hollyberry. Aquí, el aire era denso, saturado con un perfume de azúcar glass tan penetrante que se sentía pegajoso en los pulmones.
Hollyberry Cookie dio un paso adelante, sintiendo cómo sus botas se hundían ligeramente en un suelo que parecía estar hecho de nubes de malvavisco triturado. Sus dos grandes coletas de color rosa vibrante se balancearon sobre sus hombros mientras giraba la cabeza, tratando de asimilar el paisaje. Sus ojos, del mismo tono rosado pero llenos de una determinación feroz, escudriñaron el horizonte.
—¿Así que este es el paraíso del que tanto hablan? —susurró para sí misma, ajustando el agarre de su escudo de bayas—. Demasiado tranquilo para mi gusto. Me da ganas de romper algo solo para ver si hace ruido.
Frente a ella se extendía el dominio de Eternal Sugar Cookie. No era un lugar de pesadilla, al menos no a simple vista. Era un jardín infinito de cristales de azúcar que refractaban la luz en mil colores pasteles. Ríos de almíbar transparente fluían en silencio entre árboles cuyas hojas eran finas láminas de caramelo. No había viento, no había pájaros, no había el estruendo de una buena taberna llena de galletas brindando por la victoria.
Hollyberry avanzó con su paso firme y ruidoso, una figura de fuerza y volumen que contrastaba con la fragilidad etérea del entorno. Su armadura tintineaba, un sonido que parecía un sacrilegio en aquel silencio sepulcral.
—¡Eh! ¡Tú, la del azúcar eterno! —gritó Hollyberry, su voz potente retumbando contra los árboles de caramelo—. ¡Hollyberry Cookie ha llegado! ¡Sal de donde quiera que estés y mírame a los ojos!
El silencio fue su única respuesta durante unos segundos, hasta que una risa suave, como el tintineo de campanillas de cristal, comenzó a flotar en el aire. No provenía de una sola dirección; parecía emanar del mismo suelo y de las nubes de azúcar que colgaban sobre su cabeza.
—Tan ruidosa... tan llena de vida innecesaria —dijo una voz melodiosa, arrastrando las palabras con una pereza divina—. ¿Por qué gritas, pequeña guerrera de bayas? Aquí no hay necesidad de batallas, ni de escudos, ni de ese cansancio que llamas "pasión".
De entre la bruma de azúcar, una figura comenzó a materializarse. Eternal Sugar Cookie flotaba a pocos centímetros del suelo, rodeada de un aura de perfección estática. Su sola presencia parecía absorber el movimiento del entorno, congelándolo todo en una complacencia infinita.
—¿Innecesaria? —Hollyberry soltó una carcajada que brotó desde lo más profundo de su pecho, haciendo vibrar su capa—. ¡La pasión es lo que hornea el mundo, dulcecita! Sin ella, solo seríamos masa cruda olvidada en un estante. He venido a ver qué clase de "paraíso" es este que intenta adormecer el espíritu de las galletas.
Eternal Sugar se acercó, moviéndose sin mover un solo músculo, como una visión que se desplaza por el ojo de quien la mira.
—Mira a tu alrededor, Hollyberry —dijo Eternal Sugar, extendiendo una mano pálida hacia un claro donde varias galletas permanecían sentadas, con los ojos entornados y sonrisas vacuas en sus rostros—. Aquí no hay dolor. No hay pérdida. No hay reyes que deban abandonar sus tronos por culpabilidad, ni guerreros que deban ver caer a sus amigos en el campo de batalla. ¿No es eso lo que siempre has deseado? ¿Un descanso real para ese corazón tuyo que carga con tanto peso?
Hollyberry apretó los dientes. El recuerdo de su partida, de la carga de su reino y de la sombra de Dark Enchantress Cookie cruzó su mente como un relámpago. Por un momento, el peso de su escudo se sintió real, casi insoportable. El perfume del aire se volvió más dulce, más tentador. Sus párpados pesaron.
—Solo un momento... —murmuró Eternal Sugar, su voz como una caricia de miel—. Deja caer el escudo. Siéntate junto al río de almíbar. Olvida las guerras. Olvida las promesas. Aquí, el tiempo no existe, y por lo tanto, nada puede marchitarse. Ni siquiera tú.
Hollyberry bajó ligeramente el borde de su escudo. Sus ojos rosados perdieron por un segundo su brillo habitual, empañados por la promesa de una paz que nunca se había permitido tener. Sus músculos, siempre tensos para la acción, comenzaron a relajarse.
—Paz... —repitió Hollyberry en un susurro.
—Exacto —sonrió Eternal Sugar, una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos—. Dulce y eterna paz.
Pero entonces, un olor familiar rompió el hechizo. No era el azúcar refinado de aquel paraíso, sino algo más rústico. El olor a fermento, a bayas machacadas, al sudor de un entrenamiento bajo el sol y al calor de una hoguera rodeada de amigos. El olor de la vida real, con todas sus imperfecciones.
Hollyberry Cookie sacudió la cabeza con tal fuerza que sus coletas golpearon su propia armadura con un sonido seco.
—¡Ja! —exclamó, recuperando la firmeza de su postura y golpeando el suelo con la base de su escudo, provocando una grieta en el suelo de malvavisco—. Casi me atrapas, azúcar impalpable. Tienes un truco muy refinado, te lo concedo.
Eternal Sugar retrocedió un paso, su expresión de serenidad perturbada por un leve fruncido de cejas.
—¿Cómo puedes rechazar esto? —preguntó la entidad—. Tu cuerpo está cansado. Tu historia está llena de cicatrices.
—¡Mis cicatrices son mis medallas! —rugió Hollyberry, su espíritu aventurero encendiéndose de nuevo como una fragua—. ¿Qué clase de paraíso es este donde no se puede brindar? ¿Donde no se puede sentir el esfuerzo de una subida a la montaña o el sabor de una victoria ganada con sangre, sudor y migas? ¡Tu paz es aburrida! ¡Es una tumba decorada con glaseado!
Hollyberry avanzó un paso, señalando a Eternal Sugar con un dedo desafiante.
—Yo soy Hollyberry Cookie —declaró con pasión—. He amado, he luchado y he fallado. He bebido el jugo de bava más amargo y el más dulce. Y prefiero mil veces sufrir por lo que amo que no sentir nada en este jardín de cristal. ¡Mi paraíso tiene ruido, tiene risas y tiene el caos de la vida!
Eternal Sugar Cookie suspiró, un sonido que pareció marchitar las flores de caramelo cercanas.
—Eres una criatura primitiva, atada a tus instintos de masa —dijo con desdén—. Si deseas el conflicto, entonces este lugar te dará lo que pides, hasta que te rompas bajo el peso de tu propia terquedad.
El entorno comenzó a cambiar. Los ríos de almíbar se volvieron densos y oscuros, y los árboles de caramelo se retorcieron como garras. El paraíso de azúcar estaba mostrando sus dientes, transformándose en una prisión de dulzura sofocante.
Hollyberry, lejos de asustarse, soltó una carcajada de pura alegría guerrera. Ajustó su capa y levantó su escudo, sintiendo la adrenalina correr por su masa.
—¡Así está mejor! —exclamó, con los ojos brillando de nuevo con una luz rosa intensa—. ¡Nada como un poco de resistencia para abrir el apetito! ¡Prepárate, Eternal Sugar! ¡Voy a demostrarte que el corazón de una Hollyberry es demasiado fuerte para ser endulzado por la fuerza!
—No entiendes la magnitud de este lugar —dijo Eternal Sugar, elevándose más alto mientras el suelo bajo Hollyberry empezaba a convertirse en arenas movedizas de azúcar glass—. Aquí, tus deseos se vuelven tus cadenas. Si deseas luchar, lucharás contra sombras que no puedes vencer.
—¡Entonces lucharé hasta que las sombras se cansen de mí! —respondió Hollyberry, saltando fuera de la trampa de azúcar con una agilidad sorprendente para su complexión fuerte—. ¡Porque mientras tenga un motivo para volver a casa, y un brindis pendiente con mis amigos, no hay azúcar en este mundo que pueda detenerme!
Lanzó su escudo hacia adelante, no como un arma defensiva, sino como un proyectil de pura voluntad. El escudo giró en el aire, cortando la bruma pegajosa y golpeando una de las estructuras de cristal, que estalló en mil pedazos brillantes.
—¡Oye! —gritó Hollyberry mientras recuperaba su escudo con un movimiento experto—. ¡Ese ha sido un buen tiro! ¿Ves? ¡Incluso aquí se puede uno divertir!
Eternal Sugar Cookie observó a la guerrera con una mezcla de curiosidad y repulsión. No comprendía la fuente de esa energía que parecía inagotable. Para ella, la existencia era una línea recta de perfección estática; para Hollyberry, era un banquete caótico donde siempre había sitio para un plato más.
—Tu pasión es una anomalía —sentenció Eternal Sugar—. Pero incluso el fuego más brillante se apaga cuando el oxígeno se agota. Y aquí, solo hay azúcar.
—¡Pues entonces haré que mi pasión sea el oxígeno! —Hollyberry cargó hacia adelante, sus botas resonando con fuerza, desafiando el silencio del paraíso eterno—. ¡Por el Reino Hollyberry! ¡Por la aventura! ¡Y por el próximo gran banquete!
La batalla apenas comenzaba. En el corazón del paraíso más dulce y peligroso, la galleta más apasionada de Earthbread se negaba a aceptar la paz de los muertos. Porque para Hollyberry Cookie, la verdadera dulzura no estaba en la perfección, sino en el desordenado, ruidoso y maravilloso acto de estar viva.
Hollyberry Cookie dio un paso adelante, sintiendo cómo sus botas se hundían ligeramente en un suelo que parecía estar hecho de nubes de malvavisco triturado. Sus dos grandes coletas de color rosa vibrante se balancearon sobre sus hombros mientras giraba la cabeza, tratando de asimilar el paisaje. Sus ojos, del mismo tono rosado pero llenos de una determinación feroz, escudriñaron el horizonte.
—¿Así que este es el paraíso del que tanto hablan? —susurró para sí misma, ajustando el agarre de su escudo de bayas—. Demasiado tranquilo para mi gusto. Me da ganas de romper algo solo para ver si hace ruido.
Frente a ella se extendía el dominio de Eternal Sugar Cookie. No era un lugar de pesadilla, al menos no a simple vista. Era un jardín infinito de cristales de azúcar que refractaban la luz en mil colores pasteles. Ríos de almíbar transparente fluían en silencio entre árboles cuyas hojas eran finas láminas de caramelo. No había viento, no había pájaros, no había el estruendo de una buena taberna llena de galletas brindando por la victoria.
Hollyberry avanzó con su paso firme y ruidoso, una figura de fuerza y volumen que contrastaba con la fragilidad etérea del entorno. Su armadura tintineaba, un sonido que parecía un sacrilegio en aquel silencio sepulcral.
—¡Eh! ¡Tú, la del azúcar eterno! —gritó Hollyberry, su voz potente retumbando contra los árboles de caramelo—. ¡Hollyberry Cookie ha llegado! ¡Sal de donde quiera que estés y mírame a los ojos!
El silencio fue su única respuesta durante unos segundos, hasta que una risa suave, como el tintineo de campanillas de cristal, comenzó a flotar en el aire. No provenía de una sola dirección; parecía emanar del mismo suelo y de las nubes de azúcar que colgaban sobre su cabeza.
—Tan ruidosa... tan llena de vida innecesaria —dijo una voz melodiosa, arrastrando las palabras con una pereza divina—. ¿Por qué gritas, pequeña guerrera de bayas? Aquí no hay necesidad de batallas, ni de escudos, ni de ese cansancio que llamas "pasión".
De entre la bruma de azúcar, una figura comenzó a materializarse. Eternal Sugar Cookie flotaba a pocos centímetros del suelo, rodeada de un aura de perfección estática. Su sola presencia parecía absorber el movimiento del entorno, congelándolo todo en una complacencia infinita.
—¿Innecesaria? —Hollyberry soltó una carcajada que brotó desde lo más profundo de su pecho, haciendo vibrar su capa—. ¡La pasión es lo que hornea el mundo, dulcecita! Sin ella, solo seríamos masa cruda olvidada en un estante. He venido a ver qué clase de "paraíso" es este que intenta adormecer el espíritu de las galletas.
Eternal Sugar se acercó, moviéndose sin mover un solo músculo, como una visión que se desplaza por el ojo de quien la mira.
—Mira a tu alrededor, Hollyberry —dijo Eternal Sugar, extendiendo una mano pálida hacia un claro donde varias galletas permanecían sentadas, con los ojos entornados y sonrisas vacuas en sus rostros—. Aquí no hay dolor. No hay pérdida. No hay reyes que deban abandonar sus tronos por culpabilidad, ni guerreros que deban ver caer a sus amigos en el campo de batalla. ¿No es eso lo que siempre has deseado? ¿Un descanso real para ese corazón tuyo que carga con tanto peso?
Hollyberry apretó los dientes. El recuerdo de su partida, de la carga de su reino y de la sombra de Dark Enchantress Cookie cruzó su mente como un relámpago. Por un momento, el peso de su escudo se sintió real, casi insoportable. El perfume del aire se volvió más dulce, más tentador. Sus párpados pesaron.
—Solo un momento... —murmuró Eternal Sugar, su voz como una caricia de miel—. Deja caer el escudo. Siéntate junto al río de almíbar. Olvida las guerras. Olvida las promesas. Aquí, el tiempo no existe, y por lo tanto, nada puede marchitarse. Ni siquiera tú.
Hollyberry bajó ligeramente el borde de su escudo. Sus ojos rosados perdieron por un segundo su brillo habitual, empañados por la promesa de una paz que nunca se había permitido tener. Sus músculos, siempre tensos para la acción, comenzaron a relajarse.
—Paz... —repitió Hollyberry en un susurro.
—Exacto —sonrió Eternal Sugar, una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos—. Dulce y eterna paz.
Pero entonces, un olor familiar rompió el hechizo. No era el azúcar refinado de aquel paraíso, sino algo más rústico. El olor a fermento, a bayas machacadas, al sudor de un entrenamiento bajo el sol y al calor de una hoguera rodeada de amigos. El olor de la vida real, con todas sus imperfecciones.
Hollyberry Cookie sacudió la cabeza con tal fuerza que sus coletas golpearon su propia armadura con un sonido seco.
—¡Ja! —exclamó, recuperando la firmeza de su postura y golpeando el suelo con la base de su escudo, provocando una grieta en el suelo de malvavisco—. Casi me atrapas, azúcar impalpable. Tienes un truco muy refinado, te lo concedo.
Eternal Sugar retrocedió un paso, su expresión de serenidad perturbada por un leve fruncido de cejas.
—¿Cómo puedes rechazar esto? —preguntó la entidad—. Tu cuerpo está cansado. Tu historia está llena de cicatrices.
—¡Mis cicatrices son mis medallas! —rugió Hollyberry, su espíritu aventurero encendiéndose de nuevo como una fragua—. ¿Qué clase de paraíso es este donde no se puede brindar? ¿Donde no se puede sentir el esfuerzo de una subida a la montaña o el sabor de una victoria ganada con sangre, sudor y migas? ¡Tu paz es aburrida! ¡Es una tumba decorada con glaseado!
Hollyberry avanzó un paso, señalando a Eternal Sugar con un dedo desafiante.
—Yo soy Hollyberry Cookie —declaró con pasión—. He amado, he luchado y he fallado. He bebido el jugo de bava más amargo y el más dulce. Y prefiero mil veces sufrir por lo que amo que no sentir nada en este jardín de cristal. ¡Mi paraíso tiene ruido, tiene risas y tiene el caos de la vida!
Eternal Sugar Cookie suspiró, un sonido que pareció marchitar las flores de caramelo cercanas.
—Eres una criatura primitiva, atada a tus instintos de masa —dijo con desdén—. Si deseas el conflicto, entonces este lugar te dará lo que pides, hasta que te rompas bajo el peso de tu propia terquedad.
El entorno comenzó a cambiar. Los ríos de almíbar se volvieron densos y oscuros, y los árboles de caramelo se retorcieron como garras. El paraíso de azúcar estaba mostrando sus dientes, transformándose en una prisión de dulzura sofocante.
Hollyberry, lejos de asustarse, soltó una carcajada de pura alegría guerrera. Ajustó su capa y levantó su escudo, sintiendo la adrenalina correr por su masa.
—¡Así está mejor! —exclamó, con los ojos brillando de nuevo con una luz rosa intensa—. ¡Nada como un poco de resistencia para abrir el apetito! ¡Prepárate, Eternal Sugar! ¡Voy a demostrarte que el corazón de una Hollyberry es demasiado fuerte para ser endulzado por la fuerza!
—No entiendes la magnitud de este lugar —dijo Eternal Sugar, elevándose más alto mientras el suelo bajo Hollyberry empezaba a convertirse en arenas movedizas de azúcar glass—. Aquí, tus deseos se vuelven tus cadenas. Si deseas luchar, lucharás contra sombras que no puedes vencer.
—¡Entonces lucharé hasta que las sombras se cansen de mí! —respondió Hollyberry, saltando fuera de la trampa de azúcar con una agilidad sorprendente para su complexión fuerte—. ¡Porque mientras tenga un motivo para volver a casa, y un brindis pendiente con mis amigos, no hay azúcar en este mundo que pueda detenerme!
Lanzó su escudo hacia adelante, no como un arma defensiva, sino como un proyectil de pura voluntad. El escudo giró en el aire, cortando la bruma pegajosa y golpeando una de las estructuras de cristal, que estalló en mil pedazos brillantes.
—¡Oye! —gritó Hollyberry mientras recuperaba su escudo con un movimiento experto—. ¡Ese ha sido un buen tiro! ¿Ves? ¡Incluso aquí se puede uno divertir!
Eternal Sugar Cookie observó a la guerrera con una mezcla de curiosidad y repulsión. No comprendía la fuente de esa energía que parecía inagotable. Para ella, la existencia era una línea recta de perfección estática; para Hollyberry, era un banquete caótico donde siempre había sitio para un plato más.
—Tu pasión es una anomalía —sentenció Eternal Sugar—. Pero incluso el fuego más brillante se apaga cuando el oxígeno se agota. Y aquí, solo hay azúcar.
—¡Pues entonces haré que mi pasión sea el oxígeno! —Hollyberry cargó hacia adelante, sus botas resonando con fuerza, desafiando el silencio del paraíso eterno—. ¡Por el Reino Hollyberry! ¡Por la aventura! ¡Y por el próximo gran banquete!
La batalla apenas comenzaba. En el corazón del paraíso más dulce y peligroso, la galleta más apasionada de Earthbread se negaba a aceptar la paz de los muertos. Porque para Hollyberry Cookie, la verdadera dulzura no estaba en la perfección, sino en el desordenado, ruidoso y maravilloso acto de estar viva.
