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Sweet slumber~~

Fandom: Cookie run kindom

Creado: 15/6/2026

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Bajo el Brillo del Azúcar y el Rubí

El Reino del Acebo nunca había lucido tan vibrante. Las bayas rojas brillaban como gemas bajo el sol de la tarde, y el aire estaba cargado con el aroma del jugo de uva fermentado y el azúcar glas. No era un día cualquiera; era el día en que la indomable Hollyberry Cookie, la guerrera de corazón de rubí y risa estruendosa, uniría su vida a la de la etérea y devota Eternal Sugar Cookie.

En las habitaciones privadas del castillo, Hollyberry intentaba, sin mucho éxito, quedarse quieta mientras un grupo de Sugar Gnomes ajustaba los últimos pliegues de su vestido. El atuendo era una maravilla de color rosa intenso, diseñado para resaltar su figura curvilínea y fuerte, pero ella se sentía un poco como un barril de jugo envuelto en seda.

— ¡Por las migas de mis ancestros! —exclamó Hollyberry, su voz resonando contra las paredes de piedra—. Si este corsé aprieta un milímetro más, no podré reír, y una boda sin risas es como un escudo sin guerrero.

— ¡Cálmate, mi querida amiga de cabeza dura! —Una voz melodiosa y llena de arrogancia juguetona llegó desde la puerta.

Golden Cheese Cookie entró en la habitación con la elegancia de una deidad. Su piel morena resplandecía bajo la luz, y sus alas doradas y azules se agitaron levemente, esparciendo un rastro de brillo sobre el suelo. Su traje de inspiración egipcia, cargado de oro puro, tintineaba con cada paso.

— Estás radiante, Hollyberry —dijo Golden Cheese, acercándose para inspeccionarla con una sonrisa pícara—. Aunque debo decir que tanto rosa me marea un poco. El oro te habría sentado mejor, pero supongo que tenemos gustos... diferentes.

Hollyberry soltó una carcajada sonora y le dio una palmada en el hombro a su mejor amiga, casi haciendo que la soberana del Reino de Oro perdiera el equilibrio.

— ¡Tú siempre con tu oro, Golden Cheese! —rio Hollyberry—. Pero hoy no se trata de tesoros enterrados, sino de la dulzura que Eternal Sugar ha traído a mi vida. ¿Has visto a los demás?

— Pure Vanilla está intentando que Dark Cacao no parezca que va a un funeral —respondió Golden Cheese, rodando los ojos—. White Lily está ayudando con las flores. Todo está en orden. Pero dime, ¿estás lista para que esa pequeña obsesiva te llame "esposa" por el resto de la eternidad?

Hollyberry suavizó su expresión. Sus ojos rosados brillaron con una ternura genuina que rara vez mostraba en el campo de batalla.

— Ella me adora, Golden. Y yo... bueno, nunca pensé que alguien pudiera mirar mis cicatrices y mi escudo y ver algo tan hermoso como ella lo hace. Estoy lista.

Mientras tanto, en el otro extremo del ala real, Eternal Sugar Cookie se miraba en el espejo. Su piel era tan pálida que parecía azúcar refinada, casi blanca, contrastando maravillosamente con su largo cabello rosado que caía como una cascada de algodón de azúcar. Sus alas blancas, impecables, se estremecían de pura emoción.

— Mi reina... mi guerrera... mi Hollyberry —susurró Eternal Sugar, acariciando el aire como si pudiera sentir la presencia de su prometida—. Hoy serás mía ante los ojos de todo el continente. Nadie podrá apartar la mirada de nuestra unión.

Eternal Sugar no solo amaba a Hollyberry; la veneraba. Su devoción bordeaba la obsesión, pero para Hollyberry, ese amor intenso era el ancla que necesitaba tras siglos de batallas. Para Eternal Sugar, Hollyberry era el sol, y ella estaba más que feliz de ser el planeta que orbitaba eternamente a su alrededor.

El sonido de las trompetas anunció el inicio de la ceremonia. El jardín real estaba repleto. Los Ancient Cookies ocupaban los asientos de honor en la primera fila. Pure Vanilla sonreía con benevolencia, sosteniendo su báculo con suavidad; White Lily miraba las flores con una mezcla de melancolía y alegría; y Dark Cacao, imponente y severo, mantenía los brazos cruzados, aunque sus ojos mostraban un respeto silencioso.

Golden Cheese se situó al frente, como la madrina de honor, asegurándose de que su capa dorada captara la mayor cantidad de luz posible.

— ¡Que comience el espectáculo! —murmuró para sí misma, guiñando un ojo a un guardia que la miraba embelesado.

La música cambió a un tono más dulce y solemne. Eternal Sugar entró primero, caminando sobre pétalos de rosa. Parecía una aparición celestial, su vestido blanco y rosa flotando a su alrededor. Cuando llegó al altar, se giró y esperó, con las manos entrelazadas sobre el pecho, conteniendo el aliento.

Entonces, entró Hollyberry.

No caminaba con la delicadeza de una novia tradicional; caminaba con la fuerza de una conquistadora. Su escudo de bayas colgaba a su espalda, una parte inseparable de su ser. Sus coletas rosadas rebotaban con cada paso firme. Al verla, Eternal Sugar sintió que sus rodillas flaqueaban.

— Estás... perfecta —susurró Eternal Sugar cuando Hollyberry llegó a su lado.

— Y tú pareces un sueño del que no quiero despertar —respondió Hollyberry con una sonrisa ancha, tomando sus manos pequeñas entre las suyas, mucho más grandes y callosas.

Pure Vanilla se puso en pie para presidir la unión. Su voz era como una caricia de miel.

— Nos hemos reunido aquí, no solo como reyes y protectores, sino como amigos —comenzó Pure Vanilla—. El amor es el ingrediente más raro de Earthbread, el que no se puede cultivar ni fabricar, solo encontrar. Hollyberry, Eternal Sugar, vuestras naturalezas son opuestas: la fuerza de la tierra y la dulzura del cielo. Pero juntas, formáis algo indestructible.

— Yo, Hollyberry Cookie —dijo la guerrera, mirando fijamente a los ojos de su pareja—, prometo protegerte con mi escudo, amarte con mi alma y compartir contigo hasta la última gota de mi mejor jugo de baya. Seré tu roca cuando el viento sople y tu risa cuando el mundo sea oscuro.

Eternal Sugar sintió que las lágrimas de azúcar rodaban por sus mejillas.

— Yo, Eternal Sugar Cookie —dijo con voz temblorosa pero firme—, te entrego cada uno de mis pensamientos. Te adoraré por encima de todas las cosas, cuidaré de tu corazón como el tesoro más preciado y me aseguraré de que tu vida sea siempre dulce. Eres mi principio y mi fin.

— Entonces —dijo Pure Vanilla con una sonrisa radiante—, por el poder que el destino nos ha otorgado, las declaro unidas para siempre.

Hollyberry no esperó a más formalidades. Rodeó la cintura de Eternal Sugar con sus brazos fuertes y la levantó en el aire, sellando la unión con un beso apasionado que provocó los vítores de toda la multitud. Golden Cheese silbó con fuerza, agitando sus alas doradas y creando una lluvia de chispas brillantes sobre las novias.

— ¡Ahora, que empiece la verdadera fiesta! —gritó Hollyberry, bajando a su esposa pero manteniéndola pegada a su costado—. ¡Traigan los barriles! ¡Traigan la comida! ¡Hoy nadie se va a dormir hasta que el sol vuelva a salir!

La recepción fue legendaria. Mesas kilométricas se extendían por el patio del castillo, cargadas con los manjares más exquisitos del Reino de Oro, las jaleas más finas y, por supuesto, el famoso jugo de baya fermentado de Hollyberry.

Golden Cheese se encontraba en el centro de un círculo de invitados, contando historias exageradas sobre sus aventuras.

— Y entonces —decía Golden Cheese, gesticulando con una copa de oro en la mano—, le dije al monstruo: "¿De verdad crees que ese color de piel combina con mis joyas?". ¡Se quedó tan confundido que pude derrotarlo con un solo movimiento de mis alas!

Hollyberry, que pasaba por allí con un barril bajo el brazo, soltó una carcajada.

— ¡No le crean ni una palabra! —bromeó Hollyberry—. ¡Ese monstruo se asustó porque vio lo mucho que Golden Cheese se miraba en el reflejo de sus propias garras!

— ¡Oye! —protestó Golden Cheese, aunque no pudo evitar reír—. La belleza es un arma legítima en el campo de batalla, mi querida amiga casada.

Eternal Sugar observaba la escena desde un pequeño trono decorado con flores. No se había separado de Hollyberry ni un segundo, pero ahora disfrutaba viendo a su esposa ser el alma de la fiesta. Sin embargo, cuando vio que Hollyberry se servía su quinta copa, decidió intervenir con dulzura.

— Mi amor —dijo Eternal Sugar, acercándose y rodeando el brazo de Hollyberry con el suyo—, recuerda que aún tenemos que bailar el baile real. No querrás que el jugo te haga tropezar frente a Dark Cacao, ¿verdad? Sabes que nunca nos dejaría olvidarlo.

Hollyberry miró a Dark Cacao, que estaba en un rincón bebiendo algo que parecía té negro y observando a todos con su habitual expresión de juicio silencioso.

— Tienes razón, mi dulce azúcar —dijo Hollyberry, dejando la copa a un lado—. Vamos a mostrarles cómo se baila en este reino.

La música se volvió más lenta, una melodía de cuerdas que evocaba la paz de los bosques. Hollyberry tomó la mano de Eternal Sugar y la guio al centro de la pista. A pesar de su tamaño y su fuerza, Hollyberry se movía con una gracia sorprendente. Eternal Sugar parecía flotar a su alrededor, sus alas blancas moviéndose al ritmo de la música, creando un contraste visual fascinante: el rubí y el diamante, la fuerza y la delicadeza.

— ¿Eres feliz? —preguntó Eternal Sugar en un susurro, escondiendo su rostro en el hombro de Hollyberry.

— Más de lo que cualquier canción podría decir —respondió Hollyberry, besando la coronilla de su cabeza—. Eres mi hogar, Eternal Sugar.

Desde la mesa de honor, Golden Cheese las observaba. A pesar de su fachada de arrogancia y su amor por las riquezas materiales, su corazón brillaba de alegría por su amiga. Se acercó a Pure Vanilla y White Lily.

— Debo admitirlo —dijo Golden Cheese, ajustándose una de sus joyas—, hacen una pareja extrañamente perfecta. Casi tan perfecta como una montaña de monedas de oro.

— El amor es el único oro que no se puede gastar, Golden Cheese —dijo Pure Vanilla con suavidad.

— Oh, no te pongas filosófico ahora, Vanilla —rio ella—. Pero tienes razón. Por una vez, no envidio el brillo de nadie más. El brillo que emanan esas dos es suficiente para iluminar todo Earthbread.

La fiesta continuó hasta altas horas de la madrugada. Hubo concursos de bebida (que Hollyberry ganó fácilmente, para disgusto de Dark Cacao, que participó solo por honor), bailes desenfrenados y risas que se escuchaban hasta en las fronteras del reino.

Al final de la noche, cuando las estrellas empezaban a palidecer, Hollyberry y Eternal Sugar se alejaron del bullicio hacia el balcón más alto del castillo. El reino se extendía ante ellas, tranquilo y próspero.

— Un nuevo comienzo —dijo Eternal Sugar, entrelazando sus dedos con los de su esposa.

— El mejor de todos —asintió Hollyberry, apoyando su escudo contra la pared del balcón por primera vez en mucho tiempo—. Porque a partir de hoy, no importa qué batalla venga, siempre tendré a alguien por quien volver a casa. Y esa persona eres tú.

Eternal Sugar sonrió, su obsesión transformada en una paz profunda. Sabía que Hollyberry era libre como el viento, pero también sabía que el viento siempre volvía a la tierra. Y ella sería su tierra, su azúcar y su eternidad.

Bajo el cielo del Reino del Acebo, las dos Cookies permanecieron abrazadas, mientras el primer rayo de sol iluminaba el horizonte, prometiendo una vida llena de aventuras, risas y, sobre todo, una dulzura inquebrantable que ni el tiempo ni la guerra podrían borrar. Porque cuando un corazón de rubí se une a un alma de azúcar, el resultado es el vínculo más fuerte que jamás se haya horneado.
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