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Almas Rotas

Fandom: Kaguya Sama: Love is War

Creado: 15/6/2026

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Fragmentos de un Consuelo

El silencio en la sala del Consejo Estudiantil era un ente pesado y palpable. Ya no era el silencio cómodo que a veces se instalaba entre tareas, ni el silencio tenso que precedía a una de las batallas mentales entre el presidente y la vicepresidenta. Era un silencio fúnebre, cargado de ausencias y de palabras no dichas. El sol de la tarde se filtraba por los grandes ventanales, tiñendo de un melancólico naranja las motas de polvo que danzaban en el aire, indiferentes al drama humano que se desarrollaba en su interior.

Yu Ishigami estaba sentado frente a su portátil, pero la pantalla era solo un borrón negro en su campo de visión. Sus dedos, normalmente ágiles sobre el teclado mientras despachaba informes o se sumergía en algún videojuego, yacían inertes a los costados. Su mirada estaba perdida en un punto indefinido de la pared opuesta. En su mente, la misma escena se repetía en un bucle cruel e incesante: la sonrisa amable pero distante de Tsubame-senpai, sus palabras cuidadosas, diseñadas para no herir pero que se clavaban como cuchillos de hielo. «Lo siento, Ishigami-kun. Te veo como un amigo muy valioso». Y su propia respuesta, una actuación digna de un Oscar a la estupidez: «No te preocupes, senpai. Lo entiendo. ¡Te deseo lo mejor en la universidad!».

Qué patético.

Había construido un castillo de naipes con sus esperanzas, y un suave soplo de realidad lo había reducido a nada. Y él, en lugar de gritar, de llorar, de mostrar la devastación que sentía, simplemente había sonreído y se había ofrecido a barrer los restos de su propio corazón roto. Ahora, el peso de esa fortaleza fingida lo estaba aplastando. Cada respiración era un esfuerzo, cada latido de su corazón un eco hueco en la vasta caverna de su pecho. Quería morir. O al menos, quería que el mundo se detuviera el tiempo suficiente para que él pudiera bajarse.

Al otro lado de la gran mesa, Maki Shijo lo observaba. Había llegado con la excusa de consultar unos documentos con Kaguya, pero su prima ya se había marchado hacía casi una hora, dejándola varada en aquel mausoleo de sentimientos reprimidos. Al principio, la presencia de Ishigami apenas le había importado. Era el tesorero sombrío, el tipo raro que siempre parecía estar a punto de disculparse por existir. Pero algo en su quietud era diferente hoy. No era su habitual apatía de jugador empedernido; era una inmovilidad pétrea, la de una estatua erosionada por una lluvia invisible.

Maki lo sabía. Conocía esa mirada vacía, ese rictus en la comisura de los labios que intentaba pasar por indiferencia pero que en realidad era el último bastión contra un sollozo. Era el mismo rostro que ella veía en el espejo cada mañana, después de pasar la noche imaginando una vida que nunca sería suya. Una vida donde Tsubasa le decía a ella las palabras de amor que ahora le dedicaba a Kashiwagi.

Una punzada, familiar y amarga, le retorció las entrañas. Ver a Ishigami así era como mirarse en un espejo deformado que reflejaba su propia miseria. Y la irritaba. La irritaba su dolor, la irritaba su silencio, pero sobre todo, la irritaba la injusticia de que dos personas tuvieran que sentirse de esa manera. El orgullo de los Shijo, esa coraza que siempre llevaba puesta, comenzó a resquebrajarse. Debajo de la arrogancia y el desdén, la Maki adolescente, la chica que solo quería ser amada, sentía una oleada de empatía tan abrumadora que casi la ahogaba.

«Qué perdedor», pensó, pero la frase carecía de su mordacidad habitual. Sonaba más a un susurro de camaradería. «Un completo perdedor… igual que yo».

El silencio se estiró hasta que se volvió casi sólido. Ishigami seguía sin moverse, un monumento al desamor. Maki apretó los puños sobre su regazo, sus uñas cortas clavándose en las palmas de sus manos. No podía soportarlo más. El dolor compartido era un imán, y la quietud solo amplificaba su fuerza.

—¿Vas a quedarte ahí con esa cara de funeral todo el día? —soltó, su voz más áspera de lo que pretendía.

Ishigami parpadeó, como si despertara de un largo sueño. Sus ojos oscuros se enfocaron en ella, y por un segundo, Maki vio una vulnerabilidad tan profunda que tuvo que desviar la mirada.

—Ah, Shijo-senpai. No te había visto —murmuró él, su voz un susurro ronco—. Lo siento. Es mi expresión por defecto.

—No, no lo es —replicó ella, girándose para enfrentarlo por completo, sus coletas gemelas temblando con el movimiento brusco—. Tu expresión por defecto es la de alguien que preferiría estar jugando videojuegos. Esta… esta es la cara de un cachorro al que acaban de abandonar en la carretera.

La metáfora fue tan cruda y precisa que Ishigami se encogió visiblemente. Una risa seca y sin alegría escapó de sus labios.

—Vaya. Gracias por la sutileza, senpai.

—¡No me agradezcas! —casi gritó Maki, poniéndose de pie de un salto. El sonido de la silla al raspar contra el suelo de madera resonó en la sala vacía—. ¡No finjas conmigo, Ishigami! ¡Sé exactamente cómo te sientes!

Él la miró, perplejo. La vio allí, de pie, con los puños apretados a los costados y una furia desesperada ardiendo en sus ojos rosados. No parecía la chica orgullosa y altiva que a veces venía a quejarse de su primo o a buscar el consejo de Kaguya. Parecía… rota.

—No sabes de lo que hablas —dijo él, intentando aferrarse a los restos de su compostura. Era su dolor, su humillación. No quería compartirla. No quería que nadie la viera.

—¡Claro que lo sé! —La voz de Maki se quebró, y la furia dio paso a una angustia pura y sin filtros—. Conozco esa sonrisa forzada que pones mientras dices «te deseo lo mejor». ¡Conozco ese nudo en la garganta que sientes cuando tienes que fingir que estás feliz por ellos! ¡Lo conozco porque lo vivo todos los malditos días!

El aire abandonó los pulmones de Ishigami. Las palabras de Maki no eran una acusación, eran una confesión. Atravesaron sus defensas como una bala de cañón, demoliendo el muro que había construido a su alrededor. La vio temblar, vio cómo se mordía el labio inferior con fuerza, como si intentara contener un torrente de emociones. Por primera vez, no vio a Shijo-senpai, la pariente rica y problemática de la vicepresidenta. Vio a una chica que sufría, igual que él.

El silencio volvió a caer, pero esta vez estaba cargado de una verdad compartida. La sala del Consejo Estudiantil se había transformado en una sala de urgencias para corazones destrozados, y ellos eran los únicos dos pacientes.

Ishigami se levantó lentamente, sus movimientos rígidos. Caminó hacia la ventana, dándole la espalda. No podía mirarla. Ver su propio dolor reflejado en sus ojos era demasiado íntimo, demasiado real. Apoyó la frente contra el cristal frío, observando cómo las luces de la ciudad comenzaban a parpadear en la creciente oscuridad.

—¿Duele siempre así? —preguntó en voz baja, las palabras apenas audibles. No era una pregunta para ella, sino para el universo. Una súplica.

Maki caminó hasta quedar a su lado, manteniendo una distancia respetuosa pero cargada de significado. No miró a la ciudad, sino al reflejo de Ishigami en el cristal.

—Sí —respondió ella, su voz ahora desprovista de toda ira, solo cansancio—. A veces crees que estás mejor. Pasa un día, quizás dos, y no piensas en ello. Crees que lo has superado. Y entonces… los ves. Los ves reír juntos, o ves cómo él le aparta un mechón de pelo de la cara, y todo vuelve. El dolor, la rabia, la sensación de que te estás ahogando. Y tienes que sonreír. Tienes que tragar y sonreír.

Su descripción fue tan visceral, tan exacta, que Ishigami sintió que le faltaba el aire. Se imaginó a Tsubame-senpai riendo con algún chico universitario guapo y popular, alguien que no era él, alguien que no tenía que esforzarse tanto solo para ser normal. La imagen fue como un puñetazo en el estómago.

—Es… injusto —susurró él, su aliento empañando el cristal.

—El amor no es justo —dijo Maki, y en su voz había una sabiduría amarga que no correspondía a su edad—. Es una lotería, e Ishigami… tú y yo hemos nacido sin suerte. Somos los que miran desde fuera cómo otros ganan el premio gordo.

Él se giró lentamente para mirarla. La luz anaranjada del atardecer se había desvanecido, reemplazada por el resplandor frío y artificial de las farolas. La luz incidía en el rostro de Maki, iluminando el rastro húmedo de una lágrima solitaria que se deslizaba por su mejilla. No hizo ningún intento por ocultarla. La arrogancia había desaparecido, la fachada de tsundere se había hecho añicos. Solo quedaba una chica con el corazón roto, mirándolo con una comprensión tan absoluta que le dolió.

En ese momento, algo dentro de Ishigami se rompió. La paciencia, la contención, el último hilo de autocontrol que le quedaba. La soledad que lo había consumido durante semanas, la humillación de su rechazo, la agonía de tener que fingir… todo convergió en un único y abrumador impulso.

Necesidad.

No era deseo. No era afecto. Era la necesidad primordial de no sentirse solo. La necesidad de sentir algo, cualquier cosa, que no fuera ese vacío helado. La necesidad de que alguien, quien fuera, lo tocara y le hiciera sentir que existía.

Dio un paso, cerrando la distancia entre ellos. Maki no retrocedió. Sus ojos rosados, muy abiertos, lo observaron acercarse, una mezcla de sorpresa y una extraña, casi temerosa, anticipación en ellos. Él levantó una mano temblorosa, no para acariciarla, sino para agarrar con brusquedad la tela de su uniforme a la altura del hombro. Su agarre fue torpe, desesperado.

No hubo palabras. Las palabras ya no servían de nada.

Se inclinó y la besó.

No fue un beso de amor. Estaba a años luz de los besos románticos de las películas o los mangas shojo. Fue un choque de dientes y labios, un acto de pura desesperación. Fue un beso hambriento, furioso, teñido de la amargura de sus respectivos desengaños. Ishigami la besó con toda la frustración acumulada, con la rabia silenciosa hacia sí mismo y hacia el mundo. Intentaba, inútilmente, borrar la imagen de la sonrisa de Tsubame, reemplazar el sabor de la derrota con algo tangible, algo real.

Maki se quedó rígida por una fracción de segundo, el shock recorriendo su cuerpo como una descarga eléctrica. Su mente gritaba. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué estaba haciendo Ishigami? ¡El sombrío y patético Ishigami la estaba besando! Su primer instinto fue empujarlo, abofetearlo, gritarle por su insolencia.

Pero entonces, la presión de sus labios, la desesperación en su agarre, la resonancia de su dolor… todo se conectó con el agujero negro que ella albergaba en su propio pecho. Entendió. Entendió la necesidad, el hambre, el deseo de acallar el ruido de su propia mente con una sensación abrumadora.

Y con un sollozo ahogado, le devolvió el beso.

Si el beso de Ishigami fue desesperado, el de Maki fue voraz. Sus manos, que habían estado inertes a sus costados, volaron hacia él. Una se enredó en su cabello negro y lacio, tirando con una fuerza que debería haber dolido, pero que en ese momento solo servía para anclarlos a la realidad. La otra se aferró a la espalda de su uniforme, arrugando la tela.

Se besaron como si el mundo fuera a acabarse, como dos náufragos aferrándose a la misma tabla en medio de una tormenta. Era un beso caótico, desordenado, húmedo por las lágrimas que ahora corrían libremente por las mejillas de ambos. No había ternura, solo una intensidad desenfrenada. Cada uno buscaba en la boca del otro un consuelo que sabían que no encontrarían, un remedio temporal para una herida crónica.

En la mente de Maki, el rostro de Tsubasa parpadeó y se desvaneció, reemplazado por la sensación cruda y presente de los labios de Ishigami. Por un instante, no era la chica que amaba a Tsubasa en vano; era solo una chica siendo besada, siendo sostenida, sintiendo algo que no era el dolor sordo de la indiferencia.

Ishigami, por su parte, se perdió en la sensación. El suave aroma del champú de Maki, la calidez de su cuerpo presionado contra el suyo, la forma en que sus uñas se clavaban en su cuero cabelludo. Por un momento, el fantasma de Tsubame-senpai retrocedió, empujado a un rincón de su mente por la abrumadora realidad de la chica que tenía entre sus brazos.

Se tropezaron hacia atrás, chocando contra la gran mesa del consejo. Los papeles se desparramaron por el suelo, pero ninguno de los dos se dio cuenta. El beso se profundizó, volviéndose más demandante. Era un intento fútil de fusionarse, de absorber el dolor del otro para mitigar el propio. Un intercambio de miserias, una comunión de almas rotas. No había nada de hermoso en ello. Era primitivo, egoísta y absolutamente necesario.

El tiempo pareció detenerse. La sala del Consejo Estudiantil, testigo de tantos planes y estrategias, ahora era el escenario de un acto de pura e irracional catarsis. Eran dos fragmentos de espejo roto, intentando encajar sus bordes afilados con la esperanza de volver a sentirse completos, aunque solo fuera por un instante y aunque supieran que solo se harían más daño en el proceso.

Finalmente, la necesidad de aire se volvió más urgente que la necesidad de consuelo.

Se separaron con la misma brusquedad con la que se habían unido. El sonido de sus respiraciones jadeantes llenó el silencio que regresaba con una fuerza aplastante. Se quedaron así por un largo momento, a escasos centímetros el uno del otro, sin atreverse a mirarse.

La realidad, fría y brutal, comenzó a filtrarse de nuevo.

Ishigami fue el primero en moverse. Dio un paso atrás, luego otro, como si el cuerpo de Maki quemara. Se pasó una mano por el pelo, desordenándolo aún más. Su rostro, antes una máscara de dolor, ahora era un lienzo de confusión y pánico. ¿Qué había hecho? ¿Qué demonios acababa de hacer?

Maki se quedó inmóvil, con la espalda apoyada en la mesa. Se llevó los dedos a los labios, que se sentían hinchados y extraños. Podía saborear la sal de sus propias lágrimas mezclada con algo que era únicamente Ishigami. Su corazón latía con una fuerza desbocada en su pecho, un tambor salvaje en el silencio de la sala. El calor del momento se disipó rápidamente, dejando tras de sí un frío glacial de vergüenza y arrepentimiento.

Miró a Ishigami, que ahora le daba la espalda por completo, su silueta recortada contra la ventana como un extraño. Su postura era la de un criminal atrapado en el acto. Y ella… ella se sentía como su cómplice.

No habían arreglado nada. No se habían curado. Solo habían tomado su dolor compartido y lo habían transformado en algo nuevo, algo infinitamente más complicado y desastroso. Habían buscado un refugio momentáneo y, en su lugar, habían construido una prisión para dos.

La sala del Consejo Estudiantil volvió a sumirse en el silencio. Pero este silencio era el peor de todos. Era un silencio denso, pegajoso, lleno de la verdad ineludible de un beso que nunca debería haber sucedido.

El consuelo se había desvanecido, dejando solo la cruda y complicada realidad de lo que habían hecho.
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