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El Indicado
Fandom: Kaguya Sama: Love is War
Creado: 15/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaPsicológicoEstudio de PersonajeFluffDolor/ConsueloAmbientación CanonDivergenciaHumorDramaAngustiaCelosTragedia
Anomalía en la Ecuación del Amor
La sala del consejo estudiantil de la Academia Shuchiin era, como de costumbre, un microcosmos de caos controlado. La secretaria, Chika Fujiwara, intentaba enseñar al presidente, Miyuki Shirogane, un nuevo y absurdo juego de mesa de origen alemán que involucraba la recolección de ovejas de madera y la construcción de diques en miniatura. Shirogane, con la determinación férrea que lo caracterizaba, se esforzaba por dominar las enrevesadas reglas, no por el juego en sí, sino porque no podía soportar la idea de ser superado por Fujiwara en nada.
Y en medio de todo, sentada en su lugar de siempre con una taza de té perfectamente preparada frente a ella, estaba Kaguya Shinomiya, la vicepresidenta.
Observaba la escena con una distancia casi clínica. Hace apenas unos meses, cada interacción con el presidente era un campo de batalla. Cada palabra, una bala; cada silencio, una trampa. El objetivo era claro: hacer que el otro confesara su amor primero. Era una guerra gloriosa, llena de tensión, estrategia y una emoción que le hacía sentir el corazón a punto de estallar en el pecho.
Ahora… nada.
Shirogane levantó la vista del tablero, sus ojos, normalmente cansados pero hoy brillantes por la concentración, se encontraron con los de ella. Le dedicó una de esas sonrisas suyas, pequeña y casi imperceptible, la que solía desarmarla por completo. La que era un movimiento calculado, un jaque en su particular partida de ajedrez emocional.
—Shinomiya —dijo, su voz con ese tono casual que con tanto esmero practicaba—. Parece que va a llover más tarde. Si no has traído paraguas, podríamos compartir el mío. Es bastante grande.
Ahí estaba. El clásico «ataque del paraguas compartido». Una táctica de manual, nivel principiante, pero que en el contexto adecuado podía ser devastadora. Implicaba proximidad forzada, la posibilidad de un roce accidental de hombros, la intimidad de un espacio reducido compartido contra los elementos. Su Kaguya interior, la estratega, la guerrera del amor, debería estar en pánico, calculando contraataques, evaluando el nivel de humedad pronosticado para justificar o rechazar la oferta, sintiendo sus mejillas arder.
Pero la sala de guerra de su mente estaba en silencio. No había generales gritando órdenes, ni estrategas corriendo con mapas. Solo una Kaguya solitaria, sentada en la sala del trono, mirando una pantalla en blanco.
*Evaluación de la táctica: «Invitación al Paraguas Compartido». Potencial de intimidad: moderado a alto. Probabilidad de éxito en el objetivo de «hacer que Kaguya se sonroje y pierda la compostura»: históricamente, un 87.4%. Resultado actual…*
Kaguya parpadeó. Sintió… absolutamente nada. Ni un latido extra. Ni un ápice de calor en sus mejillas. Era como ver a un actor recitar una línea que había escuchado mil veces. La ejecución era impecable, pero la magia se había ido.
Ella le devolvió una sonrisa serena, perfectamente cortés.
—Es una oferta muy amable, Presidente. Sin embargo, no será necesario. Le he pedido a Hayasaka que me recoja hoy, y el coche siempre tiene varios paraguas de repuesto. De hecho, si lo desea, puedo pedirle al chófer que lo lleve a su casa para que no se moje.
El dinero. Su arma más burda y, a menudo, la más efectiva para desviar un ataque directo. Solía usarla con un regocijo malicioso, viendo la frustración en el rostro de Shirogane al ser superado no por ingenio, sino por un poder abrumador e injusto. Hoy, la maniobra le pareció vacía, un simple acto de logística.
La sonrisa de Shirogane flaqueó una fracción de segundo, la derrota evidente en sus ojos antes de recomponerse.
—Ah, ya veo. No, no, está bien, me las arreglaré —dijo, volviendo al juego con una concentración un poco más forzada que antes—. ¡A ver, Fujiwara, creo que tu dique es ilegal según la regla 7.B, subsección gamma!
Fujiwara soltó un chillido de indignación y la atención de la sala se desvió. Pero Kaguya ya no estaba allí. Su mente estaba a la deriva, procesando la alarmante nueva variable en la ecuación de su vida: el aburrimiento. Esta guerra, su *raison d'être* durante tanto tiempo, se había vuelto insípida. La victoria ya no parecía un premio deseable, y la derrota era simplemente irrelevante.
Era oficial. De alguna manera, en algún momento, sin previo aviso ni ceremonia, se había desenamorado del presidente Miyuki Shirogane.
La constatación no fue dolorosa. Fue desconcertante. Como despertar un día y descubrir que el sol ahora salía por el oeste. Todo su mundo, construido sobre los cimientos de esa rivalidad amorosa, se tambaleaba. ¿Y ahora qué? ¿Cuál era su propósito en el consejo estudiantil si no era para librar esta batalla? ¿Quién era ella sin esa obsesión que definía cada uno de sus días?
Su mirada, ahora libre de su fijación en el presidente, vagó por la habitación sin rumbo. Pasó por encima de Fujiwara, que ahora apilaba ovejas de madera sobre la cabeza de un frustrado Shirogane, y finalmente se posó en el rincón más oscuro de la sala.
Allí, encorvado sobre su portátil, con los auriculares puestos para aislarse del mundo, estaba el tesorero, Yu Ishigami.
Su cabello negro y lacio le caía sobre un ojo, ocultando parte de su rostro. Sus dedos se movían con una velocidad sorprendente sobre el teclado, no jugando, como solía hacer, sino trabajando. En la pantalla se veían hojas de cálculo, gráficos y columnas de números. El presupuesto de fin de trimestre. Un trabajo tedioso y monumental que él siempre realizaba con una eficiencia silenciosa y resentida.
Kaguya lo observó. No era la primera vez, por supuesto. Lo había observado muchas veces, generalmente con una mezcla de exasperación por su pesimismo y una leve curiosidad por el extraño espécimen que era. Pero esta vez, fue diferente.
Notó la forma en que su ceño se fruncía ligeramente en concentración, la tensión en su mandíbula. Notó cómo, a pesar de su postura desgarbada, había una especie de intensidad en él, una dedicación total a la tarea que tenía entre manos. Hacía su trabajo, y lo hacía bien, sin buscar elogios ni reconocimiento. Solo quería terminar para poder irse a casa a jugar a sus videojuegos.
Era flojo, sí. Podía ser grosero y su visión del mundo era tan negra como su cabello. Pero Kaguya también había visto lo que había debajo.
Recordó el festival deportivo. Cómo, a pesar de su miedo y su trauma, se había entrenado hasta el agotamiento para no defraudar al equipo de animadores. Recordó cómo había defendido a Miko Iino durante las elecciones, enfrentándose a toda la escuela por lo que él creía correcto. Recordó, con una claridad sorprendente, cómo había sido el único que se había enfrentado a la hermana de Shirogane, Kei, cuando esta intentó manipularla. Él la había defendido a *ella*, a Kaguya Shinomiya, no por deber, sino porque la consideraba una amiga.
Un chico inseguro, con el corazón lleno de cicatrices, pero que albergaba una amabilidad y una lealtad tan puras que resultaban casi dolorosas de contemplar. Alguien que, cuando realmente importaba, se esforzaba hasta romperse.
Y mientras Kaguya Shinomiya, la heredera del imperio Shinomiya, la genio entre genios, observaba al tesorero otaku y pesimista, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
*Thump-thump.*
Un latido. Fuerte. Inconfundible.
*Thump-thump.*
Un calor suave que se extendía desde su pecho hasta sus mejillas.
Sus ojos rojos se abrieron un poco más. Su mente, antes una sala de guerra silenciosa, ahora era un tribunal en sesión de emergencia.
*¡Orden en la sala! ¡Orden!* gritó una Kaguya con toga de juez en su palacio mental. *Se presenta ante este tribunal una anomalía de primer orden. La acusada, mi propio corazón, ha mostrado una reacción fisiológica positiva hacia el sujeto Yu Ishigami. ¡Esto es inaudito! ¡Absurdo! ¡Fiscalía, presente su caso!*
Una Kaguya vestida de fiscal, con gafas de montura afilada, se puso en pie de un salto.
*¡Protesto, Señoría! ¡La premisa es ridícula! El sujeto Ishigami es, con el debido respeto, un desastre. Es pesimista, socialmente inepto, pasa la mayor parte de su tiempo en un mundo virtual y su lema en la vida parece ser "quiero morir, así que me voy a casa". ¡Compararlo con el Presidente Shirogane es como comparar un guijarro con un diamante perfectamente tallado! Es indigno del afecto de la señorita Shinomiya. ¡Exijo que este sentimiento sea desestimado por absurdo!*
La sala del tribunal mental murmuró en acuerdo. Parecía un caso abierto y cerrado.
Pero entonces, una Kaguya con un traje de abogada defensora, de aspecto más amable y gentil, se levantó lentamente.
*Señoría, la fiscalía se centra únicamente en la superficie* —dijo con voz tranquila pero firme—. *Sí, Ishigami-kun es pesimista. Pero, ¿por qué? Porque ha visto lo peor de la gente y ha sufrido por ello. Su pesimismo es un escudo, no su esencia. Sí, es socialmente inepto. Pero, ¿no hemos visto todos su honestidad brutal, una cualidad refrescante en un mundo de falsedad?*
La abogada Kaguya comenzó a caminar por la sala, su voz ganando fuerza.
*La fiscalía habla de diamantes. Pero los diamantes son fríos y duros. Ishigami-kun es más como… un geoda. Una roca de apariencia tosca y poco interesante por fuera, pero que cuando se abre, revela un interior de cristales puros y hermosos. ¿Acaso no recordamos su lealtad inquebrantable? ¿Su sentido de la justicia, tan fuerte que estuvo dispuesto a sacrificar su propia reputación por él? ¿No es esa una forma de fuerza mucho más admirable que la simple excelencia académica?*
La abogada se detuvo y miró directamente a la juez Kaguya.
*El Presidente Shirogane es admirable. Es una meta, un rival. Luchar contra él era estimulante. Pero con Ishigami-kun… el sentimiento es diferente. No es un deseo de competir. Es un deseo de… proteger. De ver esa expresión sombría reemplazada por una sonrisa genuina. De mostrarle que el mundo no es tan horrible como él cree. Es un afecto que no busca la victoria, sino la felicidad del otro. ¿Es eso, Señoría, un sentimiento indigno?*
La sala quedó en un silencio absoluto. La juez Kaguya se reclinó en su asiento, con los dedos entrelazados bajo la barbilla. La fiscal Kaguya parecía desconcertada, sin argumentos de refutación. La defensa había tocado una verdad innegable.
*Este tribunal ha escuchado los argumentos* —declaró finalmente la juez Kaguya, su voz resonando en el palacio mental—. *Se ha presentado evidencia de las fallas del sujeto Ishigami, pero también de sus virtudes ocultas. Se ha analizado la naturaleza del afecto emergente, contrastándolo con el afecto anterior hacia el Presidente Shirogane. La conclusión es… inesperada. Pero la evidencia del corazón es irrefutable.*
Golpeó el mazo con fuerza.
*¡Veredicto! El sentimiento de afecto hacia Yu Ishigami es declarado… válido. El caso queda cerrado. El nuevo objetivo ha sido establecido.*
Kaguya parpadeó, volviendo a la realidad de la sala del consejo. La partida de ovejas había degenerado en una pequeña guerra de proyectiles de goma de borrar entre Fujiwara y Shirogane. Ishigami seguía tecleando, ajeno a todo.
El veredicto estaba dictado. Estaba enamorada de su tesorero.
Bueno… no estaba nada mal.
De hecho, era… intrigante. Un nuevo desafío. Pero este no podía ser abordado como la guerra con Shirogane. Ishigami no era un rival que buscara la dominación. Intentar acorralarlo para que confesara solo lo haría huir y esconderse en su caparazón, probablemente para no volver a salir jamás. Una declaración directa por su parte lo haría pensar que era una broma cruel o que había perdido la cabeza.
No, esta requería una estrategia diferente. Una más sutil, más paciente. No una guerra de conquista, sino una de… apoyo. Una campaña a largo plazo para desmantelar sus defensas, curar sus heridas y hacerle ver que podía confiar en alguien. Que podía ser feliz.
"Operación: Iluminar el Mundo de Ishigami". Un nombre provisional, pero servía.
El primer paso no debía ser un gran gesto. Debía ser algo pequeño, casi imperceptible, pero significativo. Algo que demostrara que lo veía. No al "siniestro Ishigami" que el resto de la escuela creía conocer, sino al Yu Ishigami que trabajaba diligentemente en un rincón.
Se levantó con la elegancia que la caracterizaba, alisando su uniforme. Caminó hacia el pequeño armario donde guardaban los suministros de té y café. Shirogane y Fujiwara detuvieron su guerra infantil para mirarla, curiosos.
—Voy a preparar una nueva ronda de té —anunció, su voz tan serena como siempre.
Sacó una lata lacada de color negro con detalles dorados. No era el té habitual del consejo. Era un Gyokuro de Uji de la más alta calidad, cosechado a mano y procesado por maestros artesanos. Un té que costaba más que el alquiler mensual de un apartamento modesto. Un té que Hayasaka le había conseguido tras una investigación exhaustiva sobre "tés que mejoran la concentración y reducen la fatiga mental sin causar nerviosismo".
Preparó la infusión con una precisión ceremonial, controlando la temperatura del agua al grado exacto, midiendo el tiempo de infusión con su reloj. El aroma que se desprendió era delicado, dulce y vegetal, llenando la sala y calmando instantáneamente la atmósfera caótica.
Sirvió una taza para el presidente, una para la secretaria y una para ella misma. Luego, tomó la cuarta taza y caminó lentamente hacia el rincón de Ishigami.
Él no notó su presencia hasta que ella estuvo a su lado. Cuando levantó la vista de su portátil, sus ojos oscuros se abrieron con sorpresa y una pizca de pánico, como un ciervo sorprendido por los faros de un coche.
—¿Shi-Shinomiya-senpai? —tartamudeó, quitándose instintivamente los auriculares.
—Ishigami-kun —dijo ella, su voz suave. Le ofreció la taza de porcelana fina—. Pareces estar trabajando muy duro en el presupuesto.
Ishigami miró la taza como si pudiera contener veneno.
—Ah… no, no es para tanto. Solo quiero terminar para irme a casa…
—Por supuesto —convino Kaguya, manteniendo su sonrisa amable—. He preparado un poco de té. Pensé que te vendría bien.
Él seguía sin coger la taza, mirándola con desconfianza. ¿Por qué la vicepresidenta, que normalmente apenas le dirigía la palabra a menos que fuera para darle una orden o reprenderlo, le estaba ofreciendo té personalmente? Debía de haber una trampa. Seguro que Fujiwara le había puesto sal o algo peor.
Kaguya, anticipando su recelo, dio el siguiente paso de su plan.
—Es un tipo especial de Gyokuro —explicó, como si fuera la cosa más natural del mundo—. He leído que sus altos niveles de teanina ayudan a mejorar la concentración y la claridad mental, a la vez que promueven un estado de calma. Pensé que podría serte útil con todos esos números.
Ahí estaba la clave. No era un regalo sin más. Era una herramienta. Una oferta práctica y lógica. No era un "te he traído té porque me preocupo por ti", lo cual lo habría aterrorizado. Era un "he traído esta bebida funcional que podría optimizar tu rendimiento". Un lenguaje que él, un gamer obsesionado con las estadísticas y los *buffs*, podía entender.
La sospecha en los ojos de Ishigami disminuyó, reemplazada por una genuina curiosidad. Miró la taza humeante, luego a Kaguya.
—¿Mejora la concentración? ¿Como una poción de maná de la vida real? —murmuró para sí mismo, pero lo suficientemente alto para que ella lo oyera.
Una pequeña sonrisa tiró de las comisuras de los labios de Kaguya.
—Podría decirse que sí.
Lentamente, casi con vacilación, Ishigami extendió la mano y tomó la taza. Sus dedos rozaron los de ella por una fracción de segundo.
Fue como una descarga eléctrica.
Para Kaguya, fue una confirmación. Una oleada de calidez que recorrió todo su brazo y se instaló directamente en su corazón, que respondió con otro potente latido.
Para Ishigami, fue un momento de pura confusión. El contacto fue tan breve que apenas existió, pero la piel de ella era increíblemente suave y cálida. Apartó la mano como si se hubiera quemado y se refugió detrás de la taza de té, acercándosela a la cara para ocultar el ligero rubor que, para su horror, sentía que le subía por el cuello.
Dio un sorbo.
El sabor era… increíble. Nada que ver con el té amargo de bolsita que a veces tomaba en casa. Era dulce, complejo, sin rastro de amargura. Sintió una sensación de calma casi instantánea invadirlo, despejando la niebla de fatiga de su cerebro.
—Está… bueno —logró decir, sin atreverse a mirarla a los ojos. Se concentró en su pantalla, fingiendo que estaba inmerso en su trabajo, aunque las cifras ahora parecían bailar sin sentido—. Gracias, Shinomiya-senpai.
Kaguya lo observó por un momento más. Vio la punta de sus orejas, que asomaban por debajo de su cabello, teñidas de un adorable tono rosado.
Una victoria. Pequeña, silenciosa, pero una victoria al fin y al cabo.
Se dio la vuelta y regresó a su asiento, sintiéndose más viva y emocionada de lo que se había sentido en meses. La guerra no había terminado. Simplemente había cambiado de frente. El objetivo ya no era una rendición incondicional.
Era el tímido sonrojo en las orejas de su tesorero.
Se sentó, tomó un sorbo de su propio té y miró a Shirogane, que la observaba con una expresión indescifrable. Ella le dedicó una sonrisa enigmática. Él no lo sabía, pero acababa de ser relevado de su puesto como principal adversario. El trono del "interés amoroso de Kaguya Shinomiya" tenía un nuevo y muy improbable ocupante.
*La primera batalla de la "Guerra de Apoyo y Comprensión" ha concluido*, pensó Kaguya, un brillo peligroso y decidido en sus ojos rojos. *Resultado: Victoria para Kaguya. Recompensa obtenida: Un "gracias" y un sonrojo. El camino será largo, pero por primera vez en mucho tiempo, la perspectiva de la lucha me llena de una alegría genuina.*
Afuera, las nubes de tormenta comenzaban a acumularse en el cielo, presagiando la lluvia. Pero dentro de la sala del consejo estudiantil, para Kaguya Shinomiya, el sol acababa de salir. Y brillaba directamente sobre el rincón más oscuro de la habitación.
Y en medio de todo, sentada en su lugar de siempre con una taza de té perfectamente preparada frente a ella, estaba Kaguya Shinomiya, la vicepresidenta.
Observaba la escena con una distancia casi clínica. Hace apenas unos meses, cada interacción con el presidente era un campo de batalla. Cada palabra, una bala; cada silencio, una trampa. El objetivo era claro: hacer que el otro confesara su amor primero. Era una guerra gloriosa, llena de tensión, estrategia y una emoción que le hacía sentir el corazón a punto de estallar en el pecho.
Ahora… nada.
Shirogane levantó la vista del tablero, sus ojos, normalmente cansados pero hoy brillantes por la concentración, se encontraron con los de ella. Le dedicó una de esas sonrisas suyas, pequeña y casi imperceptible, la que solía desarmarla por completo. La que era un movimiento calculado, un jaque en su particular partida de ajedrez emocional.
—Shinomiya —dijo, su voz con ese tono casual que con tanto esmero practicaba—. Parece que va a llover más tarde. Si no has traído paraguas, podríamos compartir el mío. Es bastante grande.
Ahí estaba. El clásico «ataque del paraguas compartido». Una táctica de manual, nivel principiante, pero que en el contexto adecuado podía ser devastadora. Implicaba proximidad forzada, la posibilidad de un roce accidental de hombros, la intimidad de un espacio reducido compartido contra los elementos. Su Kaguya interior, la estratega, la guerrera del amor, debería estar en pánico, calculando contraataques, evaluando el nivel de humedad pronosticado para justificar o rechazar la oferta, sintiendo sus mejillas arder.
Pero la sala de guerra de su mente estaba en silencio. No había generales gritando órdenes, ni estrategas corriendo con mapas. Solo una Kaguya solitaria, sentada en la sala del trono, mirando una pantalla en blanco.
*Evaluación de la táctica: «Invitación al Paraguas Compartido». Potencial de intimidad: moderado a alto. Probabilidad de éxito en el objetivo de «hacer que Kaguya se sonroje y pierda la compostura»: históricamente, un 87.4%. Resultado actual…*
Kaguya parpadeó. Sintió… absolutamente nada. Ni un latido extra. Ni un ápice de calor en sus mejillas. Era como ver a un actor recitar una línea que había escuchado mil veces. La ejecución era impecable, pero la magia se había ido.
Ella le devolvió una sonrisa serena, perfectamente cortés.
—Es una oferta muy amable, Presidente. Sin embargo, no será necesario. Le he pedido a Hayasaka que me recoja hoy, y el coche siempre tiene varios paraguas de repuesto. De hecho, si lo desea, puedo pedirle al chófer que lo lleve a su casa para que no se moje.
El dinero. Su arma más burda y, a menudo, la más efectiva para desviar un ataque directo. Solía usarla con un regocijo malicioso, viendo la frustración en el rostro de Shirogane al ser superado no por ingenio, sino por un poder abrumador e injusto. Hoy, la maniobra le pareció vacía, un simple acto de logística.
La sonrisa de Shirogane flaqueó una fracción de segundo, la derrota evidente en sus ojos antes de recomponerse.
—Ah, ya veo. No, no, está bien, me las arreglaré —dijo, volviendo al juego con una concentración un poco más forzada que antes—. ¡A ver, Fujiwara, creo que tu dique es ilegal según la regla 7.B, subsección gamma!
Fujiwara soltó un chillido de indignación y la atención de la sala se desvió. Pero Kaguya ya no estaba allí. Su mente estaba a la deriva, procesando la alarmante nueva variable en la ecuación de su vida: el aburrimiento. Esta guerra, su *raison d'être* durante tanto tiempo, se había vuelto insípida. La victoria ya no parecía un premio deseable, y la derrota era simplemente irrelevante.
Era oficial. De alguna manera, en algún momento, sin previo aviso ni ceremonia, se había desenamorado del presidente Miyuki Shirogane.
La constatación no fue dolorosa. Fue desconcertante. Como despertar un día y descubrir que el sol ahora salía por el oeste. Todo su mundo, construido sobre los cimientos de esa rivalidad amorosa, se tambaleaba. ¿Y ahora qué? ¿Cuál era su propósito en el consejo estudiantil si no era para librar esta batalla? ¿Quién era ella sin esa obsesión que definía cada uno de sus días?
Su mirada, ahora libre de su fijación en el presidente, vagó por la habitación sin rumbo. Pasó por encima de Fujiwara, que ahora apilaba ovejas de madera sobre la cabeza de un frustrado Shirogane, y finalmente se posó en el rincón más oscuro de la sala.
Allí, encorvado sobre su portátil, con los auriculares puestos para aislarse del mundo, estaba el tesorero, Yu Ishigami.
Su cabello negro y lacio le caía sobre un ojo, ocultando parte de su rostro. Sus dedos se movían con una velocidad sorprendente sobre el teclado, no jugando, como solía hacer, sino trabajando. En la pantalla se veían hojas de cálculo, gráficos y columnas de números. El presupuesto de fin de trimestre. Un trabajo tedioso y monumental que él siempre realizaba con una eficiencia silenciosa y resentida.
Kaguya lo observó. No era la primera vez, por supuesto. Lo había observado muchas veces, generalmente con una mezcla de exasperación por su pesimismo y una leve curiosidad por el extraño espécimen que era. Pero esta vez, fue diferente.
Notó la forma en que su ceño se fruncía ligeramente en concentración, la tensión en su mandíbula. Notó cómo, a pesar de su postura desgarbada, había una especie de intensidad en él, una dedicación total a la tarea que tenía entre manos. Hacía su trabajo, y lo hacía bien, sin buscar elogios ni reconocimiento. Solo quería terminar para poder irse a casa a jugar a sus videojuegos.
Era flojo, sí. Podía ser grosero y su visión del mundo era tan negra como su cabello. Pero Kaguya también había visto lo que había debajo.
Recordó el festival deportivo. Cómo, a pesar de su miedo y su trauma, se había entrenado hasta el agotamiento para no defraudar al equipo de animadores. Recordó cómo había defendido a Miko Iino durante las elecciones, enfrentándose a toda la escuela por lo que él creía correcto. Recordó, con una claridad sorprendente, cómo había sido el único que se había enfrentado a la hermana de Shirogane, Kei, cuando esta intentó manipularla. Él la había defendido a *ella*, a Kaguya Shinomiya, no por deber, sino porque la consideraba una amiga.
Un chico inseguro, con el corazón lleno de cicatrices, pero que albergaba una amabilidad y una lealtad tan puras que resultaban casi dolorosas de contemplar. Alguien que, cuando realmente importaba, se esforzaba hasta romperse.
Y mientras Kaguya Shinomiya, la heredera del imperio Shinomiya, la genio entre genios, observaba al tesorero otaku y pesimista, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.
*Thump-thump.*
Un latido. Fuerte. Inconfundible.
*Thump-thump.*
Un calor suave que se extendía desde su pecho hasta sus mejillas.
Sus ojos rojos se abrieron un poco más. Su mente, antes una sala de guerra silenciosa, ahora era un tribunal en sesión de emergencia.
*¡Orden en la sala! ¡Orden!* gritó una Kaguya con toga de juez en su palacio mental. *Se presenta ante este tribunal una anomalía de primer orden. La acusada, mi propio corazón, ha mostrado una reacción fisiológica positiva hacia el sujeto Yu Ishigami. ¡Esto es inaudito! ¡Absurdo! ¡Fiscalía, presente su caso!*
Una Kaguya vestida de fiscal, con gafas de montura afilada, se puso en pie de un salto.
*¡Protesto, Señoría! ¡La premisa es ridícula! El sujeto Ishigami es, con el debido respeto, un desastre. Es pesimista, socialmente inepto, pasa la mayor parte de su tiempo en un mundo virtual y su lema en la vida parece ser "quiero morir, así que me voy a casa". ¡Compararlo con el Presidente Shirogane es como comparar un guijarro con un diamante perfectamente tallado! Es indigno del afecto de la señorita Shinomiya. ¡Exijo que este sentimiento sea desestimado por absurdo!*
La sala del tribunal mental murmuró en acuerdo. Parecía un caso abierto y cerrado.
Pero entonces, una Kaguya con un traje de abogada defensora, de aspecto más amable y gentil, se levantó lentamente.
*Señoría, la fiscalía se centra únicamente en la superficie* —dijo con voz tranquila pero firme—. *Sí, Ishigami-kun es pesimista. Pero, ¿por qué? Porque ha visto lo peor de la gente y ha sufrido por ello. Su pesimismo es un escudo, no su esencia. Sí, es socialmente inepto. Pero, ¿no hemos visto todos su honestidad brutal, una cualidad refrescante en un mundo de falsedad?*
La abogada Kaguya comenzó a caminar por la sala, su voz ganando fuerza.
*La fiscalía habla de diamantes. Pero los diamantes son fríos y duros. Ishigami-kun es más como… un geoda. Una roca de apariencia tosca y poco interesante por fuera, pero que cuando se abre, revela un interior de cristales puros y hermosos. ¿Acaso no recordamos su lealtad inquebrantable? ¿Su sentido de la justicia, tan fuerte que estuvo dispuesto a sacrificar su propia reputación por él? ¿No es esa una forma de fuerza mucho más admirable que la simple excelencia académica?*
La abogada se detuvo y miró directamente a la juez Kaguya.
*El Presidente Shirogane es admirable. Es una meta, un rival. Luchar contra él era estimulante. Pero con Ishigami-kun… el sentimiento es diferente. No es un deseo de competir. Es un deseo de… proteger. De ver esa expresión sombría reemplazada por una sonrisa genuina. De mostrarle que el mundo no es tan horrible como él cree. Es un afecto que no busca la victoria, sino la felicidad del otro. ¿Es eso, Señoría, un sentimiento indigno?*
La sala quedó en un silencio absoluto. La juez Kaguya se reclinó en su asiento, con los dedos entrelazados bajo la barbilla. La fiscal Kaguya parecía desconcertada, sin argumentos de refutación. La defensa había tocado una verdad innegable.
*Este tribunal ha escuchado los argumentos* —declaró finalmente la juez Kaguya, su voz resonando en el palacio mental—. *Se ha presentado evidencia de las fallas del sujeto Ishigami, pero también de sus virtudes ocultas. Se ha analizado la naturaleza del afecto emergente, contrastándolo con el afecto anterior hacia el Presidente Shirogane. La conclusión es… inesperada. Pero la evidencia del corazón es irrefutable.*
Golpeó el mazo con fuerza.
*¡Veredicto! El sentimiento de afecto hacia Yu Ishigami es declarado… válido. El caso queda cerrado. El nuevo objetivo ha sido establecido.*
Kaguya parpadeó, volviendo a la realidad de la sala del consejo. La partida de ovejas había degenerado en una pequeña guerra de proyectiles de goma de borrar entre Fujiwara y Shirogane. Ishigami seguía tecleando, ajeno a todo.
El veredicto estaba dictado. Estaba enamorada de su tesorero.
Bueno… no estaba nada mal.
De hecho, era… intrigante. Un nuevo desafío. Pero este no podía ser abordado como la guerra con Shirogane. Ishigami no era un rival que buscara la dominación. Intentar acorralarlo para que confesara solo lo haría huir y esconderse en su caparazón, probablemente para no volver a salir jamás. Una declaración directa por su parte lo haría pensar que era una broma cruel o que había perdido la cabeza.
No, esta requería una estrategia diferente. Una más sutil, más paciente. No una guerra de conquista, sino una de… apoyo. Una campaña a largo plazo para desmantelar sus defensas, curar sus heridas y hacerle ver que podía confiar en alguien. Que podía ser feliz.
"Operación: Iluminar el Mundo de Ishigami". Un nombre provisional, pero servía.
El primer paso no debía ser un gran gesto. Debía ser algo pequeño, casi imperceptible, pero significativo. Algo que demostrara que lo veía. No al "siniestro Ishigami" que el resto de la escuela creía conocer, sino al Yu Ishigami que trabajaba diligentemente en un rincón.
Se levantó con la elegancia que la caracterizaba, alisando su uniforme. Caminó hacia el pequeño armario donde guardaban los suministros de té y café. Shirogane y Fujiwara detuvieron su guerra infantil para mirarla, curiosos.
—Voy a preparar una nueva ronda de té —anunció, su voz tan serena como siempre.
Sacó una lata lacada de color negro con detalles dorados. No era el té habitual del consejo. Era un Gyokuro de Uji de la más alta calidad, cosechado a mano y procesado por maestros artesanos. Un té que costaba más que el alquiler mensual de un apartamento modesto. Un té que Hayasaka le había conseguido tras una investigación exhaustiva sobre "tés que mejoran la concentración y reducen la fatiga mental sin causar nerviosismo".
Preparó la infusión con una precisión ceremonial, controlando la temperatura del agua al grado exacto, midiendo el tiempo de infusión con su reloj. El aroma que se desprendió era delicado, dulce y vegetal, llenando la sala y calmando instantáneamente la atmósfera caótica.
Sirvió una taza para el presidente, una para la secretaria y una para ella misma. Luego, tomó la cuarta taza y caminó lentamente hacia el rincón de Ishigami.
Él no notó su presencia hasta que ella estuvo a su lado. Cuando levantó la vista de su portátil, sus ojos oscuros se abrieron con sorpresa y una pizca de pánico, como un ciervo sorprendido por los faros de un coche.
—¿Shi-Shinomiya-senpai? —tartamudeó, quitándose instintivamente los auriculares.
—Ishigami-kun —dijo ella, su voz suave. Le ofreció la taza de porcelana fina—. Pareces estar trabajando muy duro en el presupuesto.
Ishigami miró la taza como si pudiera contener veneno.
—Ah… no, no es para tanto. Solo quiero terminar para irme a casa…
—Por supuesto —convino Kaguya, manteniendo su sonrisa amable—. He preparado un poco de té. Pensé que te vendría bien.
Él seguía sin coger la taza, mirándola con desconfianza. ¿Por qué la vicepresidenta, que normalmente apenas le dirigía la palabra a menos que fuera para darle una orden o reprenderlo, le estaba ofreciendo té personalmente? Debía de haber una trampa. Seguro que Fujiwara le había puesto sal o algo peor.
Kaguya, anticipando su recelo, dio el siguiente paso de su plan.
—Es un tipo especial de Gyokuro —explicó, como si fuera la cosa más natural del mundo—. He leído que sus altos niveles de teanina ayudan a mejorar la concentración y la claridad mental, a la vez que promueven un estado de calma. Pensé que podría serte útil con todos esos números.
Ahí estaba la clave. No era un regalo sin más. Era una herramienta. Una oferta práctica y lógica. No era un "te he traído té porque me preocupo por ti", lo cual lo habría aterrorizado. Era un "he traído esta bebida funcional que podría optimizar tu rendimiento". Un lenguaje que él, un gamer obsesionado con las estadísticas y los *buffs*, podía entender.
La sospecha en los ojos de Ishigami disminuyó, reemplazada por una genuina curiosidad. Miró la taza humeante, luego a Kaguya.
—¿Mejora la concentración? ¿Como una poción de maná de la vida real? —murmuró para sí mismo, pero lo suficientemente alto para que ella lo oyera.
Una pequeña sonrisa tiró de las comisuras de los labios de Kaguya.
—Podría decirse que sí.
Lentamente, casi con vacilación, Ishigami extendió la mano y tomó la taza. Sus dedos rozaron los de ella por una fracción de segundo.
Fue como una descarga eléctrica.
Para Kaguya, fue una confirmación. Una oleada de calidez que recorrió todo su brazo y se instaló directamente en su corazón, que respondió con otro potente latido.
Para Ishigami, fue un momento de pura confusión. El contacto fue tan breve que apenas existió, pero la piel de ella era increíblemente suave y cálida. Apartó la mano como si se hubiera quemado y se refugió detrás de la taza de té, acercándosela a la cara para ocultar el ligero rubor que, para su horror, sentía que le subía por el cuello.
Dio un sorbo.
El sabor era… increíble. Nada que ver con el té amargo de bolsita que a veces tomaba en casa. Era dulce, complejo, sin rastro de amargura. Sintió una sensación de calma casi instantánea invadirlo, despejando la niebla de fatiga de su cerebro.
—Está… bueno —logró decir, sin atreverse a mirarla a los ojos. Se concentró en su pantalla, fingiendo que estaba inmerso en su trabajo, aunque las cifras ahora parecían bailar sin sentido—. Gracias, Shinomiya-senpai.
Kaguya lo observó por un momento más. Vio la punta de sus orejas, que asomaban por debajo de su cabello, teñidas de un adorable tono rosado.
Una victoria. Pequeña, silenciosa, pero una victoria al fin y al cabo.
Se dio la vuelta y regresó a su asiento, sintiéndose más viva y emocionada de lo que se había sentido en meses. La guerra no había terminado. Simplemente había cambiado de frente. El objetivo ya no era una rendición incondicional.
Era el tímido sonrojo en las orejas de su tesorero.
Se sentó, tomó un sorbo de su propio té y miró a Shirogane, que la observaba con una expresión indescifrable. Ella le dedicó una sonrisa enigmática. Él no lo sabía, pero acababa de ser relevado de su puesto como principal adversario. El trono del "interés amoroso de Kaguya Shinomiya" tenía un nuevo y muy improbable ocupante.
*La primera batalla de la "Guerra de Apoyo y Comprensión" ha concluido*, pensó Kaguya, un brillo peligroso y decidido en sus ojos rojos. *Resultado: Victoria para Kaguya. Recompensa obtenida: Un "gracias" y un sonrojo. El camino será largo, pero por primera vez en mucho tiempo, la perspectiva de la lucha me llena de una alegría genuina.*
Afuera, las nubes de tormenta comenzaban a acumularse en el cielo, presagiando la lluvia. Pero dentro de la sala del consejo estudiantil, para Kaguya Shinomiya, el sol acababa de salir. Y brillaba directamente sobre el rincón más oscuro de la habitación.
