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Juego de Mesa
Fandom: Kaguya Sama: Love is War
Creado: 15/6/2026
Etiquetas
RomanceHumorCrack / Humor ParódicoRecortes de VidaEstudio de PersonajeAmbientación CanonFluff
El Castigo Final
La ira de Chika Fujiwara era una fuerza de la naturaleza. No era una tormenta violenta y destructora como la que a veces se gestaba en el interior de Kaguya Shinomiya, ni el frío y calculador frente ártico que podía ser el presidente Shirogane. No, la ira de Chika era más parecida a un tornado de confeti y serpentinas con el centro relleno de dinamita. Era colorida, ruidosa y, a su manera, absolutamente letal.
Y en ese momento, el epicentro de su furia tenía nombre y apellido: Yu Ishigami.
«Inmaduros… simplones… una pérdida de tiempo…».
Las palabras del tesorero resonaban en su mente como una campana de iglesia desafinada. ¡Cómo se atrevía! ¡Él, un ermitaño social que consideraba que la interacción humana más significativa era recibir un objeto raro en un videojuego, se atrevía a criticar sus magníficas, sus sublimes creaciones lúdicas! Sus juegos de mesa eran obras de arte, cumbres del entretenimiento analógico, diseñados para fomentar la camaradería y la diversión. Y él los había pisoteado con sus sandalias de apatía y cinismo.
—Es grosero y no tiene gusto —masculló para sí misma mientras caminaba con determinación por los pasillos de la Academia Shuchiin, una caja de cartón de aspecto sospechosamente alegre bajo el brazo—. Pero ya verá. Le daré una lección que no olvidará. Le enseñaré el verdadero significado de la palabra «juego».
Dentro de la caja reposaba su obra maestra de la venganza, concebida en una noche de febril inspiración y rencor azucarado. El tablero, dibujado a mano con rotuladores de colores brillantes, mostraba un camino serpenteante lleno de flores, estrellas y animalitos sonrientes. El título, escrito en una caligrafía burbujeante y adorable, rezaba: «Ruta de la Humillación».
El concepto era sencillo. Demasiado sencillo. Tirar un dado, mover la ficha. La trampa, el veneno oculto bajo la capa de caramelo, era que el noventa por ciento de las casillas eran «casillas de castigo». Al caer en una, el jugador debía tomar una carta del mazo de «Retos Humillantes» y cumplir la orden sin rechistar. Chika había pasado horas redactando esas cartas, cada una diseñada con la precisión de un cirujano para atacar las debilidades específicas de Yu Ishigami. Su orgullo, su pesimismo, su aversión al ridículo… todo sería puesto a prueba.
Abrió la puerta de la sala del consejo estudiantil con un ímpetu que hizo que el pestillo golpeara contra la pared. Y allí estaba él, su víctima, exactamente como había previsto. Hundido en el sofá, con la espalda encorvada y la mirada fija en la pequeña pantalla de su consola portátil. El sonido de explosiones y pitidos electrónicos llenaba el silencio de la habitación. Su cabello oscuro le cubría un ojo, y su expresión era la de un mártir aburrido esperando su ejecución.
—¡Ishigami-kun! —canturreó Chika, su voz goteando una dulzura peligrosa.
Ishigami ni siquiera levantó la vista.
—Fujiwara-senpai.
—¡Basta de maquinitas infernales! —declaró ella, y con un movimiento rápido y certero, le arrebató la consola de las manos—. ¡Hoy vamos a hacer algo mucho más divertido y enriquecedor!
Ishigami finalmente alzó la cabeza, y sus ojos oscuros la miraron con el cansancio de milenios. Un suspiro pesado escapó de sus labios.
—Senpai, por favor, devuélvamela. Estaba a punto de derrotar al jefe final del Abismo Olvidado. Me ha costado tres semanas llegar hasta aquí.
—¡Los abismos pueden esperar! —replicó Chika, escondiendo la consola detrás de su espalda—. ¡Tengo algo mejor! ¡Un juego nuevo, creado exclusivamente para ti!
La expresión de Ishigami pasó del cansancio al horror puro. Se incorporó ligeramente, como si quisiera huir, pero el sofá parecía haberlo atrapado en sus garras de cuero.
—No. Absolutamente no. Me niego. Ya tuve suficiente con «El Detective del Amor» la semana pasada. Todavía tengo pesadillas con tener que interrogar a un zapato sobre sus sentimientos por un calcetín.
—¡Oh, pero este es diferente! —insistió Chika, su sonrisa ampliándose hasta volverse casi maníaca—. ¡Este es especial!
—Si es uno de sus juegos, la respuesta sigue siendo no. Prefiero ir a casa y morir, gracias.
—¡Qué deprimente eres! Ni siquiera te he dicho de qué trata.
Con un gesto teatral, Chika depositó la caja sobre la mesa de centro. Desplegó el tablero con un floreo, revelando el camino de colores pastel. Ishigami lo miró con suspicacia, como si esperara que una serpiente saltara de él.
—«Ruta de la Humillación» —leyó en voz alta, su voz plana y desprovista de emoción—. Vaya, qué sutil.
—¡Es solo un nombre divertido! —mintió Chika con la cara más inocente que pudo fingir—. La mecánica es simple: tiras los dados, avanzas, y si caes en una casilla de castigo, tomas una carta y cumples un reto. ¡Para darle emoción!
Ishigami entrecerró los ojos.
—¿Y cuántas casillas no son de castigo?
Chika titubeó un instante.
—¡Algunas! Las suficientes para que sea justo. Ahora, ¿quién empieza? ¡Ah, sí, yo, por ser la creadora!
Antes de que Ishigami pudiera formular otra protesta, Chika ya había lanzado un dado rosa con corazones en lugar de puntos. Sacó un seis. Su ficha, un pequeño conejito de plástico, avanzó alegremente por el tablero.
—¡Oh, mira! ¡Mi primera casilla! —exclamó, fingiendo sorpresa—. «Casilla Segura». ¡Qué suerte! Tu turno, Ishigami-kun.
Le tendió un dado negro con calaveras. Ishigami lo miró como si fuera una granada.
—De verdad que no quiero hacer esto.
—Juega —dijo Chika, su voz perdiendo todo rastro de alegría y volviéndose fría y directa—. O le cuento a Shinomiya-san que fuiste tú quien usó su carísimo set de caligrafía para dibujar mechas en tu cuaderno de contabilidad.
Los ojos de Ishigami se abrieron de par en par. Palideció visiblemente. El chantaje. El arma definitiva.
Con un suspiro que sonó a rendición total, tomó el dado y lo lanzó sobre la mesa. Un tres. Su ficha, una figura sombría y encapuchada que Chika había elegido «porque se parece a ti», avanzó tres espacios.
—Veamos… —Chika se inclinó sobre el tablero, conteniendo a duras penas una risita—. ¡Oh, vaya! ¡Qué mala suerte! ¡Has caído en «El Pozo de la Vergüenza»! Tienes que tomar una carta de castigo.
Le ofreció el mazo con una sonrisa de tiburón. Ishigami extrajo una carta con la misma delicadeza con la que se desactivaría una bomba. La leyó en silencio, y un tinte rojizo apareció en sus pálidas mejillas.
—No voy a hacer esto.
—¿Qué dice? ¡Léela en voz alta! ¡Son las reglas!
Ishigami apretó la mandíbula.
—«Imita a un gato pidiendo comida de la forma más adorable posible durante treinta segundos» —recitó con voz monocorde.
El silencio que siguió fue denso y pesado. Chika se tapó la boca para ocultar su sonrisa.
—El tiempo empieza… ¡ahora!
Ishigami la fulminó con la mirada. Por un momento, pareció que se negaría, que preferiría enfrentar la ira de Kaguya a someterse a tal indignidad. Pero entonces, con un suspiro de derrota existencial, se arrodilló en el suelo.
—Miau… —murmuró, su voz apenas un susurro.
—¡Más alto! ¡Y con más sentimiento! ¡Imagina que no has comido en días!
Con los ojos cerrados, como si así pudiera disociarse de la realidad, Ishigami comenzó a maullar. Eran sonidos extraños, guturales, a medio camino entre un lamento y un motor averiado. Se frotó torpemente contra la pata de la mesa, emitiendo pequeños «miau» y «prrr» que sonaban más a código morse que a un felino feliz. Chika sacó su teléfono y comenzó a grabar, las lágrimas de la risa corriendo por sus mejillas.
—¡Oh, qué adorable! ¡Eres un gatito muy convincente, Ishigami-kun!
Cuando los treinta segundos terminaron, Ishigami se levantó, se sacudió el polvo imaginario de las rodillas y volvió a hundirse en el sofá, con la cara roja como un tomate y la dignidad hecha jirones.
—Quiero morir.
—¡Mi turno! —canturreó Chika, ignorándolo por completo.
Lanzó el dado. Otro seis. Su conejito saltó otras seis casillas.
—¡Vaya! ¡Otra casilla segura! ¡Hoy estoy de suerte!
Ishigami la miró con recelo. El dado parecía caer siempre en el número que ella necesitaba. Y sus casillas siempre eran seguras. Sospechoso.
El juego continuó. Fue una masacre. Ishigami, con una suerte endiablada, caía en una casilla de castigo tras otra. Tuvo que declarar su amor eterno a la silla vacía del presidente Shirogane, un monólogo tan incómodo y lleno de pausas que Chika casi se ahoga de la risa.
—Oh, silla-sama… tu cuero es… resistente. Y tu respaldo… firme. Soportas el peso de nuestras esperanzas… y del presidente. Te… te aprecio. Mucho.
Luego, le tocó una carta que lo obligaba a hacer diez flexiones mientras elogiaba en voz alta las habilidades de Chika para crear juegos.
—Uno… Este juego es… una obra maestra del ingenio humano, Fujiwara-senpai.
—Dos… Su creatividad… no conoce límites.
—Tres… Siento que mi alma… se enriquece con cada segundo que juego.
Su voz estaba cargada de un sarcasmo tan espeso que se podría cortar con un cuchillo, pero Chika eligió interpretarlo como sinceridad absoluta.
Mientras tanto, los «castigos» de Chika, cuando por algún milagro caía en una de las pocas casillas de penalización, eran absurdamente fáciles. Había sacado una carta que le ordenaba «parpadear tres veces seguidas» y otra que la instruía a «respirar hondo». Chika había preparado dos mazos: uno para Ishigami, lleno de humillaciones, y otro para ella, lleno de nimiedades. Su plan era perfecto.
La gota que colmó el vaso para Ishigami fue la carta de baile.
—«Baila la coreografía de una canción de idols que Fujiwara-senpai elija» —leyó, su voz temblando de ira contenida.
Los ojos de Chika brillaron con una luz malévola. Sacó su teléfono de nuevo, buscó un vídeo y colocó el dispositivo sobre la mesa. Una melodía pop increíblemente pegadiza y azucarada llenó la sala.
—¡Es mi favorita! ¡La coreografía es súper fácil, ya verás!
Ishigami se quedó de pie en medio de la habitación, rígido como una estatua. Observó los movimientos de las chicas en la pantalla: saltitos, giros, poses con las manos formando corazones.
—Me niego. Hay límites. Este es mi límite.
—¿Ah, sí? —Chika arqueó una ceja—. ¿Recuerdas aquella vez que te quedaste dormido en la biblioteca y babeaste sobre la primera edición de «Los Poemas de la Grulla Dorada»? Estoy segura de que a la bibliotecaria le encantaría saber quién fue el responsable de esa mancha… sospechosa.
Ishigami cerró los ojos y respiró hondo. La derrota era total y absoluta.
Lo que siguió fue un espectáculo lamentable y, para Chika, glorioso. Ishigami intentó imitar los movimientos con la gracia de un gólem de piedra. Sus saltos eran pesados, sus giros torpes. Cuando intentó hacer un corazón con las manos, sus dedos se enredaron en una especie de nudo artrítico. No cantaba, pero sus labios se movían, murmurando lo que parecían ser maldiciones en un idioma antiguo y olvidado.
Chika no grabó. Simplemente se sentó y observó, saboreando cada segundo de su victoria. Su plan había funcionado a la perfección. Ishigami estaba siendo castigado, humillado, y estaba aprendiendo a no volver a meterse con sus juegos.
Finalmente, la canción terminó. Ishigami se detuvo, jadeando, con el rostro cubierto por un velo de sudor y vergüenza. Se desplomó en el sofá, completamente agotado.
—Ya… ya no puedo más… Déjeme ir a casa.
—¡Casi hemos terminado! —lo animó Chika—. ¡Mira, ya estás cerca de la meta! ¡Un último esfuerzo!
El tablero mostraba que la ficha de Ishigami estaba a solo cinco casillas del final, una casilla con un arcoíris y la palabra «¡VICTORIA!». Para él, era la luz al final de un túnel muy, muy oscuro y vergonzoso.
—Mi turno —dijo, su voz ronca.
Tomó el dado negro, lo sostuvo en su mano por un momento, como si rezara a algún dios oscuro de los videojuegos para que le concediera clemencia. Lo lanzó. El dado rodó, rebotó y se detuvo.
Un cuatro.
Avanzó su ficha con mano temblorosa. Uno, dos, tres, cuatro. Se detuvo en la casilla justo antes de la meta. Una casilla con un gran signo de interrogación rojo sangre.
—No… —susurró Ishigami.
—¡La Casilla del Juicio Final! —exclamó Chika con júbilo—. ¡La última y más emocionante! ¡Tienes que tomar una carta del mazo especial!
Sacó una única carta dorada que había mantenido separada del resto. El as en la manga, la humillación definitiva. Se la tendió. Ishigami la tomó como si estuviera hecha de ácido. Su rostro, ya pálido, perdió todo color. Parecía un fantasma.
Chika se inclinó hacia adelante, expectante. ¿Qué le habría tocado? ¿Cantar una ópera? ¿Hacer una confesión vergonzosa? ¿Ponerse la cinta de ella en el pelo? Había escrito tantas opciones deliciosamente crueles.
Ishigami leyó la carta en voz alta, su voz extrañamente calmada, casi vacía.
—«Besa a la persona más atractiva que conozcas».
El silencio cayó sobre la habitación, abrupto y total. Incluso los sonidos distantes de la academia parecieron desvanecerse.
Chika parpadeó. Y luego, el recuerdo la golpeó. Ella había escrito esa carta. En un arrebato de genio malvado, había pensado que era el castigo perfecto para el antisocial Ishigami. ¿A quién podría besar? ¿A sí mismo en un espejo? ¿A un personaje de su juego? La paradoja lo paralizaría, sería la cumbre de la humillación.
Pero ahora, en el silencio de la sala, con él sentado justo frente a ella, la carta adquirió un significado completamente diferente y aterrador. El nerviosismo se apoderó de ella, un cosquilleo helado que recorrió su espalda. Esto había ido demasiado lejos.
—O-oye, Ishigami-kun —tartamudeó, su habitual seguridad desvaneciéndose—. E-esa… esa es solo una carta de broma. No tienes que… no tienes que hacerlo. Podemos saltárnosla. Sí, ignórala. El juego ha terminado. ¡Has ganado!
Estaba a punto de seguir hablando, de llenar el silencio con su cháchara nerviosa, pero se detuvo. Porque Ishigami se estaba moviendo.
No dijo nada. No la miró con ira ni con resignación. Su expresión era indescifrable, una máscara de calma que ocultaba un torbellino de… algo. Se levantó del sofá, dio un paso que eliminó la distancia que los separaba, y se inclinó sobre ella.
El cerebro de Chika entró en cortocircuito. ¿Qué estaba pasando? ¿Era esto parte del castigo? ¿La iba a besar como una forma de burla, un acto de desafío final? Su corazón comenzó a latir con una fuerza desbocada, un tambor frenético contra sus costillas. El mundo se redujo a los centímetros que los separaban, a la sombra de su rostro sobre el de ella, al olor a libros y a la leve fragancia del jabón que emanaba de él.
Y entonces, sus labios tocaron los de ella.
Fue un beso torpe. Descoordinado. Un choque suave y vacilante. No hubo fuegos artificiales, ni campanas celestiales. Por un instante, fue solo la extraña sensación de la boca de otra persona contra la suya, la presión incierta, la sorpresa paralizante.
Pero entonces, algo cambió.
Bajo la torpeza, Chika sintió algo más. Un temblor. Una vulnerabilidad. No era un acto de burla. Había un sentimiento genuino allí, enterrado bajo capas de cinismo y vergüenza. Era un sentimiento tan frágil y tan real que le robó el aliento.
El impacto inicial se disipó, reemplazado por un calor que se extendió desde su pecho hasta la punta de sus dedos. Su mente, que había estado corriendo a mil por hora, se quedó en blanco. Y en ese vacío, un solo pensamiento, claro y puro, tomó forma: «Oh».
Instintivamente, sin pensarlo, le devolvió el beso.
Sus labios se amoldaron a los de él, suavizándose. El beso dejó de ser torpe y se volvió inquisitivo, una pregunta silenciosa que ambos estaban formulando. Levantó una mano, sus dedos enredándose en su cabello oscuro y sorprendentemente suave en la nuca. Lo atrajo hacia ella, un gesto inconsciente para cerrar cualquier espacio que quedara, para profundizar esa conexión inesperada.
Ishigami emitió un pequeño sonido, un suspiro ahogado en su boca, y por un segundo, se tensó, como si fuera a apartarse. Pero no lo hizo. En cambio, su mano, que había estado colgando inútilmente a su costado, se posó en el sofá junto a la cadera de ella, como si necesitara anclarse.
El tiempo se estiró y se contrajo. Podrían haber sido segundos o minutos. La sala del consejo estudiantil, el estúpido juego de mesa, la humillación, todo se desvaneció. Solo existían ellos dos, atrapados en una burbuja de calor y silencio y el suave roce de sus labios.
Finalmente, la necesidad de aire se volvió imperiosa. Se separaron lentamente, con una renuencia que ninguno de los dos esperaba.
El jadeo de ambos llenó la habitación. Ishigami se apartó, su rostro era un campo de batalla de emociones contradictorias: pánico, asombro, arrepentimiento y algo más, algo que Chika no pudo identificar. Tenía la mirada fija en la mesa de centro, incapaz de encontrar los ojos de ella. Parecía un hombre que acababa de activar accidentalmente una ojiva nuclear y estaba esperando la explosión.
Chika, por su parte, se tocó los labios con la punta de los dedos. Estaban húmedos y hormigueantes. Su corazón seguía martilleando, pero el pánico había sido reemplazado por una extraña y vibrante sensación de triunfo. Un triunfo que no tenía nada que ver con el juego.
Miró a Ishigami, a su postura derrotada, a su cabello revuelto, a la rojez que se extendía desde su cuello hasta las puntas de sus orejas. Había planeado humillarlo, darle una lección. Y en cierto modo, lo había conseguido. Pero el resultado final… el resultado final era algo que nunca, en su más loca imaginación, habría previsto.
Y mientras intentaba comprender qué demonios acababa de suceder, una lenta y satisfecha sonrisa se dibujó en su rostro.
Tal vez, solo tal vez, esto no era tan malo después de todo.
***
Mientras tanto, en la penumbra del pasillo, justo al otro lado de la puerta entreabierta de la sala del consejo estudiantil, tres sombras observaban la escena, congeladas en un estado de shock colectivo.
Miyuki Shirogane, Kaguya Shinomiya y Miko Iino habían llegado con la intención de reanudar sus deberes, solo para detenerse en seco al oír los extraños sonidos que provenían del interior: maullidos lastimeros, declaraciones de amor a muebles y fragmentos de música de idols. La curiosidad, como siempre, había ganado la partida.
Habían visto todo. El baile forzado. La desesperación de Ishigami. La carta dorada. Y el beso.
Miko Iino tenía los ojos tan abiertos que parecían platos. Su inseparable cuaderno de disciplina estaba abierto en su mano, pero su bolígrafo permanecía suspendido en el aire, incapaz de anotar la letanía de infracciones que acababa de presenciar. Conducta pública inmoral. Contacto físico inapropiado en instalaciones escolares. ¡Corrupción de la moral! Su cerebro, normalmente tan rápido para juzgar y sentenciar, había sufrido un error fatal del sistema.
Kaguya Shinomiya, a su lado, estaba en modo de análisis completo. Sus ojos rojos escrutaban la escena, no con escándalo, sino con una intensa fascinación clínica. Su mente era un torbellino de cálculos. «Una probabilidad del 0.01%. ¿Fue una estrategia de Fujiwara-san? No, su reacción de sorpresa fue genuina. Entonces, ¿fue una acción impulsiva de Ishigami? ¿Una declaración de sentimientos reprimidos catalizada por el estrés extremo? Interesante. La dinámica de poder en el consejo acaba de cambiar. Debo registrar estas variables. Y… ¿por qué esto me parece tan… adorable?». Una pequeña y casi imperceptible sonrisa se dibujó en sus labios.
Y luego estaba Miyuki Shirogane. El presidente. El pilar de la razón y el orden.
Su rostro era una máscara de pura e inalterada estupefacción. No había análisis, no había juicio. Solo una incredulidad abrumadora. Había lidiado con las guerras mentales de Kaguya, con el caos de Chika, con la rigidez de Iino y con la negatividad de Ishigami. Creía que estaba preparado para cualquier cosa.
Estaba equivocado.
Sus dos miembros más jóvenes y caóticos del consejo estudiantil, la encarnación de la energía y la de la entropía, el sol y un agujero negro… acababan de besarse. En la sala del consejo. Por un juego de mesa.
Miyuki parpadeó, luego se frotó los ojos, como si eso pudiera borrar la imagen de su cerebro. No funcionó. La imagen del beso torpe pero extrañamente tierno estaba grabada a fuego en su retina. Miró a Kaguya, que parecía estar resolviendo ecuaciones diferenciales en su cabeza. Miró a Iino, que parecía haber visto un fantasma cometiendo perjurio.
Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa. Para restaurar el orden. Para preguntar. Para gritar. Pero las palabras no salieron. Su mente solo podía formular una única y abrumadora pregunta, una pregunta que resonaba en el silencio atónito de los tres espías.
*¿Pero cómo demonios ha pasado eso?*
Y en ese momento, el epicentro de su furia tenía nombre y apellido: Yu Ishigami.
«Inmaduros… simplones… una pérdida de tiempo…».
Las palabras del tesorero resonaban en su mente como una campana de iglesia desafinada. ¡Cómo se atrevía! ¡Él, un ermitaño social que consideraba que la interacción humana más significativa era recibir un objeto raro en un videojuego, se atrevía a criticar sus magníficas, sus sublimes creaciones lúdicas! Sus juegos de mesa eran obras de arte, cumbres del entretenimiento analógico, diseñados para fomentar la camaradería y la diversión. Y él los había pisoteado con sus sandalias de apatía y cinismo.
—Es grosero y no tiene gusto —masculló para sí misma mientras caminaba con determinación por los pasillos de la Academia Shuchiin, una caja de cartón de aspecto sospechosamente alegre bajo el brazo—. Pero ya verá. Le daré una lección que no olvidará. Le enseñaré el verdadero significado de la palabra «juego».
Dentro de la caja reposaba su obra maestra de la venganza, concebida en una noche de febril inspiración y rencor azucarado. El tablero, dibujado a mano con rotuladores de colores brillantes, mostraba un camino serpenteante lleno de flores, estrellas y animalitos sonrientes. El título, escrito en una caligrafía burbujeante y adorable, rezaba: «Ruta de la Humillación».
El concepto era sencillo. Demasiado sencillo. Tirar un dado, mover la ficha. La trampa, el veneno oculto bajo la capa de caramelo, era que el noventa por ciento de las casillas eran «casillas de castigo». Al caer en una, el jugador debía tomar una carta del mazo de «Retos Humillantes» y cumplir la orden sin rechistar. Chika había pasado horas redactando esas cartas, cada una diseñada con la precisión de un cirujano para atacar las debilidades específicas de Yu Ishigami. Su orgullo, su pesimismo, su aversión al ridículo… todo sería puesto a prueba.
Abrió la puerta de la sala del consejo estudiantil con un ímpetu que hizo que el pestillo golpeara contra la pared. Y allí estaba él, su víctima, exactamente como había previsto. Hundido en el sofá, con la espalda encorvada y la mirada fija en la pequeña pantalla de su consola portátil. El sonido de explosiones y pitidos electrónicos llenaba el silencio de la habitación. Su cabello oscuro le cubría un ojo, y su expresión era la de un mártir aburrido esperando su ejecución.
—¡Ishigami-kun! —canturreó Chika, su voz goteando una dulzura peligrosa.
Ishigami ni siquiera levantó la vista.
—Fujiwara-senpai.
—¡Basta de maquinitas infernales! —declaró ella, y con un movimiento rápido y certero, le arrebató la consola de las manos—. ¡Hoy vamos a hacer algo mucho más divertido y enriquecedor!
Ishigami finalmente alzó la cabeza, y sus ojos oscuros la miraron con el cansancio de milenios. Un suspiro pesado escapó de sus labios.
—Senpai, por favor, devuélvamela. Estaba a punto de derrotar al jefe final del Abismo Olvidado. Me ha costado tres semanas llegar hasta aquí.
—¡Los abismos pueden esperar! —replicó Chika, escondiendo la consola detrás de su espalda—. ¡Tengo algo mejor! ¡Un juego nuevo, creado exclusivamente para ti!
La expresión de Ishigami pasó del cansancio al horror puro. Se incorporó ligeramente, como si quisiera huir, pero el sofá parecía haberlo atrapado en sus garras de cuero.
—No. Absolutamente no. Me niego. Ya tuve suficiente con «El Detective del Amor» la semana pasada. Todavía tengo pesadillas con tener que interrogar a un zapato sobre sus sentimientos por un calcetín.
—¡Oh, pero este es diferente! —insistió Chika, su sonrisa ampliándose hasta volverse casi maníaca—. ¡Este es especial!
—Si es uno de sus juegos, la respuesta sigue siendo no. Prefiero ir a casa y morir, gracias.
—¡Qué deprimente eres! Ni siquiera te he dicho de qué trata.
Con un gesto teatral, Chika depositó la caja sobre la mesa de centro. Desplegó el tablero con un floreo, revelando el camino de colores pastel. Ishigami lo miró con suspicacia, como si esperara que una serpiente saltara de él.
—«Ruta de la Humillación» —leyó en voz alta, su voz plana y desprovista de emoción—. Vaya, qué sutil.
—¡Es solo un nombre divertido! —mintió Chika con la cara más inocente que pudo fingir—. La mecánica es simple: tiras los dados, avanzas, y si caes en una casilla de castigo, tomas una carta y cumples un reto. ¡Para darle emoción!
Ishigami entrecerró los ojos.
—¿Y cuántas casillas no son de castigo?
Chika titubeó un instante.
—¡Algunas! Las suficientes para que sea justo. Ahora, ¿quién empieza? ¡Ah, sí, yo, por ser la creadora!
Antes de que Ishigami pudiera formular otra protesta, Chika ya había lanzado un dado rosa con corazones en lugar de puntos. Sacó un seis. Su ficha, un pequeño conejito de plástico, avanzó alegremente por el tablero.
—¡Oh, mira! ¡Mi primera casilla! —exclamó, fingiendo sorpresa—. «Casilla Segura». ¡Qué suerte! Tu turno, Ishigami-kun.
Le tendió un dado negro con calaveras. Ishigami lo miró como si fuera una granada.
—De verdad que no quiero hacer esto.
—Juega —dijo Chika, su voz perdiendo todo rastro de alegría y volviéndose fría y directa—. O le cuento a Shinomiya-san que fuiste tú quien usó su carísimo set de caligrafía para dibujar mechas en tu cuaderno de contabilidad.
Los ojos de Ishigami se abrieron de par en par. Palideció visiblemente. El chantaje. El arma definitiva.
Con un suspiro que sonó a rendición total, tomó el dado y lo lanzó sobre la mesa. Un tres. Su ficha, una figura sombría y encapuchada que Chika había elegido «porque se parece a ti», avanzó tres espacios.
—Veamos… —Chika se inclinó sobre el tablero, conteniendo a duras penas una risita—. ¡Oh, vaya! ¡Qué mala suerte! ¡Has caído en «El Pozo de la Vergüenza»! Tienes que tomar una carta de castigo.
Le ofreció el mazo con una sonrisa de tiburón. Ishigami extrajo una carta con la misma delicadeza con la que se desactivaría una bomba. La leyó en silencio, y un tinte rojizo apareció en sus pálidas mejillas.
—No voy a hacer esto.
—¿Qué dice? ¡Léela en voz alta! ¡Son las reglas!
Ishigami apretó la mandíbula.
—«Imita a un gato pidiendo comida de la forma más adorable posible durante treinta segundos» —recitó con voz monocorde.
El silencio que siguió fue denso y pesado. Chika se tapó la boca para ocultar su sonrisa.
—El tiempo empieza… ¡ahora!
Ishigami la fulminó con la mirada. Por un momento, pareció que se negaría, que preferiría enfrentar la ira de Kaguya a someterse a tal indignidad. Pero entonces, con un suspiro de derrota existencial, se arrodilló en el suelo.
—Miau… —murmuró, su voz apenas un susurro.
—¡Más alto! ¡Y con más sentimiento! ¡Imagina que no has comido en días!
Con los ojos cerrados, como si así pudiera disociarse de la realidad, Ishigami comenzó a maullar. Eran sonidos extraños, guturales, a medio camino entre un lamento y un motor averiado. Se frotó torpemente contra la pata de la mesa, emitiendo pequeños «miau» y «prrr» que sonaban más a código morse que a un felino feliz. Chika sacó su teléfono y comenzó a grabar, las lágrimas de la risa corriendo por sus mejillas.
—¡Oh, qué adorable! ¡Eres un gatito muy convincente, Ishigami-kun!
Cuando los treinta segundos terminaron, Ishigami se levantó, se sacudió el polvo imaginario de las rodillas y volvió a hundirse en el sofá, con la cara roja como un tomate y la dignidad hecha jirones.
—Quiero morir.
—¡Mi turno! —canturreó Chika, ignorándolo por completo.
Lanzó el dado. Otro seis. Su conejito saltó otras seis casillas.
—¡Vaya! ¡Otra casilla segura! ¡Hoy estoy de suerte!
Ishigami la miró con recelo. El dado parecía caer siempre en el número que ella necesitaba. Y sus casillas siempre eran seguras. Sospechoso.
El juego continuó. Fue una masacre. Ishigami, con una suerte endiablada, caía en una casilla de castigo tras otra. Tuvo que declarar su amor eterno a la silla vacía del presidente Shirogane, un monólogo tan incómodo y lleno de pausas que Chika casi se ahoga de la risa.
—Oh, silla-sama… tu cuero es… resistente. Y tu respaldo… firme. Soportas el peso de nuestras esperanzas… y del presidente. Te… te aprecio. Mucho.
Luego, le tocó una carta que lo obligaba a hacer diez flexiones mientras elogiaba en voz alta las habilidades de Chika para crear juegos.
—Uno… Este juego es… una obra maestra del ingenio humano, Fujiwara-senpai.
—Dos… Su creatividad… no conoce límites.
—Tres… Siento que mi alma… se enriquece con cada segundo que juego.
Su voz estaba cargada de un sarcasmo tan espeso que se podría cortar con un cuchillo, pero Chika eligió interpretarlo como sinceridad absoluta.
Mientras tanto, los «castigos» de Chika, cuando por algún milagro caía en una de las pocas casillas de penalización, eran absurdamente fáciles. Había sacado una carta que le ordenaba «parpadear tres veces seguidas» y otra que la instruía a «respirar hondo». Chika había preparado dos mazos: uno para Ishigami, lleno de humillaciones, y otro para ella, lleno de nimiedades. Su plan era perfecto.
La gota que colmó el vaso para Ishigami fue la carta de baile.
—«Baila la coreografía de una canción de idols que Fujiwara-senpai elija» —leyó, su voz temblando de ira contenida.
Los ojos de Chika brillaron con una luz malévola. Sacó su teléfono de nuevo, buscó un vídeo y colocó el dispositivo sobre la mesa. Una melodía pop increíblemente pegadiza y azucarada llenó la sala.
—¡Es mi favorita! ¡La coreografía es súper fácil, ya verás!
Ishigami se quedó de pie en medio de la habitación, rígido como una estatua. Observó los movimientos de las chicas en la pantalla: saltitos, giros, poses con las manos formando corazones.
—Me niego. Hay límites. Este es mi límite.
—¿Ah, sí? —Chika arqueó una ceja—. ¿Recuerdas aquella vez que te quedaste dormido en la biblioteca y babeaste sobre la primera edición de «Los Poemas de la Grulla Dorada»? Estoy segura de que a la bibliotecaria le encantaría saber quién fue el responsable de esa mancha… sospechosa.
Ishigami cerró los ojos y respiró hondo. La derrota era total y absoluta.
Lo que siguió fue un espectáculo lamentable y, para Chika, glorioso. Ishigami intentó imitar los movimientos con la gracia de un gólem de piedra. Sus saltos eran pesados, sus giros torpes. Cuando intentó hacer un corazón con las manos, sus dedos se enredaron en una especie de nudo artrítico. No cantaba, pero sus labios se movían, murmurando lo que parecían ser maldiciones en un idioma antiguo y olvidado.
Chika no grabó. Simplemente se sentó y observó, saboreando cada segundo de su victoria. Su plan había funcionado a la perfección. Ishigami estaba siendo castigado, humillado, y estaba aprendiendo a no volver a meterse con sus juegos.
Finalmente, la canción terminó. Ishigami se detuvo, jadeando, con el rostro cubierto por un velo de sudor y vergüenza. Se desplomó en el sofá, completamente agotado.
—Ya… ya no puedo más… Déjeme ir a casa.
—¡Casi hemos terminado! —lo animó Chika—. ¡Mira, ya estás cerca de la meta! ¡Un último esfuerzo!
El tablero mostraba que la ficha de Ishigami estaba a solo cinco casillas del final, una casilla con un arcoíris y la palabra «¡VICTORIA!». Para él, era la luz al final de un túnel muy, muy oscuro y vergonzoso.
—Mi turno —dijo, su voz ronca.
Tomó el dado negro, lo sostuvo en su mano por un momento, como si rezara a algún dios oscuro de los videojuegos para que le concediera clemencia. Lo lanzó. El dado rodó, rebotó y se detuvo.
Un cuatro.
Avanzó su ficha con mano temblorosa. Uno, dos, tres, cuatro. Se detuvo en la casilla justo antes de la meta. Una casilla con un gran signo de interrogación rojo sangre.
—No… —susurró Ishigami.
—¡La Casilla del Juicio Final! —exclamó Chika con júbilo—. ¡La última y más emocionante! ¡Tienes que tomar una carta del mazo especial!
Sacó una única carta dorada que había mantenido separada del resto. El as en la manga, la humillación definitiva. Se la tendió. Ishigami la tomó como si estuviera hecha de ácido. Su rostro, ya pálido, perdió todo color. Parecía un fantasma.
Chika se inclinó hacia adelante, expectante. ¿Qué le habría tocado? ¿Cantar una ópera? ¿Hacer una confesión vergonzosa? ¿Ponerse la cinta de ella en el pelo? Había escrito tantas opciones deliciosamente crueles.
Ishigami leyó la carta en voz alta, su voz extrañamente calmada, casi vacía.
—«Besa a la persona más atractiva que conozcas».
El silencio cayó sobre la habitación, abrupto y total. Incluso los sonidos distantes de la academia parecieron desvanecerse.
Chika parpadeó. Y luego, el recuerdo la golpeó. Ella había escrito esa carta. En un arrebato de genio malvado, había pensado que era el castigo perfecto para el antisocial Ishigami. ¿A quién podría besar? ¿A sí mismo en un espejo? ¿A un personaje de su juego? La paradoja lo paralizaría, sería la cumbre de la humillación.
Pero ahora, en el silencio de la sala, con él sentado justo frente a ella, la carta adquirió un significado completamente diferente y aterrador. El nerviosismo se apoderó de ella, un cosquilleo helado que recorrió su espalda. Esto había ido demasiado lejos.
—O-oye, Ishigami-kun —tartamudeó, su habitual seguridad desvaneciéndose—. E-esa… esa es solo una carta de broma. No tienes que… no tienes que hacerlo. Podemos saltárnosla. Sí, ignórala. El juego ha terminado. ¡Has ganado!
Estaba a punto de seguir hablando, de llenar el silencio con su cháchara nerviosa, pero se detuvo. Porque Ishigami se estaba moviendo.
No dijo nada. No la miró con ira ni con resignación. Su expresión era indescifrable, una máscara de calma que ocultaba un torbellino de… algo. Se levantó del sofá, dio un paso que eliminó la distancia que los separaba, y se inclinó sobre ella.
El cerebro de Chika entró en cortocircuito. ¿Qué estaba pasando? ¿Era esto parte del castigo? ¿La iba a besar como una forma de burla, un acto de desafío final? Su corazón comenzó a latir con una fuerza desbocada, un tambor frenético contra sus costillas. El mundo se redujo a los centímetros que los separaban, a la sombra de su rostro sobre el de ella, al olor a libros y a la leve fragancia del jabón que emanaba de él.
Y entonces, sus labios tocaron los de ella.
Fue un beso torpe. Descoordinado. Un choque suave y vacilante. No hubo fuegos artificiales, ni campanas celestiales. Por un instante, fue solo la extraña sensación de la boca de otra persona contra la suya, la presión incierta, la sorpresa paralizante.
Pero entonces, algo cambió.
Bajo la torpeza, Chika sintió algo más. Un temblor. Una vulnerabilidad. No era un acto de burla. Había un sentimiento genuino allí, enterrado bajo capas de cinismo y vergüenza. Era un sentimiento tan frágil y tan real que le robó el aliento.
El impacto inicial se disipó, reemplazado por un calor que se extendió desde su pecho hasta la punta de sus dedos. Su mente, que había estado corriendo a mil por hora, se quedó en blanco. Y en ese vacío, un solo pensamiento, claro y puro, tomó forma: «Oh».
Instintivamente, sin pensarlo, le devolvió el beso.
Sus labios se amoldaron a los de él, suavizándose. El beso dejó de ser torpe y se volvió inquisitivo, una pregunta silenciosa que ambos estaban formulando. Levantó una mano, sus dedos enredándose en su cabello oscuro y sorprendentemente suave en la nuca. Lo atrajo hacia ella, un gesto inconsciente para cerrar cualquier espacio que quedara, para profundizar esa conexión inesperada.
Ishigami emitió un pequeño sonido, un suspiro ahogado en su boca, y por un segundo, se tensó, como si fuera a apartarse. Pero no lo hizo. En cambio, su mano, que había estado colgando inútilmente a su costado, se posó en el sofá junto a la cadera de ella, como si necesitara anclarse.
El tiempo se estiró y se contrajo. Podrían haber sido segundos o minutos. La sala del consejo estudiantil, el estúpido juego de mesa, la humillación, todo se desvaneció. Solo existían ellos dos, atrapados en una burbuja de calor y silencio y el suave roce de sus labios.
Finalmente, la necesidad de aire se volvió imperiosa. Se separaron lentamente, con una renuencia que ninguno de los dos esperaba.
El jadeo de ambos llenó la habitación. Ishigami se apartó, su rostro era un campo de batalla de emociones contradictorias: pánico, asombro, arrepentimiento y algo más, algo que Chika no pudo identificar. Tenía la mirada fija en la mesa de centro, incapaz de encontrar los ojos de ella. Parecía un hombre que acababa de activar accidentalmente una ojiva nuclear y estaba esperando la explosión.
Chika, por su parte, se tocó los labios con la punta de los dedos. Estaban húmedos y hormigueantes. Su corazón seguía martilleando, pero el pánico había sido reemplazado por una extraña y vibrante sensación de triunfo. Un triunfo que no tenía nada que ver con el juego.
Miró a Ishigami, a su postura derrotada, a su cabello revuelto, a la rojez que se extendía desde su cuello hasta las puntas de sus orejas. Había planeado humillarlo, darle una lección. Y en cierto modo, lo había conseguido. Pero el resultado final… el resultado final era algo que nunca, en su más loca imaginación, habría previsto.
Y mientras intentaba comprender qué demonios acababa de suceder, una lenta y satisfecha sonrisa se dibujó en su rostro.
Tal vez, solo tal vez, esto no era tan malo después de todo.
***
Mientras tanto, en la penumbra del pasillo, justo al otro lado de la puerta entreabierta de la sala del consejo estudiantil, tres sombras observaban la escena, congeladas en un estado de shock colectivo.
Miyuki Shirogane, Kaguya Shinomiya y Miko Iino habían llegado con la intención de reanudar sus deberes, solo para detenerse en seco al oír los extraños sonidos que provenían del interior: maullidos lastimeros, declaraciones de amor a muebles y fragmentos de música de idols. La curiosidad, como siempre, había ganado la partida.
Habían visto todo. El baile forzado. La desesperación de Ishigami. La carta dorada. Y el beso.
Miko Iino tenía los ojos tan abiertos que parecían platos. Su inseparable cuaderno de disciplina estaba abierto en su mano, pero su bolígrafo permanecía suspendido en el aire, incapaz de anotar la letanía de infracciones que acababa de presenciar. Conducta pública inmoral. Contacto físico inapropiado en instalaciones escolares. ¡Corrupción de la moral! Su cerebro, normalmente tan rápido para juzgar y sentenciar, había sufrido un error fatal del sistema.
Kaguya Shinomiya, a su lado, estaba en modo de análisis completo. Sus ojos rojos escrutaban la escena, no con escándalo, sino con una intensa fascinación clínica. Su mente era un torbellino de cálculos. «Una probabilidad del 0.01%. ¿Fue una estrategia de Fujiwara-san? No, su reacción de sorpresa fue genuina. Entonces, ¿fue una acción impulsiva de Ishigami? ¿Una declaración de sentimientos reprimidos catalizada por el estrés extremo? Interesante. La dinámica de poder en el consejo acaba de cambiar. Debo registrar estas variables. Y… ¿por qué esto me parece tan… adorable?». Una pequeña y casi imperceptible sonrisa se dibujó en sus labios.
Y luego estaba Miyuki Shirogane. El presidente. El pilar de la razón y el orden.
Su rostro era una máscara de pura e inalterada estupefacción. No había análisis, no había juicio. Solo una incredulidad abrumadora. Había lidiado con las guerras mentales de Kaguya, con el caos de Chika, con la rigidez de Iino y con la negatividad de Ishigami. Creía que estaba preparado para cualquier cosa.
Estaba equivocado.
Sus dos miembros más jóvenes y caóticos del consejo estudiantil, la encarnación de la energía y la de la entropía, el sol y un agujero negro… acababan de besarse. En la sala del consejo. Por un juego de mesa.
Miyuki parpadeó, luego se frotó los ojos, como si eso pudiera borrar la imagen de su cerebro. No funcionó. La imagen del beso torpe pero extrañamente tierno estaba grabada a fuego en su retina. Miró a Kaguya, que parecía estar resolviendo ecuaciones diferenciales en su cabeza. Miró a Iino, que parecía haber visto un fantasma cometiendo perjurio.
Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa. Para restaurar el orden. Para preguntar. Para gritar. Pero las palabras no salieron. Su mente solo podía formular una única y abrumadora pregunta, una pregunta que resonaba en el silencio atónito de los tres espías.
*¿Pero cómo demonios ha pasado eso?*
