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Fandom: Hetalia

Creado: 15/6/2026

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El Despertar de un Sueño de Invierno

La luz del sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas de la habitación de Mathias, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Dinamarca, el autoproclamado "Rey del Norte", soltó un gruñido sordo mientras se removía entre las sábanas desordenadas. Su mente todavía estaba atrapada en la bruma de un sueño tan vívido que podía sentir el frío de la brisa noruega y el calor de una piel que no era la suya.

En su sueño, finalmente lo había hecho. Había acorralado a Lukas contra la pared de madera de su cabaña, ignorando las protestas silenciosas y esa mirada gélida que solía lanzarle. Le había confesado todo: el amor que le quemaba el pecho desde hacía siglos, la necesidad de poseerlo y de ser poseído. Y en la fantasía, Noruega no lo había estrangulado con su corbata ni lo había golpeado con un libro. En el sueño, Lukas había suspirado, cerrando sus ojos azul oscuro, y se había entregado a él con una pasividad que pronto se transformó en un fuego contenido.

Mathias abrió los ojos de golpe, jadeando. El techo de su habitación en Copenhague le devolvió la mirada, recordándole que estaba solo. Sin embargo, su cuerpo no había recibido el mensaje de que el sueño había terminado. Las sábanas se elevaban en una tienda de campaña muy evidente a la altura de su entrepierna. La erección era dolorosa, palpitante y llena de una urgencia que un simple despertar no iba a mitigar.

—Maldición, Norge... —susurró con voz ronca, pasando una mano por su cabello rubio y despeinado—. Me vas a matar un día de estos.

Se quedó allí tumbado, tratando de calmar los latidos de su corazón, cuando un sonido rompió el silencio de la casa. Fue un timbre suave, seguido de unos golpes rítmicos y pausados en la puerta principal. Nadie tocaba así excepto una persona.

—¿Mathias? Sé que estás despierto. Abre.

La voz era baja, monótona y cargada de esa indiferencia fingida que Mathias conocía tan bien. Era Lukas.

El danés saltó de la cama como si le hubieran prendido fuego. No tuvo tiempo de buscar pantalones decentes; se puso unos calzoncillos bóxer y se echó una manta por encima de los hombros, tratando de ocultar su estado, aunque su entusiasmo natural ya estaba tomando el control. Si Lukas estaba aquí, era una señal. El destino quería que su sueño se hiciera realidad.

Corrió escaleras abajo y abrió la puerta de un tirón. Allí estaba él: Noruega, luciendo tan impecable como siempre con su traje marinero, el mechón de pelo flotando perezosamente al lado de su cabeza y esa expresión de "preferiría estar en cualquier otro lugar" tallada en su rostro pálido.

—¡Norge! —exclamó Mathias con su habitual energía explosiva, aunque sus ojos brillaban con una intensidad diferente—. ¡Qué sorpresa verte tan temprano!

Lukas lo miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en la manta que Mathias sostenía torpemente frente a su cintura.

—Son las diez de la mañana, Dinamarca. No es temprano —dijo el noruego, entrando en la casa sin esperar invitación—. He venido a buscar el libro que olvidé la semana pasada. ¿Por qué estás sudando?

Mathias cerró la puerta y se apoyó contra ella, bloqueando la salida. Su terquedad y su egocentrismo afloraron; no iba a dejar que esta oportunidad pasara. En su mente, Lukas ya era suyo, solo faltaba que el cuerpo del otro se enterara.

—No es por el libro, ¿verdad? —preguntó Mathias, dando un paso hacia él. Su voz había perdido el tono infantil y se había vuelto peligrosamente baja—. Has venido porque me echabas de menos. Porque sabes que anoche soñé contigo.

Lukas enarcó una ceja, su rostro permaneciendo como una máscara de hielo.

—Has estado bebiendo de nuevo —sentenció el noruego, intentando rodearlo para ir hacia el salón—. Quítate de en medio, idiota.

Pero Mathias no se movió. En lugar de eso, atrapó la muñeca de Lukas. La piel del noruego estaba fría, un contraste delicioso con el calor que emanaba del danés.

—Escúchame, Lukas. Ya no puedo más —soltó Mathias, su mirada azul fija en la del otro—. Te amo. Lo sabes, ¿verdad? Sé que tú también sientes algo, aunque seas un tieso y te escondas detrás de tus trolls. Anoche... anoche te tuve en mis sueños. Y no voy a dejar que te vayas hasta que sea verdad.

Lukas se quedó inmóvil. Sus ojos azul oscuro vacilaron por una fracción de segundo, una grieta en su armadura de estoicismo.

—Estás loco —susurró Lukas, aunque no retiró la mano—. Suéltame, Mathias. Esto es ridículo.

—No es ridículo —insistió el danés, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. La manta cayó al suelo, dejando al descubierto la erección que tensaba su ropa interior—. Mira lo que me haces. Siente cómo estoy por ti.

Lukas bajó la mirada y un leve rubor, casi imperceptible, tiñó sus mejillas pálidas. No retrocedió. Su naturaleza curiosa y dominante, que solo mostraba a los más cercanos, empezó a emerger.

—Eres un animal, Dinamarca —dijo Lukas, y aunque sus palabras eran insultantes, su voz era un hilo de seda—. Siempre imponiendo lo que quieres.

—Solo porque sé que lo quieres tanto como yo —respondió Mathias con una sonrisa arrogante.

Sin previo aviso, Mathias lo cargó. Lukas soltó un pequeño jadeo de sorpresa, pero sus manos se cerraron sobre los hombros musculosos del danés. Lo llevó de regreso a la habitación, pateando la puerta para cerrarla.

Una vez sobre la cama, la energía de Mathias era desbordante. Empezó a besar el cuello de Lukas con desesperación, sus manos grandes y rudas buscando desesperadamente deshacerse de la ropa del noruego.

—Mathias, espera... —murmuró Lukas, intentando mantener algo de control, pero el danés estaba en su elemento, ignorando cualquier protesta que no fuera un "no" rotundo.

—No voy a esperar. He esperado siglos —gruñó Mathias contra su piel.

El danés comenzó con sus manos, bajando los pantalones de Lukas con una urgencia torpe. Cuando liberó el miembro del noruego, que ya estaba despertando a pesar de su actitud reservada, Mathias lo envolvió con su mano cálida. Empezó un movimiento rítmico, una técnica de *hand job* que buscaba la rendición inmediata del otro.

—Mírame, Norge —pidió Mathias—. Di que me quieres. Di que me deseas.

Lukas apretó los dientes, su cabeza hundiéndose en la almohada mientras el mechón flotante vibraba con fuerza.

—Eres... un pesado... —jadeó el noruego, pero sus caderas se elevaron buscando el contacto—. Hazlo ya. Deja de hablar.

Mathias rió, un sonido lleno de triunfo. Se deshizo de su propia ropa interior y se posicionó sobre él. El contacto de piel con piel, el roce de sus cuerpos en un *frottage* intenso, hizo que ambos gimieran. Mathias era robusto y corpulento, y su peso sobre Lukas parecía anclar al noruego al mundo real, lejos de sus fantasías místicas.

El danés no fue especialmente paciente, pero sí devoto. Usó su saliva y la propia lubricación del momento para preparar a Lukas, cuyos ojos estaban ahora empañados por la lujuria. Cuando finalmente se impulsó hacia adentro, ambos soltaron un grito ahogado.

—¡Lukas! —exclamó Mathias, enterrando su rostro en el hombro del otro—. Eres tan estrecho... tan perfecto.

El acto fue una mezcla de la fuerza bruta de Dinamarca y la resistencia silenciosa de Noruega. Mathias se movía con una energía inagotable, sus músculos tensándose con cada estocada. Lukas, por su parte, había abandonado su máscara de frialdad; sus dedos se clavaban en la espalda de Mathias y sus jadeos eran constantes.

—Por favor... —susurró Lukas, una súplica que rara vez salía de sus labios—. Más... Mathias, más.

Ese ruego fue el fin para la poca contención que le quedaba al danés.

—Te daré todo lo que quieras —prometió Mathias, aumentando el ritmo hasta que la cama crujió bajo ellos—. Todo. Serás mi príncipe, Lukas. Te voy a cuidar tanto que te vas a hartar de mí.

El clímax llegó como una ola rompiendo contra los fiordos. Mathias se corrió profundamente dentro de Lukas, un *creampie* cálido que selló su confesión de amor. Se desplomó sobre el noruego, respirando con dificultad, su corazón latiendo contra el de Lukas.

Pasaron varios minutos en silencio. El aire en la habitación era pesado y olía a sexo y a una tensión que finalmente se había roto. Lukas, recuperando lentamente su compostura, pasó una mano por el cabello rubio de Mathias, tirando suavemente de un mechón.

—Te has pasado, idiota —dijo Lukas, aunque no había veneno en sus palabras.

Mathias levantó la cabeza, con su sonrisa más brillante y optimista de vuelta en su rostro.

—Pero te ha gustado. Y ahora no puedes decir que no somos nada.

Lukas suspiró, cerrando los ojos.

—Supongo que ahora tendré que aguantarte todos los días.

—¡Exacto! —exclamó Mathias, dándole un beso sonoro en la mejilla—. Y voy a empezar ahora mismo. Te voy a hacer el desayuno, voy a limpiar tu casa, voy a espantar a esos trolls si te molestan...

—No te atrevas a tocar a mis amigos —advirtió Lukas con un asomo de su habitual severidad.

—Lo que tú digas, mi príncipe —rió Mathias, abrazándolo con fuerza—. Lo que tú digas.

Dinamarca cumplió su palabra. A partir de ese día, su terquedad se canalizó en una devoción absoluta. Se volvió protector, casi hasta el punto de ser asfixiante, pero para Lukas, que siempre había vivido entre la niebla y el silencio de lo sobrenatural, el calor ruidoso y constante de Mathias era, por fin, algo real a lo que aferrarse. Aunque nunca lo admitiría en voz alta, el noruego ya no podía imaginar un despertar sin el caos alegre del danés a su lado.
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