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Class of '09: The Graves Edition
Fandom: The Coffin of Andy and leyley y Class of 09
Creado: 16/6/2026
Etiquetas
OscuroPsicológicoTerrorThrillerCrimenEstudio de PersonajeLenguaje ExplícitoUso de DrogasEmbarazo Adolescente
Carne fresca en el matadero de los suburbios
El aire de este lugar apestaba a una mezcla insoportable de desinfectante barato, hormonas adolescentes y esa desesperación silenciosa que solo las instituciones públicas lograban cultivar. Andrew Graves se detuvo frente a las puertas dobles del instituto, ajustando la correa de su mochila con una parsimonia que rozaba lo arrogante. Sus ojos verdes, apagados y enmarcados por ojeras que parecían tatuadas en su piel pálida, recorrieron la fachada del edificio con un desprecio clínico.
Nuevo instituto. Nueva ciudad. El mismo teatro de mierda.
A sus diecisiete años, Andrew ya era un experto en el arte de la camuflaje social. Sabía exactamente qué máscara ponerse para que la gente "normal" no viera el vacío que cargaba dentro, o peor aún, el rastro de sangre y canibalismo que él y su hermana habían dejado atrás. Ashley no estaba con él hoy; sus padres, en un intento inútil de "normalizar" sus vidas tras los incidentes, habían decidido que Andrew debía empezar primero para "allanar el camino".
—Un nuevo comienzo —susurró para sí mismo, y su voz sonó como el crujir de hojas secas—. Qué concepto tan jodidamente hilarante.
Caminó por los pasillos, ignorando las miradas furtivas de algunos estudiantes. Con su 1.83 m de estatura y ese aire de estoicismo gélido, destacaba demasiado para su gusto. Necesitaba volverse invisible, o al menos, volverse lo suficientemente aburrido como para que nadie hiciera preguntas.
Al llegar a la oficina de administración, una mujer con el rostro permanentemente fruncido le entregó su horario sin siquiera mirarlo a los ojos. Andrew aceptó el papel con una sonrisa educada, una de esas que no llegaban a los ojos pero que servían para desarmar a los burócratas.
Su primera clase era Historia. Se sentó en la última fila, buscando el rincón más oscuro. Sin embargo, la paz duró poco. El asiento a su lado fue ocupado por una chica de cabello rubio platino que parecía cargar con más cinismo en su mirada que toda la población estudiantil junta. A su lado, otra chica, morena y con una expresión de aburrimiento crónico, masticaba chicle con una intensidad agresiva.
—¿Quién es el nuevo? —preguntó la rubia, ni siquiera bajando la voz. Su tono era mordaz, acostumbrado a diseccionar a los demás para su propio entretenimiento.
—Parece que acaba de salir de un funeral —respondió la morena, echando un vistazo rápido a Andrew—. O que está planeando uno.
Andrew no se inmutó. Mantuvo su mirada fija en el libro de texto, aunque sus oídos estaban atentos. Sabía reconocer a los depredadores sociales cuando los tenía cerca. Estas dos no eran las típicas porristas descerebradas; había una malevolencia inteligente en ellas.
—Se llama Andrew —dijo el profesor desde el frente, tratando de imponer orden—. Viene de lejos. Andrew, ¿quieres decir algo a la clase?
Andrew levantó la vista lentamente. Su rostro era una máscara de neutralidad perfecta.
—No realmente —respondió con voz plana—. Solo estoy aquí para terminar los créditos y graduarme. Nada especial.
—Un optimista, ya veo —soltó la rubia, Nicole, con una sonrisa de suficiencia—. Soy Nicole. Ella es Jeannie. Bienvenido al infierno, donde la única salida es un embarazo adolescente o una sobredosis de Adderall.
Andrew la miró fijamente. Por un momento, su fachada de "chico normal" flaqueó y dejó ver una chispa de ese humor negro y seco que compartía con Ashley.
—Prefiero la sobredosis —dijo él, volviendo a su libro—. Es menos ruidosa a largo plazo.
Nicole enarcó una ceja, visiblemente sorprendida por la respuesta. Jeannie soltó una risita seca.
—Me gusta este —murmuró Jeannie—. Tiene ese aura de "voy a tirotear el colegio" que tanto nos falta este semestre.
—No soy de los que buscan atención —replicó Andrew sin mirarlas—. El caos es más efectivo cuando nadie sabe quién puso la mecha.
Durante el resto de la mañana, Andrew se dedicó a observar. El instituto era un ecosistema fascinante de mediocridad. Vio a los deportistas fanfarronear, a los marginados esconderse en las sombras y a los profesores fingir que les importaba algo más que su cheque mensual. Para Andrew, todos eran piezas de un tablero que aún no había decidido si quería jugar o simplemente prender fuego.
En el almuerzo, buscó una mesa aislada en el patio, pero el destino —o la falta de entretenimiento de Nicole— tenía otros planes. Ella y Jeannie se sentaron frente a él sin invitación.
—Así que, Andrew —comenzó Nicole, apoyando la barbilla en su mano—, ¿qué es lo que realmente haces? Y no me digas que estudiar. Tienes cara de tener secretos enterrados en el jardín. Literalmente.
Andrew sintió una punzada de irritación, pero la ocultó bajo una capa de pragmatismo. Estas chicas eran peligrosas porque eran observadoras. Si intentaba ser demasiado normal, sospecharían. Si era demasiado raro, lo investigarían. Tenía que encontrar el equilibrio del "nihilista inofensivo".
—Mis padres se mudan mucho —dijo Andrew, pinchando una pieza de fruta con el tenedor—. Problemas de trabajo, problemas legales... lo habitual en una familia disfuncional. Yo solo trato de mantener la cabeza baja.
—Qué aburrido —bufó Nicole—. Yo esperaba algo más... satánico. Con ese pelo y esas ojeras, pareces el protagonista de una película de culto que acaba matando a todos en el tercer acto.
—La realidad suele ser más decepcionante que la ficción, Nicole —respondió él, dándole un mordisco a la manzana. Su tono era gélido—. Pero si te hace sentir mejor, puedes imaginar lo que quieras. La gente siempre proyecta sus propias inseguridades en los demás.
—Vaya, además de gótico es psicólogo de pacotilla —se burló Jeannie—. ¿Vas a decirnos que la sociedad es una construcción y que nada importa?
—La sociedad es una construcción necesaria para que los idiotas no se maten entre ellos en los semáforos —corrigió Andrew, mostrando finalmente un poco de su verdadera naturaleza—. Y nada importa, sí, pero eso es liberador. Significa que puedes hacer lo que quieras, siempre que seas lo suficientemente listo para que no te atrapen.
Nicole entrecerró los ojos, evaluándolo. Había algo en Andrew que no encajaba con el resto de los chicos que conocía. No era un desesperado buscando validación, ni un idiota tratando de ser "profundo". Era genuinamente frío. Un sociópata que sabía cómo saludar a los vecinos.
—Me caes bien —decidió Nicole finalmente—. Eres lo más interesante que ha pasado por aquí desde que el profesor de gimnasia fue arrestado por posesión de pornografía infantil.
—Es un honor —dijo Andrew con sarcasmo pesado—. Casi puedo sentir cómo mi vida cobra sentido.
—No te acostumbres —advirtió Jeannie—. Nicole suele descartar sus juguetes nuevos en una semana.
—No soy el juguete de nadie —dijo Andrew, y esta vez, su voz tenía un filo dominante que hizo que ambas chicas guardaran silencio por un segundo—. No me malinterpreten. No estoy aquí para hacer amigos, ni para formar parte de su pequeño círculo de cinismo adolescente. Solo quiero que me dejen en paz.
Nicole soltó una carcajada auténtica, una que atrajo las miradas de las mesas cercanas.
—Oh, Andrew. Decirle eso a alguien como yo es como ponerle un filete delante a un lobo. Ahora voy a asegurarme de que tu vida sea un caos absoluto solo por el placer de verte romper esa cara de piedra que tienes.
Andrew suspiró, cerrando los ojos por un momento. Pensó en Ashley. Ella probablemente habría intentado matar a Nicole para entonces, o al menos habría planeado cómo usarla para algún sacrificio ritual. Él era más pragmático. Sabía que pelear con personas como Nicole era un desperdicio de energía.
—Haz lo que quieras —dijo Andrew, levantándose y recogiendo su bandeja—. Pero recuerda que el que juega con fuego no siempre termina quemándose solo. A veces, simplemente disfruta viendo cómo arde el resto del mundo.
Se alejó sin mirar atrás, sintiendo la mirada de Nicole clavada en su espalda. Mientras caminaba hacia su siguiente clase, Andrew empezó a trazar un plan en su mente. Este lugar era un nido de víboras, y Nicole era claramente la reina. Si quería sobrevivir sin llamar la atención de las autoridades, tendría que manipular la situación a su favor.
Quizás Nicole podría ser útil. Quizás este instituto necesitaba un poco de la oscuridad que él y Ashley traían consigo.
Al entrar al aula de Química, Andrew se sentó y sacó su cuaderno. En la primera página, donde otros estudiantes escribían sus nombres o dibujaban garabatos, él escribió una sola frase en letra pequeña y pulcra:
"El hambre siempre encuentra el camino de vuelta a casa."
Se permitió una pequeña y cruel sonrisa. El instituto de esta ciudad no sabía lo que le esperaba. Andrew Graves no era una víctima, ni un estudiante nuevo buscando encajar. Era un depredador que acababa de encontrar un nuevo coto de caza, y el hecho de que hubiera encontrado a dos chicas tan retorcidas como Nicole y Jeannie solo hacía que el juego fuera mucho más entretenido.
—Andrew —susurró una voz a su espalda.
Se giró ligeramente para ver a un chico de aspecto nervioso, con gafas gruesas y las manos temblorosas.
—¿Sí? —preguntó Andrew, su voz volviendo a ser la de un estudiante educado.
—¿Es verdad lo que dicen? ¿Que vienes de esa ciudad donde hubo esos asesinatos... los de la familia que desapareció?
Andrew lo miró fijamente. El silencio se prolongó lo suficiente como para que el chico empezara a sudar. Andrew se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos hasta que el chico pudo ver el vacío absoluto en sus ojos verdes.
—Dicen muchas cosas, ¿verdad? —susurró Andrew, con una suavidad que resultaba aterradora—. Pero si fuera tú, dejaría de escuchar los chismes. A veces, la curiosidad no solo mata al gato. A veces, lo cocina y se lo come.
El chico palideció y se hundió en su asiento, sin volver a dirigirle la palabra en toda la hora.
Andrew volvió a su cuaderno, satisfecho. Sí, este lugar tenía potencial. Solo tenía que ser paciente. Ashley llegaría en unas semanas, y para entonces, él ya tendría el control de las sombras de este instituto.
Después de todo, un Graves nunca se queda con hambre por mucho tiempo.
Al salir de clase, el sol de la tarde golpeaba el asfalto, creando espejismos de calor. Andrew caminó hacia la salida, cruzándose de nuevo con Nicole, quien estaba apoyada contra una pared, fumando un cigarrillo a pesar de las reglas.
—Nos vemos mañana, psicópata —le gritó ella con un gesto de la mano.
Andrew no respondió con palabras. Simplemente levantó una mano en un saludo lánguido, sin detener su paso. Tenía mucho trabajo que hacer. Tenía que limpiar la casa, preparar la despensa y asegurarse de que el rastro de su pasado estuviera bien sepultado bajo capas de indiferencia.
Mientras caminaba hacia su nuevo hogar, Andrew sintió una extraña sensación de calma. El mundo exterior podía ser caótico, cruel e hipócrita, pero él era el maestro de su propio microcosmos. No importaba en qué instituto lo metieran, no importaba cuántas "Nicoles" intentaran descifrarlo.
Él era Andrew Graves. Y en un mundo lleno de presas que se creían cazadores, él era el único que sabía exactamente qué sabor tenía la desesperación ajena.
—Que empiece el espectáculo —murmuró, desapareciendo tras la esquina de una calle arbolada, dejando atrás el edificio del instituto como quien deja una tumba recién cavada.
Nuevo instituto. Nueva ciudad. El mismo teatro de mierda.
A sus diecisiete años, Andrew ya era un experto en el arte de la camuflaje social. Sabía exactamente qué máscara ponerse para que la gente "normal" no viera el vacío que cargaba dentro, o peor aún, el rastro de sangre y canibalismo que él y su hermana habían dejado atrás. Ashley no estaba con él hoy; sus padres, en un intento inútil de "normalizar" sus vidas tras los incidentes, habían decidido que Andrew debía empezar primero para "allanar el camino".
—Un nuevo comienzo —susurró para sí mismo, y su voz sonó como el crujir de hojas secas—. Qué concepto tan jodidamente hilarante.
Caminó por los pasillos, ignorando las miradas furtivas de algunos estudiantes. Con su 1.83 m de estatura y ese aire de estoicismo gélido, destacaba demasiado para su gusto. Necesitaba volverse invisible, o al menos, volverse lo suficientemente aburrido como para que nadie hiciera preguntas.
Al llegar a la oficina de administración, una mujer con el rostro permanentemente fruncido le entregó su horario sin siquiera mirarlo a los ojos. Andrew aceptó el papel con una sonrisa educada, una de esas que no llegaban a los ojos pero que servían para desarmar a los burócratas.
Su primera clase era Historia. Se sentó en la última fila, buscando el rincón más oscuro. Sin embargo, la paz duró poco. El asiento a su lado fue ocupado por una chica de cabello rubio platino que parecía cargar con más cinismo en su mirada que toda la población estudiantil junta. A su lado, otra chica, morena y con una expresión de aburrimiento crónico, masticaba chicle con una intensidad agresiva.
—¿Quién es el nuevo? —preguntó la rubia, ni siquiera bajando la voz. Su tono era mordaz, acostumbrado a diseccionar a los demás para su propio entretenimiento.
—Parece que acaba de salir de un funeral —respondió la morena, echando un vistazo rápido a Andrew—. O que está planeando uno.
Andrew no se inmutó. Mantuvo su mirada fija en el libro de texto, aunque sus oídos estaban atentos. Sabía reconocer a los depredadores sociales cuando los tenía cerca. Estas dos no eran las típicas porristas descerebradas; había una malevolencia inteligente en ellas.
—Se llama Andrew —dijo el profesor desde el frente, tratando de imponer orden—. Viene de lejos. Andrew, ¿quieres decir algo a la clase?
Andrew levantó la vista lentamente. Su rostro era una máscara de neutralidad perfecta.
—No realmente —respondió con voz plana—. Solo estoy aquí para terminar los créditos y graduarme. Nada especial.
—Un optimista, ya veo —soltó la rubia, Nicole, con una sonrisa de suficiencia—. Soy Nicole. Ella es Jeannie. Bienvenido al infierno, donde la única salida es un embarazo adolescente o una sobredosis de Adderall.
Andrew la miró fijamente. Por un momento, su fachada de "chico normal" flaqueó y dejó ver una chispa de ese humor negro y seco que compartía con Ashley.
—Prefiero la sobredosis —dijo él, volviendo a su libro—. Es menos ruidosa a largo plazo.
Nicole enarcó una ceja, visiblemente sorprendida por la respuesta. Jeannie soltó una risita seca.
—Me gusta este —murmuró Jeannie—. Tiene ese aura de "voy a tirotear el colegio" que tanto nos falta este semestre.
—No soy de los que buscan atención —replicó Andrew sin mirarlas—. El caos es más efectivo cuando nadie sabe quién puso la mecha.
Durante el resto de la mañana, Andrew se dedicó a observar. El instituto era un ecosistema fascinante de mediocridad. Vio a los deportistas fanfarronear, a los marginados esconderse en las sombras y a los profesores fingir que les importaba algo más que su cheque mensual. Para Andrew, todos eran piezas de un tablero que aún no había decidido si quería jugar o simplemente prender fuego.
En el almuerzo, buscó una mesa aislada en el patio, pero el destino —o la falta de entretenimiento de Nicole— tenía otros planes. Ella y Jeannie se sentaron frente a él sin invitación.
—Así que, Andrew —comenzó Nicole, apoyando la barbilla en su mano—, ¿qué es lo que realmente haces? Y no me digas que estudiar. Tienes cara de tener secretos enterrados en el jardín. Literalmente.
Andrew sintió una punzada de irritación, pero la ocultó bajo una capa de pragmatismo. Estas chicas eran peligrosas porque eran observadoras. Si intentaba ser demasiado normal, sospecharían. Si era demasiado raro, lo investigarían. Tenía que encontrar el equilibrio del "nihilista inofensivo".
—Mis padres se mudan mucho —dijo Andrew, pinchando una pieza de fruta con el tenedor—. Problemas de trabajo, problemas legales... lo habitual en una familia disfuncional. Yo solo trato de mantener la cabeza baja.
—Qué aburrido —bufó Nicole—. Yo esperaba algo más... satánico. Con ese pelo y esas ojeras, pareces el protagonista de una película de culto que acaba matando a todos en el tercer acto.
—La realidad suele ser más decepcionante que la ficción, Nicole —respondió él, dándole un mordisco a la manzana. Su tono era gélido—. Pero si te hace sentir mejor, puedes imaginar lo que quieras. La gente siempre proyecta sus propias inseguridades en los demás.
—Vaya, además de gótico es psicólogo de pacotilla —se burló Jeannie—. ¿Vas a decirnos que la sociedad es una construcción y que nada importa?
—La sociedad es una construcción necesaria para que los idiotas no se maten entre ellos en los semáforos —corrigió Andrew, mostrando finalmente un poco de su verdadera naturaleza—. Y nada importa, sí, pero eso es liberador. Significa que puedes hacer lo que quieras, siempre que seas lo suficientemente listo para que no te atrapen.
Nicole entrecerró los ojos, evaluándolo. Había algo en Andrew que no encajaba con el resto de los chicos que conocía. No era un desesperado buscando validación, ni un idiota tratando de ser "profundo". Era genuinamente frío. Un sociópata que sabía cómo saludar a los vecinos.
—Me caes bien —decidió Nicole finalmente—. Eres lo más interesante que ha pasado por aquí desde que el profesor de gimnasia fue arrestado por posesión de pornografía infantil.
—Es un honor —dijo Andrew con sarcasmo pesado—. Casi puedo sentir cómo mi vida cobra sentido.
—No te acostumbres —advirtió Jeannie—. Nicole suele descartar sus juguetes nuevos en una semana.
—No soy el juguete de nadie —dijo Andrew, y esta vez, su voz tenía un filo dominante que hizo que ambas chicas guardaran silencio por un segundo—. No me malinterpreten. No estoy aquí para hacer amigos, ni para formar parte de su pequeño círculo de cinismo adolescente. Solo quiero que me dejen en paz.
Nicole soltó una carcajada auténtica, una que atrajo las miradas de las mesas cercanas.
—Oh, Andrew. Decirle eso a alguien como yo es como ponerle un filete delante a un lobo. Ahora voy a asegurarme de que tu vida sea un caos absoluto solo por el placer de verte romper esa cara de piedra que tienes.
Andrew suspiró, cerrando los ojos por un momento. Pensó en Ashley. Ella probablemente habría intentado matar a Nicole para entonces, o al menos habría planeado cómo usarla para algún sacrificio ritual. Él era más pragmático. Sabía que pelear con personas como Nicole era un desperdicio de energía.
—Haz lo que quieras —dijo Andrew, levantándose y recogiendo su bandeja—. Pero recuerda que el que juega con fuego no siempre termina quemándose solo. A veces, simplemente disfruta viendo cómo arde el resto del mundo.
Se alejó sin mirar atrás, sintiendo la mirada de Nicole clavada en su espalda. Mientras caminaba hacia su siguiente clase, Andrew empezó a trazar un plan en su mente. Este lugar era un nido de víboras, y Nicole era claramente la reina. Si quería sobrevivir sin llamar la atención de las autoridades, tendría que manipular la situación a su favor.
Quizás Nicole podría ser útil. Quizás este instituto necesitaba un poco de la oscuridad que él y Ashley traían consigo.
Al entrar al aula de Química, Andrew se sentó y sacó su cuaderno. En la primera página, donde otros estudiantes escribían sus nombres o dibujaban garabatos, él escribió una sola frase en letra pequeña y pulcra:
"El hambre siempre encuentra el camino de vuelta a casa."
Se permitió una pequeña y cruel sonrisa. El instituto de esta ciudad no sabía lo que le esperaba. Andrew Graves no era una víctima, ni un estudiante nuevo buscando encajar. Era un depredador que acababa de encontrar un nuevo coto de caza, y el hecho de que hubiera encontrado a dos chicas tan retorcidas como Nicole y Jeannie solo hacía que el juego fuera mucho más entretenido.
—Andrew —susurró una voz a su espalda.
Se giró ligeramente para ver a un chico de aspecto nervioso, con gafas gruesas y las manos temblorosas.
—¿Sí? —preguntó Andrew, su voz volviendo a ser la de un estudiante educado.
—¿Es verdad lo que dicen? ¿Que vienes de esa ciudad donde hubo esos asesinatos... los de la familia que desapareció?
Andrew lo miró fijamente. El silencio se prolongó lo suficiente como para que el chico empezara a sudar. Andrew se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos hasta que el chico pudo ver el vacío absoluto en sus ojos verdes.
—Dicen muchas cosas, ¿verdad? —susurró Andrew, con una suavidad que resultaba aterradora—. Pero si fuera tú, dejaría de escuchar los chismes. A veces, la curiosidad no solo mata al gato. A veces, lo cocina y se lo come.
El chico palideció y se hundió en su asiento, sin volver a dirigirle la palabra en toda la hora.
Andrew volvió a su cuaderno, satisfecho. Sí, este lugar tenía potencial. Solo tenía que ser paciente. Ashley llegaría en unas semanas, y para entonces, él ya tendría el control de las sombras de este instituto.
Después de todo, un Graves nunca se queda con hambre por mucho tiempo.
Al salir de clase, el sol de la tarde golpeaba el asfalto, creando espejismos de calor. Andrew caminó hacia la salida, cruzándose de nuevo con Nicole, quien estaba apoyada contra una pared, fumando un cigarrillo a pesar de las reglas.
—Nos vemos mañana, psicópata —le gritó ella con un gesto de la mano.
Andrew no respondió con palabras. Simplemente levantó una mano en un saludo lánguido, sin detener su paso. Tenía mucho trabajo que hacer. Tenía que limpiar la casa, preparar la despensa y asegurarse de que el rastro de su pasado estuviera bien sepultado bajo capas de indiferencia.
Mientras caminaba hacia su nuevo hogar, Andrew sintió una extraña sensación de calma. El mundo exterior podía ser caótico, cruel e hipócrita, pero él era el maestro de su propio microcosmos. No importaba en qué instituto lo metieran, no importaba cuántas "Nicoles" intentaran descifrarlo.
Él era Andrew Graves. Y en un mundo lleno de presas que se creían cazadores, él era el único que sabía exactamente qué sabor tenía la desesperación ajena.
—Que empiece el espectáculo —murmuró, desapareciendo tras la esquina de una calle arbolada, dejando atrás el edificio del instituto como quien deja una tumba recién cavada.
