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Love and hot love
Fandom: Barcelona
Creado: 16/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaAmbientación CanonLenguaje ExplícitoPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Almas GemelasDramaCelosOscuroUA (Universo Alternativo)Realismo
Entre balones y suspiros
El aire de Barcelona tenía un aroma diferente esa tarde, una mezcla de salitre, césped recién cortado y esa calidez que solo el hogar sabe desprender. Emily Gonzales bajó del taxi frente a la moderna casa de su hermano, Pedri, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza inusitada. Habían sido dos años de intercambio en Londres, dos años de videollamadas a deshoras, de extrañar las bromas de su hermano y, sobre todo, de intentar olvidar esos ojos azules que la perseguían en sueños.
Caminó hacia la entrada principal con su maleta de mano, usando la llave que aún conservaba. No había avisado a nadie. Quería que el reencuentro fuera real, sin filtros de Instagram de por medio. Al entrar, el silencio de la casa la sorprendió, pero pronto escuchó risas y el sonido de la Play Station proveniente del salón principal.
— ¡Te dije que no le pasaras el balón a Lewandowski si estaba marcado, tronco! —La voz de su hermano, Pedri, resonó con esa calma canaria que tanto había extrañado.
— ¡Cállate, Pedri! Estaba solo, te juro que el mando me hizo un extraño —respondió otra voz. Una voz más profunda, ronca, que envió un escalofrío directo a la columna de Emily.
Era él. Pablo Gavi. El niño prodigio que había dejado de ser un niño para convertirse en un hombre de hombros anchos, mandíbula marcada y una mirada azul eléctrica capaz de derretir el hielo.
Emily se asomó por el marco de la puerta. Allí estaban los dos, sentados en el sofá de cuero. Pedri, con su cabello castaño algo despeinado y su altura promedio, concentrado en la pantalla. Y a su lado, Gavi. Dios, Gavi estaba más alto de lo que recordaba, su constitución física era ahora la de un atleta de élite, y su perfil castaño parecía esculpido por los mismos dioses.
— Parece que el Barça sigue necesitando clases de estrategia —dijo Emily, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco.
El silencio que siguió fue absoluto. Pedri soltó el mando, que cayó sobre la alfombra con un golpe seco. Gavi se quedó petrificado, con los ojos azules clavados en la figura de la chica que acababa de entrar. Emily estaba radiante: sus 22 años le habían sentado de maravilla, su cabello castaño caía en ondas sobre sus hombros y sus ojos brillaban con una picardía que Gavi conocía demasiado bien.
— ¿Emily? —Pedri se levantó de un salto, tropezando con la mesa de centro—. ¡Emily!
— ¡Sorpresa, hermanito! —rio ella mientras recibía el abrazo de Pedri, quien la levantó del suelo girándola en el aire.
— ¡No me lo creo! Dijiste que volvías el mes que viene —exclamó Pedri, apartándose para mirarla bien—. Estás... estás enorme. Bueno, no enorme, ya sabes a qué me refiero.
— Yo también te extrañé, Pedri —dijo ella, pero sus ojos se desviaron inevitablemente hacia el sofá.
Gavi se había levantado lentamente. Su mirada café azulada ardía. No era la mirada de un amigo de la familia, era la mirada de un depredador que acababa de reencontrar a su presa favorita.
— Hola, Emily —dijo Gavi. Su voz era un susurro vibrante que hizo que a ella se le erizara la piel.
— Hola, Pablo —respondió ella, tratando de mantener la compostura—. Veo que sigues perdiendo contra mi hermano.
— Algunas cosas nunca cambian —sonrió él, y esa sonrisa ladeada fue su perdición.
La cena fue una mezcla de anécdotas de Londres y risas. Pedri estaba eufórico, pero Emily sentía la tensión eléctrica que emanaba de Gavi cada vez que sus rodillas se rozaban bajo la mesa o cuando él le pasaba el vino, dejando que sus dedos se demoraran un segundo de más sobre los de ella.
Cerca de la medianoche, Pedri, agotado por el entrenamiento de la mañana y la emoción, se despidió.
— Me caigo de sueño, de verdad. Emily, tu habitación está lista, mamá vino a prepararla ayer. Pablo, quédate si quieres, hay sitio de sobra.
— Me quedaré un rato más, Pedri. Quiero terminar de ponerme al día con tu hermana —dijo Gavi, sin apartar la vista de Emily.
— Vale, pero no la aburras con tus historias del entrenamiento —bostezó el canario mientras subía las escaleras.
En cuanto el sonido de los pasos de Pedri desapareció, el ambiente en el salón cambió drásticamente. El aire se volvió denso, pesado de deseo contenido durante años.
— Así que te pusiste al día, ¿eh? —susurró Emily, acercándose a la ventana que daba al jardín.
Gavi se levantó y caminó hacia ella. Se detuvo justo detrás, lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo.
— No tienes idea de lo que han sido estos dos años, Emily —dijo él, rodeando su cintura con sus brazos fuertes—. Cada vez que Pedri me enseñaba una foto tuya, sentía que me volvía loco.
— Pablo... somos amigos, mi hermano se moriría si... —empezó a decir ella, pero se interrumpió cuando él enterró la cara en su cuello, aspirando su perfume.
— Tu hermano no está aquí ahora mismo —murmuró Gavi contra su piel—. Y yo ya no soy el crío que dejaste atrás.
Gavi la giró con suavidad pero con firmeza. Sus ojos azules estaban oscurecidos por la pasión. Sin decir una palabra más, la besó. Fue un beso hambriento, desesperado, que sabía a anhelo y a años de espera. Emily enredó sus dedos en el cabello castaño de Gavi, atrayéndolo más hacia ella, mientras él la alzaba para sentarla sobre la encimera de la cocina, que estaba a pocos metros.
— Te he deseado tanto —jadeó él entre besos, bajando sus manos por los muslos de Emily—. Cada noche, Emily.
La ropa empezó a estorbar. Gavi se deshizo de su camiseta, revelando un torso perfectamente definido, fruto de horas de gimnasio y campo. Emily acarició sus abdominales, maravillada por el cambio físico del chico. Él, por su parte, desabrochó con agilidad el vestido de ella, dejando que la tela cayera al suelo.
— Eres hermosa —susurró él, admirándola bajo la tenue luz de la cocina.
Lo que siguió fue un torbellino de sensaciones. Gavi la tomó allí mismo, con una urgencia que solo nace del amor y el deseo acumulado. Cada gemido de Emily era ahogado por los besos de él, temerosos de despertar a Pedri, lo que solo añadía una capa de adrenalina a la situación. Sus cuerpos se movían en una danza perfecta, reconociéndose, reclamándose. Gavi era intenso, posesivo, pero a la vez increíblemente atento a cada reacción de ella.
Cuando finalmente alcanzaron el clímax juntos, se quedaron abrazados, jadeantes, con el corazón latiendo al unísono.
— No voy a dejar que te vuelvas a ir —susurró Gavi, besando su frente.
Al día siguiente, el sol de Barcelona entró con fuerza por la ventana de la habitación de Emily. Se despertó sintiendo un brazo pesado y musculoso rodeando su cintura. Se giró para encontrar a Gavi observándola con una ternura que le encogió el corazón.
— Buenos días —dijo él, con la voz ronca por el sueño.
— Buenos días —sonrió ella, acurrucándose en su pecho.
— Emily, he estado pensando toda la noche. Bueno, en realidad he estado pensando esto desde que tenías veinte y te fuiste al aeropuerto —Gavi se incorporó un poco, mirándola fijamente a los ojos—. No quiero ser el secreto de una noche. No quiero esconderme de tu hermano, aunque me dé una paliza.
Emily lo miró sorprendida.
— ¿Qué estás diciendo, Pablo?
— Te quiero, Emily. Siempre te he querido. Sé que soy joven, pero sé lo que quiero, y lo que quiero es que seas mi novia. Oficialmente. Delante de Pedri, delante del mundo, delante de quien sea.
El corazón de Emily dio un vuelco.
— ¿Lo dices en serio? ¿Incluso con la prensa y todo lo que conlleva?
— Me importa una mierda la prensa —dijo él, acercándose para besarla dulcemente—. Solo me importas tú. ¿Quieres ser mi novia?
Emily no pudo evitar que una lágrima de felicidad rodara por su mejilla.
— Sí, Pablo. Claro que quiero.
Gavi sonrió de oreja a oreja y la tumbó de nuevo en la cama, cubriéndola con su cuerpo.
— Bien, porque ahora que eres mi novia, tengo que recordarte lo mucho que te extrañé anoche... otra vez.
— Pablo, Pedri debe de estar a punto de bajar a desayunar —rio ella, aunque sus manos ya buscaban la espalda de él.
— Que espere —murmuró Gavi contra sus labios—. El entrenamiento no empieza hasta las once.
La pasión volvió a encenderse, esta vez con la tranquilidad de saber que no era algo pasajero. Entre sábanas revueltas y promesas susurradas, Emily supo que su intercambio había terminado, pero que la verdadera aventura de su vida acababa de empezar en los brazos del 6 del Barça.
Unas horas más tarde, ambos bajaron a la cocina, tomados de la mano. Pedri estaba tomando café, mirando su móvil distraídamente. Al verlos entrar así, se quedó con la taza a medio camino de la boca.
— A ver —dijo Pedri, mirando sus manos entrelazadas y luego las caras radiantes de ambos—. O Gavi se ha vuelto loco, o mi hermana ha perdido el juicio, o finalmente ha pasado lo que sabía que iba a pasar desde que teníais quince años.
— Pedri... —empezó Emily.
— No digas nada —interrumpió el canario con una sonrisa resignada—. Solo... Gavi, si le haces daño, te juro que le pido a Xavi que no te saque de titular en toda la temporada.
— No habrá necesidad de eso, hermano —respondió Gavi, apretando la mano de Emily—. Pienso cuidarla mejor que a mi propia vida.
Y bajo la luz del mediodía, el salón de la casa se llenó de una paz nueva. Emily había vuelto a casa, y esta vez, el hogar tenía el color azul de los ojos de Pablo Gavi.
Caminó hacia la entrada principal con su maleta de mano, usando la llave que aún conservaba. No había avisado a nadie. Quería que el reencuentro fuera real, sin filtros de Instagram de por medio. Al entrar, el silencio de la casa la sorprendió, pero pronto escuchó risas y el sonido de la Play Station proveniente del salón principal.
— ¡Te dije que no le pasaras el balón a Lewandowski si estaba marcado, tronco! —La voz de su hermano, Pedri, resonó con esa calma canaria que tanto había extrañado.
— ¡Cállate, Pedri! Estaba solo, te juro que el mando me hizo un extraño —respondió otra voz. Una voz más profunda, ronca, que envió un escalofrío directo a la columna de Emily.
Era él. Pablo Gavi. El niño prodigio que había dejado de ser un niño para convertirse en un hombre de hombros anchos, mandíbula marcada y una mirada azul eléctrica capaz de derretir el hielo.
Emily se asomó por el marco de la puerta. Allí estaban los dos, sentados en el sofá de cuero. Pedri, con su cabello castaño algo despeinado y su altura promedio, concentrado en la pantalla. Y a su lado, Gavi. Dios, Gavi estaba más alto de lo que recordaba, su constitución física era ahora la de un atleta de élite, y su perfil castaño parecía esculpido por los mismos dioses.
— Parece que el Barça sigue necesitando clases de estrategia —dijo Emily, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco.
El silencio que siguió fue absoluto. Pedri soltó el mando, que cayó sobre la alfombra con un golpe seco. Gavi se quedó petrificado, con los ojos azules clavados en la figura de la chica que acababa de entrar. Emily estaba radiante: sus 22 años le habían sentado de maravilla, su cabello castaño caía en ondas sobre sus hombros y sus ojos brillaban con una picardía que Gavi conocía demasiado bien.
— ¿Emily? —Pedri se levantó de un salto, tropezando con la mesa de centro—. ¡Emily!
— ¡Sorpresa, hermanito! —rio ella mientras recibía el abrazo de Pedri, quien la levantó del suelo girándola en el aire.
— ¡No me lo creo! Dijiste que volvías el mes que viene —exclamó Pedri, apartándose para mirarla bien—. Estás... estás enorme. Bueno, no enorme, ya sabes a qué me refiero.
— Yo también te extrañé, Pedri —dijo ella, pero sus ojos se desviaron inevitablemente hacia el sofá.
Gavi se había levantado lentamente. Su mirada café azulada ardía. No era la mirada de un amigo de la familia, era la mirada de un depredador que acababa de reencontrar a su presa favorita.
— Hola, Emily —dijo Gavi. Su voz era un susurro vibrante que hizo que a ella se le erizara la piel.
— Hola, Pablo —respondió ella, tratando de mantener la compostura—. Veo que sigues perdiendo contra mi hermano.
— Algunas cosas nunca cambian —sonrió él, y esa sonrisa ladeada fue su perdición.
La cena fue una mezcla de anécdotas de Londres y risas. Pedri estaba eufórico, pero Emily sentía la tensión eléctrica que emanaba de Gavi cada vez que sus rodillas se rozaban bajo la mesa o cuando él le pasaba el vino, dejando que sus dedos se demoraran un segundo de más sobre los de ella.
Cerca de la medianoche, Pedri, agotado por el entrenamiento de la mañana y la emoción, se despidió.
— Me caigo de sueño, de verdad. Emily, tu habitación está lista, mamá vino a prepararla ayer. Pablo, quédate si quieres, hay sitio de sobra.
— Me quedaré un rato más, Pedri. Quiero terminar de ponerme al día con tu hermana —dijo Gavi, sin apartar la vista de Emily.
— Vale, pero no la aburras con tus historias del entrenamiento —bostezó el canario mientras subía las escaleras.
En cuanto el sonido de los pasos de Pedri desapareció, el ambiente en el salón cambió drásticamente. El aire se volvió denso, pesado de deseo contenido durante años.
— Así que te pusiste al día, ¿eh? —susurró Emily, acercándose a la ventana que daba al jardín.
Gavi se levantó y caminó hacia ella. Se detuvo justo detrás, lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo.
— No tienes idea de lo que han sido estos dos años, Emily —dijo él, rodeando su cintura con sus brazos fuertes—. Cada vez que Pedri me enseñaba una foto tuya, sentía que me volvía loco.
— Pablo... somos amigos, mi hermano se moriría si... —empezó a decir ella, pero se interrumpió cuando él enterró la cara en su cuello, aspirando su perfume.
— Tu hermano no está aquí ahora mismo —murmuró Gavi contra su piel—. Y yo ya no soy el crío que dejaste atrás.
Gavi la giró con suavidad pero con firmeza. Sus ojos azules estaban oscurecidos por la pasión. Sin decir una palabra más, la besó. Fue un beso hambriento, desesperado, que sabía a anhelo y a años de espera. Emily enredó sus dedos en el cabello castaño de Gavi, atrayéndolo más hacia ella, mientras él la alzaba para sentarla sobre la encimera de la cocina, que estaba a pocos metros.
— Te he deseado tanto —jadeó él entre besos, bajando sus manos por los muslos de Emily—. Cada noche, Emily.
La ropa empezó a estorbar. Gavi se deshizo de su camiseta, revelando un torso perfectamente definido, fruto de horas de gimnasio y campo. Emily acarició sus abdominales, maravillada por el cambio físico del chico. Él, por su parte, desabrochó con agilidad el vestido de ella, dejando que la tela cayera al suelo.
— Eres hermosa —susurró él, admirándola bajo la tenue luz de la cocina.
Lo que siguió fue un torbellino de sensaciones. Gavi la tomó allí mismo, con una urgencia que solo nace del amor y el deseo acumulado. Cada gemido de Emily era ahogado por los besos de él, temerosos de despertar a Pedri, lo que solo añadía una capa de adrenalina a la situación. Sus cuerpos se movían en una danza perfecta, reconociéndose, reclamándose. Gavi era intenso, posesivo, pero a la vez increíblemente atento a cada reacción de ella.
Cuando finalmente alcanzaron el clímax juntos, se quedaron abrazados, jadeantes, con el corazón latiendo al unísono.
— No voy a dejar que te vuelvas a ir —susurró Gavi, besando su frente.
Al día siguiente, el sol de Barcelona entró con fuerza por la ventana de la habitación de Emily. Se despertó sintiendo un brazo pesado y musculoso rodeando su cintura. Se giró para encontrar a Gavi observándola con una ternura que le encogió el corazón.
— Buenos días —dijo él, con la voz ronca por el sueño.
— Buenos días —sonrió ella, acurrucándose en su pecho.
— Emily, he estado pensando toda la noche. Bueno, en realidad he estado pensando esto desde que tenías veinte y te fuiste al aeropuerto —Gavi se incorporó un poco, mirándola fijamente a los ojos—. No quiero ser el secreto de una noche. No quiero esconderme de tu hermano, aunque me dé una paliza.
Emily lo miró sorprendida.
— ¿Qué estás diciendo, Pablo?
— Te quiero, Emily. Siempre te he querido. Sé que soy joven, pero sé lo que quiero, y lo que quiero es que seas mi novia. Oficialmente. Delante de Pedri, delante del mundo, delante de quien sea.
El corazón de Emily dio un vuelco.
— ¿Lo dices en serio? ¿Incluso con la prensa y todo lo que conlleva?
— Me importa una mierda la prensa —dijo él, acercándose para besarla dulcemente—. Solo me importas tú. ¿Quieres ser mi novia?
Emily no pudo evitar que una lágrima de felicidad rodara por su mejilla.
— Sí, Pablo. Claro que quiero.
Gavi sonrió de oreja a oreja y la tumbó de nuevo en la cama, cubriéndola con su cuerpo.
— Bien, porque ahora que eres mi novia, tengo que recordarte lo mucho que te extrañé anoche... otra vez.
— Pablo, Pedri debe de estar a punto de bajar a desayunar —rio ella, aunque sus manos ya buscaban la espalda de él.
— Que espere —murmuró Gavi contra sus labios—. El entrenamiento no empieza hasta las once.
La pasión volvió a encenderse, esta vez con la tranquilidad de saber que no era algo pasajero. Entre sábanas revueltas y promesas susurradas, Emily supo que su intercambio había terminado, pero que la verdadera aventura de su vida acababa de empezar en los brazos del 6 del Barça.
Unas horas más tarde, ambos bajaron a la cocina, tomados de la mano. Pedri estaba tomando café, mirando su móvil distraídamente. Al verlos entrar así, se quedó con la taza a medio camino de la boca.
— A ver —dijo Pedri, mirando sus manos entrelazadas y luego las caras radiantes de ambos—. O Gavi se ha vuelto loco, o mi hermana ha perdido el juicio, o finalmente ha pasado lo que sabía que iba a pasar desde que teníais quince años.
— Pedri... —empezó Emily.
— No digas nada —interrumpió el canario con una sonrisa resignada—. Solo... Gavi, si le haces daño, te juro que le pido a Xavi que no te saque de titular en toda la temporada.
— No habrá necesidad de eso, hermano —respondió Gavi, apretando la mano de Emily—. Pienso cuidarla mejor que a mi propia vida.
Y bajo la luz del mediodía, el salón de la casa se llenó de una paz nueva. Emily había vuelto a casa, y esta vez, el hogar tenía el color azul de los ojos de Pablo Gavi.
