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Entre colmillos y sangre

Fandom: Zootopia

Creado: 17/6/2026

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El Latido de la Sombras

El aire en la mansión de los Hopps estaba cargado con el aroma de mil gardenias y el sofocante perfume de la aristocracia. Judy Hopps se ajustó el corsé de su vestido de seda color lavanda, sintiendo que las costuras no solo apretaban su cintura, sino también su alma. A sus veintitrés años, era considerada la joya de la corona de la nobleza local, una joven de belleza delicada y ojos amatista que parecían contener una chispa de rebeldía que ningún baile de etiqueta lograba extinguir.

Desde el balcón del segundo piso, observó el salón de baile. Cientos de velas de cera de abeja goteaban sobre candelabros de cristal, iluminando a una multitud de zorros, lobos y conejos de alta alcurnia que se movían al ritmo de un vals monótono.

—Otra noche, otra máscara —susurró Judy para sí misma, apoyando sus manos enguantadas en la barandilla de mármol.

Estaba cansada de las conversaciones sobre tierras, dotes y alianzas matrimoniales. Su espíritu, valiente y decidido, anhelaba algo que no se encontrara en los manuales de cortesía. Anhelaba un misterio, una razón para que su pulso se acelerara más allá de la fatiga.

Fue entonces cuando las puertas principales se abrieron de par en par, y el maestro de ceremonias anunció un nombre que hizo que el murmullo de la sala descendiera hasta convertirse en un silencio sepulcral.

—El Conde Nicholas Wilde.

Judy frunció el ceño. Había oído los rumores. Se decía que el Conde Wilde era un aristócrata de una fortuna incalculable que vivía recluido en una propiedad azotada por el viento en los límites de la ciudad. Los chismes más oscuros sugerían que su linaje estaba maldito, o que su palidez no era fruto de la distinción, sino de algo mucho más siniestro.

Un zorro alto y de porte elegante entró en el salón. Vestía un traje de terciopelo negro tan oscuro que parecía absorber la luz de las velas. Una capa larga, forrada de seda carmesí, caía sobre sus hombros con una gracia casi sobrenatural. Su rostro era una escultura de ángulos perfectos, con una mirada verde esmeralda que parecía haber visto el nacimiento y la caída de imperios.

Nick Wilde caminaba con una indiferencia calculada. Para él, este baile era una farsa más en sus trescientos años de existencia. Había cruzado océanos, sobrevivido a guerras y enterrado a todos los que alguna vez conoció. Su corazón, frío y silencioso como una tumba, no esperaba encontrar nada más que aburrimiento en aquella mansión.

Sin embargo, al levantar la vista hacia la galería superior, sus ojos se cruzaron con los de Judy.

En ese instante, el mundo de Nick se detuvo. El ruido de los violines se desvaneció y el frío eterno que habitaba en su pecho fue sacudido por un espasmo violento. Un latido. Sordo, doloroso y potente. Un latido que no debería existir.

Judy, por su parte, sintió una descarga eléctrica recorrer su columna. No era miedo, aunque el aura que rodeaba al Conde era densa y oscura como una noche sin luna. Era una atracción magnética, un llamado a lo desconocido que su corazón aventurero no pudo ignorar.

Bajó las escaleras con una elegancia que ocultaba su urgencia. Nick la esperó al pie de los escalones, ignorando las reverencias y los susurros de los demás invitados.

—Lady Hopps —dijo él, inclinando la cabeza con una cortesía que rayaba en la ironía. Su voz era profunda, como el crujido de hojas secas bajo la luna.

—Conde Wilde —respondió Judy, manteniendo la mirada—. Es una sorpresa verlo aquí. Los rumores decían que prefería la compañía de las sombras a la de los vivos.

Nick esbozó una sonrisa ladeada, una expresión carismática que ocultaba siglos de soledad.

—Las sombras son excelentes confidentes, milady, pero carecen de la belleza necesaria para inspirar una visita a este... hormiguero de vanidad.

—¿Insinúa que he sido yo quien lo ha sacado de su encierro? —preguntó ella, desafiante.

—Insinúo que, a veces, incluso una criatura de la noche necesita recordar qué es lo que se siente al estar cerca del sol —respondió Nick, extendiendo una mano enguantada—. ¿Me concedería esta pieza?

Judy aceptó sin dudarlo. Al contacto de sus manos, Nick tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no retroceder. El calor de la piel de la joven atravesaba la tela del guante, recordándole todo lo que él ya no era.

Empezaron a bailar. Se movían con una sincronía perfecta, como si se conocieran de otra vida. A su alrededor, la aristocracia era solo un borrón de colores sin importancia.

—Parece usted muy joven para cargar con una mirada tan pesada, Conde —comentó Judy mientras giraban—. Hay una tristeza en sus ojos que no encaja con su reputación de hombre mundano.

Nick soltó una risa seca, casi inaudible.

—La edad es una perspectiva engañosa, Judy. Algunos vivimos más en una década de lo que otros lo hacen en un siglo. Y la soledad es un precio muy alto que se paga por la... distinción.

—Yo también conozco la soledad —confesó ella, bajando el tono de voz para que solo él pudiera oírla—. Estoy rodeada de gente todo el día, y sin embargo, nadie sabe quién soy realmente. Solo ven a la "hija del noble", a la "hermosa heredera". Nadie ve a la mujer que quiere correr hacia el bosque y no mirar atrás.

Nick la miró con una intensidad que hizo que Judy olvidara respirar. Por primera vez en tres siglos, Nick sintió que alguien miraba a través de su máscara de inmortal.

—¿Y qué haría si corriera hacia ese bosque, Lady Hopps? —preguntó él—. El bosque es oscuro y está lleno de monstruos que no dudarían en reclamar una luz como la suya.

—Quizás no les tengo miedo a los monstruos —replicó ella con valentía—. Quizás los monstruos son simplemente seres que se cansaron de fingir que son santos.

El baile terminó, pero ninguno de los dos soltó la mano del otro. El salón parecía haberse vuelto demasiado pequeño, demasiado ruidoso.

—Acompáñeme al jardín —pidió Nick—. El aire aquí dentro está muerto.

Caminaron hacia la terraza y descendieron a los jardines de la mansión, donde la luz de la luna bañaba las estatuas de piedra y las fuentes de agua clara. El frío de la noche victoriana no parecía afectar a Nick, quien caminaba con su capa ondeando tras él como un ala de cuervo.

—Dígame la verdad, Conde —dijo Judy, deteniéndose frente a un rosal blanco—. ¿Por qué ha venido realmente? Un hombre como usted no busca esposa en un baile de debutantes.

Nick se apoyó en una balaustrada, mirando hacia el horizonte oscuro.

—Vine porque estaba cansado de escuchar el silencio de mi propio castillo. Vine porque, por un momento, quise engañarme y creer que todavía formo parte de este mundo. Pero entonces la vi a usted, y el engaño se volvió realidad.

—¿A qué se refiere? —preguntó ella, acercándose un paso más.

Nick se giró hacia ella. Su rostro, bajo la luz plateada de la luna, se veía más pálido que nunca, y sus ojos verdes brillaban con una intensidad febril.

—Llevo trescientos años caminando por esta tierra, Judy Hopps. He visto imperios arder y renacer de sus cenizas. He olvidado el sabor de la comida y el calor del hogar. Mi corazón dejó de latir antes de que sus tatarabuelos nacieran.

Judy retrocedió un paso, pero no por miedo, sino por la magnitud de la revelación. Sus ojos se abrieron de par en par al observar cómo los caninos de Nick asomaban levemente sobre su labio inferior.

—Usted es... —susurró ella.

—Un monstruo —completó él con una amargura que le desgarró la voz—. Una criatura condenada a la sed eterna y a la sombra. Un vampiro que no debería sentir nada, y que sin embargo, al verla, ha sentido cómo su corazón muerto intentaba romperse las costillas solo para estar cerca de usted.

El silencio que siguió fue denso. Nick esperaba que ella gritara, que huyera hacia la seguridad de las luces y la gente. Pero Judy no se movió. Su respiración se agitó, y en lugar de terror, una extraña determinación brilló en sus ojos amatista.

—Entonces los rumores eran ciertos —dijo ella, su voz firme—. Pero se olvidaron de mencionar la parte más importante.

Nick frunció el ceño, confundido por su falta de miedo.

—¿Qué parte?

Judy se acercó a él, acortando la distancia hasta que solo unos centímetros los separaban. Podía sentir el frío que emanaba de su cuerpo, un frío que ella deseaba calentar con su propia vida.

—Se olvidaron de decir que el gran Conde Wilde tiene el alma más humana que he conocido en toda mi vida —dijo ella, extendiendo una mano para acariciar la mejilla del zorro.

Nick cerró los ojos ante el contacto. El calor de Judy era como un incendio en su piel gélida. Por un momento, se permitió olvidar su maldición. Se permitió sentir el roce de sus dedos, la fragilidad de su existencia y la fuerza de su espíritu.

—No sabe lo que dice, pequeña coneja —murmuró él, usando un apodo que sonaba tanto a advertencia como a caricia—. Soy la muerte.

—Y yo estoy cansada de una vida que no tiene sentido —respondió ella—. Prefiero un momento de verdad con la muerte que una eternidad de mentiras con los vivos.

Nick abrió los ojos y la tomó por los hombros, con una mezcla de desesperación y ternura.

—Si se queda a mi lado, Judy, el mundo la rechazará. No habrá más bailes, ni más sol, ni más seguridad. Solo habrá sombras y el hambre que me consume.

—Entonces seremos dos en las sombras —dijo ella con una sonrisa valiente—. Y en cuanto al hambre... estoy segura de que encontraremos una forma de saciarla juntos.

Nick la miró, asombrado por la audacia de aquella criatura tan pequeña y a la vez tan inmensa. En ese jardín victoriano, bajo la mirada de una luna que lo había visto todo, el inmortal comprendió que su soledad de tres siglos había terminado.

—Es usted una locura, Lady Hopps —dijo él, su voz quebrada por la emoción.

—Y usted es el misterio que siempre quise resolver, Conde Wilde —respondió ella.

Nick se inclinó lentamente, dándole tiempo para retroceder, pero Judy se puso de puntillas para encontrarlo a mitad de camino. Cuando sus labios se tocaron, no hubo frío. Hubo una explosión de sensaciones que desafiaban las leyes de la naturaleza. El corazón de Nick dio un vuelco violento, un latido real y rítmico que resonó en el pecho de ambos.

Era un amor imposible, una unión entre la luz más pura y la oscuridad más profunda. Pero mientras se abrazaban en la penumbra del jardín, lejos de las miradas juiciosas de la nobleza, ambos supieron que esto era solo el comienzo.

—Vámonos de aquí —susurró Nick contra su oído—. Dejemos atrás este teatro.

—Lléveme a su mundo, Nick —pidió ella, sujetando con fuerza la capa negra del zorro—. No importa a dónde, siempre que sea lejos de esta monotonía.

Nick la envolvió en su capa, ocultándola del resto del mundo como si fuera su tesoro más preciado. Con una agilidad que ninguna criatura mortal poseía, saltaron el muro del jardín y se perdieron en la espesura del bosque circundante.

Detrás de ellos, la música del baile seguía sonando, las velas seguían ardiendo y los nobles seguían hablando de nada importante. Nadie notó la ausencia de la joven heredera ni la del misterioso conde, al menos no de inmediato.

Pero esa noche, en los anales de lo sobrenatural, se escribió una nueva historia. La historia de una coneja que no temía a la oscuridad y de un zorro que volvió a latir por amor. El inicio de un romance que, aunque desafiara al cielo y al infierno, estaba destinado a ser eterno.
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