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Fandom: Club América

Creado: 17/6/2026

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Entre el Deber y el Deseo

El sol de la tarde se filtraba por los ventanales de la casa de los Álvarez, creando motas de polvo que bailaban en el aire. Atenea estaba sentada en el sofá de la sala, fingiendo estar concentrada en sus apuntes de la universidad, aunque su mente estaba a kilómetros de distancia, específicamente en el entrenamiento que acababa de terminar en Coapa.

Kevin entró por la puerta principal, dejando caer su maleta deportiva con un golpe sordo. Se veía cansado, pero su rostro se iluminó al ver a su hermana menor. Se acercó y, sin mediar palabra, despeinó su cabello castaño con una mano juguetona.

—¿Sigues con eso, enana? —preguntó Kevin, sentándose a su lado y robándole una de las papas fritas que ella tenía en un plato.

—Tengo examen el lunes, Kevin. No todos vivimos de patear un balón —respondió Atenea con una sonrisa fingida, tratando de ocultar el nerviosismo que siempre sentía cuando su hermano estaba cerca.

La culpa era una sombra constante. Kevin no solo era su hermano; era su protector, el hombre que le había prometido a su madre cuidarla con la vida misma. Y ahí estaba ella, rompiendo la regla implícita más sagrada: no involucrarse con el círculo cercano de su hermano.

—Sabes que mamá me marcó hoy para recordarme que te lleve a cenar —dijo Kevin, recostando la cabeza en el respaldo del sofá—. Dice que te ve muy pálida en las videollamadas. ¿Estás comiendo bien?

—Estoy perfecta, Kev. Es solo el estrés de las entregas.

—Bueno, hoy no hay excusas. Nailea va a venir en una hora. Vamos a ir a ese lugar de pastas que tanto te gusta —Kevin la miró con fijeza, sus ojos castaños llenos de un cariño genuino—. También invité a Brian. Ya sabes, para que no seamos solo nosotros tres.

El corazón de Atenea dio un vuelco violento contra sus costillas. Mantuvo la vista fija en su cuaderno, trazando líneas sin sentido con el bolígrafo.

—¿A Brian? —logró decir con voz neutral—. Pensé que tenía planes con su familia.

—Canceló. Dice que prefiere aguantarme a mí que estar solo en su departamento —Kevin soltó una carcajada y se levantó—. Voy a ducharme. Prepárate, que Nailea no tarda en llegar y ya sabes cómo se pone si la hacemos esperar.

En cuanto Kevin subió las escaleras, Atenea soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó su teléfono rápidamente y desbloqueó la pantalla. Tenía un mensaje de hacía diez minutos.

"Kevin me convenció. No pude decir que no sin sonar raro. Te veo en un rato, preciosa. Trata de no mirarme demasiado, que me delatas."

Atenea sonrió a pesar del riesgo. Brian Rodríguez era el mejor amigo de su hermano, su compañero de equipo, el "Rayo" que deslumbraba en el Azteca, y también el hombre que la besaba a escondidas en los pasillos oscuros y le enviaba canciones de madrugada.

Una hora más tarde, el timbre de la casa sonó. Atenea, ya arreglada con un vestido sencillo y su cabello castaño cayendo en ondas sobre sus hombros, abrió la puerta.

—¡Ate! —Nailea la envolvió en un abrazo lleno de perfume caro y entusiasmo—. Te extrañé hoy en el gimnasio. Kevin me dijo que estabas enterrada en libros.

—Hola, Nai. Sí, la escuela me está matando —respondió Atenea, correspondiendo el abrazo de su mejor amiga.

—Bueno, hoy te vas a distraer. Por cierto, te ves guapísima —Nailea le guiñó un ojo antes de entrar y gritar hacia las escaleras—: ¡Álvarez, muévete que tengo hambre!

Kevin bajó las escaleras luciendo impecable, besó a Nailea con ternura y luego pasó un brazo sobre los hombros de Atenea, caminando hacia la salida. Afuera, el auto de Brian ya estaba estacionado.

El rubio estaba apoyado contra la puerta del conductor, con esa sonrisa de medio lado que siempre lograba desarmar a Atenea. Vestía una camiseta blanca básica que resaltaba su tatuaje en el brazo y unos jeans oscuros.

—¡Qué onda, hermano! —Kevin se acercó y chocó las manos con Brian en un saludo efusivo—. Gracias por pasarnos a buscar.

—Ya sabes que no hay problema —dijo Brian. Sus ojos se desviaron por un segundo hacia Atenea, un destello rápido de adoración que solo ella captó—. Hola, Nailea. Hola, Atenea.

—Hola, Brian —dijo ella, tratando de que su voz no temblara.

El trayecto al restaurante fue una mezcla de anécdotas del entrenamiento y planes para el próximo partido. Kevin y Nailea iban en el asiento trasero, sumergidos en su propio mundo de caricias y risas bajas. Atenea iba en el asiento del copiloto, sintiendo el calor que emanaba de Brian a solo unos centímetros de distancia.

En un semáforo en rojo, Brian bajó la mano hacia la palanca de cambios, pero en el trayecto, rozó "accidentalmente" la rodilla de Atenea. Fue un contacto de apenas un segundo, pero envió una descarga eléctrica por todo su cuerpo. Ella miró por la ventana, mordiéndose el labio para no sonreír.

—¿Todo bien, Ate? Estás muy callada —preguntó Kevin desde atrás, asomándose entre los asientos delanteros.

—Sí, solo estoy pensando en el examen, de verdad —mintió ella, sintiendo la mirada de Brian sobre su perfil.

—Ya deja de pensar en eso —intervino Brian, su voz era profunda y aterciopelada—. Esta noche es para disfrutar. Kevin, tu hermana se merece un descanso de tanto estudio, ¿no crees?

—Tienes razón, Rayo. Atenea, queda prohibido hablar de la universidad por las próximas tres horas —sentenció Kevin, volviendo a recostarse con Nailea.

Llegaron al restaurante, un lugar acogedor con luces tenues y música suave. Se sentaron en una mesa redonda: Kevin al lado de Nailea, y Atenea frente a ellos, con Brian a su derecha.

La cena transcurrió entre risas. Kevin estaba en su mejor momento, contando chistes y cuidando constantemente de Nailea, sirviéndole vino o apartando un mechón de pelo de su cara. Era el hermano perfecto, el novio ideal y el protector incansable. Atenea sentía un nudo en el estómago cada vez que recordaba la promesa que Kevin le había hecho a su madre. Si él se enteraba de lo que pasaba con su mejor amigo, no solo se sentiría traicionado por Brian, sino que sentiría que le había fallado a su familia.

—Voy al baño, ahora vuelvo —dijo Nailea, levantándose de la mesa.

—Yo también te acompaño —añadió Kevin—. Quiero ver si tienen esa marca de tequila que me recomendó Layún en la barra.

En cuanto los dos se alejaron, el ambiente en la mesa cambió drásticamente. El aire pareció volverse más pesado, cargado de todo lo que no podían decir frente a los demás.

Brian dejó caer su mano debajo de la mesa, buscando la de Atenea. Sus dedos se entrelazaron con fuerza, un agarre desesperado que contrastaba con la expresión relajada que mantenía en su rostro por si alguien miraba.

—Te extrañé hoy —susurró Brian, sin mirarla directamente, fingiendo interés en su copa de agua—. No dejas de dar vueltas en mi cabeza.

—Brian, esto es peligroso —respondió ella en el mismo tono bajo, apretando sus dedos—. Kevin está a unos metros. Si nos ve...

—No nos va a ver. Está demasiado ocupado con Nailea —Brian se inclinó un poco más hacia ella, su aroma a perfume cítrico envolviéndola—. Estás hermosa hoy, Atenea. Ese color te queda increíble.

Atenea sintió que sus mejillas se encendían.

—Tú tampoco te ves mal, rubio. Pero por favor, suéltame, van a volver.

—Un segundo más —pidió él, acariciando el dorso de su mano con el pulgar—. Mañana Kevin tiene sesión de recuperación temprano. Puedo pasar por tu casa después de que él se vaya al club.

—Sabes que no deberías.

—Pero quieres que lo haga.

Atenea lo miró a los ojos. Había tanta determinación y cariño en la mirada de Brian que se sintió pequeña.

—Sí, quiero que lo hagas —admitió ella finalmente.

Brian soltó su mano justo a tiempo. Kevin y Nailea regresaban a la mesa, riendo por algo que el mesero les había dicho.

—Listo, ya pedí la botella para la próxima —dijo Kevin, sentándose y pasando un brazo protector por el respaldo de la silla de Atenea—. ¿De qué hablaban?

—De fútbol —respondió Brian con total naturalidad, apoyando los codos en la mesa—. Le decía a Atenea que debería ir más seguido a los entrenamientos, que nos hace falta su buena vibra en la tribuna.

Kevin asintió, totalmente ajeno al engaño.

—Es verdad, Ate. Antes ibas siempre. Ahora te la pasas encerrada. Prométeme que irás el viernes al partido.

—Lo prometo, Kevin —dijo ella, sintiendo el peso de la mentira.

La cena terminó y regresaron a casa. Brian los dejó en la puerta. Kevin bajó primero con Nailea, pero Atenea se demoró un momento buscando su bolso en el suelo del auto.

—Cuidado —dijo Brian en voz baja cuando Kevin ya estaba de espaldas abriendo la puerta de la casa.

Atenea se incorporó y, en un movimiento rápido y audaz, Brian le robó un beso corto en la comisura de los labios. Fue apenas un roce, pero suficiente para dejarla sin aliento.

—Hasta mañana —susurró él con una chispa de travesura en los ojos.

—Hasta mañana —respondió ella, saliendo del auto con el corazón galopando.

Al entrar a la casa, Kevin la esperaba en el vestíbulo. Nailea ya se había despedido para irse a su propia casa. Kevin miró a su hermana y notó su agitación.

—¿Estás bien? Te noto rara, como acelerada —dijo Kevin, cruzándose de brazos pero con una expresión de preocupación genuina.

—Es solo el café que tomé en el postre, ya sabes que me afecta —mintió ella por centésima vez en la noche.

Kevin se acercó y le dio un beso en la frente.

—Recuerda lo que le prometí a mamá, Atenea. Si algo te pasa, si alguien te molesta o si te sientes mal por algo, tienes que decírmelo. Soy tu hermano mayor, estoy aquí para protegerte de cualquier idiota que quiera pasarse de listo.

Atenea sintió una punzada de dolor en el pecho.

—Lo sé, Kev. Gracias. Te quiero.

—Y yo a ti, enana. Anda a dormir.

Atenea subió a su habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella. El silencio de su cuarto era un contraste absoluto con el caos de sus emociones. Se acercó a la ventana y vio las luces traseras del auto de Brian alejándose por la calle.

Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Sabía que Brian era el mejor amigo de su hermano y que Kevin se sentiría profundamente traicionado. Pero también sabía que cuando Brian la miraba de esa manera, cuando la tomaba de la mano por debajo de la mesa, el resto del mundo dejaba de importar.

Se acostó en la cama, mirando el techo. Su teléfono vibró en la mesa de noche.

"Ya llegué a casa. No puedo esperar a que sea mañana para estar a solas contigo. Descansa, hermosa."

Atenea sonrió, apretando el teléfono contra su pecho. El secreto seguía a salvo, pero cada día que pasaba, la línea entre la protección de su hermano y su amor por Brian se volvía más delgada y peligrosa. Por ahora, se permitiría disfrutar del calor de ese mensaje, ignorando la tormenta que, tarde o temprano, terminaría por estallar.

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