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Company
Fandom: Club América
Creado: 17/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaRecortes de VidaCelosAmbientación Canon
Entre el Deber y el Deseo
El sol de la tarde caía con fuerza sobre las canchas de entrenamiento de Coapa, tiñendo el césped de un verde vibrante que contrastaba con el azul del cielo. El sonido de los balones impactando contra las redes y los gritos de ánimo de los jugadores formaban la banda sonora habitual, pero para Atenea Álvarez, el ruido era solo un eco lejano. Sentada en las gradas, con un libro de texto sobre las rodillas que no estaba leyendo realmente, sus ojos castaños seguían cada movimiento de una figura en particular.
No era su hermano, Kevin, quien corría por la banda derecha con la intensidad que lo caracterizaba. Sus ojos, traidores y llenos de un secreto que le quemaba el pecho, estaban fijos en el chico de cabello rubio que controlaba el balón en el centro del campo. Brian Rodríguez se movía con una elegancia felina, ajeno —al menos en apariencia— a la mirada intensa de la menor de los Álvarez.
—Si sigues mirándolo así, hasta los guardias de la entrada se van a dar cuenta, Atenea.
La voz de Nailea la sobresaltó. Su mejor amiga se sentó a su lado, luciendo impecable como siempre, con su cabello rubio recogido en una coleta alta. Nailea, además de ser su confidente, era la novia de Kevin, lo que complicaba aún más la red de lealtades en la que Atenea se sentía atrapada.
—No sé de qué hablas —mintió Atenea, fingiendo un repentino interés en su libro de historia—. Solo estaba viendo el entrenamiento. Kevin dijo que hoy harían jugadas a balón parado.
Nailea soltó una risita y le arrebató el libro, cerrándolo de golpe.
—A Kevin lo tienes a la izquierda, y ni siquiera lo has mirado cuando casi marca un golazo. Estás mirando a Brian. Otra vez.
Atenea sintió que el calor subía por su cuello. A sus dieciocho años, sentía que el mundo era un lugar demasiado pequeño para el tamaño de lo que sentía por el mejor amigo de su hermano.
—Es peligroso, Nai —susurró Atenea, asegurándose de que nadie más pudiera oírla—. Sabes lo que Kevin le prometió a mi mamá. "Cuidarla con su vida", "protegerla de todo mal". En el diccionario de Kevin, "todo mal" incluye a cualquier hombre que se acerque a menos de dos metros de mí, especialmente si es un futbolista.
—Kevin te ama —dijo Nailea, suavizando el tono—. Pero a veces olvida que ya no tienes diez años. Y Brian... bueno, Brian está loco por ti, aunque intente hacerse el rudo frente a los demás.
En ese momento, el silbato del entrenador marcó el final de la sesión. Los jugadores comenzaron a caminar hacia los vestidores, sudorosos y bromeando entre ellos. Kevin, al ver a las dos chicas en la grada, levantó una mano y les hizo una señal para que bajaran.
Atenea sintió que el corazón le daba un vuelco cuando vio a Brian caminar justo detrás de su hermano. El rubio se pasó una mano por el cabello empapado de sudor y, por un breve segundo, sus ojos se encontraron con los de ella. Fue una chispa rápida, un mensaje silencioso que decía "te veo luego", antes de que él desviara la mirada para responder a un comentario de otro compañero.
—¡Hey, enanas! —exclamó Kevin cuando estuvieron lo suficientemente cerca. Se acercó a Nailea y le plantó un beso rápido en la mejilla antes de revolverle el cabello a Atenea—. ¿Qué tal la tarde de estudio? ¿O solo vinieron a criticar nuestro estilo de juego?
—Atenea estaba muy concentrada en sus "estudios" —respondió Nailea con una sonrisa traviesa que hizo que Atenea le diera un codazo discreto.
—Más te vale —dijo Kevin, aunque su tono era cariñoso—. Mamá me llama cada dos días para recordarme que tengo que vigilar que no te distraigas. Ya sabes cómo es ella. Me hizo jurar que te cuidaría más que a mis propias piernas.
—Kevin, tengo dieciocho años, no cinco —protestó Atenea, aunque sentía una punzada de culpa.
—Para mí siempre vas a tener cinco —replicó él, rodeándola con un brazo protector—. Por cierto, Brian y yo vamos a ir a cenar algo rápido antes de ir a casa. ¿Quieren venir?
Atenea sintió que el aire se le escapaba. Miró a Brian, que se había acercado y permanecía a un par de metros, hablando con otro jugador pero escuchando atentamente.
—Yo no puedo —dijo Nailea rápidamente, captando la mirada de auxilio de su amiga—. Tengo que pasar por casa de mis padres. Pero Atenea puede ir con ustedes, ¿verdad?
—Claro —asintió Kevin—. Así me aseguro de que coma algo más que galletas mientras estudia. ¿Qué dices, Rayito? ¿Te parece bien que se nos una mi hermana?
Brian levantó la vista, fingiendo indiferencia. Sus ojos claros brillaron con una intensidad que solo Atenea sabía interpretar.
—Por mí no hay problema, hermano —dijo Brian con su marcado acento uruguayo—. Cuantos más, mejor.
***
El restaurante de tacos estaba casi vacío, lo que les permitía cierta privacidad. Kevin y Brian se sentaron a un lado de la mesa, y Atenea frente a ellos. La dinámica era extraña: por fuera, eran el hermano protector, el mejor amigo leal y la hermana pequeña. Por dentro, era una bomba de tiempo.
—¿Y cómo va la universidad, Atenea? —preguntó Brian, rompiendo el silencio mientras esperaban la comida. Su tono era formal, pero debajo de la mesa, su pie rozó accidentalmente —o no tanto— el de ella.
—Bien —respondió ella, tratando de que su voz no temblara—. Un poco pesado el primer semestre, pero me gusta.
—Es la más inteligente de la familia —intervino Kevin, dándole un sorbo a su refresco—. Por eso la cuido tanto. No quiero que ningún tonto le rompa la cabeza... o el corazón.
Brian soltó una risa seca, jugando con un servilletero.
—Sos un exagerado, Kevin. La chica sabe cuidarse sola.
—No lo entiendes, Brian —dijo Kevin, poniéndose serio por un momento—. Tú eres mi mejor amigo, casi mi hermano. Sabes lo que significa la familia para mí. Mi madre confía en mí. Si algo le pasara a Atenea, si alguien se aprovechara de ella, no me lo perdonaría nunca.
Atenea bajó la mirada, sintiendo el peso de la lealtad de Kevin sobre sus hombros. Amaba a su hermano, admiraba su sentido del deber, pero ese mismo sentido del deber era la cárcel de su relación con Brian.
—Nadie se está aprovechando de nadie, Kev —susurró Atenea.
—Lo sé, lo sé —Kevin sonrió de nuevo, recuperando su buen humor—. Solo digo que tengo los ojos bien abiertos.
Minutos después, el teléfono de Kevin comenzó a vibrar. Miró la pantalla y suspiró.
—Es el técnico. Seguro quiere comentar algo del video del partido pasado. Tengo que contestar afuera, hay mucho ruido aquí. No se muevan.
En cuanto Kevin cruzó la puerta de cristal del local, la atmósfera en la mesa cambió drásticamente. El aire pareció volverse más pesado, más eléctrico. Brian se inclinó hacia adelante, eliminando la distancia.
—No puedo seguir haciendo esto, Atenea —dijo en voz baja, su voz cargada de frustración—. Verlo a él hablar de protegerte, de cómo me considera su hermano... Me siento como la peor persona del mundo.
Atenea buscó su mano por encima de la mesa, pero se detuvo a tiempo por si Kevin miraba hacia atrás.
—Él no lo entendería, Brian. Para Kevin, tú eres su compañero, su apoyo en la cancha. Si se entera de lo nuestro, sentirá que lo traicionamos los dos.
—Porque lo estamos haciendo —replicó Brian, pasando una mano por su cabello rubio—. Pero no puedo evitar lo que siento. Cada vez que te veo en las gradas y no puedo acercarme a besarte, me vuelvo loco.
—Yo también —admitió ella con los ojos empañados—. Pero prometió cuidarme. Si nos descubre, no solo se enojará contigo, se sentirá fracasado con mi mamá.
Brian suspiró, mirando hacia la puerta donde Kevin gesticulaba animadamente por teléfono.
—A veces pienso que sería mejor decirle la verdad. Afrontar lo que venga.
—¿Y arriesgar tu amistad con él? ¿Arriesgar tu lugar en el equipo si las cosas se ponen feas? —Atenea negó con la cabeza—. No todavía. Por favor.
Brian extendió la mano y, por un breve segundo, rozó los dedos de Atenea. Fue un contacto eléctrico, breve como un suspiro pero cargado de una promesa.
—Te quiero, Atenea. Y odio que este sea nuestro secreto.
—Yo también te quiero —respondió ella—. Pero por ahora, el secreto es lo único que nos mantiene a salvo.
Kevin regresó a la mesa justo cuando Brian retiraba la mano. El defensa del América se sentó con una sonrisa, ajeno al drama que se desarrollaba frente a sus ojos.
—Todo en orden —dijo Kevin—. Solo unos ajustes para el sábado. Por cierto, Brian, después de dejar a Atenea en el departamento, ¿quieres ir a jugar un poco de FIFA?
Brian miró a Atenea y luego a su mejor amigo. La máscara de indiferencia volvió a su sitio.
—Claro, hermano. Te voy a dar una paliza, como siempre.
***
Más tarde esa noche, después de que Kevin dejara a Atenea en su edificio con un beso en la frente y la advertencia de que cerrara bien la puerta, la joven se dejó caer en el sofá. El silencio de su departamento era abrumador.
Su teléfono vibró. Un mensaje de WhatsApp de Brian.
"No puedo dejar de pensar en lo que dijiste. No quiero ser solo un secreto. Pero por vos, puedo esperar un poco más. Descansá, hermosa."
Atenea sonrió con tristeza, apretando el teléfono contra su pecho. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando las luces de la Ciudad de México. A veces se sentía como si estuviera viviendo dos vidas paralelas: la de la hermana perfecta y la de la mujer que amaba en las sombras.
De repente, llamaron a la puerta. Atenea frunció el ceño. Kevin no solía regresar una vez que se iba, y Nailea siempre avisaba.
—¿Quién es? —preguntó, acercándose a la entrada.
—Soy yo, Atenea. Abre.
Era la voz de Kevin. Pero no sonaba como el Kevin alegre de hacía una hora. Su voz era grave, contenida, casi dura.
Atenea abrió la puerta con el corazón latiéndole en la garganta. Kevin estaba allí, todavía con la ropa del entrenamiento, pero su expresión era una que ella rara vez veía: una mezcla de dolor y decepción. En su mano derecha, sostenía un pequeño objeto.
Era la pulsera de plata que Brian siempre llevaba, la que tenía sus iniciales grabadas.
—Se le cayó en el coche cuando lo dejé en su casa —dijo Kevin, entrando al departamento sin esperar invitación—. Pero lo curioso es que, cuando la recogí, encontré esto también debajo del asiento del copiloto. Donde tú ibas sentada.
Kevin abrió la otra mano. Era una nota pequeña, doblada en cuatro, que Atenea reconoció al instante. Era una nota que ella le había escrito a Brian hacía semanas y que él guardaba en su cartera.
—"No veo la hora de que estemos solos otra vez" —leyó Kevin en voz alta, su voz temblando de rabia—. Atenea... dime que no es lo que estoy pensando. Dime que mi mejor amigo no me ha estado mintiendo en la cara mientras yo le confiaba lo más sagrado que tengo.
El mundo pareció detenerse para Atenea. El secreto, ese frágil cristal que habían intentado proteger, acababa de romperse en mil pedazos bajo los pies de su hermano.
—Kevin, puedo explicarlo —comenzó ella, con las lágrimas asomando finalmente.
—¿Explicar qué? —Kevin dio un paso hacia ella, no con agresividad, sino con una profunda tristeza—. ¿Que mientras yo le juraba a mamá que te protegería de cualquiera que pudiera lastimarte, el peligro estaba sentado a mi mesa todos los días? ¿Que el tipo al que llamo hermano me estaba ocultando que sale con mi hermana pequeña?
—No es un peligro, Kevin. Lo quiero. Y él me quiere a mí.
Kevin soltó una carcajada amarga.
—Tiene veinte años, Atenea. Es un futbolista profesional, tiene el mundo a sus pies. ¿Y crees que esto es serio para él? ¡Me mintió! Me miró a los ojos hoy mismo y me mintió.
—¡Nosotros te mentimos! —gritó Atenea, recuperando algo de valor—. Porque sabíamos que reaccionarías así. Porque nos tratas como si fueras nuestro dueño y no nuestro hermano o amigo. Teníamos miedo, Kevin. Miedo de perderte.
El silencio que siguió fue sepulcral. Kevin miró la nota en su mano y luego a su hermana. El dolor en sus ojos castaños era idéntico al de ella.
—Me perdieron en el momento en que decidieron que no podía saber la verdad —dijo Kevin en un susurro—. Mañana hablaré con Brian. Y más vale que tenga una buena explicación, porque esto no se va a quedar así.
Kevin salió del departamento dando un portazo que hizo vibrar las ventanas. Atenea se quedó allí, de pie en medio de la sala, sintiendo que el peso del mundo finalmente la había aplastado. El secreto había salido a la luz, y las consecuencias apenas comenzaban.
Tomó su teléfono con manos temblorosas y marcó el número de Brian.
—Brian... —sollozó cuando él respondió—. Kevin lo sabe. Lo sabe todo.
Al otro lado de la línea, el silencio de Brian fue más elocuente que cualquier palabra. La tormenta que tanto habían temido ya estaba sobre ellos, y en el Club América, donde las lealtades se forjan en el campo y se prueban en la vida real, nada volvería a ser igual para los hermanos Álvarez ni para el rubio que se había atrevido a cruzar la línea prohibida.
No era su hermano, Kevin, quien corría por la banda derecha con la intensidad que lo caracterizaba. Sus ojos, traidores y llenos de un secreto que le quemaba el pecho, estaban fijos en el chico de cabello rubio que controlaba el balón en el centro del campo. Brian Rodríguez se movía con una elegancia felina, ajeno —al menos en apariencia— a la mirada intensa de la menor de los Álvarez.
—Si sigues mirándolo así, hasta los guardias de la entrada se van a dar cuenta, Atenea.
La voz de Nailea la sobresaltó. Su mejor amiga se sentó a su lado, luciendo impecable como siempre, con su cabello rubio recogido en una coleta alta. Nailea, además de ser su confidente, era la novia de Kevin, lo que complicaba aún más la red de lealtades en la que Atenea se sentía atrapada.
—No sé de qué hablas —mintió Atenea, fingiendo un repentino interés en su libro de historia—. Solo estaba viendo el entrenamiento. Kevin dijo que hoy harían jugadas a balón parado.
Nailea soltó una risita y le arrebató el libro, cerrándolo de golpe.
—A Kevin lo tienes a la izquierda, y ni siquiera lo has mirado cuando casi marca un golazo. Estás mirando a Brian. Otra vez.
Atenea sintió que el calor subía por su cuello. A sus dieciocho años, sentía que el mundo era un lugar demasiado pequeño para el tamaño de lo que sentía por el mejor amigo de su hermano.
—Es peligroso, Nai —susurró Atenea, asegurándose de que nadie más pudiera oírla—. Sabes lo que Kevin le prometió a mi mamá. "Cuidarla con su vida", "protegerla de todo mal". En el diccionario de Kevin, "todo mal" incluye a cualquier hombre que se acerque a menos de dos metros de mí, especialmente si es un futbolista.
—Kevin te ama —dijo Nailea, suavizando el tono—. Pero a veces olvida que ya no tienes diez años. Y Brian... bueno, Brian está loco por ti, aunque intente hacerse el rudo frente a los demás.
En ese momento, el silbato del entrenador marcó el final de la sesión. Los jugadores comenzaron a caminar hacia los vestidores, sudorosos y bromeando entre ellos. Kevin, al ver a las dos chicas en la grada, levantó una mano y les hizo una señal para que bajaran.
Atenea sintió que el corazón le daba un vuelco cuando vio a Brian caminar justo detrás de su hermano. El rubio se pasó una mano por el cabello empapado de sudor y, por un breve segundo, sus ojos se encontraron con los de ella. Fue una chispa rápida, un mensaje silencioso que decía "te veo luego", antes de que él desviara la mirada para responder a un comentario de otro compañero.
—¡Hey, enanas! —exclamó Kevin cuando estuvieron lo suficientemente cerca. Se acercó a Nailea y le plantó un beso rápido en la mejilla antes de revolverle el cabello a Atenea—. ¿Qué tal la tarde de estudio? ¿O solo vinieron a criticar nuestro estilo de juego?
—Atenea estaba muy concentrada en sus "estudios" —respondió Nailea con una sonrisa traviesa que hizo que Atenea le diera un codazo discreto.
—Más te vale —dijo Kevin, aunque su tono era cariñoso—. Mamá me llama cada dos días para recordarme que tengo que vigilar que no te distraigas. Ya sabes cómo es ella. Me hizo jurar que te cuidaría más que a mis propias piernas.
—Kevin, tengo dieciocho años, no cinco —protestó Atenea, aunque sentía una punzada de culpa.
—Para mí siempre vas a tener cinco —replicó él, rodeándola con un brazo protector—. Por cierto, Brian y yo vamos a ir a cenar algo rápido antes de ir a casa. ¿Quieren venir?
Atenea sintió que el aire se le escapaba. Miró a Brian, que se había acercado y permanecía a un par de metros, hablando con otro jugador pero escuchando atentamente.
—Yo no puedo —dijo Nailea rápidamente, captando la mirada de auxilio de su amiga—. Tengo que pasar por casa de mis padres. Pero Atenea puede ir con ustedes, ¿verdad?
—Claro —asintió Kevin—. Así me aseguro de que coma algo más que galletas mientras estudia. ¿Qué dices, Rayito? ¿Te parece bien que se nos una mi hermana?
Brian levantó la vista, fingiendo indiferencia. Sus ojos claros brillaron con una intensidad que solo Atenea sabía interpretar.
—Por mí no hay problema, hermano —dijo Brian con su marcado acento uruguayo—. Cuantos más, mejor.
***
El restaurante de tacos estaba casi vacío, lo que les permitía cierta privacidad. Kevin y Brian se sentaron a un lado de la mesa, y Atenea frente a ellos. La dinámica era extraña: por fuera, eran el hermano protector, el mejor amigo leal y la hermana pequeña. Por dentro, era una bomba de tiempo.
—¿Y cómo va la universidad, Atenea? —preguntó Brian, rompiendo el silencio mientras esperaban la comida. Su tono era formal, pero debajo de la mesa, su pie rozó accidentalmente —o no tanto— el de ella.
—Bien —respondió ella, tratando de que su voz no temblara—. Un poco pesado el primer semestre, pero me gusta.
—Es la más inteligente de la familia —intervino Kevin, dándole un sorbo a su refresco—. Por eso la cuido tanto. No quiero que ningún tonto le rompa la cabeza... o el corazón.
Brian soltó una risa seca, jugando con un servilletero.
—Sos un exagerado, Kevin. La chica sabe cuidarse sola.
—No lo entiendes, Brian —dijo Kevin, poniéndose serio por un momento—. Tú eres mi mejor amigo, casi mi hermano. Sabes lo que significa la familia para mí. Mi madre confía en mí. Si algo le pasara a Atenea, si alguien se aprovechara de ella, no me lo perdonaría nunca.
Atenea bajó la mirada, sintiendo el peso de la lealtad de Kevin sobre sus hombros. Amaba a su hermano, admiraba su sentido del deber, pero ese mismo sentido del deber era la cárcel de su relación con Brian.
—Nadie se está aprovechando de nadie, Kev —susurró Atenea.
—Lo sé, lo sé —Kevin sonrió de nuevo, recuperando su buen humor—. Solo digo que tengo los ojos bien abiertos.
Minutos después, el teléfono de Kevin comenzó a vibrar. Miró la pantalla y suspiró.
—Es el técnico. Seguro quiere comentar algo del video del partido pasado. Tengo que contestar afuera, hay mucho ruido aquí. No se muevan.
En cuanto Kevin cruzó la puerta de cristal del local, la atmósfera en la mesa cambió drásticamente. El aire pareció volverse más pesado, más eléctrico. Brian se inclinó hacia adelante, eliminando la distancia.
—No puedo seguir haciendo esto, Atenea —dijo en voz baja, su voz cargada de frustración—. Verlo a él hablar de protegerte, de cómo me considera su hermano... Me siento como la peor persona del mundo.
Atenea buscó su mano por encima de la mesa, pero se detuvo a tiempo por si Kevin miraba hacia atrás.
—Él no lo entendería, Brian. Para Kevin, tú eres su compañero, su apoyo en la cancha. Si se entera de lo nuestro, sentirá que lo traicionamos los dos.
—Porque lo estamos haciendo —replicó Brian, pasando una mano por su cabello rubio—. Pero no puedo evitar lo que siento. Cada vez que te veo en las gradas y no puedo acercarme a besarte, me vuelvo loco.
—Yo también —admitió ella con los ojos empañados—. Pero prometió cuidarme. Si nos descubre, no solo se enojará contigo, se sentirá fracasado con mi mamá.
Brian suspiró, mirando hacia la puerta donde Kevin gesticulaba animadamente por teléfono.
—A veces pienso que sería mejor decirle la verdad. Afrontar lo que venga.
—¿Y arriesgar tu amistad con él? ¿Arriesgar tu lugar en el equipo si las cosas se ponen feas? —Atenea negó con la cabeza—. No todavía. Por favor.
Brian extendió la mano y, por un breve segundo, rozó los dedos de Atenea. Fue un contacto eléctrico, breve como un suspiro pero cargado de una promesa.
—Te quiero, Atenea. Y odio que este sea nuestro secreto.
—Yo también te quiero —respondió ella—. Pero por ahora, el secreto es lo único que nos mantiene a salvo.
Kevin regresó a la mesa justo cuando Brian retiraba la mano. El defensa del América se sentó con una sonrisa, ajeno al drama que se desarrollaba frente a sus ojos.
—Todo en orden —dijo Kevin—. Solo unos ajustes para el sábado. Por cierto, Brian, después de dejar a Atenea en el departamento, ¿quieres ir a jugar un poco de FIFA?
Brian miró a Atenea y luego a su mejor amigo. La máscara de indiferencia volvió a su sitio.
—Claro, hermano. Te voy a dar una paliza, como siempre.
***
Más tarde esa noche, después de que Kevin dejara a Atenea en su edificio con un beso en la frente y la advertencia de que cerrara bien la puerta, la joven se dejó caer en el sofá. El silencio de su departamento era abrumador.
Su teléfono vibró. Un mensaje de WhatsApp de Brian.
"No puedo dejar de pensar en lo que dijiste. No quiero ser solo un secreto. Pero por vos, puedo esperar un poco más. Descansá, hermosa."
Atenea sonrió con tristeza, apretando el teléfono contra su pecho. Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando las luces de la Ciudad de México. A veces se sentía como si estuviera viviendo dos vidas paralelas: la de la hermana perfecta y la de la mujer que amaba en las sombras.
De repente, llamaron a la puerta. Atenea frunció el ceño. Kevin no solía regresar una vez que se iba, y Nailea siempre avisaba.
—¿Quién es? —preguntó, acercándose a la entrada.
—Soy yo, Atenea. Abre.
Era la voz de Kevin. Pero no sonaba como el Kevin alegre de hacía una hora. Su voz era grave, contenida, casi dura.
Atenea abrió la puerta con el corazón latiéndole en la garganta. Kevin estaba allí, todavía con la ropa del entrenamiento, pero su expresión era una que ella rara vez veía: una mezcla de dolor y decepción. En su mano derecha, sostenía un pequeño objeto.
Era la pulsera de plata que Brian siempre llevaba, la que tenía sus iniciales grabadas.
—Se le cayó en el coche cuando lo dejé en su casa —dijo Kevin, entrando al departamento sin esperar invitación—. Pero lo curioso es que, cuando la recogí, encontré esto también debajo del asiento del copiloto. Donde tú ibas sentada.
Kevin abrió la otra mano. Era una nota pequeña, doblada en cuatro, que Atenea reconoció al instante. Era una nota que ella le había escrito a Brian hacía semanas y que él guardaba en su cartera.
—"No veo la hora de que estemos solos otra vez" —leyó Kevin en voz alta, su voz temblando de rabia—. Atenea... dime que no es lo que estoy pensando. Dime que mi mejor amigo no me ha estado mintiendo en la cara mientras yo le confiaba lo más sagrado que tengo.
El mundo pareció detenerse para Atenea. El secreto, ese frágil cristal que habían intentado proteger, acababa de romperse en mil pedazos bajo los pies de su hermano.
—Kevin, puedo explicarlo —comenzó ella, con las lágrimas asomando finalmente.
—¿Explicar qué? —Kevin dio un paso hacia ella, no con agresividad, sino con una profunda tristeza—. ¿Que mientras yo le juraba a mamá que te protegería de cualquiera que pudiera lastimarte, el peligro estaba sentado a mi mesa todos los días? ¿Que el tipo al que llamo hermano me estaba ocultando que sale con mi hermana pequeña?
—No es un peligro, Kevin. Lo quiero. Y él me quiere a mí.
Kevin soltó una carcajada amarga.
—Tiene veinte años, Atenea. Es un futbolista profesional, tiene el mundo a sus pies. ¿Y crees que esto es serio para él? ¡Me mintió! Me miró a los ojos hoy mismo y me mintió.
—¡Nosotros te mentimos! —gritó Atenea, recuperando algo de valor—. Porque sabíamos que reaccionarías así. Porque nos tratas como si fueras nuestro dueño y no nuestro hermano o amigo. Teníamos miedo, Kevin. Miedo de perderte.
El silencio que siguió fue sepulcral. Kevin miró la nota en su mano y luego a su hermana. El dolor en sus ojos castaños era idéntico al de ella.
—Me perdieron en el momento en que decidieron que no podía saber la verdad —dijo Kevin en un susurro—. Mañana hablaré con Brian. Y más vale que tenga una buena explicación, porque esto no se va a quedar así.
Kevin salió del departamento dando un portazo que hizo vibrar las ventanas. Atenea se quedó allí, de pie en medio de la sala, sintiendo que el peso del mundo finalmente la había aplastado. El secreto había salido a la luz, y las consecuencias apenas comenzaban.
Tomó su teléfono con manos temblorosas y marcó el número de Brian.
—Brian... —sollozó cuando él respondió—. Kevin lo sabe. Lo sabe todo.
Al otro lado de la línea, el silencio de Brian fue más elocuente que cualquier palabra. La tormenta que tanto habían temido ya estaba sobre ellos, y en el Club América, donde las lealtades se forjan en el campo y se prueban en la vida real, nada volvería a ser igual para los hermanos Álvarez ni para el rubio que se había atrevido a cruzar la línea prohibida.
