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En sus Zapatos

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 17/6/2026

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Bajo la venda del Infinito

El aire en la enfermería de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio estaba inusualmente pesado esa tarde. El sol de verano se filtraba por las persianas entreabiertas, proyectando franjas doradas sobre el suelo de linóleo y elevando la temperatura hasta un punto casi insoportable. El zumbido constante del aire acondicionado apenas lograba mitigar el bochorno que parecía estancarse entre los estantes llenos de medicinas y los expedientes médicos.

Satoru Gojo soltó un suspiro dramático, dejando caer la pluma sobre el escritorio con un ruido seco. Estaba sentado en una de las sillas giratorias, encorvado sobre una pila de informes de los estudiantes de primer año que Yaga le había exigido con una insistencia casi violenta. A su lado, Shoko Ieiri trabajaba en silencio, organizando documentos con la eficiencia mecánica que solo años de lidiar con cadáveres y heridos podían otorgar.

— Esto es tortura, Shoko —se quejó Satoru, estirando sus largos brazos por encima de su cabeza hasta que sus articulaciones crujieron—. Escribir sobre el progreso de Megumi es como intentar describir cómo crece la hierba. Es eficiente, es serio, y me hace querer tomar una siesta.

Shoko ni siquiera levantó la vista de su carpeta. Sus ojeras, un poco más marcadas de lo habitual debido a una guardia nocturna, parecían acentuarse bajo la luz fluorescente.

— Si dejaras de perder el tiempo haciendo dibujos de gatos en los márgenes, habrías terminado hace una hora —respondió ella con su voz monótona y calmada, aunque un pequeño rastro de diversión bailaba en la comisura de sus labios.

Satoru hizo un puchero, pero el calor finalmente lo venció. Con un movimiento fluido, se desabrochó el cuello alto de su chaqueta azul marino y se la quitó, revelando la camiseta negra ajustada que llevaba debajo. No se detuvo ahí; sus dedos largos subieron hasta la venda oscura que cubría sus ojos. Con un gesto de alivio, se la retiró, dejando que sus mechones blancos cayeran desordenados sobre su frente y liberando esos ojos azul claro que parecían contener el cielo entero en sus iris.

— Mucho mejor —exclamó, pasando una mano por su cabello—. Siento que mi cerebro se estaba evaporando.

Shoko lo observó de reojo. A pesar de llevar meses en una relación que había nacido de una amistad de años, todavía había momentos en los que la intensidad de la mirada de Satoru la tomaba desprevenida. Sin embargo, ella solo asintió, volviendo a su labor de archivar.

Unos diez minutos después, Satoru terminó de garabatear su firma en el último papel. Se levantó de un salto, recuperando su energía juvenil en un instante.

— ¡Listo! Libre al fin. Megumi me pidió un entrenamiento particular y ya voy tarde. Si no llego pronto, empezará a invocar perros para que me muerdan los tobillos.

Se acercó a Shoko, quien finalmente había cerrado su última carpeta. Satoru se inclinó, rodeándola con su aroma a azúcar y una frescura que desafiaba el clima, y depositó un beso suave y rápido en su mejilla.

— Nos vemos luego, Shoko. No trabajes demasiado, o tendré que secuestrarte para ir por dulces.

— Ve con cuidado, Satoru —murmuró ella, permitiéndose una pequeña sonrisa mientras lo veía cruzar la puerta a grandes zancadas.

El silencio volvió a reinar en la enfermería. Shoko exhaló un suspiro largo, disfrutando de la quietud. Se levantó para estirar las piernas y fue entonces cuando sus ojos se posaron en el respaldo de la silla donde Satoru había estado sentado.

Ahí, olvidada como si fuera un simple trapo, estaba su chaqueta oscura. Y justo encima, la venda negra.

Shoko se acercó lentamente. La curiosidad, ese rasgo que solía mantener bien escondido bajo su capa de indiferencia profesional, empezó a picarle en la nuca. Satoru Gojo era "El Más Fuerte". Su mera presencia alteraba el equilibrio del mundo. La gente lo miraba con temor, con reverencia o con absoluta envidia.

¿Cómo se sentiría, aunque fuera por un momento, cargar con ese peso? O mejor dicho, ¿cómo se sentiría ser el centro de atención tan ridículo que él representaba?

— Solo un segundo —se dijo a sí misma en voz baja.

Se quitó la bata blanca de laboratorio, dejándola sobre la camilla más cercana, y luego se despojó del jersey azul de cuello alto. Se quedó en una camiseta básica y, con un movimiento casi ritual, se puso la chaqueta de Satoru. Le quedaba enorme. Las mangas sobrepasaban sus manos y el dobladillo le llegaba casi a la mitad de los muslos, pero el tejido aún conservaba el calor corporal de él.

Luego, tomó la venda. Se la colocó alrededor de la cabeza, ajustándola sobre sus ojos. La oscuridad la envolvió, pero la tela era lo suficientemente fina como para permitirle intuir las formas si se concentraba.

Caminó a tientas hacia el espejo de cuerpo entero que había en la esquina de la oficina y se quitó la venda lo justo para verse, dejándola apoyada en su frente como él hacía a veces. Su reflejo le devolvió una imagen extraña: una versión desgarbada y un tanto cómica del hechicero más poderoso del mundo.

Una chispa de picardía se encendió en sus ojos castaños. Shoko se enderezó, estirando su espalda para ganar cada centímetro de su altura, y adoptó una postura exageradamente relajada, con las manos en los bolsillos de la chaqueta gigante.

— ¡Hola a todos! —exclamó, impostando una voz más profunda y cargada de una arrogancia juguetona—. Soy Satoru Gojo, y soy tan guapo y perfecto que el mundo debería darme las gracias por existir.

Se rió de su propia ocurrencia. Se giró de perfil, haciendo una pose dramática con dos dedos sobre su frente, imitando la técnica del "Vacío Púrpura".

— ¡Extensión de Dominio! —susurró con un tono solemne que rápidamente se transformó en una risita—. "Jardín de las Maravillas de Shoko", donde todos están obligados a dormir ocho horas y nadie tiene permitido sangrar en mi alfombra.

Se soltó el cabello castaño de la coleta, dejando que cayera sobre los hombros de la chaqueta negra. Se ajustó de nuevo la venda sobre los ojos, ocultando su mirada cansada, y empezó a caminar por la habitación con zancadas largas y exageradas, chocando levemente con una mesa.

— ¡Oh, no! —dijo, gesticulando con las manos hacia el aire—. Soy tan poderoso que incluso los muebles intentan atacarme por celos. Pero no se preocupen, mi Infinito me protege de todo... excepto de mi propia falta de sueño. ¡Yaga-san! ¿Viste mi último exorcismo? Fue increíble, ¿verdad? ¡Mírame, mírame!

Shoko se detuvo frente al espejo de nuevo, subiéndose la venda para guiñarle un ojo a su reflejo. Estaba divirtiéndose más de lo que querría admitir. Era liberador actuar de forma tan absurda, tan alejada de su usual estoicismo médico.

— Soy el más fuerte —declaró, señalando al espejo con una sonrisa de suficiencia—. Y además, tengo el mejor gusto en novias de toda la historia de la hechicería. Shoko es simplemente...

El sonido metálico del pomo de la puerta girando cortó sus palabras en seco.

Shoko se quedó petrificada. El tiempo pareció detenerse. Por la rendija de la venda, vio la silueta alta y espigada que entraba en la habitación.

Satoru Gojo se quedó parado en el umbral. Sus ojos azules se abrieron de par en par, recorriendo la escena: su novia, vestida con su ropa, en medio de una pose ridícula y con la venda mal puesta.

Pasó un segundo. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

El silencio era tan denso que Shoko podía oír los latidos de su propio corazón martilleando en sus oídos. El calor que antes sentía debido al clima fue reemplazado por una ola de bochorno que le subió desde el cuello hasta la punta de las orejas, tiñendo sus mejillas de un rojo carmín que nunca antes había mostrado.

— Yo... —empezó Shoko, pero su voz se quebró. Se bajó la venda rápidamente para cubrirse la cara, como si eso pudiera hacerla invisible—. Yo solo... la iba a guardar.

Satoru no dijo nada al principio. Dio un paso hacia adelante, cerrando la puerta tras de sí sin quitarle la vista de encima. Shoko quería que la tierra se la tragara. Estaba preparada para una reprimenda, o quizás para que él se sintiera ofendido por su imitación barata.

En lugar de eso, una carcajada sonora y vibrante llenó la enfermería.

— ¡Shoko! —exclamó Satoru, acercándose a ella con paso rápido—. ¡Eso ha sido increíble! ¿"Jardín de las Maravillas"? ¡Tengo que admitir que ese nombre tiene estilo!

Shoko sintió que sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba desatarse el nudo de la venda, pero los nervios la volvieron torpe.

— Cállate, Satoru. No viste nada.

— Oh, lo vi todo —dijo él, llegando a su lado. Sus manos, mucho más grandes que las de ella, se posaron sobre las de Shoko, deteniendo sus movimientos erráticos—. Vi a la versión más adorable de "El Más Fuerte" que ha existido jamás. Aunque creo que te falta un poco de altura, ¿no crees?

— Es la chaqueta, es demasiado grande —protestó ella, aunque ya no intentaba huir.

Satoru soltó una risita suave y, con delicadeza, terminó de quitarle la venda. Cuando los ojos de Shoko quedaron al descubierto, todavía brillantes por la vergüenza y la risa contenida, él la miró con una ternura que la dejó sin aliento.

— Te queda mejor a ti que a mí —susurró él.

Antes de que ella pudiera replicar con algún comentario mordaz, Satoru la rodeó por detrás, envolviéndola en un abrazo firme. La diferencia de tamaño era evidente; Shoko quedaba casi completamente oculta bajo sus brazos. Él apoyó la barbilla en el hombro de ella, mirando a ambos a través del espejo.

— Así que... ¿soy tan guapo que el mundo debería darme las gracias, eh? —comentó él con tono burlón, rozando con sus labios el lóbulo de su oreja.

— No te hagas ilusiones, solo estaba practicando para un papel de comedia —respondió Shoko, aunque se reclinó contra su pecho, relajándose a pesar de sí misma.

— Y la parte de que tengo el mejor gusto en novias... —continuó Satoru, bajando sus besos hacia el cuello de ella—. En eso tienes toda la razón. Aunque te faltó decir que mi novia es la mujer más inteligente, paciente y hermosa de este lugar.

Shoko soltó una risotada, esta vez genuina, cuando sintió las cosquillas de los labios de Satoru contra su piel. La tensión de la vergüenza se disolvió, reemplazada por esa calidez familiar que solo él sabía provocar.

— Eres un idiota, Satoru.

— Tu idiota favorito —corrigió él, dándole la vuelta para que quedara frente a él sin romper el abrazo—. Pero en serio, Shoko... si alguna vez quieres reemplazarme en una reunión con los ancianos del consejo, avísame. Creo que con esa imitación podrías convencerlos de cualquier cosa.

— Ni muerta —dijo ella, rodeando el cuello de él con sus brazos, la chaqueta todavía colgando de sus hombros—. Ser tú es agotador. No sé cómo aguantas tanta energía.

Satoru sonrió, una sonrisa suave y privada, de esas que no mostraba al resto del mundo. Se inclinó y unió sus labios con los de ella en un beso largo y pausado, que sabía a alivio y a una complicidad que se había forjado a lo largo de los años.

Cuando se separaron, Shoko comenzó a quitarse la chaqueta para devolvérsela.

— Ten, antes de que Megumi venga a buscarte y nos encuentre así.

Satoru tomó la prenda, pero antes de ponérsela, se detuvo y la miró de nuevo.

— Shoko.

— ¿Qué?

— Prométeme que esto será nuestro secreto. No quiero que los alumnos piensen que pueden imitarme tan bien. Mi ego no lo soportaría.

Shoko soltó una pequeña risa y volvió a ponerse su bata blanca, recuperando su apariencia de doctora profesional, aunque sus ojos todavía brillaban con diversión.

— Tu secreto está a salvo conmigo, Satoru. Al fin y al cabo, soy médico. Tengo confidencialidad con mis pacientes... y con los casos perdidos como tú.

Satoru se puso la chaqueta y se colocó la venda con la maestría de quien lo ha hecho mil veces. Se despidió con un gesto de la mano y una última sonrisa antes de salir por la puerta, dejando tras de sí el rastro de su risa.

Shoko se quedó sola en la enfermería. El calor parecía haber disminuido un poco, o tal vez ella ya no lo notaba tanto. Se sentó en su escritorio, tomó un cigarrillo sin encender y lo sostuvo entre sus dedos, mirando hacia la ventana.

— "El Más Fuerte", ¿eh? —murmuró para sí misma, sonriendo con ironía.

Definitivamente, ser Satoru Gojo era una tarea imposible para cualquiera. Pero ser la persona que lo conocía detrás de la venda, la que compartía sus momentos de ridiculez y su peso compartido, eso era algo que Shoko Ieiri no cambiaría por nada en el mundo.
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