
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Embarazo Zenin
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 17/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaDolor/ConsueloHistoria DomésticaAmbientación CanonLenguaje ExplícitoEstudio de PersonajeFluffRecortes de VidaEmbarazo No Planificado/No Deseado
El eco del silencio tras la tormenta
Cuatro años. Parecía una eternidad y, al mismo tiempo, un parpadeo desde que el cielo de Shinjuku se tiñó de sangre y la tiranía de Ryomen Sukuna llegó a su fin. El mundo de la hechicería ya no era el mismo; la ausencia de Gojo Satoru había dejado un vacío imposible de llenar, un trono de cristal que Yuta Okkotsu ahora ocupaba por derecho y necesidad. A sus veintiún años, Yuta ya no era el chico asustadizo que tropezaba con su propia sombra. Su estatura se había consolidado, sus hombros eran más anchos bajo la chaqueta blanca característica, y aunque las ojeras seguían marcando el contorno de sus ojos azul oscuro, su mirada ya no reflejaba miedo, sino una determinación serena y, a veces, una profundidad inquietante.
A su lado, siempre un paso adelante o un paso atrás según la batalla, estaba Maki Zenin. Las cicatrices que Jogo le había infligido en Shibuya eran mapas de supervivencia grabados en su piel, marcas que ella portaba con un orgullo feroz. Su cabello negro verdoso, ahora un poco más largo, caía sobre su rostro, enmarcando una expresión que rara vez se suavizaba ante los demás.
Sin embargo, en la privacidad de las sombras de la Academia de Hechicería de Tokio, las barreras caían.
Esa noche, el aire estaba cargado de una humedad eléctrica, preludio de una tormenta que se negaba a estallar. Yuta caminaba por los pasillos de madera, su paso era silencioso, casi fantasmal. Al cruzarse con Maki cerca de las escaleras, no hubo necesidad de palabras. Solo un intercambio de miradas: la de él, intensa y cargada de una posesividad suave; la de ella, desafiante pero con un brillo de expectación que solo él sabía provocar.
Yuta extendió la mano y, con una delicadeza que contrastaba con el poder destructivo que albergaba en sus venas, tomó la muñeca de Maki y la atrajo hacia su habitación.
Una vez dentro, el sonido de la puerta cerrándose fue como el disparo de salida.
—Estás especialmente callado hoy —susurró Maki, aunque su voz se quebró ligeramente cuando Yuta la empujó suavemente contra la pared de madera.
Él no respondió de inmediato. Se colocó detrás de ella, envolviéndola con su presencia. La diferencia de complexión era evidente; Maki era pura fibra y músculo endurecido, pero Yuta, con su aura de "Hechicero más Fuerte", emanaba una presión que la hacía sentir pequeña de una manera que secretamente adoraba.
Antes de que ella pudiera decir algo más, Yuta deslizó su mano sobre la boca de Maki, cubriéndola con firmeza pero sin lastimarla. Sus dedos eran largos y fríos, un contraste agudo con el calor que comenzaba a irradiar el cuerpo de la joven.
—Shh —susurró él al oído de ella, su aliento rozando la piel quemada de su cuello—. No queremos que los demás se enteren de lo que vamos a hacer, ¿verdad? Panda tiene el oído muy agudo.
Maki sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del ambiente. Esa faceta de Yuta, la que solo emergía cuando estaban a solas, era la que más la desarmaba. El chico tímido y encorvado desaparecía, dejando paso a un hombre que sabía exactamente cuánto poder ejercía sobre ella. Ella, que siempre había luchado contra el control de su clan, contra el destino y contra la debilidad, se encontraba entregándose voluntariamente a la dominación de Yuta.
Él bajó la mano de su boca, pero solo para sustituirla por sus labios. El beso fue hambriento, una colisión de cuatro años de dolor, supervivencia y un amor que a veces se sentía demasiado pesado para sus corazones jóvenes. Las manos de Yuta bajaron con urgencia, buscando el borde de la camiseta negra sin mangas de Maki.
—Yuta... —jadeó ella cuando él se separó apenas unos milímetros para bajar por su cuello.
—Te he echado de menos todo el día —admitió él con voz ronca—. Ver cómo entrenas a los de primer año, ver cómo te mueves... me vuelve loco.
Maki soltó un gemido ahogado cuando las manos de Yuta encontraron su objetivo. Él siempre había tenido una fascinación particular por su cuerpo, por la fuerza que representaba, pero especialmente por sus pechos. Los acarició con una mezcla de reverencia y deseo primitivo, sus dedos trazando las líneas de sus cicatrices como si fueran los tesoros más valiosos del mundo.
—Son hermosas —murmuró él contra su piel—. Cada una de tus marcas me recuerda que sigues aquí conmigo.
Maki echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta. Se sentía sumisa, una palabra que nunca habría usado para describirse a sí misma, pero que en los brazos de Yuta se sentía como una liberación. No tenía que ser la guerrera invulnerable, no tenía que ser la cabeza del clan Zenin. Podía ser simplemente Maki, la mujer que amaba al monstruo más bondadoso del mundo.
La ropa fue desapareciendo, cayendo al suelo en un desorden olvidado. La cama de Yuta, estrecha y funcional, se convirtió en el epicentro de su universo. El calor entre ellos se intensificó, una danza de piel contra piel donde las cicatrices de Maki se mezclaban con la palidez de Yuta.
Él se movía con una confianza que habría sorprendido a cualquiera que solo lo conociera por sus disculpas constantes y su postura encorvada. En la intimidad, Yuta era el que guiaba, el que dictaba el ritmo de sus respiraciones. Sus besos eran marcas de propiedad, y sus manos no dejaban un centímetro de ella sin explorar.
—Mírame, Maki —pidió él, su voz era un mandato suave.
Ella abrió los ojos, empañados por el placer, y se encontró con el azul profundo de Yuta. En ese momento, no había rastro de la maldición de Rika, ni del peso del mundo sobre sus hombros. Solo estaban ellos dos.
—Eres mía —dijo él, antes de fundirse con ella en un movimiento que les robó el aliento a ambos.
Maki enterró las uñas en la espalda de Yuta, ahogando un grito en su hombro. El ritmo se volvió frenético, una necesidad de consumirse mutuamente para olvidar que el mañana siempre era incierto en su línea de trabajo. El clímax los alcanzó como una explosión silenciosa, dejándolos exhaustos y entrelazados mientras el primer rayo de sol comenzaba a filtrarse por las rendijas de la persiana.
El amanecer en la Academia de Hechicería siempre era tranquilo, pero esa mañana se sentía diferente. Yuta permanecía despierto, observando cómo el pecho de Maki subía y bajaba con una respiración rítmica. Ella se había quedado dormida con la cabeza apoyada en su pecho, su habitual expresión dura suavizada por el sueño.
Yuta le acarició el cabello, sintiendo una extraña punzada de presentimiento en el pecho. Habían sobrevivido a Sukuna, habían reconstruido su mundo, pero el destino de un hechicero nunca era lineal.
—¿En qué piensas? —preguntó Maki con voz ronca, sin abrir los ojos.
—En que no quiero que este momento termine —respondió él sinceramente—. Siento que anoche algo cambió.
Maki abrió un ojo y lo miró con una pizca de su antigua ironía, aunque su mano buscó la de él bajo las sábanas.
—Solo fue una noche intensa, Okkotsu. No te pongas sentimental ahora.
Yuta sonrió, una sonrisa pequeña y melancólica.
—Tal vez. Pero tengo la sensación de que las cosas se van a volver mucho más complicadas a partir de ahora.
Maki se incorporó, sentándose en la cama y dejando que la sábana cayera hasta su cintura, sin importarle su desnudez. Se ajustó las gafas que estaban en la mesilla de noche y miró a Yuta con seriedad.
—Somos hechiceros. Las cosas siempre son complicadas. Pero mientras estemos juntos, que venga lo que sea.
Yuta asintió, aunque el peso en su estómago no desaparecía. Lo que ninguno de los dos sabía en ese amanecer dorado era que las palabras de Yuta eran proféticas. Esa noche de pasión, de entrega absoluta y de olvido, había plantado una semilla que florecería en los meses venideros, cambiando sus vidas de una manera que ni siquiera el Hechicero más Fuerte podía prever.
—Tienes razón —dijo Yuta, levantándose para comenzar el día—. Vamos. Los de primer año nos esperan para el entrenamiento. No querrás que Panda venga a buscarnos y nos encuentre así.
Maki soltó una risa seca, la primera del día.
—Si Panda asoma la cabeza por esa puerta, le arrancaré el relleno.
Yuta rió también, pero mientras se ponía su chaqueta blanca, no pudo evitar mirar una vez más a Maki. Ella era su ancla, su razón para no perderse en la inmensidad de su propio poder. Y aunque el futuro fuera incierto, esa noche en la academia quedaría grabada en sus almas como el momento en que dejaron de ser dos soldados heridos para convertirse en algo mucho más profundo.
El mundo exterior seguía su curso, ajeno a los secretos que guardaban las paredes de la habitación de Yuta. El ciclo de las maldiciones continuaba, pero por un breve instante, el amor había sido la energía más poderosa en el campus de Tokio. Y mientras caminaban juntos hacia el campo de entrenamiento, el sol terminaba de salir, iluminando un nuevo capítulo que apenas comenzaba a escribirse.
A su lado, siempre un paso adelante o un paso atrás según la batalla, estaba Maki Zenin. Las cicatrices que Jogo le había infligido en Shibuya eran mapas de supervivencia grabados en su piel, marcas que ella portaba con un orgullo feroz. Su cabello negro verdoso, ahora un poco más largo, caía sobre su rostro, enmarcando una expresión que rara vez se suavizaba ante los demás.
Sin embargo, en la privacidad de las sombras de la Academia de Hechicería de Tokio, las barreras caían.
Esa noche, el aire estaba cargado de una humedad eléctrica, preludio de una tormenta que se negaba a estallar. Yuta caminaba por los pasillos de madera, su paso era silencioso, casi fantasmal. Al cruzarse con Maki cerca de las escaleras, no hubo necesidad de palabras. Solo un intercambio de miradas: la de él, intensa y cargada de una posesividad suave; la de ella, desafiante pero con un brillo de expectación que solo él sabía provocar.
Yuta extendió la mano y, con una delicadeza que contrastaba con el poder destructivo que albergaba en sus venas, tomó la muñeca de Maki y la atrajo hacia su habitación.
Una vez dentro, el sonido de la puerta cerrándose fue como el disparo de salida.
—Estás especialmente callado hoy —susurró Maki, aunque su voz se quebró ligeramente cuando Yuta la empujó suavemente contra la pared de madera.
Él no respondió de inmediato. Se colocó detrás de ella, envolviéndola con su presencia. La diferencia de complexión era evidente; Maki era pura fibra y músculo endurecido, pero Yuta, con su aura de "Hechicero más Fuerte", emanaba una presión que la hacía sentir pequeña de una manera que secretamente adoraba.
Antes de que ella pudiera decir algo más, Yuta deslizó su mano sobre la boca de Maki, cubriéndola con firmeza pero sin lastimarla. Sus dedos eran largos y fríos, un contraste agudo con el calor que comenzaba a irradiar el cuerpo de la joven.
—Shh —susurró él al oído de ella, su aliento rozando la piel quemada de su cuello—. No queremos que los demás se enteren de lo que vamos a hacer, ¿verdad? Panda tiene el oído muy agudo.
Maki sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del ambiente. Esa faceta de Yuta, la que solo emergía cuando estaban a solas, era la que más la desarmaba. El chico tímido y encorvado desaparecía, dejando paso a un hombre que sabía exactamente cuánto poder ejercía sobre ella. Ella, que siempre había luchado contra el control de su clan, contra el destino y contra la debilidad, se encontraba entregándose voluntariamente a la dominación de Yuta.
Él bajó la mano de su boca, pero solo para sustituirla por sus labios. El beso fue hambriento, una colisión de cuatro años de dolor, supervivencia y un amor que a veces se sentía demasiado pesado para sus corazones jóvenes. Las manos de Yuta bajaron con urgencia, buscando el borde de la camiseta negra sin mangas de Maki.
—Yuta... —jadeó ella cuando él se separó apenas unos milímetros para bajar por su cuello.
—Te he echado de menos todo el día —admitió él con voz ronca—. Ver cómo entrenas a los de primer año, ver cómo te mueves... me vuelve loco.
Maki soltó un gemido ahogado cuando las manos de Yuta encontraron su objetivo. Él siempre había tenido una fascinación particular por su cuerpo, por la fuerza que representaba, pero especialmente por sus pechos. Los acarició con una mezcla de reverencia y deseo primitivo, sus dedos trazando las líneas de sus cicatrices como si fueran los tesoros más valiosos del mundo.
—Son hermosas —murmuró él contra su piel—. Cada una de tus marcas me recuerda que sigues aquí conmigo.
Maki echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta. Se sentía sumisa, una palabra que nunca habría usado para describirse a sí misma, pero que en los brazos de Yuta se sentía como una liberación. No tenía que ser la guerrera invulnerable, no tenía que ser la cabeza del clan Zenin. Podía ser simplemente Maki, la mujer que amaba al monstruo más bondadoso del mundo.
La ropa fue desapareciendo, cayendo al suelo en un desorden olvidado. La cama de Yuta, estrecha y funcional, se convirtió en el epicentro de su universo. El calor entre ellos se intensificó, una danza de piel contra piel donde las cicatrices de Maki se mezclaban con la palidez de Yuta.
Él se movía con una confianza que habría sorprendido a cualquiera que solo lo conociera por sus disculpas constantes y su postura encorvada. En la intimidad, Yuta era el que guiaba, el que dictaba el ritmo de sus respiraciones. Sus besos eran marcas de propiedad, y sus manos no dejaban un centímetro de ella sin explorar.
—Mírame, Maki —pidió él, su voz era un mandato suave.
Ella abrió los ojos, empañados por el placer, y se encontró con el azul profundo de Yuta. En ese momento, no había rastro de la maldición de Rika, ni del peso del mundo sobre sus hombros. Solo estaban ellos dos.
—Eres mía —dijo él, antes de fundirse con ella en un movimiento que les robó el aliento a ambos.
Maki enterró las uñas en la espalda de Yuta, ahogando un grito en su hombro. El ritmo se volvió frenético, una necesidad de consumirse mutuamente para olvidar que el mañana siempre era incierto en su línea de trabajo. El clímax los alcanzó como una explosión silenciosa, dejándolos exhaustos y entrelazados mientras el primer rayo de sol comenzaba a filtrarse por las rendijas de la persiana.
El amanecer en la Academia de Hechicería siempre era tranquilo, pero esa mañana se sentía diferente. Yuta permanecía despierto, observando cómo el pecho de Maki subía y bajaba con una respiración rítmica. Ella se había quedado dormida con la cabeza apoyada en su pecho, su habitual expresión dura suavizada por el sueño.
Yuta le acarició el cabello, sintiendo una extraña punzada de presentimiento en el pecho. Habían sobrevivido a Sukuna, habían reconstruido su mundo, pero el destino de un hechicero nunca era lineal.
—¿En qué piensas? —preguntó Maki con voz ronca, sin abrir los ojos.
—En que no quiero que este momento termine —respondió él sinceramente—. Siento que anoche algo cambió.
Maki abrió un ojo y lo miró con una pizca de su antigua ironía, aunque su mano buscó la de él bajo las sábanas.
—Solo fue una noche intensa, Okkotsu. No te pongas sentimental ahora.
Yuta sonrió, una sonrisa pequeña y melancólica.
—Tal vez. Pero tengo la sensación de que las cosas se van a volver mucho más complicadas a partir de ahora.
Maki se incorporó, sentándose en la cama y dejando que la sábana cayera hasta su cintura, sin importarle su desnudez. Se ajustó las gafas que estaban en la mesilla de noche y miró a Yuta con seriedad.
—Somos hechiceros. Las cosas siempre son complicadas. Pero mientras estemos juntos, que venga lo que sea.
Yuta asintió, aunque el peso en su estómago no desaparecía. Lo que ninguno de los dos sabía en ese amanecer dorado era que las palabras de Yuta eran proféticas. Esa noche de pasión, de entrega absoluta y de olvido, había plantado una semilla que florecería en los meses venideros, cambiando sus vidas de una manera que ni siquiera el Hechicero más Fuerte podía prever.
—Tienes razón —dijo Yuta, levantándose para comenzar el día—. Vamos. Los de primer año nos esperan para el entrenamiento. No querrás que Panda venga a buscarnos y nos encuentre así.
Maki soltó una risa seca, la primera del día.
—Si Panda asoma la cabeza por esa puerta, le arrancaré el relleno.
Yuta rió también, pero mientras se ponía su chaqueta blanca, no pudo evitar mirar una vez más a Maki. Ella era su ancla, su razón para no perderse en la inmensidad de su propio poder. Y aunque el futuro fuera incierto, esa noche en la academia quedaría grabada en sus almas como el momento en que dejaron de ser dos soldados heridos para convertirse en algo mucho más profundo.
El mundo exterior seguía su curso, ajeno a los secretos que guardaban las paredes de la habitación de Yuta. El ciclo de las maldiciones continuaba, pero por un breve instante, el amor había sido la energía más poderosa en el campus de Tokio. Y mientras caminaban juntos hacia el campo de entrenamiento, el sol terminaba de salir, iluminando un nuevo capítulo que apenas comenzaba a escribirse.
