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Baby Slayers

Fandom: Kimetsu no Yaiba

Creado: 17/6/2026

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Pequeños problemas en la Finca Mariposa

El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de un naranja vibrante que contrastaba con la quietud sepulcral del bosque. Giyu Tomioka caminaba en silencio, su haori de dos patrones ondeando levemente con la brisa. A su lado, Shinobu Kocho mantenía su paso ligero, con esa sonrisa perenne que, para alguien tan observador como Giyu, resultaba tan fascinante como irritante.

La paz se vio interrumpida por el graznido estridente de un cuervo de la sede.

— ¡Caw, caw! ¡Emergencia! ¡Tanjiro Kamado, Nezuko Kamado, Zenitsu Agatsuma e Inosuke Hashibira han sido alcanzados por la técnica de sangre de un demonio! —el ave sobrevoló sus cabezas con urgencia—. ¡Ubicación noreste! ¡Rápido!

Sin intercambiar una sola palabra, ambos Pilares cambiaron de dirección instantáneamente. La preocupación, aunque manifestada de formas distintas, era palpable. Shinobu aceleró, su figura pareciendo una mariposa cruzando la maleza, mientras Giyu mantenía un ritmo constante y poderoso. Tanjiro y su grupo eran fundamentales para el futuro del Cuerpo de Cazadores; perderlos no era una opción.

Al llegar al claro donde se suponía que estaba el foco del conflicto, se detuvieron en seco. No había rastros de lucha reciente, ni olor a sangre de demonio, ni ruidos de batalla. Solo el silencio del bosque.

— Qué extraño... —murmuró Shinobu, su mano derecha descansando sobre la empuñadura de su nichirin—. No siento ninguna presencia maligna cerca.

Giyu no respondió. Sus ojos azules, profundos y vacíos como un océano en calma, recorrieron el suelo. A unos metros de distancia, vio montículos de tela desparramados de forma errática.

— Allí —dijo Giyu, señalando con un gesto breve.

Se acercaron con cautela. En el suelo yacían el haori de cuadros verdes y negros, la capa de escamas amarillas y, sorprendentemente, la máscara de jabalí de Inosuke. Pero no había rastro de los cazadores. Los uniformes estaban vacíos, como si sus dueños se hubieran evaporado.

De repente, un bulto bajo el haori de Tanjiro comenzó a moverse.

Shinobu se adelantó y, con delicadeza, levantó la tela. Sus ojos se abrieron de par en par, perdiendo por un segundo su expresión de calma absoluta.

— ¿Pero qué...?

Giyu, que se había acercado por detrás, sintió que el mundo se detenía. Bajo el haori, un bebé de apenas cinco meses, con una marca de nacimiento en la frente y grandes ojos rojizos que parpadeaban con confusión, los miraba fijamente.

— ¿Tanjiro? —la voz de Giyu sonó más quebrada de lo habitual.

— ¡Miren esto! —exclamó Shinobu, moviéndose hacia los otros uniformes.

Bajo la tela amarilla, un bebé rubio comenzó a llorar con una fuerza pulmónar impresionante al sentir el frío de la noche. Cerca de él, una pequeña con una cinta rosa en el cabello gateaba torpemente fuera de un kimono demasiado grande, y bajo la piel de jabalí, un bebé de cabello oscuro y puntas azules lanzaba manotazos al aire, intentando morder el borde de su propia máscara.

— Es una técnica de sangre —concluyó Shinobu, recuperando la compostura mientras tomaba al pequeño Tanjiro en brazos—. Parece que el demonio escapó después de revertir sus cuerpos a un estado de infancia temprana. Por su tamaño, no deben tener más de cinco o seis meses.

Giyu miró al bebé Inosuke, que ahora intentaba trepar por su pierna usando sus encías para morder la tela de su uniforme. El Pilar del Agua suspiró, una sombra de desconcierto cruzando su rostro impasible.

— Hay que llevarlos a la Finca Mariposa —sentenció Giyu.

Horas más tarde, la Finca Mariposa se había convertido en un caos controlado. Shinobu había improvisado cunas y ropa pequeña con la ayuda de Aoi y las tres niñas de la finca. Tras un examen exhaustivo, la conclusión fue agridulce.

— No hay rastro de veneno o daño físico permanente —explicó Shinobu a Giyu, mientras preparaba unos biberones en la enfermería—. Pero la técnica de sangre es orgánica. No puedo crear un antídoto porque no hay una sustancia química que neutralizar. Tendremos que esperar a que el efecto se disipe por sí solo. Podrían ser días... o semanas.

Giyu estaba apoyado contra la pared, observando la escena. Aunque su intención inicial era irse una vez que estuvieran a salvo, algo en su interior le impedía abandonar el lugar. Ver a los guerreros más prometedores reducidos a seres tan vulnerables le generaba una extraña punzada de responsabilidad.

Nezuko dormía plácidamente en una cesta, mientras que Zenitsu, tras haber agotado sus energías llorando, sollozaba entre sueños. Tanjiro, por su parte, miraba a Giyu con una curiosidad intensa, agitando sus pequeñas manos hacia él.

— Tomioka-san, ¿vas a quedarte ahí parado como una estatua o vas a ayudarme? —preguntó Shinobu con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, denotando su propio cansancio—. Los Pilares también deben saber cuidar de la próxima generación, ¿no crees?

Giyu no respondió. Se limitó a acercarse a la cuna improvisada donde Inosuke se revolvía con violencia, pateando las mantas con una energía impropia de un bebé de su edad. El pequeño jabalí humano emitía gruñidos sordos y fruncía el ceño, como si estuviera retando al mundo entero desde su pañal.

De repente, un olor penetrante y poco agradable inundó el radio cercano a Giyu. El Pilar del Agua arrugó levemente la nariz, manteniendo su expresión severa, pero sus ojos se fijaron en el pequeño Inosuke con una mezcla de sospecha y horror.

— Kocho —dijo Giyu finalmente, rompiendo su silencio.

— ¿Sí, Tomioka-san? ¿Has decidido finalmente ser sociable? —respondió ella sin mirarlo, mientras alimentaba a Tanjiro.

— El de las puntas azules huele raro.

Shinobu hizo una pausa, parpadeando un par de veces antes de soltar una risita suave que resonó en la habitación.

— Ara, ara. Eso es porque es un bebé, Tomioka-san. Y los bebés tienen necesidades biológicas que no pueden controlar. ¿Me estás diciendo que el gran Pilar del Agua tiene miedo de un pañal sucio?

Giyu mantuvo la mirada fija en el pequeño Inosuke, quien ahora lo señalaba con un dedo regordete mientras emitía un sonido que parecía un desafío de guerra en miniatura.

— No tengo miedo —afirmó Giyu con voz plana—. Solo constato un hecho. Huele a algo descompuesto.

— Se llama "naturaleza", Tomioka-san —dijo Shinobu, acercándose con un paño limpio y agua tibia—. Pero ya que eres tan observador, podrías ayudarme a sostenerlo mientras lo limpio. No querrás que el futuro de los cazadores de demonios sufra de una irritación cutánea, ¿verdad?

Giyu dudó. Sus manos, callosas por el uso de la espada y acostumbradas a segar vidas de demonios, se sentían torpes ante la idea de tocar algo tan frágil. Sin embargo, ante la mirada expectante de Shinobu, dio un paso al frente.

Con una rigidez cómica, Giyu extendió los brazos y tomó a Inosuke por las axilas, manteniéndolo a una distancia prudencial de su haori. El bebé, lejos de asustarse, comenzó a reírse a carcajadas, agitando sus piernas y golpeando accidentalmente el pecho de Giyu con sus pies descalzos.

— Sostenlo con más firmeza, se te va a caer —le reprendió Shinobu, aunque se divertía internamente con la situación—. Pon una mano en su espalda y otra bajo su trasero.

Giyu obedeció, aunque su rostro reflejaba una concentración más intensa que la que ponía en la Undécima Postura de la Respiración del Agua.

— Es... ruidoso —murmuró Giyu mientras Inosuke intentaba agarrar uno de los mechones de su cabello negro.

— Es Inosuke-kun, ¿qué esperabas? —Shinobu comenzó a limpiar al pequeño con destreza—. Incluso como bebé tiene un espíritu indomable. Es curioso, ¿no? A pesar de haber olvidado quiénes son, sus personalidades parecen brillar a través de esta transformación. Tanjiro es tranquilo y protector con Nezuko, Zenitsu es... bueno, Zenitsu, e Inosuke sigue intentando ser el rey de la montaña, aunque su montaña sea ahora un montón de cojines.

Giyu sintió un pequeño tirón en su cabello. Inosuke había logrado alcanzar su coleta y tiraba de ella con una fuerza sorprendente.

— Suéltame —dijo Giyu con su tono monótono habitual.

Inosuke solo rió más fuerte, emitiendo un balbuceo que sonaba sospechosamente a un grito de batalla.

— ¡Ba-ba-ba! —exclamó el bebé, golpeando la mejilla de Giyu con su mano libre.

— Creo que le agradas, Tomioka-san —comentó Shinobu, terminando de cambiar al pequeño—. Quizás sea porque ambos son igual de testarudos y tienen dificultades para comunicarse con palabras.

Giyu no se molestó en replicar el dardo de Shinobu. En lugar de eso, bajó la mirada hacia el niño. Por un momento, la opacidad de sus ojos azules pareció suavizarse. Recordó vagamente su propia infancia, antes de que los demonios le arrebataran todo, antes de que el peso de la culpa de Sabito y Tsutako se instalara en sus hombros. Había una pureza en esos niños que el mundo de los cazadores solía devorar demasiado rápido.

— ¿Crees que recordarán algo de esto cuando vuelvan a la normalidad? —preguntó Giyu en voz baja.

Shinobu guardó silencio un momento, acomodando a Inosuke de nuevo en su cuna. El pequeño, ahora limpio y seco, comenzó a bostezar, sucumbiendo finalmente al cansancio.

— Es difícil saberlo —respondió ella, su voz perdiendo parte de su tono burlón—. Las técnicas de sangre afectan la mente de formas impredecibles. Pero tal vez, en algún rincón de su subconsciente, recordarán que estuvieron a salvo. Que hubo alguien cuidándolos cuando no podían protegerse a sí mismos.

Giyu asintió levemente. Se volvió hacia la ventana, observando la luna llena que se alzaba sobre la finca.

— Me quedaré esta noche —anunció de repente.

Shinobu arqueó una ceja, sorprendida.

— ¿Oh? ¿El solitario Tomioka-san se ofrece de voluntario para la guardia de medianoche? Pensé que dirías que no tienes nada que ver con esto.

— Son cazadores bajo nuestra responsabilidad —dijo él, dándole la espalda para ocultar cualquier rastro de emoción—. Y Zenitsu volverá a llorar pronto. Alguien debe evitar que despierte a los demás.

Shinobu sonrió, esta vez de una manera más genuina y suave.

— Entiendo. Entonces, te dejaré el primer turno. Hay leche tibia en la cocina y pañales limpios en el armario. No te quedes dormido, Pilar del Agua.

— No lo haré.

Cuando Shinobu salió de la habitación, el silencio regresó, interrumpido solo por la respiración acompasada de los cuatro bebés. Giyu se sentó en el suelo, cruzando las piernas, manteniendo su guardia como si estuviera en medio de un campo de batalla.

Tanjiro, que aún no se había dormido del todo, gateó lentamente hacia Giyu. El Pilar del Agua lo observó con cautela. El bebé se detuvo al llegar a su rodilla y, con un suspiro de satisfacción, apoyó su pequeña cabeza contra la pierna del hombre, cerrando los ojos.

Giyu se quedó inmóvil. Lentamente, como si temiera romper un hechizo, extendió su mano y acarició con un dedo la frente del niño, justo sobre la marca.

— No desperdicien sus vidas —susurró para sí mismo, repitiendo el mantra que solía decir a los reclutas, pero esta vez con una ternura que nadie más podría haber escuchado—. Crezcan pronto. El mundo todavía los necesita.

Afuera, el viento soplaba entre los árboles de glicinias, pero dentro de la enfermería de la Finca Mariposa, por una vez, no había odio, ni demonios, ni tristeza. Solo el deber silencioso de un hombre que, a pesar de lo que decía el resto, tenía un corazón lo suficientemente grande como para proteger incluso los sueños de aquellos que apenas empezaban a vivir de nuevo.

Inosuke soltó un ronquido sonoro desde su cuna, y Giyu, por primera vez en mucho tiempo, permitió que una sombra casi imperceptible de una sonrisa cruzara su rostro. Sí, definitivamente iba a ser una noche muy larga.
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