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B
Fandom: One piece
Creado: 18/6/2026
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RomanceDramaPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Ambientación CanonLenguaje ExplícitoEstudio de Personaje
Hambre de Oro y Sal
El Baratie no era solo un restaurante; era un maldito manicomio flotante en medio del océano. Zoro lo supo desde el momento en que puso un pie en esa cubierta de madera que olía a especias, pescado fresco y sangre de piratas de poca monta. Pero entre el caos de platos voladores y cocineros con cara de pocos amigos, hubo algo que detuvo su instinto de combate por un segundo. O mejor dicho, alguien.
Un tipo rubio, con un traje negro impecable que parecía fuera de lugar en ese entorno violento, y un cigarrillo colgando perpetuamente de sus labios. Tenía una ceja rizada que le daba un aire ridículo, pero cuando se movía, lo hacía con una elegancia que irritaba a Zoro hasta la médula.
—Es repulsivamente lindo —gruñó Zoro para sus adentros aquella primera vez, mientras apartaba la vista y se concentraba en su sake.
Pero el tiempo en el Grand Line tenía una forma cruel de erosionar las defensas. Lo que empezó como una observación despectiva se transformó en una obsesión silenciosa que carcomía la cordura del espadachín. Ahora, meses después, a bordo del Going Merry, la presencia de Sanji era una tortura constante.
Zoro estaba apoyado contra la borda, fingiendo dormir con los brazos cruzados sobre el pecho. El sol de la tarde caía sobre la cubierta, pero sus sentidos estaban enfocados en un solo punto: el ritmo de los pasos de Sanji saliendo de la cocina.
—¡Oye, marimo de mierda! —la voz de Sanji rompió el silencio, cargada con esa irritación característica que siempre parecía dirigida a él—. La cena está lista. Muévete antes de que use tu cabeza de césped para abonar las mandarinas de Nami-san.
Zoro abrió un ojo, observando la figura delgada del cocinero. Sanji tenía la chaqueta del traje abierta y la corbata floja. El sudor de la cocina hacía que algunos mechones rubios se pegaran a su frente. Era un desastre caprichoso, un hombre que perdía los estribos por cualquier tontería y que hablaba como si cada palabra fuera un insulto o un cumplido exagerado para las mujeres.
—Cierra la boca, cocinero de pacotilla —respondió Zoro, levantándose con una lentitud deliberada—. Iré cuando me dé la gana.
Sanji caminó hacia él, deteniéndose a solo unos centímetros. El olor a tabaco y limones invadió el espacio personal de Zoro, activando una alarma en sus instintos más primarios.
—¿Qué has dicho, pedazo de musgo? —Sanji exhaló el humo del cigarrillo directamente en la cara de Zoro, entornando los ojos con desafío—. Me he pasado horas preparando un banquete y no voy a dejar que un espadachín de segunda clase lo desperdicie porque tiene el ego más grande que sus katanas.
Zoro sintió un apretón en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Sus ojos bajaron por un instante a los labios de Sanji, que se movían con una arrogancia que le daban ganas de borrársela a mordiscos. La necesidad carnal, esa que había estado reprimiendo desde el Baratie, rugió en su interior como una bestia enjaulada.
—Eres un caprichoso —soltó Zoro en voz baja, dando un paso adelante, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Te crees el centro del mundo solo porque sabes freír un poco de pescado.
Sanji soltó una carcajada seca, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo tenue que no era por el calor del sol.
—Y tú eres un animal que solo sabe cortar cosas —replicó Sanji, aunque su voz flaqueó un milisegundo—. Un animal bruto, malhablado y... y con un sentido de la orientación que da lástima.
—Un animal tiene instintos, Sanji —Zoro pronunció su nombre con una gravedad que hizo que el cocinero se tensara—. Y mis instintos me están diciendo que te calle de una puta vez.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que amenazaba con hacer estallar la madera del barco. Sanji no retrocedió. A pesar de sus insultos y su actitud altiva, se quedó allí, sosteniendo la mirada gris de Zoro con una intensidad desafiante.
—Inténtalo, marimo —susurró Sanji, dejando caer la colilla del cigarrillo y aplastándola con el zapato—. Intenta callarme si es que tienes lo que hay que tener.
Zoro no necesitó más provocación. Su mano derecha se disparó hacia adelante, sujetando a Sanji por la nuca con una fuerza que no admitía réplicas. El cocinero soltó un jadeo de sorpresa que se ahogó contra los labios de Zoro cuando este se lanzó sobre él.
Fue un beso violento, desprovisto de cualquier delicadeza. Era una colisión de dientes, lengua y deseos reprimidos durante demasiado tiempo. Zoro saboreó la nicotina y algo dulce, quizás el postre que Sanji había estado probando en la cocina. Era una mezcla embriagadora que le nubló el juicio por completo.
Sanji, lejos de apartarse, enredó sus dedos en el pelo corto y verde de Zoro, tirando con fuerza, respondiendo a la agresión con la misma moneda. Un gemido bajo y gutural escapó de la garganta del rubio, un sonido que alimentó el fuego en la sangre de Zoro.
Se separaron apenas unos milímetros, jadeando, con los rostros encendidos.
—Maldito... animal... —susurró Sanji, aunque su mirada estaba nublada por la lujuria.
—Te dije que te callaras —gruñó Zoro, bajando su mano desde la nuca hasta la cintura de Sanji, apretando con fuerza—. Llevo queriendo hacer esto desde que te vi en ese restaurante de mierda.
Sanji soltó una risita temblorosa, recuperando parte de su actitud caprichosa.
—Vaya, así que el gran cazador de piratas es un pervertido que se enamoró a primera vista —se burló, aunque su respiración agitada lo delataba—. Qué poco estilo tienes, Zoro. Eres un puto desastre.
—Cállate —repitió Zoro, empujando a Sanji contra la pared de la cabina, ocultos de la vista de los demás por el ángulo del mástil—. No hables de estilo cuando estás temblando entre mis manos.
—¡No estoy temblando, idiota! —exclamó Sanji, aunque sus piernas se sentían como gelatina—. Es solo que... que tu olor a acero y sudor es asqueroso.
—Mientes —Zoro bajó la cabeza, enterrando el rostro en el cuello de Sanji, aspirando el aroma de su piel—. Te encanta. Eres igual de retorcido que yo.
Sanji cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás para darle más acceso. Sus manos bajaron por la espalda de Zoro, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.
—Eres un bruto, un malhablado y un idiota —murmuró Sanji, con la voz cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Pero si vas a seguir con esto, más vale que lo hagas bien. No acepto nada que no sea de primera clase.
Zoro sonrió contra su piel, una expresión depredadora que Sanji no pudo ver.
—Te voy a dar exactamente lo que te mereces, principito —dijo Zoro, su voz descendiendo a un tono peligroso—. Y no vas a poder caminar derecho hacia tu preciosa cocina mañana por la mañana.
Sanji soltó un bufido, tratando de recuperar su máscara de indiferencia, aunque sus dedos se clavaban en los hombros de Zoro con desesperación.
—Ya veremos quién termina pidiendo clemencia, marimo. Te aseguro que mis patadas no son lo único fuerte que tengo.
—Demuéstralo —desafió Zoro, volviendo a capturar sus labios con una urgencia renovada.
En ese rincón sombreado del Going Merry, la rivalidad que los había definido desde el Baratie se transformó en algo mucho más oscuro y voraz. No había espacio para la caballerosidad de Sanji ni para la disciplina de Zoro. Solo quedaba el hambre, una necesidad carnal que había crecido en el silencio de las guardias nocturnas y en las discusiones sin sentido durante las comidas.
Zoro sabía que esto no cambiaría quiénes eran. Mañana volverían a insultarse, Sanji volvería a patearlo por poner los pies sobre la mesa y él volvería a llamarlo "cocinero de mierda". Pero ahora, mientras sentía el cuerpo de Sanji presionarse contra el suyo, supo que la cordura era un precio pequeño a pagar por el sabor de ese rubio caprichoso que lo volvía loco.
—Zoro... —el nombre escapó de los labios de Sanji como un suspiro quebrado, perdiendo toda la acidez habitual.
—Aquí estoy —respondió el espadachín, su voz ronca de puro deseo—. Y no voy a irme a ninguna parte hasta que me haya saciado de ti.
El sol terminó de ocultarse en el horizonte, tiñendo el mar de un rojo sangre, mientras en la cubierta del barco, dos hombres que se juraban odio encontraban una tregua violenta y necesaria en los brazos del otro. El Baratie quedaba lejos en el mapa, pero el fuego que se encendió allí apenas estaba empezando a consumir todo a su paso.
Un tipo rubio, con un traje negro impecable que parecía fuera de lugar en ese entorno violento, y un cigarrillo colgando perpetuamente de sus labios. Tenía una ceja rizada que le daba un aire ridículo, pero cuando se movía, lo hacía con una elegancia que irritaba a Zoro hasta la médula.
—Es repulsivamente lindo —gruñó Zoro para sus adentros aquella primera vez, mientras apartaba la vista y se concentraba en su sake.
Pero el tiempo en el Grand Line tenía una forma cruel de erosionar las defensas. Lo que empezó como una observación despectiva se transformó en una obsesión silenciosa que carcomía la cordura del espadachín. Ahora, meses después, a bordo del Going Merry, la presencia de Sanji era una tortura constante.
Zoro estaba apoyado contra la borda, fingiendo dormir con los brazos cruzados sobre el pecho. El sol de la tarde caía sobre la cubierta, pero sus sentidos estaban enfocados en un solo punto: el ritmo de los pasos de Sanji saliendo de la cocina.
—¡Oye, marimo de mierda! —la voz de Sanji rompió el silencio, cargada con esa irritación característica que siempre parecía dirigida a él—. La cena está lista. Muévete antes de que use tu cabeza de césped para abonar las mandarinas de Nami-san.
Zoro abrió un ojo, observando la figura delgada del cocinero. Sanji tenía la chaqueta del traje abierta y la corbata floja. El sudor de la cocina hacía que algunos mechones rubios se pegaran a su frente. Era un desastre caprichoso, un hombre que perdía los estribos por cualquier tontería y que hablaba como si cada palabra fuera un insulto o un cumplido exagerado para las mujeres.
—Cierra la boca, cocinero de pacotilla —respondió Zoro, levantándose con una lentitud deliberada—. Iré cuando me dé la gana.
Sanji caminó hacia él, deteniéndose a solo unos centímetros. El olor a tabaco y limones invadió el espacio personal de Zoro, activando una alarma en sus instintos más primarios.
—¿Qué has dicho, pedazo de musgo? —Sanji exhaló el humo del cigarrillo directamente en la cara de Zoro, entornando los ojos con desafío—. Me he pasado horas preparando un banquete y no voy a dejar que un espadachín de segunda clase lo desperdicie porque tiene el ego más grande que sus katanas.
Zoro sintió un apretón en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Sus ojos bajaron por un instante a los labios de Sanji, que se movían con una arrogancia que le daban ganas de borrársela a mordiscos. La necesidad carnal, esa que había estado reprimiendo desde el Baratie, rugió en su interior como una bestia enjaulada.
—Eres un caprichoso —soltó Zoro en voz baja, dando un paso adelante, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Te crees el centro del mundo solo porque sabes freír un poco de pescado.
Sanji soltó una carcajada seca, aunque sus mejillas se tiñeron de un rojo tenue que no era por el calor del sol.
—Y tú eres un animal que solo sabe cortar cosas —replicó Sanji, aunque su voz flaqueó un milisegundo—. Un animal bruto, malhablado y... y con un sentido de la orientación que da lástima.
—Un animal tiene instintos, Sanji —Zoro pronunció su nombre con una gravedad que hizo que el cocinero se tensara—. Y mis instintos me están diciendo que te calle de una puta vez.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que amenazaba con hacer estallar la madera del barco. Sanji no retrocedió. A pesar de sus insultos y su actitud altiva, se quedó allí, sosteniendo la mirada gris de Zoro con una intensidad desafiante.
—Inténtalo, marimo —susurró Sanji, dejando caer la colilla del cigarrillo y aplastándola con el zapato—. Intenta callarme si es que tienes lo que hay que tener.
Zoro no necesitó más provocación. Su mano derecha se disparó hacia adelante, sujetando a Sanji por la nuca con una fuerza que no admitía réplicas. El cocinero soltó un jadeo de sorpresa que se ahogó contra los labios de Zoro cuando este se lanzó sobre él.
Fue un beso violento, desprovisto de cualquier delicadeza. Era una colisión de dientes, lengua y deseos reprimidos durante demasiado tiempo. Zoro saboreó la nicotina y algo dulce, quizás el postre que Sanji había estado probando en la cocina. Era una mezcla embriagadora que le nubló el juicio por completo.
Sanji, lejos de apartarse, enredó sus dedos en el pelo corto y verde de Zoro, tirando con fuerza, respondiendo a la agresión con la misma moneda. Un gemido bajo y gutural escapó de la garganta del rubio, un sonido que alimentó el fuego en la sangre de Zoro.
Se separaron apenas unos milímetros, jadeando, con los rostros encendidos.
—Maldito... animal... —susurró Sanji, aunque su mirada estaba nublada por la lujuria.
—Te dije que te callaras —gruñó Zoro, bajando su mano desde la nuca hasta la cintura de Sanji, apretando con fuerza—. Llevo queriendo hacer esto desde que te vi en ese restaurante de mierda.
Sanji soltó una risita temblorosa, recuperando parte de su actitud caprichosa.
—Vaya, así que el gran cazador de piratas es un pervertido que se enamoró a primera vista —se burló, aunque su respiración agitada lo delataba—. Qué poco estilo tienes, Zoro. Eres un puto desastre.
—Cállate —repitió Zoro, empujando a Sanji contra la pared de la cabina, ocultos de la vista de los demás por el ángulo del mástil—. No hables de estilo cuando estás temblando entre mis manos.
—¡No estoy temblando, idiota! —exclamó Sanji, aunque sus piernas se sentían como gelatina—. Es solo que... que tu olor a acero y sudor es asqueroso.
—Mientes —Zoro bajó la cabeza, enterrando el rostro en el cuello de Sanji, aspirando el aroma de su piel—. Te encanta. Eres igual de retorcido que yo.
Sanji cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás para darle más acceso. Sus manos bajaron por la espalda de Zoro, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.
—Eres un bruto, un malhablado y un idiota —murmuró Sanji, con la voz cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Pero si vas a seguir con esto, más vale que lo hagas bien. No acepto nada que no sea de primera clase.
Zoro sonrió contra su piel, una expresión depredadora que Sanji no pudo ver.
—Te voy a dar exactamente lo que te mereces, principito —dijo Zoro, su voz descendiendo a un tono peligroso—. Y no vas a poder caminar derecho hacia tu preciosa cocina mañana por la mañana.
Sanji soltó un bufido, tratando de recuperar su máscara de indiferencia, aunque sus dedos se clavaban en los hombros de Zoro con desesperación.
—Ya veremos quién termina pidiendo clemencia, marimo. Te aseguro que mis patadas no son lo único fuerte que tengo.
—Demuéstralo —desafió Zoro, volviendo a capturar sus labios con una urgencia renovada.
En ese rincón sombreado del Going Merry, la rivalidad que los había definido desde el Baratie se transformó en algo mucho más oscuro y voraz. No había espacio para la caballerosidad de Sanji ni para la disciplina de Zoro. Solo quedaba el hambre, una necesidad carnal que había crecido en el silencio de las guardias nocturnas y en las discusiones sin sentido durante las comidas.
Zoro sabía que esto no cambiaría quiénes eran. Mañana volverían a insultarse, Sanji volvería a patearlo por poner los pies sobre la mesa y él volvería a llamarlo "cocinero de mierda". Pero ahora, mientras sentía el cuerpo de Sanji presionarse contra el suyo, supo que la cordura era un precio pequeño a pagar por el sabor de ese rubio caprichoso que lo volvía loco.
—Zoro... —el nombre escapó de los labios de Sanji como un suspiro quebrado, perdiendo toda la acidez habitual.
—Aquí estoy —respondió el espadachín, su voz ronca de puro deseo—. Y no voy a irme a ninguna parte hasta que me haya saciado de ti.
El sol terminó de ocultarse en el horizonte, tiñendo el mar de un rojo sangre, mientras en la cubierta del barco, dos hombres que se juraban odio encontraban una tregua violenta y necesaria en los brazos del otro. El Baratie quedaba lejos en el mapa, pero el fuego que se encendió allí apenas estaba empezando a consumir todo a su paso.
