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El mentalista

Fandom: El mentalista

Creado: 18/6/2026

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Pequeños frascos de veneno

El edificio de la Brigada de Investigación de California no solía ser un lugar acogedor, pero esa mañana el ambiente se sentía particularmente denso. Teresa Lisbon observaba desde la barandilla del piso superior cómo su equipo se agrupaba alrededor de la nueva incorporación.

Dorcas no llegaba al metro cincuenta y cinco, incluso subida a sus imponentes tacones de aguja de doce centímetros que resonaban contra el suelo de linóleo como disparos secos. A sus veintiún años, poseía una belleza anacrónica, casi irreal; su piel era de porcelana, sus ojos grandes y oscuros parecían contener bibliotecas enteras y su cabello caía en ondas perfectas que la hacían parecer una muñeca de porcelana victoriana. Sin embargo, en cuanto abría la boca, la ilusión de fragilidad se desvanecía.

—Tres doctorados, domina seis idiomas y tiene el récord de resolución de casos en la unidad de análisis de conducta de Seattle —murmuró Cho, leyendo el expediente sin levantar la vista—. Es una niña genio.

—Es una mujer adulta, Cho —corrigió Lisbon, bajando las escaleras—. Tratadla con respeto.

Patrick Jane, que hasta ese momento parecía profundamente dormido en su sofá de cuero desgastado, abrió un ojo. Se incorporó con la agilidad de un gato y observó a la joven que organizaba su escritorio con una precisión milimétrica.

—Demasiado orden —comentó Jane, acercándose al grupo con las manos en los bolsillos y esa sonrisa enigmática que solía irritar a todo el mundo—. El orden excesivo es el refugio de una mente que teme el caos. O de alguien que tiene demasiados secretos que esconder bajo la alfombra.

Dorcas no se dio la vuelta. Siguió colocando sus plumas estilográficas en paralelo.

—Y el comentario no solicitado es el refugio de una mente que necesita validación constante para no enfrentarse a su propio vacío existencial —respondió ella. Su voz era dulce, pero el tono era tan afilado como un bisturí—. Buenos días, señor Jane. He leído sobre usted. Un fraude de feria reconvertido en consultor. Fascinante, en un sentido estrictamente patológico.

El equipo se quedó en silencio. Rigsby soltó una tos falsa para ocultar una risa. Jane, lejos de ofenderse, se acercó más. Mucho más.

Jane tenía una técnica depurada para desarmar a la gente: invadir su espacio personal. Se colocó justo detrás de ella, lo suficientemente cerca como para que Dorcas pudiera sentir el calor de su cuerpo y el aroma a té de bergamota y jabón cítrico. Se inclinó sobre su hombro, casi rozando su oído.

—Vaya, una lengua viperina en un envase de cristal —susurró Jane—. Dime, Dorcas, ¿por qué usas zapatos tan altos si claramente odias el esfuerzo físico de mantener el equilibrio? ¿Es un complejo de inferioridad o simplemente quieres que te miremos a los ojos cuando nos desprecias?

Dorcas se tensó. Odiaba que la tocaran, odiaba que su aire fuera compartido. Se giró con una lentitud gélida, quedando a escasos centímetros del pecho de Jane. Tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás, odiando cada centímetro de diferencia de estatura.

—Uso tacones porque me gusta estar a la altura adecuada para ver cómo se dilatan las pupilas de los mentirosos —dijo ella, clavando sus ojos en los de él—. Y ahora, dé un paso atrás. Mi espacio personal no es una zona de recreo para mentalistas en decadencia.

—¿O si no qué? —desafió Jane con una sonrisa juguetona, acortando aún más la distancia—. ¿Vas a recitarme una enciclopedia hasta que me aburra?

—O si no, usaré mis conocimientos de anatomía para presionar el nervio vago de su cuello y dejarlo inconsciente en tres segundos —respondió ella sin pestañear—. Sería una lástima interrumpir su siesta matutina.

Lisbon intervino antes de que la tensión eléctrica que chispeaba entre ambos incendiara la oficina.

—¡Basta! Jane, deja de acosarla. Dorcas, bienvenida. Tenemos un caso. Un doble homicidio en una mansión de Malibú. Necesito a alguien que pueda infiltrarse en una gala benéfica esta noche.

Jane miró a Dorcas de arriba abajo, deteniéndose en su rostro de ángel.

—Es perfecta —dijo Jane, recuperando su tono ligero—. Parece tan inocente que podrían confesarle un asesinato solo por verla sonreír. Aunque, claro, tendríamos que enseñarle a no parecer que quiere apuñalar a todo el que se le acerca.

—Puedo ser encantadora cuando la situación lo requiere, señor Jane —replicó Dorcas, recogiendo su bolso—. A diferencia de usted, yo no necesito un disfraz de charlatán para obtener resultados.

***

La mansión de los Miller era un monumento al exceso. El aire estaba saturado de perfume caro y conversaciones superficiales. Dorcas lucía un vestido de seda negra que realzaba su palidez, y sus tacones, esta vez plateados, la hacían destacar como una joya oscura entre la multitud.

Jane, vestido con su impecable traje de tres piezas, no se había separado de ella en toda la noche, para desgracia de la joven.

—Deja de seguirme —susurró Dorcas entre dientes, manteniendo una sonrisa perfecta para los invitados que pasaban—. Estás arruinando mi cobertura. Se supone que soy una estudiante de historia del arte interesada en la colección privada.

—Y yo soy tu tío excéntrico que paga las facturas —dijo Jane, tomándola del brazo—. Relájate, Dorcas. Estás tan tensa que pareces una cuerda de violín a punto de romperse.

Él deslizó su mano por la espalda de ella, una caricia leve que pretendía ser un gesto de protección familiar, pero que para Dorcas fue como una quemadura. Se detuvo en seco en medio del salón de baile y lo miró con una furia contenida que habría hecho temblar a un hombre menos arrogante.

—Vuelva a tocarme —dijo ella en un susurro cargado de veneno— y me aseguraré de que la próxima vez que necesite usar sus manos sea para aprender braille.

Jane arqueó una ceja, genuinamente intrigado. Había algo en la resistencia de Dorcas que no era simple timidez o decoro. Era una barrera de acero, un muro construido con una inteligencia superior para mantener al mundo a raya. Y a Jane siempre le habían gustado los muros.

—Tienes miedo —observó él, bajando la voz—. No de mí, sino de lo que puedo ver si me acerco demasiado. Eres brillante, Dorcas. Has saltado etapas de la vida a una velocidad asombrosa. Pero en el proceso, te olvidaste de cómo dejar que alguien entre.

—No confunda mi falta de interés social con miedo, Jane —respondió ella, recuperando la compostura—. No dejo entrar a la gente porque la mayoría no tiene nada que ofrecer excepto ruido y mediocridad. Usted, por ejemplo, es un ruido muy pintoresco, pero sigue siendo ruido.

—¿Ah, sí? —Jane dio un paso rápido, atrapándola entre su cuerpo y una columna de mármol. La cercanía era escandalosa. Podía oler el rastro de vainilla y papel viejo que emanaba de ella—. Entonces, ¿por qué tu pulso se ha acelerado? Puedo verlo en la base de tu cuello.

Dorcas sintió que el mundo se encogía. Odiaba la forma en que él la leía, como si fuera un libro de texto básico. Pero más odiaba la extraña corriente de calor que recorría su espina dorsal.

—Es taquicardia por irritación —mintió ella, aunque sus ojos lo desafiaban—. Aléjese. Ahora.

—¿Y si no quiero? —murmuró Jane, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron los de ella.

En ese momento, el sospechoso principal, Arthur Miller, apareció en el balcón superior. Dorcas, sin perder un segundo y aprovechando la posición, rodeó el cuello de Jane con sus brazos, fingiendo un abrazo íntimo mientras sus ojos escaneaban al hombre de arriba.

—El sospechoso está en el balcón —dijo ella, con la boca pegada a la mejilla de Jane—. Tiene una mancha de sangre seca en el puño de la camisa. Lo veo desde aquí.

Jane se quedó inmóvil por un segundo, sorprendido por la iniciativa de ella. La fragilidad de Dorcas era una mentira absoluta; bajo esa piel de seda había una depredadora tan letal como él.

—Buen ojo —admitió Jane, sin soltarla—. Pero podrías haberlo dicho sin apretarme tanto la corbata. Me estás asfixiando un poco.

—Considérelo un anticipo de lo que vendrá si vuelve a invadir mi espacio sin permiso —respondió ella, soltándolo bruscamente y alisándose el vestido—. Ahora, vaya a hacer sus trucos de magia mientras yo aseguro la salida trasera.

Jane la vio alejarse, caminando con una elegancia letal sobre sus tacones imposibles. Por primera vez en mucho tiempo, Patrick Jane sintió que había encontrado a alguien que no solo entendía el juego, sino que estaba dispuesta a reescribir las reglas.

—Esto va a ser muy divertido —se dijo a sí mismo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que ocultaba una oscuridad creciente.

***

De vuelta en las oficinas del CBI, tarde en la noche, el caso estaba cerrado. Miller había sido arrestado gracias a la observación de Dorcas y a la presión psicológica de Jane.

Dorcas estaba en su escritorio, quitándose finalmente los tacones y frotándose los pies con un suspiro de alivio. La oficina estaba casi vacía, excepto por la tenue luz de la lámpara de Jane.

—Son zapatos preciosos, pero claramente son un instrumento de tortura —dijo la voz de Jane desde la oscuridad.

Dorcas no se asustó. Ya se estaba acostumbrando a su presencia fantasmal.

—El dolor es un recordatorio de que estoy despierta —respondió ella sin mirarlo—. Algo que usted debería probar de vez en cuando, en lugar de vivir en ese palacio mental de recuerdos y remordimientos.

Jane se acercó y, antes de que ella pudiera protestar, dejó una taza de té humeante sobre su mesa. Esta vez, se mantuvo a una distancia prudencial, respetando ese espacio que ella defendía como una fortaleza.

—Té de jazmín. Ayuda con la circulación —dijo él—. Y Dorcas... bienvenida al equipo. Aunque sospecho que vamos a intentar destruirnos el uno al otro antes de que termine el mes.

Dorcas tomó la taza, sintiendo el calor del cristal entre sus dedos. Miró a Jane, y por un breve instante, el sarcasmo desapareció de sus ojos, dejando ver una inteligencia fría, calculadora y peligrosamente profunda.

—No intente destruirme, Jane —advirtió ella con una sonrisa gélida—. Yo ya nací entre las cenizas. Usted, en cambio, todavía tiene mucho que perder.

Jane la observó mientras ella bebía el té. Ella era un enigma envuelto en seda y espinas, una criatura que odiaba el contacto pero que buscaba la verdad con una ferocidad aterradora.

—Enemies to lovers —había pensado Lisbon esa tarde al verlos pelear. Pero Jane sabía que era algo más complejo. Era un reconocimiento mutuo de dos mentes rotas que habían encontrado un nuevo tablero de ajedrez donde jugar.

—Buenas noches, Dorcas —dijo Jane, retirándose hacia su sofá.

—Buenas noches, charlatán —respondió ella.

Mientras Jane se acomodaba para dormir, no pudo evitar notar que ella no había rechazado el té. Era un pequeño avance. Una grieta en el muro. Y él era un experto en ensanchar grietas hasta que todo el edificio se venía abajo. Lo que no sabía era que Dorcas no era un edificio; era un laberinto, y él acababa de entrar sin hilo para regresar.
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