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Fandom: Zootopia

Creado: 18/6/2026

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Más que una cara bonita

El sol de la tarde se filtraba a través de los grandes ventanales del ático en el distrito de Sahar Square, tiñendo el suelo de mármol con tonos anaranjados y púrpuras. Judy Hopps suspiró mientras una maquilladora de manos ágiles aplicaba una última capa de brillo en sus labios. A sus veintitrés años, Judy era el rostro que adornaba las vallas publicitarias desde Tundratown hasta Rainforest District. Su pelaje gris era sedoso, sus ojos amatista brillaban con una claridad sobrenatural y su figura pequeña pero elegante era el estándar de oro en la industria.

Sin embargo, mientras se miraba en el espejo, Judy no veía a la "Musa de Zootopia". Veía a una coneja que extrañaba el olor a tierra mojada de Bunnyburrow y que se sentía profundamente sola en una ciudad de millones. Para el mundo, ella era un ángel; para ella misma, era una estatua de porcelana que todos admiraban pero que nadie se atrevía a tocar por miedo a romperla.

—¿Lista, Judy? El fotógrafo ya está aquí —anunció un asistente, interrumpiendo sus pensamientos.

Judy asintió con una sonrisa suave, esa que siempre usaba para ocultar su melancolía.

—Estoy lista.

Al otro lado del estudio, Nick Wilde ajustaba el enfoque de su cámara Canon con una precisión casi quirúrgica. A sus treinta años, el zorro se había ganado una reputación de hierro. No solo por su técnica impecable, sino por su cinismo. Había retratado a cientos de modelos, actores y políticos, y para él, todos eran iguales: fachadas de plástico diseñadas para vender una mentira. Estaba cansado de la superficialidad, de las sonrisas ensayadas y de los egos inflados.

—Dicen que Hopps es diferente —comentó su asistente, un tejón llamado Gary, mientras movía un reflector.

Nick soltó una risa seca, sin apartar la vista del visor.

—Por favor, Gary. Es una coneja bonita en un mundo que adora a las conejas bonitas. Será lo mismo de siempre: "mírame, soy perfecta, cómprame este perfume". Solo dame diez minutos y terminaremos con esto.

Nick levantó la vista para pedir que encendieran las luces principales, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.

Judy Hopps acababa de entrar al set. Llevaba un vestido de seda blanca que fluía como el agua y una corona de flores silvestres que contrastaba con la sofisticación del estudio. Pero no fue el vestido lo que detuvo el corazón de Nick. Fue su mirada. Había una vulnerabilidad en sus ojos amatista, una chispa de inteligencia y una tristeza latente que Nick nunca había visto en ninguna otra modelo. No era plástico. Era real.

Por un momento, el bullicio del estudio —el ruido de los secadores, las voces de los productores, el movimiento de los cables— desapareció. Solo existían ellos dos.

Nick parpadeó, tratando de recuperar su compostura profesional, aunque sus dedos temblaron levemente sobre el cuerpo de la cámara.

—Bien, ya estamos todos —dijo Nick, su voz un poco más ronca de lo habitual—. Señorita Hopps, colóquese en el centro, por favor.

Judy caminó hacia la marca en el suelo. Al ver al fotógrafo, sintió una sacudida eléctrica. Sabía quién era Nick Wilde; su fama de sarcástico y brillante lo precedía. Pero no esperaba aquellos ojos verdes, tan profundos y analíticos, que parecían estar desnudando su alma en lugar de solo evaluar su ángulo facial.

—Un placer conocerlo, señor Wilde —dijo ella con amabilidad.

—El placer es mío, supongo —respondió Nick, recuperando su máscara de indiferencia—. Vamos a trabajar. Quiero algo natural, Hopps. No me des la pose número cuatro de la revista Vogue. Dame algo que no sea una mentira.

Judy se tensó un poco. La franqueza del zorro la tomó por sorpresa, pero también le resultó refrescante.

—Haré lo que pueda —respondió ella, desafiándolo con la mirada.

La sesión comenzó. El sonido del obturador llenó el espacio. *Click. Click. Click.*

—No, inclina la cabeza hacia la izquierda —ordenó Nick—. No sonrías tanto. No estamos vendiendo pasta de dientes. Quiero ver qué hay detrás de esa cara angelical.

Judy obedeció, sintiéndose cada vez más nerviosa bajo su escrutinio. Nick no era como los otros fotógrafos que la llenaban de halagos vacíos. Él la estaba presionando, buscando algo que ella no estaba segura de querer mostrar.

—¿Qué pasa, Hopps? —preguntó Nick mientras se movía alrededor de ella, buscando el ángulo perfecto—. ¿Te asusta que la cámara vea que eres una persona real y no solo un póster?

—No me asusta —replicó Judy, su voz firme a pesar de los latidos de su corazón—. Solo que no estoy acostumbrada a que alguien me pida que sea yo misma en un set de fotos. Normalmente me piden que sea un objeto.

Nick se detuvo. Bajó la cámara y la miró directamente a los ojos, fuera del visor. Por un segundo, el cinismo desapareció de su rostro.

—Pues hoy no eres un objeto. Hoy eres mi sujeto. Inténtalo de nuevo.

Judy respiró hondo. Cerró los ojos por un segundo, olvidándose de los asistentes y de las luces. Pensó en los atardeceres solitarios, en el deseo de ser comprendida, en la carga de ser "perfecta". Cuando abrió los ojos, Nick capturó el momento exacto.

La sesión continuó durante dos horas que parecieron minutos. La química entre ambos era palpable, una tensión que cargaba el aire de electricidad. Cada vez que Nick daba una instrucción, Judy respondía con una gracia que lo dejaba sin aliento, y cada vez que Nick capturaba una imagen, Judy sentía que él estaba viendo partes de ella que nadie más conocía.

—Terminamos por hoy —anunció Nick finalmente.

El equipo de producción comenzó a recoger rápidamente. La gente se dispersó, ansiosa por terminar la jornada. Judy se quedó en el centro del set, sintiéndose extrañamente vacía ahora que la atención de Nick no estaba centrada exclusivamente en ella a través del lente.

Nick estaba guardando su equipo con movimientos lentos, deliberados. Cuando el último de los asistentes salió del estudio, el silencio se volvió denso.

—Has hecho un buen trabajo, zanahorias —dijo Nick sin levantar la vista.

Judy parpadeó, sorprendida por el apodo.

—¿Zanahorias? —preguntó ella, acercándose unos pasos—. No creo que ese sea mi nombre artístico.

—Es un nombre apropiado para una coneja que parece estar siempre lista para salir corriendo —Nick finalmente la miró y esbozó una sonrisa de lado, una que no era sarcástica, sino casi... dulce—. Además, el naranja te queda bien.

Judy soltó una pequeña risa, sintiendo que sus mejillas se calentaban.

—Y usted es muy diferente a como lo describen las revistas, señor Wilde.

—¿Ah, sí? ¿Y qué dicen de mí? —Nick se apoyó contra una mesa, cruzando los brazos sobre su pecho.

—Que es un zorro implacable, que no tiene corazón y que solo le importa la iluminación técnica —Judy se acercó más, hasta estar a solo un par de metros de él—. Pero hoy... sentí que buscaba algo más.

Nick suspiró, su expresión volviéndose seria.

—Llevo años fotografiando fachadas, Judy. He visto a las personas más bellas del mundo ser las más vacías por dentro. Cuando me asignaron este trabajo, pensé que serías otra cara bonita más en mi colección de fotos comerciales.

—¿Y qué soy ahora? —preguntó ella en un susurro, casi temiendo la respuesta.

Nick dejó su cámara a un lado y dio un paso hacia ella. El espacio personal entre ambos se redujo peligrosamente. Judy podía oler su colonia, una mezcla de madera de sándalo y lluvia.

—Ahora eres un problema —confesó Nick, bajando la voz—. Porque eres real. Y en este mundo de plástico, lo real es lo más peligroso que existe.

Judy sintió que el corazón le daba un vuelco. Nadie le había hablado así nunca. Nadie la había visto de esa manera.

—A veces me siento como si estuviera gritando en una habitación llena de gente y nadie pudiera oírme —dijo Judy, bajando la mirada hacia sus manos—. Todos ven el ángel, pero nadie ve a la coneja que tiene miedo de estar sola.

Nick extendió una pata y, con una delicadeza que ella no esperaba, levantó su mentón para que volviera a mirarlo.

—Yo te oigo, zanahorias —dijo él con suavidad—. Y te veo.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el tipo de silencio que precede a una tormenta, o a un cambio de vida. Judy se perdió en esos ojos verdes, sintiendo una atracción tan fuerte que era casi física. Nick, por su parte, sintió que sus defensas, construidas a lo largo de una década de cinismo, se desmoronaban ante la sencillez y la belleza de la coneja frente a él.

—Tengo que irme —dijo Judy de repente, aunque no se movió ni un centímetro.

—Yo también —mintió Nick, cuya única intención era quedarse allí admirándola toda la noche.

—¿Cree que las fotos salieron bien? —preguntó ella, tratando de romper la tensión.

—Son las mejores fotos que he tomado en mi vida —respondió Nick con total honestidad—. Pero ninguna de ellas te hace justicia.

Judy sonrió, y esta vez no fue para una cámara. Fue una sonrisa real, radiante, que iluminó el estudio oscuro más que cualquier reflector de mil vatios.

—Mañana hay una fiesta de lanzamiento para la revista —comentó ella, jugando con el borde de su vestido—. Se supone que debo ir y sonreír a los patrocinadores.

—Odio esas fiestas —dijo Nick, arrugando la nariz—. Son nidos de víboras con trajes caros.

—Yo también las odio —admitió Judy—. Pero... me preguntaba si tal vez el fotógrafo más cotizado de Zootopia querría acompañar a la modelo más famosa. Para que no se sienta tan sola entre tanto plástico.

Nick la miró fijamente por un largo momento. Sabía que aceptar significaba entrar en un terreno complicado. Sabía que su vida profesional y personal se mezclarían de formas caóticas. Pero al ver la esperanza en los ojos de Judy, supo que no tenía otra opción.

—Bueno —dijo Nick, recuperando su tono sarcástico pero con un brillo de emoción en los ojos—, supongo que alguien tiene que asegurarse de que no te coman las víboras. Sería una lástima que mi mejor sujeto de fotografía se echara a perder.

Judy rió, una risa clara y melodiosa que resonó en las paredes del estudio.

—Es una cita entonces, señor Wilde.

—Es una cita, zanahorias.

Mientras Judy se alejaba hacia el vestidor para cambiarse, Nick se quedó allí, de pie en la penumbra del estudio. Miró su cámara y luego la puerta por la que ella había desaparecido. Sabía que esto era solo el comienzo. No sabía si sería una historia de éxito o un desastre absoluto, pero por primera vez en mucho tiempo, Nick Wilde sentía que estaba vivo.

Y Judy, mientras se quitaba el maquillaje frente al espejo, ya no veía a una coneja solitaria. Veía a alguien que finalmente había sido retratado por lo que era, y no por lo que el mundo quería que fuera.

La noche de Zootopia empezaba a brillar afuera, pero para ellos, la verdadera luz acababa de encenderse en aquel estudio fotográfico. Lo que comenzó con un simple "click" de cámara estaba a punto de convertirse en el estallido de una pasión que ni el flash más potente podría igualar.
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