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Love in the air
Fandom: Barcelona
Creado: 19/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffAmbientación CanonHistoria DomésticaEstudio de Personaje
El eco de las maletas y el gol del destino
El aeropuerto de El Prat siempre olía a una mezcla de café recién hecho, combustible de avión y esa brisa salada que anunciaba la cercanía del Mediterráneo. Artemis Gonzales inhaló profundamente, ajustando la correa de su mochila mientras esquivaba a un grupo de turistas despistados. Sus ojos azules, idénticos a los de su hermano mayor, brillaban con una mezcla de cansancio tras el largo vuelo desde Estados Unidos y una travesura que llevaba planeando meses.
Con sus 1.60 de estatura, Artemis solía pasar desapercibida entre las multitudes, algo que agradecía en ese momento. Ser la hermana menor de la estrella del FC Barcelona tenía sus ventajas, pero también sus inconvenientes si lo que buscabas era dar una sorpresa monumental. Se acomodó el cabello castaño, que caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, y pidió un taxi con el corazón latiéndole a mil por hora.
Nadie sabía que estaba allí. Ni sus padres en Tegueste, ni mucho menos Pedri, que a esa hora debía de estar terminando el entrenamiento en la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Había pasado un año entero estudiando en el extranjero, y aunque las videollamadas eran constantes, la distancia empezaba a pesar más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—A la Ciudad Deportiva, por favor —le dijo al taxista con una sonrisa contenida.
El trayecto se le hizo eterno. Barcelona pasaba ante sus ojos como una película en cámara rápida. Al llegar, el guardia de seguridad la reconoció de inmediato, a pesar de los meses de ausencia.
—¿Señorita Gonzales? ¿No estaba usted en América? —preguntó el hombre, sorprendido mientras levantaba la barrera.
—Shhh, es una sorpresa, Paco —respondió ella guiñándole un ojo—. Si le dices algo a mi hermano antes de que lo vea, te deberé una cena.
Caminó por las instalaciones con paso decidido. El sol de la tarde empezaba a caer, bañando de oro los campos de entrenamiento. A lo lejos, pudo ver a los jugadores saliendo del vestuario hacia el parking. Reconoció la silueta de Pedri de inmediato: su 1.70, el cabello castaño siempre impecable y esa forma de caminar tranquila, como si no tuviera un solo nervio en el cuerpo.
Sin embargo, Pedri no estaba solo. A su lado, gesticulando con energía y riendo a carcajadas, caminaba Pablo Gavi. Artemis se detuvo un segundo. Gavi parecía diferente a como lo recordaba por las pantallas. Sus ojos cafés se veían más intensos bajo el sol, y su cabello rubio estaba revuelto por el sudor del entrenamiento. Tenía esa energía caótica que lo caracterizaba, una especie de magnetismo que Artemis sintió incluso a veinte metros de distancia.
—Te digo que no fue falta, Pedri, ¡fui al balón! —escuchó la voz de Gavi, clara y vibrante.
—Pablo, casi le arrancas la espinillera a Ferran, admítelo —respondió Pedri, riendo mientras revisaba su teléfono.
Artemis decidió que era el momento. Se escondió detrás de una de las columnas del porche y, cuando estuvieron lo suficientemente cerca, saltó frente a ellos.
—¡Espero que juegues mejor de lo que mientes, Gavi!
El silencio que siguió fue absoluto. Pedri casi deja caer su móvil al suelo, abriendo mucho los ojos azules. Gavi, por su parte, se quedó congelado, con la boca entreabierta y una expresión de pura confusión que Artemis encontró adorable.
—¿Artemis? —La voz de Pedri salió en un hilo—. ¿Qué... qué haces aquí?
—¿Así recibes a tu hermana favorita después de un año? —Artemis se cruzó de brazos, fingiendo indignación, aunque la sonrisa la delataba.
—¡Enana! —Pedri reaccionó al fin, soltando su mochila para envolverla en un abrazo que casi la deja sin aire—. ¡No me lo creo! ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué no avisaste?
—Porque quería ver esta cara de tonto que tienes ahora mismo —dijo ella contra su pecho, riendo.
Cuando Pedri finalmente la soltó, Artemis se giró hacia el otro chico. Gavi seguía allí parado, observándola con una intensidad que la hizo ponerse nerviosa de repente.
—Hola, Gavi —dijo ella, tratando de sonar casual.
—Hola... Artemis —respondió él, y su voz sonó un poco más grave de lo que ella recordaba—. Has... has vuelto.
—Muy observador, Pablo —intervino Pedri, dándole un golpe amistoso en el hombro—. Mi hermana ha vuelto para ponernos en orden.
—Ya veo —murmuró Gavi, rascándose la nuca. Sus ojos cafés recorrieron el rostro de Artemis, deteniéndose un segundo de más en sus ojos azules—. Estás... diferente. Más alta, quizá.
—Sigo midiendo 1.60, Gavi. Es solo que tú te has acostumbrado a mirar a los defensas de dos metros —bromeó ella, sintiendo un calor extraño en las mejillas.
—Bueno, basta de charlas en el parking —dijo Pedri, pasando un brazo por los hombros de su hermana—. Vamos a casa. Tienes que contarme todo. Además, mi novia ha preparado una cena especial porque hoy cumplimos mes, pero estoy seguro de que no le importará que te unas.
—¿Cena de pareja? No, ni hablar, no voy a ser el tercer plato —protestó Artemis—. Me iré al piso de nuestros padres.
—Ni de broma —insistió Pedri—. Gavi, tú también vienes. Así no seremos tres, seremos cuatro. Una cena de amigos.
Gavi pareció dudar un segundo, mirando a Artemis y luego a su mejor amigo.
—No quiero molestar, Pedri. Seguro que queréis hablar de vuestras cosas.
—Que vengas, pesado —ordenó el canario—. Además, Artemis me ha contado que en Estados Unidos no hay buena comida, necesita recuperar el paladar español.
El trayecto en el coche de Pedri fue una mezcla de anécdotas rápidas y risas. Artemis iba en el asiento del copiloto, mientras que Gavi se acomodó atrás. Ella podía sentir la mirada del sevillano en el espejo retrovisor de vez en cuando, pero cada vez que ella intentaba pillarlo, él desviaba la vista hacia la ventanilla.
Al llegar al apartamento, el ambiente era cálido. La novia de Pedri los recibió con sorpresa y alegría, aceptando de inmediato la presencia de Artemis y Gavi. Mientras Pedri ayudaba en la cocina, Artemis se quedó en la terraza observando las luces de la ciudad. El aire de Barcelona era distinto al de California; tenía una historia, un peso, un sentimiento de hogar.
—¿Se echa de menos? —La voz de Gavi la sobresaltó. Estaba apoyado en el marco de la puerta de cristal, con las manos en los bolsillos de su sudadera.
—Un poco —admitió ella—. Pero estar aquí... se siente bien. Hacía falta el caos de mi hermano.
Gavi se acercó y se apoyó en la barandilla junto a ella. Estaban lo suficientemente cerca como para que Artemis pudiera oler su colonia, una mezcla de cítricos y algo puramente masculino.
—Pedri no ha dejado de hablar de ti en todo el año —dijo Gavi, mirando hacia el horizonte—. "Artemis ha sacado un diez", "Artemis se ha ido de viaje a San Francisco", "Artemis dice que el café allí es horrible". A veces pensaba que eras un personaje de un libro y no una persona real.
Artemis soltó una carcajada suave.
—Es un exagerado. Pero me alegra saber que no me olvidó. ¿Y tú? ¿Qué tal la vida de estrella solitaria? He leído que eres el soltero de oro del equipo.
Gavi hizo una mueca, aunque una pequeña sonrisa bailó en sus labios.
—La prensa inventa mucho. La verdad es que es bastante aburrido. Entrenar, jugar, jugar a la Play con tu hermano, dormir. Mi vida no tiene tanto brillo como dicen las revistas.
—Bueno, quizás eso es porque no has tenido a nadie que te saque de la rutina —dijo ella sin pensar, y al instante se arrepintió.
Gavi se giró hacia ella. En la penumbra de la terraza, sus ojos cafés se veían casi negros.
—Quizás —concordó él en voz baja—. Quizás solo estaba esperando a que alguien volviera de sorpresa.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de algo que Artemis no sabía identificar pero que hacía que su pulso se acelerara. Gavi, el chico impulsivo que recibía tarjetas amarillas por puro coraje, parecía en ese momento extrañamente vulnerable.
—¡La cena está lista! —gritó Pedri desde el salón, rompiendo el hechizo.
Gavi parpadeó y dio un paso atrás, recuperando su sonrisa pícara.
—Vamos, Gonzales. Si llegamos tarde, tu hermano es capaz de comerse tu ración.
—Eso es verdad, sigue siendo un pozo sin fondo —rio ella, siguiéndolo hacia el interior.
La cena transcurrió entre risas y anécdotas. Artemis contaba sus desastrosas experiencias intentando cocinar tortilla de patatas en su dormitorio de la universidad, mientras Pedri y Gavi se burlaban de su falta de talento culinario. Sin embargo, a pesar de la alegría del reencuentro, Artemis no podía evitar fijarse en los pequeños detalles.
Cómo Gavi le pasaba la sal antes de que ella la pidiera. Cómo se reía de sus chistes incluso cuando no eran tan buenos. Cómo, en un momento dado, sus rodillas se rozaron bajo la mesa y ninguno de los dos se apresuró a apartarse.
Pedri, que de tonto no tenía un pelo, observaba la interacción con una ceja levantada. Conocía a Gavi mejor que nadie y sabía que su amigo no solía ser tan... atento. Gavi era un torbellino, un chico de impulsos, pero con Artemis parecía estar midiendo cada palabra, como si tuviera miedo de romper algo frágil.
—Entonces, ¿te quedas ya definitivamente? —preguntó la novia de Pedri, rompiendo el hilo de los pensamientos de Artemis.
—Sí —respondió Artemis, mirando a su hermano y luego, casi sin querer, a Gavi—. He terminado los créditos que necesitaba. El próximo semestre lo haré aquí, en la UB.
—Esa es la mejor noticia del día —dijo Pedri, levantando su copa de agua—. Por el regreso de la pequeña de la casa.
—Por el regreso —repitieron todos.
Gavi chocó su vaso con el de ella. El cristal tintineó, pero fue el contacto visual lo que realmente resonó en Artemis.
—Bienvenida a casa, Artemis —susurró él, de forma que solo ella pudiera oírlo.
Más tarde esa noche, después de que Gavi se despidiera con una promesa de verse en el próximo partido, Artemis se quedó ayudando a su hermano a recoger la cocina.
—¿Qué? —preguntó ella al notar la mirada insistente de Pedri.
—Nada, nada —dijo él con una sonrisa socarrona—. Solo que Pablo ha estado muy callado hoy. Normalmente no para de hablar de fútbol.
—Estaría cansado del entrenamiento, Pedri. No busques donde no hay.
—Yo no he dicho nada —se defendió él, levantando las manos—. Pero ten cuidado, enana. Gavi en el campo es un león, pero fuera de él... a veces no sabe cómo frenar.
Artemis rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa se instaló en su rostro.
—Sé cuidarme sola, hermanito.
—Lo sé. Por eso me preocupo por él, no por ti.
Artemis se fue a dormir esa noche con el sonido de las olas de Barcelona en la memoria y el brillo de unos ojos cafés en la retina. Había vuelto a casa buscando su lugar, pero algo le decía que este nuevo capítulo de su vida iba a ser mucho más emocionante de lo que había planeado en el avión. La sorpresa no había sido solo para su hermano; la sorpresa se la estaba llevando ella al descubrir que el chico que recordaba como el amigo revoltoso de Pedri se había convertido en alguien que le hacía temblar las manos.
Y en el piso de abajo, mientras subía a su coche, Gavi se quedó un momento mirando hacia la ventana iluminada de los Gonzales. Suspiró, puso una mano sobre el volante y sonrió para sí mismo. La temporada acababa de volverse mucho más interesante.
—Maldita sea, Pedri —susurró Gavi para sus adentros—, ¿por qué no me dijiste que tu hermana tenía esa mirada?
Arrancó el motor, pero su mente ya estaba planeando cómo conseguir que Artemis fuera a verlo entrenar al día siguiente. Después de todo, si algo sabía hacer Gavi, era presionar hasta conseguir el balón. Y esta vez, el premio era mucho más valioso que tres puntos en la liga.
Con sus 1.60 de estatura, Artemis solía pasar desapercibida entre las multitudes, algo que agradecía en ese momento. Ser la hermana menor de la estrella del FC Barcelona tenía sus ventajas, pero también sus inconvenientes si lo que buscabas era dar una sorpresa monumental. Se acomodó el cabello castaño, que caía en ondas desordenadas sobre sus hombros, y pidió un taxi con el corazón latiéndole a mil por hora.
Nadie sabía que estaba allí. Ni sus padres en Tegueste, ni mucho menos Pedri, que a esa hora debía de estar terminando el entrenamiento en la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Había pasado un año entero estudiando en el extranjero, y aunque las videollamadas eran constantes, la distancia empezaba a pesar más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—A la Ciudad Deportiva, por favor —le dijo al taxista con una sonrisa contenida.
El trayecto se le hizo eterno. Barcelona pasaba ante sus ojos como una película en cámara rápida. Al llegar, el guardia de seguridad la reconoció de inmediato, a pesar de los meses de ausencia.
—¿Señorita Gonzales? ¿No estaba usted en América? —preguntó el hombre, sorprendido mientras levantaba la barrera.
—Shhh, es una sorpresa, Paco —respondió ella guiñándole un ojo—. Si le dices algo a mi hermano antes de que lo vea, te deberé una cena.
Caminó por las instalaciones con paso decidido. El sol de la tarde empezaba a caer, bañando de oro los campos de entrenamiento. A lo lejos, pudo ver a los jugadores saliendo del vestuario hacia el parking. Reconoció la silueta de Pedri de inmediato: su 1.70, el cabello castaño siempre impecable y esa forma de caminar tranquila, como si no tuviera un solo nervio en el cuerpo.
Sin embargo, Pedri no estaba solo. A su lado, gesticulando con energía y riendo a carcajadas, caminaba Pablo Gavi. Artemis se detuvo un segundo. Gavi parecía diferente a como lo recordaba por las pantallas. Sus ojos cafés se veían más intensos bajo el sol, y su cabello rubio estaba revuelto por el sudor del entrenamiento. Tenía esa energía caótica que lo caracterizaba, una especie de magnetismo que Artemis sintió incluso a veinte metros de distancia.
—Te digo que no fue falta, Pedri, ¡fui al balón! —escuchó la voz de Gavi, clara y vibrante.
—Pablo, casi le arrancas la espinillera a Ferran, admítelo —respondió Pedri, riendo mientras revisaba su teléfono.
Artemis decidió que era el momento. Se escondió detrás de una de las columnas del porche y, cuando estuvieron lo suficientemente cerca, saltó frente a ellos.
—¡Espero que juegues mejor de lo que mientes, Gavi!
El silencio que siguió fue absoluto. Pedri casi deja caer su móvil al suelo, abriendo mucho los ojos azules. Gavi, por su parte, se quedó congelado, con la boca entreabierta y una expresión de pura confusión que Artemis encontró adorable.
—¿Artemis? —La voz de Pedri salió en un hilo—. ¿Qué... qué haces aquí?
—¿Así recibes a tu hermana favorita después de un año? —Artemis se cruzó de brazos, fingiendo indignación, aunque la sonrisa la delataba.
—¡Enana! —Pedri reaccionó al fin, soltando su mochila para envolverla en un abrazo que casi la deja sin aire—. ¡No me lo creo! ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué no avisaste?
—Porque quería ver esta cara de tonto que tienes ahora mismo —dijo ella contra su pecho, riendo.
Cuando Pedri finalmente la soltó, Artemis se giró hacia el otro chico. Gavi seguía allí parado, observándola con una intensidad que la hizo ponerse nerviosa de repente.
—Hola, Gavi —dijo ella, tratando de sonar casual.
—Hola... Artemis —respondió él, y su voz sonó un poco más grave de lo que ella recordaba—. Has... has vuelto.
—Muy observador, Pablo —intervino Pedri, dándole un golpe amistoso en el hombro—. Mi hermana ha vuelto para ponernos en orden.
—Ya veo —murmuró Gavi, rascándose la nuca. Sus ojos cafés recorrieron el rostro de Artemis, deteniéndose un segundo de más en sus ojos azules—. Estás... diferente. Más alta, quizá.
—Sigo midiendo 1.60, Gavi. Es solo que tú te has acostumbrado a mirar a los defensas de dos metros —bromeó ella, sintiendo un calor extraño en las mejillas.
—Bueno, basta de charlas en el parking —dijo Pedri, pasando un brazo por los hombros de su hermana—. Vamos a casa. Tienes que contarme todo. Además, mi novia ha preparado una cena especial porque hoy cumplimos mes, pero estoy seguro de que no le importará que te unas.
—¿Cena de pareja? No, ni hablar, no voy a ser el tercer plato —protestó Artemis—. Me iré al piso de nuestros padres.
—Ni de broma —insistió Pedri—. Gavi, tú también vienes. Así no seremos tres, seremos cuatro. Una cena de amigos.
Gavi pareció dudar un segundo, mirando a Artemis y luego a su mejor amigo.
—No quiero molestar, Pedri. Seguro que queréis hablar de vuestras cosas.
—Que vengas, pesado —ordenó el canario—. Además, Artemis me ha contado que en Estados Unidos no hay buena comida, necesita recuperar el paladar español.
El trayecto en el coche de Pedri fue una mezcla de anécdotas rápidas y risas. Artemis iba en el asiento del copiloto, mientras que Gavi se acomodó atrás. Ella podía sentir la mirada del sevillano en el espejo retrovisor de vez en cuando, pero cada vez que ella intentaba pillarlo, él desviaba la vista hacia la ventanilla.
Al llegar al apartamento, el ambiente era cálido. La novia de Pedri los recibió con sorpresa y alegría, aceptando de inmediato la presencia de Artemis y Gavi. Mientras Pedri ayudaba en la cocina, Artemis se quedó en la terraza observando las luces de la ciudad. El aire de Barcelona era distinto al de California; tenía una historia, un peso, un sentimiento de hogar.
—¿Se echa de menos? —La voz de Gavi la sobresaltó. Estaba apoyado en el marco de la puerta de cristal, con las manos en los bolsillos de su sudadera.
—Un poco —admitió ella—. Pero estar aquí... se siente bien. Hacía falta el caos de mi hermano.
Gavi se acercó y se apoyó en la barandilla junto a ella. Estaban lo suficientemente cerca como para que Artemis pudiera oler su colonia, una mezcla de cítricos y algo puramente masculino.
—Pedri no ha dejado de hablar de ti en todo el año —dijo Gavi, mirando hacia el horizonte—. "Artemis ha sacado un diez", "Artemis se ha ido de viaje a San Francisco", "Artemis dice que el café allí es horrible". A veces pensaba que eras un personaje de un libro y no una persona real.
Artemis soltó una carcajada suave.
—Es un exagerado. Pero me alegra saber que no me olvidó. ¿Y tú? ¿Qué tal la vida de estrella solitaria? He leído que eres el soltero de oro del equipo.
Gavi hizo una mueca, aunque una pequeña sonrisa bailó en sus labios.
—La prensa inventa mucho. La verdad es que es bastante aburrido. Entrenar, jugar, jugar a la Play con tu hermano, dormir. Mi vida no tiene tanto brillo como dicen las revistas.
—Bueno, quizás eso es porque no has tenido a nadie que te saque de la rutina —dijo ella sin pensar, y al instante se arrepintió.
Gavi se giró hacia ella. En la penumbra de la terraza, sus ojos cafés se veían casi negros.
—Quizás —concordó él en voz baja—. Quizás solo estaba esperando a que alguien volviera de sorpresa.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de algo que Artemis no sabía identificar pero que hacía que su pulso se acelerara. Gavi, el chico impulsivo que recibía tarjetas amarillas por puro coraje, parecía en ese momento extrañamente vulnerable.
—¡La cena está lista! —gritó Pedri desde el salón, rompiendo el hechizo.
Gavi parpadeó y dio un paso atrás, recuperando su sonrisa pícara.
—Vamos, Gonzales. Si llegamos tarde, tu hermano es capaz de comerse tu ración.
—Eso es verdad, sigue siendo un pozo sin fondo —rio ella, siguiéndolo hacia el interior.
La cena transcurrió entre risas y anécdotas. Artemis contaba sus desastrosas experiencias intentando cocinar tortilla de patatas en su dormitorio de la universidad, mientras Pedri y Gavi se burlaban de su falta de talento culinario. Sin embargo, a pesar de la alegría del reencuentro, Artemis no podía evitar fijarse en los pequeños detalles.
Cómo Gavi le pasaba la sal antes de que ella la pidiera. Cómo se reía de sus chistes incluso cuando no eran tan buenos. Cómo, en un momento dado, sus rodillas se rozaron bajo la mesa y ninguno de los dos se apresuró a apartarse.
Pedri, que de tonto no tenía un pelo, observaba la interacción con una ceja levantada. Conocía a Gavi mejor que nadie y sabía que su amigo no solía ser tan... atento. Gavi era un torbellino, un chico de impulsos, pero con Artemis parecía estar midiendo cada palabra, como si tuviera miedo de romper algo frágil.
—Entonces, ¿te quedas ya definitivamente? —preguntó la novia de Pedri, rompiendo el hilo de los pensamientos de Artemis.
—Sí —respondió Artemis, mirando a su hermano y luego, casi sin querer, a Gavi—. He terminado los créditos que necesitaba. El próximo semestre lo haré aquí, en la UB.
—Esa es la mejor noticia del día —dijo Pedri, levantando su copa de agua—. Por el regreso de la pequeña de la casa.
—Por el regreso —repitieron todos.
Gavi chocó su vaso con el de ella. El cristal tintineó, pero fue el contacto visual lo que realmente resonó en Artemis.
—Bienvenida a casa, Artemis —susurró él, de forma que solo ella pudiera oírlo.
Más tarde esa noche, después de que Gavi se despidiera con una promesa de verse en el próximo partido, Artemis se quedó ayudando a su hermano a recoger la cocina.
—¿Qué? —preguntó ella al notar la mirada insistente de Pedri.
—Nada, nada —dijo él con una sonrisa socarrona—. Solo que Pablo ha estado muy callado hoy. Normalmente no para de hablar de fútbol.
—Estaría cansado del entrenamiento, Pedri. No busques donde no hay.
—Yo no he dicho nada —se defendió él, levantando las manos—. Pero ten cuidado, enana. Gavi en el campo es un león, pero fuera de él... a veces no sabe cómo frenar.
Artemis rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa se instaló en su rostro.
—Sé cuidarme sola, hermanito.
—Lo sé. Por eso me preocupo por él, no por ti.
Artemis se fue a dormir esa noche con el sonido de las olas de Barcelona en la memoria y el brillo de unos ojos cafés en la retina. Había vuelto a casa buscando su lugar, pero algo le decía que este nuevo capítulo de su vida iba a ser mucho más emocionante de lo que había planeado en el avión. La sorpresa no había sido solo para su hermano; la sorpresa se la estaba llevando ella al descubrir que el chico que recordaba como el amigo revoltoso de Pedri se había convertido en alguien que le hacía temblar las manos.
Y en el piso de abajo, mientras subía a su coche, Gavi se quedó un momento mirando hacia la ventana iluminada de los Gonzales. Suspiró, puso una mano sobre el volante y sonrió para sí mismo. La temporada acababa de volverse mucho más interesante.
—Maldita sea, Pedri —susurró Gavi para sus adentros—, ¿por qué no me dijiste que tu hermana tenía esa mirada?
Arrancó el motor, pero su mente ya estaba planeando cómo conseguir que Artemis fuera a verlo entrenar al día siguiente. Después de todo, si algo sabía hacer Gavi, era presionar hasta conseguir el balón. Y esta vez, el premio era mucho más valioso que tres puntos en la liga.
