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Soccer and love
Fandom: Barcelona
Creado: 19/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaRecortes de VidaDolor/ConsueloFluffAmbientación CanonRealismo
El Regreso de la Luz de Luna
La terminal del aeropuerto de El Prat estaba inusualmente concurrida para ser un martes por la tarde. Artemisa Gonzales ajustó la correa de su mochila sobre el hombro y se acomodó las gafas de sol, intentando pasar desapercibida. Su cabello rubio, aclarado por el sol de California, caía en ondas sobre su chaqueta de cuero, y sus ojos cafés brillaban con una mezcla de nerviosismo y pura adrenalina.
Hacía casi un año que se había marchado a Estados Unidos para cursar un programa intensivo de arte y diseño. Un año lejos de las risas, de las playas de Barcelona y, sobre todo, lejos de su hermano mayor, Pedri.
—Ya estoy aquí —susurró para sí misma, sintiendo el aire húmedo de la ciudad—. Prepárate, hermanito.
Artemisa sabía que Pedri estaría en el entrenamiento o quizás descansando en casa con sus amigos. No le había dicho a nadie que regresaba hoy; ni siquiera a Alejandra, la novia de su hermano, que solía ser su cómplice en todo. Quería que fuera una sorpresa total, especialmente porque sabía que las cosas en casa, con sus padres, seguían siendo tensas y distantes. Pedri y ella siempre habían sido un frente unido, una pequeña isla de apoyo mutuo en un mar de frialdad familiar.
Tomó un taxi directamente hacia la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Sabía que el entrenamiento estaba por terminar y que los chicos suelen quedarse un rato más en el vestuario o en el gimnasio.
Al llegar, el guardia de seguridad, que ya la conocía de años anteriores, le sonrió con sorpresa.
—¿Señorita Gonzales? ¿No estaba usted en América? —preguntó el hombre mientras le abría la verja.
—Shhh, es un secreto, Paco —respondió ella con una sonrisa traviesa—. Voy a darle un susto de muerte a mi hermano.
Artemisa caminó por los pasillos que tantas veces había recorrido. El olor a césped recién cortado y a linimento le trajo recuerdos instantáneos. Se detuvo cerca de la salida del túnel que daba a los campos de entrenamiento. A lo lejos, vio un grupo de jugadores caminando hacia los vestuarios, riendo y empujándose.
Identificó de inmediato la silueta de su hermano. Pedri caminaba con ese aire tranquilo que lo caracterizaba, hablando animadamente con un chico de cabello castaño y hombros anchos.
—Te digo que no hay forma de que me ganes al FIFA esta noche —decía la voz de Pedri, clara y familiar—. Alejandra va a traer cena y vas a perder con el estómago lleno.
—Eso ya lo veremos, canario —respondió el otro chico, cuya voz era más profunda de lo que Artemisa recordaba—. Estás muy confiado últimamente.
Artemisa sintió que el corazón le daba un vuelco. El chico castaño era Pablo Gavi. Lo conocía, por supuesto; era el mejor amigo de su hermano, pero en el último año, a través de las videollamadas y las fotos, algo había cambiado en su percepción de él. Gavi ya no era el niño inquieto que recordaba; se había convertido en un joven con una presencia imponente y una mirada intensa.
Decidió que era el momento. Se ocultó tras una de las columnas y, cuando estuvieron a escasos metros, saltó frente a ellos.
—¡Parece que alguien necesita clases de fútbol y de humildad! —gritó con los brazos abiertos.
El efecto fue inmediato. Pedri se detuvo en seco, abriendo los ojos como platos. El balón que llevaba bajo el brazo rodó por el suelo, olvidado.
—¿Artemisa? —La voz de Pedri salió como un hilo de aire.
—¡La misma que viste y calza! —respondió ella, antes de ser envuelta en un abrazo que casi la deja sin aliento.
—¡No me lo creo! —exclamó Pedri, levantándola del suelo—. ¡Se supone que volvías en un mes! ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien? ¿Pasó algo?
Artemisa se rió, hundiendo el rostro en el hombro de su hermano. La protección de Pedri era como una manta cálida; a veces asfixiante, pero siempre necesaria.
—Estoy bien, pesado. Solo quería darles una sorpresa —dijo ella, separándose un poco para mirarlo—. Te he echado de menos, rubio.
—Y yo a ti, pequeña. Ni te imaginas cuánto —dijo Pedri, todavía en shock, antes de pasarle un brazo por los hombros de forma posesiva, como si temiera que fuera a desaparecer de nuevo.
Fue en ese momento cuando Artemisa desvió la mirada hacia el chico que permanecía a un lado, observando la escena con una sonrisa que no llegaba a ocultar su asombro. Gavi estaba allí, inmóvil, con sus ojos negros clavados en ella. Ella notó cómo su mirada recorría su rostro, deteniéndose en sus ojos cafés, y sintió un calor repentino en las mejillas.
—Hola, Gavi —dijo ella, tratando de sonar casual.
—Hola, Arte —respondió él. Su voz sonó un poco más ronca de lo habitual—. Has... has cambiado mucho.
—Tú también —admitió ella—. Estás más alto. Y menos... ruidoso.
Gavi soltó una carcajada corta y se rascó la nuca, un gesto de timidez que Artemisa no esperaba del chico que se comía el mundo en el campo de juego.
—Bueno, alguien tiene que mantener la cordura cuando tu hermano se pone sentimental —bromeó Gavi, aunque sus ojos no dejaban de brillar con una intensidad nueva.
Pedri, notando el intercambio de miradas, apretó un poco más el agarre sobre su hermana.
—Bueno, bueno, ya está bien de miraditas —dijo Pedri, medio en broma, medio en serio—. Vamos a casa. Alejandra se va a volver loca cuando te vea. Y tenemos mucho de qué hablar.
—¿Papá y mamá saben algo? —preguntó Artemisa, y el tono de su voz bajó un par de octavas, perdiendo la alegría inicial.
El ambiente cambió instantáneamente. Pedri suspiró y negó con la cabeza, su expresión ensombreciéndose ligeramente.
—No. Y mejor que sea así por hoy. Esta noche es para nosotros —sentenció Pedri—. Gavi, vienes a cenar, ¿verdad?
—No me lo perdería por nada —respondió el castaño, mirando a Artemisa con una promesa silenciosa de protección que ella captó al instante.
El trayecto hacia el apartamento de Pedri fue una ráfaga de preguntas y anécdotas. Artemisa les contó sobre sus clases en California, mientras Pedri y Gavi intentaban ponerla al día con los chismes del equipo. Sin embargo, Artemisa no podía evitar notar cómo Gavi la observaba a través del espejo retrovisor del coche, o cómo buscaba cualquier excusa para intervenir en la conversación y hacerla reír.
Cuando llegaron al piso, Alejandra ya estaba allí. El reencuentro fue igual de ruidoso. Hubo gritos, más abrazos y algunas lágrimas de alegría. Alejandra, la novia de Pedri, era como la hermana que Artemisa nunca tuvo, y verla tan feliz con su hermano le daba una paz que rara vez sentía cuando pensaba en su propia familia.
Mientras Alejandra y Pedri terminaban de organizar la cena en la cocina, Artemisa salió al balcón para respirar el aire de Barcelona. La ciudad empezaba a encender sus luces, y el cielo tenía un tono violáceo precioso.
Sintió unos pasos detrás de ella y, por el aroma a perfume cítrico y algo de sudor deportivo, supo que era él.
—Es una vista bonita, ¿verdad? —dijo Gavi, apoyándose en la barandilla a su lado.
—La mejor del mundo —respondió ella—. En California los atardeceres son increíbles, pero no es casa.
Gavi se giró para mirarla de perfil. La luz de la luna empezaba a reflejarse en el cabello rubio de Artemisa, dándole un aspecto casi irreal.
—Pedri ha estado muy preocupado por ti este año —comentó Gavi en voz baja—. Con lo de tus padres y la distancia... a veces se quedaba mirando el móvil esperando tu mensaje como si le fuera la vida en ello.
—Lo sé. Pedri es mi roca —dijo ella, suspirando—. A veces me gustaría que no cargara con todo el peso de protegerme. Él también tiene su propia vida, su carrera...
—Él te quiere más que a nada —dijo Gavi, y luego añadió con un tono más suave—: Y yo también me preocupé.
Artemisa se giró, sorprendida por la confesión.
—¿Ah, sí? Pensé que estarías demasiado ocupado ganando trofeos y siendo la estrella del Barça.
Gavi negó con la cabeza y dio un paso más hacia ella, invadiendo ligeramente su espacio personal, pero de una manera que la hacía sentir segura, no intimidada.
—Puedes ganar todos los trofeos del mundo, Arte, pero eso no llena el hueco de no saber si una de las personas más importantes para ti está bien al otro lado del océano.
Artemisa sintió un nudo en la garganta. No esperaba que Gavi fuera tan directo.
—No sabía que yo era... importante para ti —susurró.
—Lo eres —afirmó él, y por un momento, sus ojos negros parecieron devorar los cafés de ella—. Más de lo que Pedri probablemente me permita admitir.
—¡Oigan! ¡La comida se enfría! —El grito de Pedri desde el salón rompió el momento como un martillazo sobre cristal.
Ambos se sobresaltaron y se separaron rápidamente. Gavi soltó una risita nerviosa y Artemisa sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Mejor entramos —dijo ella—. Si Pedri sospecha que me estás "molestando", es capaz de echarte de casa antes de que pruebes la pizza.
—No le tengo miedo a tu hermano —bromeó Gavi, aunque mientras caminaban hacia dentro, Artemisa notó cómo él le rozaba la mano con los dedos, un contacto eléctrico y breve—. Pero tienes razón, no quiero arruinar tu primera noche de vuelta.
La cena fue caótica y llena de risas. Pedri estaba en su elemento, cuidando que el plato de Artemisa nunca estuviera vacío y bromeando con Alejandra. Sin embargo, el hermano mayor no era ciego. Notaba las miradas furtivas entre su mejor amigo y su hermana pequeña.
En un momento dado, cuando Artemisa fue a la cocina por más agua, Pedri aprovechó para darle un codazo a Gavi.
—Te estoy viendo, Pablo —le susurró con tono de advertencia, aunque con una pequeña sonrisa—. Es mi hermana.
Gavi le devolvió la mirada, esta vez sin rastro de broma.
—Lo sé, Pedri. Y por eso mismo es la persona que más cuidaría en este mundo, después de ti.
Pedri se quedó en silencio, evaluando la seriedad en los ojos de su amigo. Suspiró y asintió levemente. Sabía que si alguien podía entender lo que significaba proteger a Artemisa de las tormentas familiares, ese era Gavi, quien se había convertido en su propia familia por elección.
La noche avanzó entre anécdotas de la infancia y planes para los próximos días. Artemisa se sentía, por primera vez en mucho tiempo, completa. Estaba lejos de la frialdad de sus padres, rodeada de las personas que realmente la valoraban.
Cuando finalmente llegó el momento de que Gavi se marchara, Artemisa lo acompañó a la puerta mientras Pedri ayudaba a Alejandra con los platos.
—Gracias por venir hoy, Gavi —dijo ella en el umbral.
—Gracias a ti por volver —respondió él. Se acercó y le dio un beso en la mejilla, pero sus labios permanecieron un segundo más de lo necesario sobre su piel—. Descansa, Arte. Mañana vendré a buscarte para ir a ver el entrenamiento, si tu hermano me deja.
—Yo misma me encargaré de que me deje —aseguró ella con una chispa de rebeldía en los ojos.
Gavi le dedicó una última mirada cargada de significado antes de bajar por las escaleras. Artemisa cerró la puerta y se apoyó contra ella, exhalando un suspiro que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Estás bien? —preguntó Pedri, apareciendo por el pasillo.
—Sí —respondió ella, sonriendo de verdad—. Estoy muy bien, Pedri. Estoy en casa.
Su hermano se acercó y la rodeó con el brazo, besando la coronilla de su cabeza rubia.
—Nadie va a hacerte daño aquí, Artemisa. Ni nuestros padres, ni la distancia, ni nadie. Te lo prometo.
—Lo sé —dijo ella, sabiendo que, con Pedri y ahora también con Gavi a su lado, esa promesa era una verdad absoluta.
El regreso de Artemisa no solo era el fin de un viaje, sino el comienzo de una nueva etapa en la que los secretos del corazón empezarían a salir a la luz bajo el cielo de Barcelona.
Hacía casi un año que se había marchado a Estados Unidos para cursar un programa intensivo de arte y diseño. Un año lejos de las risas, de las playas de Barcelona y, sobre todo, lejos de su hermano mayor, Pedri.
—Ya estoy aquí —susurró para sí misma, sintiendo el aire húmedo de la ciudad—. Prepárate, hermanito.
Artemisa sabía que Pedri estaría en el entrenamiento o quizás descansando en casa con sus amigos. No le había dicho a nadie que regresaba hoy; ni siquiera a Alejandra, la novia de su hermano, que solía ser su cómplice en todo. Quería que fuera una sorpresa total, especialmente porque sabía que las cosas en casa, con sus padres, seguían siendo tensas y distantes. Pedri y ella siempre habían sido un frente unido, una pequeña isla de apoyo mutuo en un mar de frialdad familiar.
Tomó un taxi directamente hacia la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Sabía que el entrenamiento estaba por terminar y que los chicos suelen quedarse un rato más en el vestuario o en el gimnasio.
Al llegar, el guardia de seguridad, que ya la conocía de años anteriores, le sonrió con sorpresa.
—¿Señorita Gonzales? ¿No estaba usted en América? —preguntó el hombre mientras le abría la verja.
—Shhh, es un secreto, Paco —respondió ella con una sonrisa traviesa—. Voy a darle un susto de muerte a mi hermano.
Artemisa caminó por los pasillos que tantas veces había recorrido. El olor a césped recién cortado y a linimento le trajo recuerdos instantáneos. Se detuvo cerca de la salida del túnel que daba a los campos de entrenamiento. A lo lejos, vio un grupo de jugadores caminando hacia los vestuarios, riendo y empujándose.
Identificó de inmediato la silueta de su hermano. Pedri caminaba con ese aire tranquilo que lo caracterizaba, hablando animadamente con un chico de cabello castaño y hombros anchos.
—Te digo que no hay forma de que me ganes al FIFA esta noche —decía la voz de Pedri, clara y familiar—. Alejandra va a traer cena y vas a perder con el estómago lleno.
—Eso ya lo veremos, canario —respondió el otro chico, cuya voz era más profunda de lo que Artemisa recordaba—. Estás muy confiado últimamente.
Artemisa sintió que el corazón le daba un vuelco. El chico castaño era Pablo Gavi. Lo conocía, por supuesto; era el mejor amigo de su hermano, pero en el último año, a través de las videollamadas y las fotos, algo había cambiado en su percepción de él. Gavi ya no era el niño inquieto que recordaba; se había convertido en un joven con una presencia imponente y una mirada intensa.
Decidió que era el momento. Se ocultó tras una de las columnas y, cuando estuvieron a escasos metros, saltó frente a ellos.
—¡Parece que alguien necesita clases de fútbol y de humildad! —gritó con los brazos abiertos.
El efecto fue inmediato. Pedri se detuvo en seco, abriendo los ojos como platos. El balón que llevaba bajo el brazo rodó por el suelo, olvidado.
—¿Artemisa? —La voz de Pedri salió como un hilo de aire.
—¡La misma que viste y calza! —respondió ella, antes de ser envuelta en un abrazo que casi la deja sin aliento.
—¡No me lo creo! —exclamó Pedri, levantándola del suelo—. ¡Se supone que volvías en un mes! ¿Qué haces aquí? ¿Estás bien? ¿Pasó algo?
Artemisa se rió, hundiendo el rostro en el hombro de su hermano. La protección de Pedri era como una manta cálida; a veces asfixiante, pero siempre necesaria.
—Estoy bien, pesado. Solo quería darles una sorpresa —dijo ella, separándose un poco para mirarlo—. Te he echado de menos, rubio.
—Y yo a ti, pequeña. Ni te imaginas cuánto —dijo Pedri, todavía en shock, antes de pasarle un brazo por los hombros de forma posesiva, como si temiera que fuera a desaparecer de nuevo.
Fue en ese momento cuando Artemisa desvió la mirada hacia el chico que permanecía a un lado, observando la escena con una sonrisa que no llegaba a ocultar su asombro. Gavi estaba allí, inmóvil, con sus ojos negros clavados en ella. Ella notó cómo su mirada recorría su rostro, deteniéndose en sus ojos cafés, y sintió un calor repentino en las mejillas.
—Hola, Gavi —dijo ella, tratando de sonar casual.
—Hola, Arte —respondió él. Su voz sonó un poco más ronca de lo habitual—. Has... has cambiado mucho.
—Tú también —admitió ella—. Estás más alto. Y menos... ruidoso.
Gavi soltó una carcajada corta y se rascó la nuca, un gesto de timidez que Artemisa no esperaba del chico que se comía el mundo en el campo de juego.
—Bueno, alguien tiene que mantener la cordura cuando tu hermano se pone sentimental —bromeó Gavi, aunque sus ojos no dejaban de brillar con una intensidad nueva.
Pedri, notando el intercambio de miradas, apretó un poco más el agarre sobre su hermana.
—Bueno, bueno, ya está bien de miraditas —dijo Pedri, medio en broma, medio en serio—. Vamos a casa. Alejandra se va a volver loca cuando te vea. Y tenemos mucho de qué hablar.
—¿Papá y mamá saben algo? —preguntó Artemisa, y el tono de su voz bajó un par de octavas, perdiendo la alegría inicial.
El ambiente cambió instantáneamente. Pedri suspiró y negó con la cabeza, su expresión ensombreciéndose ligeramente.
—No. Y mejor que sea así por hoy. Esta noche es para nosotros —sentenció Pedri—. Gavi, vienes a cenar, ¿verdad?
—No me lo perdería por nada —respondió el castaño, mirando a Artemisa con una promesa silenciosa de protección que ella captó al instante.
El trayecto hacia el apartamento de Pedri fue una ráfaga de preguntas y anécdotas. Artemisa les contó sobre sus clases en California, mientras Pedri y Gavi intentaban ponerla al día con los chismes del equipo. Sin embargo, Artemisa no podía evitar notar cómo Gavi la observaba a través del espejo retrovisor del coche, o cómo buscaba cualquier excusa para intervenir en la conversación y hacerla reír.
Cuando llegaron al piso, Alejandra ya estaba allí. El reencuentro fue igual de ruidoso. Hubo gritos, más abrazos y algunas lágrimas de alegría. Alejandra, la novia de Pedri, era como la hermana que Artemisa nunca tuvo, y verla tan feliz con su hermano le daba una paz que rara vez sentía cuando pensaba en su propia familia.
Mientras Alejandra y Pedri terminaban de organizar la cena en la cocina, Artemisa salió al balcón para respirar el aire de Barcelona. La ciudad empezaba a encender sus luces, y el cielo tenía un tono violáceo precioso.
Sintió unos pasos detrás de ella y, por el aroma a perfume cítrico y algo de sudor deportivo, supo que era él.
—Es una vista bonita, ¿verdad? —dijo Gavi, apoyándose en la barandilla a su lado.
—La mejor del mundo —respondió ella—. En California los atardeceres son increíbles, pero no es casa.
Gavi se giró para mirarla de perfil. La luz de la luna empezaba a reflejarse en el cabello rubio de Artemisa, dándole un aspecto casi irreal.
—Pedri ha estado muy preocupado por ti este año —comentó Gavi en voz baja—. Con lo de tus padres y la distancia... a veces se quedaba mirando el móvil esperando tu mensaje como si le fuera la vida en ello.
—Lo sé. Pedri es mi roca —dijo ella, suspirando—. A veces me gustaría que no cargara con todo el peso de protegerme. Él también tiene su propia vida, su carrera...
—Él te quiere más que a nada —dijo Gavi, y luego añadió con un tono más suave—: Y yo también me preocupé.
Artemisa se giró, sorprendida por la confesión.
—¿Ah, sí? Pensé que estarías demasiado ocupado ganando trofeos y siendo la estrella del Barça.
Gavi negó con la cabeza y dio un paso más hacia ella, invadiendo ligeramente su espacio personal, pero de una manera que la hacía sentir segura, no intimidada.
—Puedes ganar todos los trofeos del mundo, Arte, pero eso no llena el hueco de no saber si una de las personas más importantes para ti está bien al otro lado del océano.
Artemisa sintió un nudo en la garganta. No esperaba que Gavi fuera tan directo.
—No sabía que yo era... importante para ti —susurró.
—Lo eres —afirmó él, y por un momento, sus ojos negros parecieron devorar los cafés de ella—. Más de lo que Pedri probablemente me permita admitir.
—¡Oigan! ¡La comida se enfría! —El grito de Pedri desde el salón rompió el momento como un martillazo sobre cristal.
Ambos se sobresaltaron y se separaron rápidamente. Gavi soltó una risita nerviosa y Artemisa sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Mejor entramos —dijo ella—. Si Pedri sospecha que me estás "molestando", es capaz de echarte de casa antes de que pruebes la pizza.
—No le tengo miedo a tu hermano —bromeó Gavi, aunque mientras caminaban hacia dentro, Artemisa notó cómo él le rozaba la mano con los dedos, un contacto eléctrico y breve—. Pero tienes razón, no quiero arruinar tu primera noche de vuelta.
La cena fue caótica y llena de risas. Pedri estaba en su elemento, cuidando que el plato de Artemisa nunca estuviera vacío y bromeando con Alejandra. Sin embargo, el hermano mayor no era ciego. Notaba las miradas furtivas entre su mejor amigo y su hermana pequeña.
En un momento dado, cuando Artemisa fue a la cocina por más agua, Pedri aprovechó para darle un codazo a Gavi.
—Te estoy viendo, Pablo —le susurró con tono de advertencia, aunque con una pequeña sonrisa—. Es mi hermana.
Gavi le devolvió la mirada, esta vez sin rastro de broma.
—Lo sé, Pedri. Y por eso mismo es la persona que más cuidaría en este mundo, después de ti.
Pedri se quedó en silencio, evaluando la seriedad en los ojos de su amigo. Suspiró y asintió levemente. Sabía que si alguien podía entender lo que significaba proteger a Artemisa de las tormentas familiares, ese era Gavi, quien se había convertido en su propia familia por elección.
La noche avanzó entre anécdotas de la infancia y planes para los próximos días. Artemisa se sentía, por primera vez en mucho tiempo, completa. Estaba lejos de la frialdad de sus padres, rodeada de las personas que realmente la valoraban.
Cuando finalmente llegó el momento de que Gavi se marchara, Artemisa lo acompañó a la puerta mientras Pedri ayudaba a Alejandra con los platos.
—Gracias por venir hoy, Gavi —dijo ella en el umbral.
—Gracias a ti por volver —respondió él. Se acercó y le dio un beso en la mejilla, pero sus labios permanecieron un segundo más de lo necesario sobre su piel—. Descansa, Arte. Mañana vendré a buscarte para ir a ver el entrenamiento, si tu hermano me deja.
—Yo misma me encargaré de que me deje —aseguró ella con una chispa de rebeldía en los ojos.
Gavi le dedicó una última mirada cargada de significado antes de bajar por las escaleras. Artemisa cerró la puerta y se apoyó contra ella, exhalando un suspiro que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Estás bien? —preguntó Pedri, apareciendo por el pasillo.
—Sí —respondió ella, sonriendo de verdad—. Estoy muy bien, Pedri. Estoy en casa.
Su hermano se acercó y la rodeó con el brazo, besando la coronilla de su cabeza rubia.
—Nadie va a hacerte daño aquí, Artemisa. Ni nuestros padres, ni la distancia, ni nadie. Te lo prometo.
—Lo sé —dijo ella, sabiendo que, con Pedri y ahora también con Gavi a su lado, esa promesa era una verdad absoluta.
El regreso de Artemisa no solo era el fin de un viaje, sino el comienzo de una nueva etapa en la que los secretos del corazón empezarían a salir a la luz bajo el cielo de Barcelona.
