Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Soccer

Fandom: Barcelona

Creado: 19/6/2026

Etiquetas

RomanceDramaDolor/ConsueloFluffRecortes de VidaHistoria DomésticaAmbientación Canon
Índice

El regreso de la luz en el Camp Nou

El aire de Barcelona tenía un aroma diferente, una mezcla de salitre y libertad que Nicolle Gonzales no había sentido en casi un año. Al bajar del avión, ajustó la correa de su mochila y se pasó una mano por su largo cabello castaño, tratando de calmar los nervios que le hacían cosquillas en el estómago. A sus diecinueve años, había aprendido que la distancia era una cura amarga pero necesaria, aunque estar lejos de su hermano y de la persona que amaba se sentía como una herida abierta que nunca terminaba de cicatrizar.

Caminó por la terminal con paso rápido, ocultando su rostro tras unas gafas de sol. Nadie sabía que estaba allí. Ni Pedri, que probablemente estaría entrenando o discutiendo tácticas con Xavi, ni Gavi, que seguramente estaría contando los días para su próxima videollamada. La sorpresa era su mejor arma.

Tomó un taxi directo a la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Sabía que el entrenamiento estaba por terminar y que Alejandra, la novia de su hermano, la ayudaría a entrar sin ser detectada. Alejandra era su cómplice desde hacía semanas; ella entendía mejor que nadie por qué Nicolle necesitaba este regreso sin previo aviso.

—¿Estás lista, pequeña? —le había escrito Alejandra por mensaje apenas aterrizó.

Nicolle sonrió al leer el apodo. Solo Pedri y sus más allegados la llamaban así. Era un recordatorio de la protección constante de su hermano, de cómo él se había convertido en su escudo humano cuando las sombras de su padre se volvieron demasiado largas y asfixiantes en casa. Pedri no solo era la estrella del centro del campo del Barça; era el hombre que le había salvado la vida llevándola lejos de aquel dolor.

Al llegar a las instalaciones, Alejandra ya la esperaba en la puerta trasera del parking. Se fundieron en un abrazo rápido.

—Estás más alta, o quizá es que en Estados Unidos el aire te ha sentado bien —bromeó Alejandra, guiándola por los pasillos internos—. Están en el vestuario. Acaban de salir de la ducha. Gavi está de un humor de perros porque dice que te extraña demasiado.

Nicolle sintió un vuelco en el corazón. Gavi. Su relación a distancia había sido un desafío de horarios cruzados, pantallas pixeladas y promesas susurradas a las tres de la mañana.

—¿Y Pedri? —preguntó Nicolle con un deje de preocupación.

—Tu hermano está bien, pero siempre tiene ese radar encendido. Si sospecha algo, me va a matar por no decirle.

Caminaron en silencio hasta la zona de los jugadores. El eco de las risas y el sonido de las botas contra el suelo resonaba en el pasillo. Nicolle se detuvo frente a la puerta del vestuario principal. Respiró hondo, tratando de controlar el temblor de sus manos. Alejandra le hizo una señal y se alejó unos metros para darles privacidad.

Nicolle empujó la puerta ligeramente. Lo primero que vio fue la silueta de su hermano, de espaldas, guardando sus cosas en la taquilla. Pedri, a sus veintiún años, se veía más fuerte, más maduro, pero seguía teniendo esa aura de tranquilidad que siempre la calmaba. A unos metros, sentado en un banco, estaba Gavi. Su cabello rubio estaba todavía algo húmedo y mantenía la mirada fija en su teléfono, probablemente revisando si tenía algún mensaje de ella.

—¿Es que nadie va a saludar a la visita? —dijo Nicolle en voz alta, con la voz ligeramente quebrada por la emoción.

El silencio que siguió fue absoluto. Pedri se congeló en el sitio. Gavi dejó caer el teléfono sobre el banco de madera con un golpe seco. Ambos se giraron al unísono, como si no pudieran creer lo que sus oídos acababan de escuchar.

—¿Pequeña? —La voz de Pedri fue apenas un susurro.

Él fue el primero en reaccionar. Cruzó el vestuario en tres zancadas y la levantó en vilo, rodeándola con sus brazos como si temiera que fuera un espejismo que fuera a desvanecerse si la soltaba. Nicolle hundió la cara en el cuello de su hermano, aspirando el olor a jabón y esfuerzo que siempre lo acompañaba.

—¡Estás aquí! ¡Estás aquí de verdad! —exclamó Pedri, apartándose un poco para mirarla a la cara, buscándole cualquier rastro de tristeza o cansancio—. ¿Por qué no avisaste? Podría haber ido a buscarte al aeropuerto, te habría enviado un coche...

—Quería darles una sorpresa, Pedri —respondió ella riendo entre lágrimas—. Ya sabes que me gusta el drama.

—Me vas a matar de un infarto un día de estos —dijo él, besándole la frente con una ternura infinita.

Pedri la soltó lentamente, pero no se alejó demasiado. Su instinto protector seguía ahí, vibrando bajo su piel. Sabía lo que Nicolle había pasado con su padre, las marcas invisibles que todavía cargaba, y verla allí, sana y salva, era el único alivio que realmente necesitaba.

Fue entonces cuando Nicolle miró por encima del hombro de su hermano. Gavi seguía allí de pie, inmóvil, con los ojos muy abiertos. El central del Barcelona, conocido por su agresividad en el campo y su carácter indomable, parecía un niño pequeño perdido en medio de una tormenta.

—¿No vas a decir nada, Pablo? —preguntó ella con una sonrisa tímida.

Gavi reaccionó por fin. Se acercó a ella, ignorando por completo la mirada de advertencia que, por pura costumbre, le lanzó Pedri. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él en un abrazo que cortaba la respiración.

—No me lo creo —susurró Gavi contra su oído—. Joder, Nicolle, te he echado tanto de menos que dolía.

—Yo también, rubio —respondió ella, aferrándose a su camiseta—. Mucho más de lo que imaginas.

Se quedaron así unos segundos, en una burbuja que nadie se atrevía a romper. Para Gavi, Nicolle era su ancla. A pesar de la distancia, ella era la única persona capaz de calmar sus nervios antes de un partido importante o de hacerlo reír cuando las críticas de la prensa se volvían demasiado ruidosas.

Pedri carraspeó, cruzándose de brazos, aunque no podía ocultar la sonrisa de satisfacción al ver a su hermana feliz.

—Bueno, bueno, ya está bien de tanto azúcar —dijo Pedri, aunque su tono era cálido—. Gavi, suéltala un poco, que todavía tiene que contarme cómo le ha ido el vuelo y por qué Alejandra me ha estado mintiendo en la cara toda la mañana.

Gavi se separó a regañadientes, pero mantuvo una mano entrelazada con la de Nicolle.

—Ella no ha tenido la culpa, Pedri —intervino Nicolle—. Yo se lo pedí. Necesitaba ver sus caras de tontos al verme entrar.

—Pues lo has conseguido —admitió Gavi, sin soltarle la mano—. Todavía estoy procesando que no eres una videollamada de FaceTime.

—¿Y te quedas? —preguntó Pedri con una seriedad repentina—. Dime que no es solo para pasar el fin de semana.

Nicolle miró a su hermano y luego a su novio. Sabía que ambos vivían con el miedo constante de que el pasado volviera a llamar a su puerta, de que su padre intentara contactar con ella de nuevo. Pero estar en Barcelona, rodeada de ellos, la hacía sentir invencible.

—Me quedo, Pedri. He terminado mis créditos online. Voy a buscar algo aquí. Ya no quiero estar lejos.

Pedri exhaló un suspiro de alivio que pareció quitarle un peso de mil kilos de encima.

—Gracias a Dios —dijo él—. Porque ya no sabía qué inventarle a Gavi para que dejara de mirar tu Instagram cada cinco minutos en el autobús del equipo.

—¡Oye! —protestó Gavi, poniéndose rojo hasta las orejas—. ¡Eso es mentira!

—No es mentira y lo sabes —rio Pedri, dándole un golpe amistoso en el hombro—. Pero te lo perdono porque hoy es un día especial.

Salieron del vestuario los tres juntos. En el pasillo, Alejandra los esperaba con una cámara de fotos lista. El ambiente en el club era de celebración, pero para Nicolle, el verdadero triunfo era la sensación de seguridad. Mientras caminaba entre los dos hombres más importantes de su vida, se dio cuenta de que el miedo que la había perseguido durante años se sentía pequeño, casi inexistente.

—¿A dónde vamos a cenar? —preguntó Gavi, ya planeando el resto de la noche—. Yo invito.

—Vamos a casa —sentenció Pedri—. Mamá ha preparado de todo porque, obviamente, ella sí sabía que venías.

Nicolle soltó una carcajada.

—¿Mamá lo sabía? —preguntó Pedri, fingiendo indignación—. ¿Soy el último en enterarme de todo en esta familia?

—Eres el mejor defensa del mundo, hermano, pero para los secretos eres un desastre —le pinchó Nicolle.

Caminaron hacia el parking, bajo el sol de la tarde de Barcelona que empezaba a caer. Gavi se inclinó hacia ella, aprovechando que Pedri se había adelantado un par de pasos para hablar por teléfono con su madre.

—¿De verdad estás aquí? —le preguntó en voz baja.

—De verdad —respondió ella, deteniéndose para mirarlo a los ojos—. No me voy a ir a ninguna parte, Pablo.

Gavi no pudo evitarlo. A pesar de estar en las instalaciones del club, a pesar de que cualquier fotógrafo pudiera estar cerca, la besó. Fue un beso lento, cargado de todas las palabras que no habían podido decirse a través de una pantalla. Fue el beso que sellaba su regreso y el inicio de una etapa donde ya no habría kilómetros de por medio.

—¡Eh! ¡Que los veo! —gritó Pedri desde lejos, dándose la vuelta—. ¡Gavi, diez centímetros de distancia de seguridad o te pongo de suplente en mi vida personal!

Nicolle y Gavi se rieron, compartiendo una mirada cómplice.

—No ha cambiado nada —susurró Nicolle.

—Ha cambiado todo —corrigió Gavi, rodeándola con su brazo—. Ahora estás en casa.

Mientras subían al coche, Nicolle miró hacia el estadio a lo lejos. Barcelona siempre había sido su hogar, pero ahora, con la protección de su hermano y el amor de Gavi, se sentía como una fortaleza inexpugnable. El pasado ya no tenía poder sobre ella. La pequeña de los Gonzales estaba de vuelta, y esta vez, era para quedarse.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic