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Monsters vs. Aliens AU

Fandom: Monsters vs. Aliens(2009), Original Character,

Creado: 19/6/2026

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Sombras de Titanio y Corazones de Cristal

El día de la boda de Seojun Choi Miller debía haber sido el comienzo de una vida tranquila, una validación de su identidad frente al mundo y, sobre todo, el sello de su amor por Lily. Sin embargo, la ironía del destino se manifestó en forma de un meteorito cargado de energía cuántica del caos. En el momento en que Seojun caminaba hacia el altar, sintiendo el peso reconfortante de su *binder* bajo el traje hecho a medida, el cielo se desgarró.

No hubo una explosión destructiva inmediata, sino una absorción. Seojun sintió que sus células se dilataban, que sus 1,75 metros de altura se multiplicaban exponencialmente mientras el tejido de su ropa se rasgaba. En cuestión de segundos, el techo de la iglesia fue reemplazado por el cielo abierto. Seojun, ahora un gigante de quince metros, miró hacia abajo con sus ojos aguamarina llenos de terror, viendo a Lily retroceder, no con preocupación, sino con una mueca de absoluto rechazo y egoísmo. Ella no vio al hombre que amaba; vio un monstruo que arruinó su día perfecto.

Semanas después, Seojun se encontraba confinado en una instalación gubernamental subterránea de máxima seguridad. El complejo era vasto, pero para él, se sentía como una caja de zapatos. Sus 30 kilos originales se habían convertido en toneladas de peso muscular y óseo, aunque su espíritu seguía siendo el mismo chico tímido e inseguro que prefería perderse en un libro.

—¿Seojun? ¿Estás ahí de nuevo, pequeño titán? —La voz de Nixie Crowe resonó en el hangar compartido.

Nixie, una joven de veinticinco años con mechones blancos en su cabello castaño, no era una gigante, pero era "especial". Tenía la capacidad de manipular frecuencias sonoras y una agilidad que desafiaba la física, lo que la había llevado a terminar en el mismo "zoológico" de inadaptados. Se sentó en una viga de acero a la altura del rostro de Seojun, balanceando sus piernas con despreocupación.

Seojun, que estaba encogido en un rincón intentando ocupar el menor espacio posible, levantó la mirada. Sus pecas sutiles parecían ahora constelaciones en sus mejillas.

—Lo siento, Nixie —susurró él, y su voz, aunque baja para su nuevo tamaño, hizo vibrar las placas de metal del suelo—. No quería molestar. Solo... estaba pensando.

—Pensar es peligroso aquí dentro —dijo Nixie, sacando un pequeño objeto con forma de calavera de su bolsillo y dándole vueltas—. Te pones triste, y cuando te pones triste, empiezas a temblar. Y cuando tiemblas, la Dra. Brighton se emociona demasiado con sus bobinas de Tesla.

—Es que... extraño el silencio —admitió Seojun, bajando la vista hacia sus manos gigantescas—. Y extraño no ser... esto. No tener que ocupar tanto espacio.

—A veces, el espacio es lo único que tenemos —intervino una voz metálica y distorsionada.

La Dra. Shelly Brighton, o Dra. Bride, se acercó flotando en su plataforma mecánica. La bobina de Tesla que sustituía sus vértebras cervicales chisporroteó con un tono azul neón, haciendo que su cabello fluctuara como el letrero de un casino de Las Vegas.

—Seojun, querido, tus niveles de ansiedad están afectando el campo electromagnético del ala oeste —dijo la doctora, ajustándose sus gafas protectoras—. BETH se está quejando de que sus vides se marchitan por tu "aura de melancolía".

Desde el otro lado del recinto, una masa vegetal inmensa y exótica se agitó. BETH, el híbrido trifuncional bioingenierizado, extendió un zarcillo lleno de flores de colores imposibles. En el centro de su flor principal, un rostro camaleónico imitó la expresión de tristeza de Seojun antes de transformarse en una mueca de molestia.

—Las plantas necesitan sol, no suspiros de gigante —siseó BETH, aunque sus hojas se movieron con una elegancia casi hipnótica.

—BETH, déjalo en paz —gruñó una criatura desde el tanque de agua central. Miss Challenger, el artrópodo prehistórico, asomó sus pinzas y sus ojos multifacéticos por encima de la superficie—. Él es el único aquí que no intenta comerme o diseccionarme.

Seojun les dedicó una sonrisa tímida y forzada. Se sentía profundamente fuera de lugar. A pesar de su tamaño, seguía sintiendo la disforia punzante en su pecho; el gobierno le había proporcionado una vestimenta especial que imitaba su *binder* y su ropa habitual, pero verse en los espejos de seguridad le recordaba constantemente que su cuerpo era una paradoja viviente.

De repente, las alarmas rojas comenzaron a girar, bañando el hangar en una luz escarlata. Las puertas blindadas se abrieron con un estruendo y una figura imponente entró caminando con la autoridad de un huracán.

La General Sally Acorn, con su piel morena reluciente y sus ojos amarillo ámbar, avanzó hacia el centro de la sala. Su sola presencia hizo que incluso BETH retrocediera un poco. Sally no pidió atención; la tomó.

—¡Escuchen, fenómenos! —gritó Sally, su voz resonando con una potencia felina—. Tenemos un problema ahí fuera que hace que sus crisis existenciales parezcan una fiesta de té. Un robot extraterrestre del tamaño de un rascacielos acaba de aterrizar en el centro de San Francisco y está convirtiendo el puente Golden Gate en chatarra.

Seojun sintió que el corazón le daba un vuelco. El pánico comenzó a subir por su garganta como una marea fría.

—¿Un... un robot? —preguntó Seojun, su voz quebrándose.

Sally Acorn se detuvo frente a él, obligándolo a inclinar la cabeza hacia abajo. Ella lo miró con una intensidad posesiva, casi como si estuviera evaluando una propiedad valiosa que no pensaba dejar escapar.

—Sí, Seojun. Un robot. Y tú eres el único juguete lo suficientemente grande en mi arsenal para darle pelea —dijo Sally, cruzando sus brazos musculosos—. El presidente quería que enviáramos misiles nucleares. Yo les dije que tenía algo mejor. Un equipo de monstruos con ganas de redimirse.

—Yo no soy un luchador —susurró Seojun, retrocediendo un paso, lo que provocó un pequeño temblor—. Soy... soy una persona pacífica. No me gustan los gritos, no me gusta la violencia...

—A nadie le importa lo que te guste ahora —le espetó Lily, que apareció detrás de la General.

Seojun se quedó helado. Lily estaba allí, trabajando aparentemente como consultora de relaciones públicas para el ejército. Se veía tan impecable como el día de la boda, pero sus ojos verde oliva estaban llenos de un desprecio gélido.

—Haz algo útil por una vez, Seojun —dijo Lily con una sonrisa cruel—. Ya que arruinaste mi boda y mi reputación convirtiéndote en esta cosa, al menos salva el país para que pueda decir que estuve casada con un héroe antes de anular el matrimonio.

El comentario fue como una bofetada física. Seojun sintió que se encogía internamente, aunque su cuerpo seguía siendo inmenso. La inseguridad lo golpeó con fuerza, y por un momento, las náuseas de su trastorno alimentario lo marearon.

—No le hables así —intervino Nixie, saltando de la viga y aterrizando frente a Lily—. Él no eligió esto.

—Nixie, no... —trató de decir Seojun, pero Sally lo interrumpió con un rugido de autoridad.

—¡Basta! —ordenó la General Acorn—. Seojun, mírame.

El gigante obedeció, encontrándose con los ojos ámbar de Sally. Había algo en ella, una dominancia que no aceptaba un "no" por respuesta, pero también una extraña forma de reconocimiento.

—Eres frágil, lo veo —dijo Sally, suavizando apenas el tono—. Pero tienes un liderazgo natural que ni siquiera tú conoces. Si no vas, esos civiles morirán. Si vas y ganas, quizá el mundo deje de verte como un error de la naturaleza y empiece a verte como el hombre que dices ser.

Seojun tragó saliva. El miedo al rechazo de Lily todavía le dolía, pero la idea de ver a otros sufrir era peor. Su empatía innata, su bondad, siempre habían sido sus mayores debilidades, y ahora eran su única fuerza.

—¿Iremos todos? —preguntó Seojun, mirando a sus compañeros.

—¡Por supuesto! —exclamó la Dra. Brighton, mientras sus luces parpadeaban con entusiasmo—. ¡Mis bobinas necesitan una prueba de campo contra tecnología alienígena!

—Supongo que puedo usar al robot como fertilizante —añadió BETH, extendiendo sus hojas con un sonido sibilante.

Miss Challenger emitió un clic de aprobación desde el agua. Nixie se acercó a la mano gigante de Seojun y puso una mano pequeña sobre su dedo pulgar, que era del tamaño de su torso.

—No estás solo en esto, Seojun —le dijo Nixie con una sonrisa sincera—. Los raros tenemos que cuidarnos entre nosotros.

Seojun sintió una calidez que no había experimentado desde que el meteorito lo golpeó. Por primera vez, no se sintió como un monstruo atrapado, sino como parte de algo.

—Está bien —dijo Seojun, poniéndose de pie y alcanzando su altura máxima, rozando las luces del techo—. Iré.

La General Sally Acorn sonrió de forma depredadora.

—Excelente. Prepárense. Partimos en diez minutos.

El despliegue fue un caos de logística. Transportar a un gigante, una mujer eléctrica, una planta consciente, un artrópodo prehistórico y una chica con habilidades sónicas requería aviones de carga especiales. Durante el vuelo, Seojun se mantuvo en silencio, intentando controlar su respiración para evitar un ataque de pánico.

Cuando llegaron a San Francisco, la escena era apocalíptica. Un robot colosal, una masa de metal líquido y luces púrpuras, estaba escaneando la ciudad con un rayo desintegrador.

—¡Muy bien, equipo! —gritó Sally por el comunicador—. ¡Hagan lo que mejor saben hacer: causar problemas!

Seojun fue el primero en saltar desde la rampa de carga. Mientras caía, el viento rugía en sus oídos. Por un momento, la disforia desapareció, reemplazada por la adrenalina pura. Aterrizó en medio de la calle, el impacto agrietó el asfalto bajo sus pies descalzos.

El robot alienígena se giró, sus sensores enfocándose en la nueva amenaza.

—¡Oye, tú! —gritó Seojun. Su voz no tembló esta vez; era el rugido de alguien que ya no tenía miedo de ocupar su lugar en el mundo—. ¡Deja de lastimar a estas personas!

El robot respondió disparando un rayo de energía. Seojun se cubrió con los brazos, sintiendo el calor quemar su piel pálida, pero no retrocedió.

—¡Ahora, Dra. Brighton! —ordenó Seojun, asumiendo el liderazgo de forma instintiva.

La Dra. Bride descendió del cielo, descargando una ráfaga de voltios desde su bobina de Tesla directamente en las articulaciones del robot. El metal crujió y se sobrecargó.

—¡BETH, inmovilízalo! —gritó Seojun.

Desde las alcantarillas, las raíces masivas de BETH brotaron, envolviendo las piernas del robot como serpientes de madera y espinas. El alienígena intentó zafarse, pero Miss Challenger saltó desde el muelle cercano, usando sus pinzas prehistóricas para desgarrar el metal del chasis inferior.

Nixie corría por las paredes de los edificios, lanzando pulsos sónicos que desorientaban los sensores de la máquina.

—¡Está vulnerable, Seojun! ¡Dale con todo! —gritó Nixie.

Seojun corrió hacia el robot. Cada paso suyo era un terremoto. Recordó las palabras de Lily, su desprecio, y luego recordó la amabilidad de Nixie y la confianza de Sally. Usó esa emoción, no como odio, sino como un escudo.

Con un grito que mezclaba toda su angustia y su nueva fuerza, Seojun lanzó un puñetazo masivo que impactó en el núcleo central del robot. El metal se hundió y una explosión de energía azul bañó la calle.

El robot cayó, su luz púrpura apagándose mientras se convertía en un montón de chatarra inerte.

El silencio volvió a la ciudad, interrumpido solo por el sonido de las sirenas a lo lejos. Seojun se quedó de pie, jadeando, con los nudillos sangrando ligeramente. Su cabello rubio estaba más despeinado que nunca, y sus ojos aguamarina brillaban con una mezcla de alivio y cansancio.

Nixie se acercó y trepó por su brazo hasta sentarse en su hombro.

—Lo hiciste, chico —dijo ella, dándole un golpecito cariñoso en la mejilla—. Eres un héroe de verdad.

Sally Acorn aterrizó en un helicóptero cercano y bajó con una sonrisa de triunfo. Miró a Seojun con una mezcla de orgullo y una posesividad renovada.

—Te lo dije, Seojun. Eres mío ahora... en el buen sentido —añadió Sally con una carcajada—. El mundo te debe una.

Lily se acercó, tratando de poner su mejor cara para las cámaras de televisión que empezaban a llegar.

—¡Seojun! ¡Cariño! ¡Sabía que podías hacerlo! —gritó ella, tratando de captar su atención—. ¡Diles a todos que lo hiciste por mí!

Seojun miró a Lily. Por primera vez, no sintió el deseo de disculparse por existir. No sintió la necesidad de complacerla para ser aceptado.

—No, Lily —dijo Seojun, y su voz fue clara y firme, resonando por toda la plaza—. No lo hice por ti. Lo hice por ellos. Y lo hice por mí.

Se giró, dándole la espalda a su antigua vida, y miró a sus nuevos amigos. Eran monstruos, eran inadaptados, eran extraños. Pero por primera vez en sus veinte años, Seojun Choi Miller sintió que finalmente estaba en casa.

—¿Qué sigue, General? —preguntó Seojun, con una pequeña pero auténtica sonrisa.

Sally Acorn miró hacia el horizonte, donde el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color similar al de sus propios ojos.

—Lo que sigue, gigante, es que el mundo aprenda a vivir con nosotros. Y créeme, va a ser un viaje muy interesante.

Seojun asintió, sintiendo el aire fresco del otoño en su rostro. Ya no era solo el chico tímido que se escondía en los libros; era el pilar de un nuevo equipo, un protector. Y aunque todavía tenía miedos y batallas internas que librar, sabía que ya no tendría que hacerlo solo. Bajo el cielo de San Francisco, el gigante rubio finalmente encontró la paz que tanto había buscado, no en el silencio, sino en la fuerza de ser él mismo.
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