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Fandom: Agend4s

Creado: 19/6/2026

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Reflejos de azul y azúcar

El sol de la tarde se filtraba por las ventanas de la biblioteca, creando motas de polvo dorado que bailaban en el aire. Sin embargo, para mí, el paisaje más interesante no estaba en los libros de texto ni en el jardín del instituto, sino justo a mi lado. Pietro estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, su hombro rozando el mío mientras fingía que leía sus apuntes de historia.

Pietro Maggi no era alguien que supiera mantener las distancias, especialmente conmigo. Era alto, de una complexión atlética que delataba sus horas de deporte, y tenía ese cabello castaño que siempre parecía estar perfectamente despeinado. Pero lo que realmente desarmaba a cualquiera eran sus ojos: un azul tan intenso y cristalino que a veces me olvidaba de lo que estaba diciendo solo por quedarme mirándolos.

Sentí un peso en mi hombro. Pietro había decidido que ya había estudiado suficiente y había apoyado su cabeza allí, soltando un suspiro dramático que me hizo sonreír.

— ¿Ya te has cansado, Pietro? —pregunté en un susurro, intentando mantener la compostura frente a los demás estudiantes.

— Es que las fechas no tienen sentido —murmuró él, girando el rostro para hundirlo en el hueco de mi cuello—. ¿Por qué tengo que saber cuándo se firmó este tratado si lo único que me importa es que faltan exactamente diez minutos para que salgamos de aquí?

Sentí sus dedos entrelazarse con los míos por debajo de la mesa. Pietro era lo que mis amigas llamarían un "clingy boyfriend", alguien extremadamente afectuoso y apegado, pero para mí era simplemente la mejor parte de mi día. Tenía esa forma de quererme que me hacía sentir el centro del universo, una mezcla de protección y ternura que nunca resultaba asfixiante, sino reconfortante.

— Solo diez minutos —le recordé, apretando su mano—. Si terminas este resumen, te prometo que iremos por ese helado que querías.

Pietro se irguió de inmediato, sus ojos azules brillando con una chispa traviesa.

— ¿Con extra de chocolate? —preguntó con una sonrisa ladeada que me detuvo el corazón.

— Con todo el chocolate que quieras.

Él asintió con determinación y volvió a su cuaderno, aunque no soltó mi mano. Esa era su marca registrada: estar conectado a mí de alguna manera, ya fuera un roce, una mirada o simplemente compartiendo el mismo aire a escasos centímetros de distancia.

Cuando finalmente sonó el timbre, Pietro fue el primero en cerrar los libros. Recogió sus cosas y las mías con una eficiencia envidiable y, antes de que pudiera protestar, ya me tenía rodeada por la cintura con uno de sus brazos mientras caminábamos por el pasillo.

— Sabes que puedo llevar mi propia mochila, ¿verdad? —dije, aunque no hice ningún esfuerzo por quitársela.

— Lo sé —respondió él, dándome un beso rápido en la sien—. Pero me gusta cuidarte. Es parte del contrato de ser el mejor novio del mundo.

— ¿Ah, sí? ¿Y quién decidió que tienes ese título? —bromeé mientras salíamos al patio, donde el aire fresco nos golpeó la cara.

Pietro se detuvo en seco y me miró con una falsa expresión de ofensa, llevándose una mano al pecho.

— ¿Acaso lo dudas? —Se acercó un poco más, obligándome a retroceder hasta que mi espalda tocó el tronco de un árbol—. Soy atento, te traigo dulces, te ayudo con los deberes aunque yo no entienda nada, y además... —Se inclinó, dejando que su aliento rozara mi oreja—... te quiero más que a nadie en este instituto.

Me reí, sintiendo mis mejillas arder. No importaba cuánto tiempo lleváramos juntos, Pietro siempre lograba hacerme sentir como si fuera la primera vez que me hablaba.

— Está bien, conservas el título —cedí, pasando mis brazos por su cuello—. Por ahora.

Él sonrió, esa sonrisa pura y sincera que lo caracterizaba. Pietro era, por encima de todo, una buena persona. No había malicia en él, solo una honestidad brutal y un deseo constante de ver felices a los que amaba. Era el tipo de chico que se detenía a ayudar a alguien con las bolsas de la compra o que te enviaba un mensaje de "buenos días" cada mañana sin falta.

Caminamos hacia la heladería del centro, el trayecto lleno de risas y anécdotas sobre los profesores. Pietro no dejaba de hacerme bromas, gesticulando con las manos mientras me contaba una historia sobre algo que había pasado en el vestuario antes de clase de gimnasia. En un momento dado, se detuvo para saludar a un grupo de niños que jugaban con un balón, devolviéndoles la pelota con un toque preciso de fútbol que hizo que los pequeños lo miraran con admiración.

— Eres un presumido —le dije cuando regresó a mi lado.

— Solo quería asegurarme de que el balón no terminara en la calle —se defendió, aunque sus ojos brillaban de orgullo—. Además, hay que dar buen ejemplo.

Llegamos a la heladería y, como prometí, pedimos el helado más grande del menú. Nos sentamos en una mesa pequeña al fondo, un rincón que ya sentíamos como nuestro. Pietro se dedicó a quitarme las pequeñas manchas de chocolate de la comisura de los labios con el pulgar, mirándome con una intensidad que siempre me dejaba sin aliento.

— ¿Qué pasa? —pregunté, sintiéndome repentinamente tímida.

— Nada —respondió él, apoyando la barbilla en su mano—. Solo pensaba en lo afortunado que soy. A veces me despierto y no me creo que de verdad estemos juntos.

— Pietro, eres tú el que me eligió a mí —le recordé, acariciando su mano sobre la mesa.

— No, nos elegimos los dos —corrigió él suavemente—. Y pienso seguir eligiéndote todos los días.

El resto de la tarde transcurrió entre confesiones y planes futuros. Hablamos de las vacaciones, de las series que queríamos ver y de lo mucho que odiábamos los exámenes finales. Con Pietro, incluso el silencio era cómodo. No sentía la necesidad de llenar cada espacio con palabras, porque su sola presencia ya llenaba todo el lugar.

Cuando empezó a anochecer, me acompañó hasta la puerta de mi casa. El camino fue lento, como si ninguno de los dos quisiera que el día terminara. Al llegar al porche, se dio la vuelta para quedar frente a mí, manteniendo sus manos en mis hombros.

— ¿Te veré mañana antes de la primera clase? —preguntó, con ese tono ligeramente ansioso que delataba lo mucho que le costaba despedirse.

— Estaré allí, Pietro. Como siempre.

Él asintió y se inclinó para darme un beso largo y dulce, uno que sabía a helado de chocolate y a promesas silenciosas. Cuando se separó, sus ojos azules parecieron brillar aún más bajo la luz de la farola.

— Te quiero —susurró.

— Y yo a ti —respondí.

Me quedé en la puerta mirando cómo se alejaba, caminando con ese paso ligero y seguro. Antes de doblar la esquina, se giró una última vez y me lanzó un beso al aire con una mano, mientras con la otra saludaba efusivamente. Cerré la puerta con una sonrisa, sabiendo que, sin importar lo que pasara mañana, tenía a la mejor persona del mundo a mi lado. Pietro Maggi no era solo mi novio; era mi puerto seguro, mi mejor amigo y el chico que, con un solo roce de su mano, lograba que todo lo demás desapareciera.
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