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Ocean eyes

Fandom: Barcelona

Creado: 19/6/2026

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El aroma del reencuentro y la brisa del Mediterráneo

El aeropuerto de El Prat bullía con la energía frenética de un viernes por la tarde. Entre la multitud de turistas y ejecutivos, una joven de melena castaña y ojos brillantes ajustaba su mochila sobre los hombros, tratando de pasar desapercibida tras unas gafas de sol oscuras. Camila Gonzales inhaló profundamente, llenando sus pulmones con ese aire salino y familiar que tanto había extrañado durante su último año en Estados Unidos.

A sus diecinueve años, Camila había aprendido que la distancia no solo se mide en kilómetros, sino en silencios y en píxeles a través de una pantalla. Había pasado meses fingiendo que la conexión de Wi-Fi en su dormitorio de la universidad era suficiente para mantener vivo el fuego con Gavi y la complicidad con su hermano mayor, Pedri. Pero hoy, el engaño se acababa.

Salió a la zona de llegadas y pidió un taxi con el corazón martilleando contra sus costillas. No le había dicho a nadie que su vuelo aterrizaba hoy. Ni siquiera a Pedri, quien probablemente habría movido cielo y tierra para escoltarla desde la puerta de embarque, temeroso de que algún fantasma del pasado familiar decidiera aparecerse en el momento menos oportuno.

—A la Ciudad Deportiva Joan Gamper, por favor —le dijo al taxista, intentando ocultar su acento canario que siempre se acentuaba cuando estaba nerviosa.

Durante el trayecto, Camila miró por la ventana, viendo cómo los edificios de Barcelona se sucedían como fotogramas de una película que ya conocía de memoria. Su mente voló hacia Gavi. Pablo. Su rubio de sonrisa traviesa que ahora, a los veintiún años, se había convertido en un pilar fundamental del Barça y de su propia vida. Mantener una relación a distancia mientras él lidiaba con la presión de la élite y ella con sus estudios había sido un reto que muchos vaticinaron como imposible. Pero ahí estaban, enviándose mensajes de voz de madrugada y soñando con este momento.

Al llegar a las instalaciones del club, Camila utilizó su antigua acreditación de familiar, rezando para que no la hubieran desactivado. El guardia de seguridad la reconoció de inmediato y, tras una expresión de absoluta sorpresa, le permitió el paso con un gesto de complicidad.

Caminó hacia los campos de entrenamiento. El sol de la tarde empezaba a descender, tiñendo el césped de un verde dorado. A lo lejos, escuchó el sonido de los balones impactando contra las botas y los gritos de mando de Xavi. Se escondió tras una de las estructuras laterales, observando la sesión que estaba a punto de terminar.

Allí estaban.

Reconoció la silueta de su hermano de inmediato. Pedri se movía con esa elegancia natural, distribuyendo el juego como si tuviera ojos en la nuca. Y un poco más allá, con la intensidad que lo caracterizaba, estaba Pablo. Gavi corría tras un balón dividido con la misma garra que si fuera la final de la Champions. Camila sintió un nudo en la garganta.

Cuando el silbato marcó el final del entrenamiento, los jugadores empezaron a caminar hacia los vestuarios, riendo y comentando jugadas. Pedri venía hablando con Ferran Torres, mientras Gavi se secaba el sudor de la frente con la camiseta, dejando a la vista su envidiable forma física.

Camila decidió que era el momento. Se quitó las gafas de sol y salió de su escondite, caminando lentamente hacia la banda.

—¡Vaya pase el de hoy, Gonzales! Aunque creo que te falta un poco de ritmo canario —exclamó ella, elevando la voz lo suficiente para que llegara al campo.

El efecto fue instantáneo. Pedri se detuvo en seco, como si le hubieran echado un cubo de agua helada. Se giró lentamente, frotándose los ojos con los puños, convencido de que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Gavi, a unos metros de él, dejó caer la botella de agua que sostenía.

—¿Camila? —susurró Pedri, antes de soltar un grito que resonó en todo el campo—. ¡¿Pequeña?!

El canario salió corriendo hacia ella, olvidando cualquier protocolo o cansancio. La levantó en vilo, dándole vueltas mientras ella reía a carcajadas, hundiendo el rostro en el hombro de su hermano.

—¡Estás loca! —exclamó Pedri, bajándola pero manteniéndola sujeta por los hombros, inspeccionándola como si buscara alguna herida—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no avisaste? Sabes que las cosas con papá y los tíos siguen... complicadas. No deberías viajar sola sin que yo lo sepa.

—Hola a ti también, hermano sobreprotector —respondió Camila con una sonrisa burlona, aunque sus ojos buscaban desesperadamente a otra persona—. Estoy bien, de verdad. Quería que fuera una sorpresa.

Pedri suspiró, suavizando su expresión. La estrechó de nuevo en un abrazo corto pero intenso.

—Me vas a matar de un susto un día de estos, pequeña.

—Déjala respirar, Pedri —intervino una voz ronca y cargada de emoción a sus espaldas.

Camila se giró. Gavi estaba allí, a apenas dos metros. Su cabello rubio estaba desordenado y húmedo, y sus ojos brillaban con una mezcla de incredulidad y un deseo incontenible de acercarse. El tiempo pareció detenerse para ambos.

—Hola, Pablo —dijo ella en un susurro.

Gavi no esperó más. Dio un paso adelante y la envolvió en sus brazos, ignorando que estaba empapado de sudor y que medio equipo del Barcelona los observaba con curiosidad. Camila rodeó su cuello con los brazos, aspirando ese aroma a césped y a él que tanto había añorado.

—Dime que no es un sueño —murmuró Gavi contra su oído—, porque si lo es, no quiero despertarme nunca.

—No es un sueño —respondió ella, separándose apenas unos milímetros para mirarlo a los ojos—. He vuelto.

—Ejem —interrumpió Pedri, cruzándose de brazos con una ceja levantada—. Sigo aquí, por si no os habéis dado cuenta. Y sigo siendo su hermano mayor.

Gavi soltó a Camila, aunque mantuvo una mano entrelazada con la suya, desafiando silenciosamente la mirada de su mejor amigo.

—Ya lo sabemos, Pedri. No te pongas pesado —rio Gavi—. Deja que disfrute de que mi novia esté aquí después de seis meses.

—Solo digo que tenemos que ir con cuidado —insistió Pedri, su tono volviéndose un poco más serio—. Cami, sabes que la situación con la familia no ha mejorado. El hecho de que estés aquí...

—Lo sé, Pedri —lo cortó ella, apretando la mano de Gavi—. Pero no voy a dejar que ellos dicten cómo vivo mi vida. Además, tengo a los dos mejores guardaespaldas del mundo, ¿no?

Pedri suspiró, derrotado por la lógica de su hermana menor.

—En eso tienes razón. Pero ahora, vamos a los vestuarios. Tenemos que cambiarnos y luego iremos a cenar. Alejandra nos espera en casa, se va a poner como loca cuando te vea.

—¿Cómo está ella? —preguntó Camila mientras empezaban a caminar hacia el edificio principal.

—Muy bien —respondió Pedri, y una chispa de ternura iluminó sus ojos al mencionar a su novia—. Me está ayudando mucho con todo el lío de los abogados y la gestión de lo de nuestros padres. No sé qué haría sin ella.

Gavi, que no había soltado la mano de Camila ni un segundo, tiró suavemente de ella para que se retrasaran un poco respecto a Pedri.

—Te he echado de menos cada maldito segundo —le confesó en voz baja, asegurándose de que su cuñado no escuchaba.

—Y yo a ti, Pablo. Ver tus partidos por la tele a las tres de la mañana no es lo mismo que tenerte delante.

—Esta noche no te vas a librar de mí —prometió él con esa sonrisa pícara que siempre lograba desarmarla—. Pedri puede decir lo que quiera, pero hoy solo existimos tú y yo.

—¿Ah, sí? —Camila arqueó una ceja, divertida—. ¿Y qué piensas hacer al respecto, señor estrella del Barça?

—Bueno —Gavi se acercó a su oreja, su aliento rozando su piel—, para empezar, pienso recuperar todos los besos que la aduana me retuvo este semestre.

Camila sintió un escalofrío recorrer su espalda. A pesar de los problemas familiares que siempre acechaban en la sombra, a pesar de la sobreprotección de Pedri y de la presión de la prensa, estar allí, entre los dos hombres más importantes de su vida, la hacía sentir que finalmente estaba a salvo.

Llegaron a la zona de vestuarios, donde el resto de los jugadores ya se dispersaban. Robert Lewandowski pasó por su lado y le dedicó un saludo cordial a Camila, reconociéndola de visitas anteriores.

—¡Eh, Gavi! —gritó Ferran desde la puerta—. ¡Deja de acaparar a la chica y tráela a saludar!

—¡Búscate la tuya, Ferran! —respondió Gavi de vuelta, provocando las risas de los presentes.

Pedri se detuvo frente a la puerta del vestuario y se giró hacia ellos.

—Escuchad —dijo, bajando la voz—. Cami, te quedarás en mi casa. Es más seguro allí, ya sabes que tengo seguridad privada y Alejandra está allí casi siempre. Pablo, tú puedes venir a cenar, pero nada de tonterías hasta tarde, que mañana hay entrenamiento suave y no quiero que Xavi me eche la bronca por tu culpa.

—Eres un sargento, Gonzales —se quejó Gavi, aunque sin rastro de malicia—. Pero acepto. Solo porque quiero ver a Alejandra y porque la comida de tu casa es mejor que la mía.

—Y porque quieres estar cerca de mi hermana —añadió Pedri con una sonrisa de suficiencia.

—Eso no hacía falta ni decirlo.

Camila observó la interacción entre los dos amigos. Sabía que Pedri se refugiaba en su papel de protector para no enfrentarse al dolor que le causaba la ruptura total con sus padres y el resto de la familia Gonzales. Las malas inversiones de su padre y los intentos de sus tíos de aprovecharse del éxito de Pedri habían creado una brecha insalvable. Camila, al ser la menor, siempre había sido el objetivo de los intentos de manipulación de la familia para llegar al dinero de Pedri.

—Todo va a estar bien, ¿verdad? —preguntó Camila de repente, cuando Pedri entró un momento al vestuario a recoger sus cosas y se quedó a solas con Gavi en el pasillo.

Gavi la tomó de las mejillas, obligándola a mirarlo. Su expresión era inusualmente seria.

—Mientras estemos juntos, sí. Tu hermano es un muro, Camila. Y yo... yo soy capaz de cualquier cosa por ti. Nadie de tu familia va a volver a molestarte. Te lo prometo.

Camila asintió, sintiendo cómo un peso se levantaba de sus hombros.

—Gracias, Pablo.

—No me des las gracias —dijo él, acortando la distancia—. Mejor dame ese beso que llevas debiéndome desde que bajaste del avión.

Justo cuando sus labios estaban a punto de rozarse, la puerta del vestuario se abrió de golpe y Pedri salió con su mochila al hombro.

—¡He dicho nada de tonterías en las instalaciones del club! —exclamó Pedri, señalándolos con el dedo índice—. Vamos, al coche.

Camila y Gavi compartieron una mirada de complicidad y estallaron en risas. El camino de vuelta a la casa de Pedri estuvo lleno de anécdotas de la universidad, quejas de Gavi sobre los árbitros y planes para el futuro cercano.

Al llegar a la residencia de Pedri, una casa moderna con vistas impresionantes, Alejandra ya los esperaba en la entrada. Al ver a Camila, la joven corrió hacia ella y la estrechó en un abrazo fraternal.

—¡Por fin! —exclamó Alejandra—. Pedri no dejaba de mirar el calendario, aunque no quería admitirlo.

—¡Mentira! —protestó Pedri, aunque el sonrojo en sus mejillas lo delataba.

—Es verdad, Cami —añadió Gavi, entrando tras ellas—. Tenía una cuenta atrás en el móvil y todo.

La cena transcurrió entre risas y un ambiente de calidez que Camila no había experimentado en mucho tiempo. Alejandra había preparado una cena ligera pero deliciosa, y por unas horas, el mundo exterior dejó de existir. No había problemas legales, ni presiones mediáticas, ni familias tóxicas. Solo eran cuatro jóvenes tratando de encontrar su lugar en el mundo.

Sin embargo, cuando la noche avanzó y Alejandra y Pedri se retiraron a la cocina para recoger, Camila y Gavi se quedaron en la terraza, mirando las luces de Barcelona.

—¿Tienes miedo de volver a casa? —preguntó Gavi, abrazándola por la espalda y apoyando la barbilla en su hombro.

—Un poco —admitió ella—. Sé que en cuanto se enteren de que estoy aquí, empezarán las llamadas. Los mensajes. Las amenazas veladas de "somos una familia".

—Esta vez no estás sola, pequeña —dijo Gavi, usando el apodo que Pedri le había dado—. Tienes a tu hermano, tienes a Alejandra y me tienes a mí. Si hace falta, cambio de número de teléfono cada semana para que no te encuentren.

Camila se giró entre sus brazos, rodeando su cintura.

—Eres el mejor novio que una chica podría pedir, aunque seas un poco bruto en el campo.

—Soy un caballero fuera de él —replicó él con una sonrisa arrogante que terminó en un beso dulce y pausado.

En ese momento, Pedri apareció en el umbral de la terraza, observándolos. Por primera vez en la tarde, no hizo ningún comentario sarcástico. Ver a su hermana feliz y segura después de todo lo que habían pasado como familia era lo único que realmente le importaba.

—Mañana iremos a la playa —anunció Pedri, rompiendo el silencio—. Un día tranquilo, lejos de todo. Solo nosotros.

Camila sonrió, sintiendo que, por fin, el aire que respiraba era puro. La sorpresa había funcionado, y aunque el futuro seguía siendo incierto, el presente sabía a sal, a hogar y al amor que solo los que han superado grandes distancias saben valorar.

—Me parece un plan perfecto —dijo Camila, recostando su cabeza en el pecho de Gavi mientras su hermano se acercaba para unirse al grupo.

Barcelona brillaba a sus pies, y por esa noche, todo estaba en su sitio.
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