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Muerte perpetua de yo mismo
Fandom: Date a live
Creado: 19/6/2026
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UA (Universo Alternativo)AcciónDramaAngustiaFantasíaViajes en el TiempoDistopíaTragediaViolencia GráficaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeDivergenciaOscuroMuerte de PersonajeHorror PsicológicoAventuraCiencia FicciónArregloExperimentación Humana
El eco de la entropía
El cielo de la ciudad de Tengu en la novena línea temporal no era diferente al de las demás: un azul límpido, interrumpido ocasionalmente por el rastro blanco de un avión o el brillo sutil de una fluctuación espacial. Sin embargo, para aquel que acababa de cruzar el umbral de las dimensiones, ese aire puro olía a debilidad.
Él no tenía un nombre, no ya uno que estuviera dispuesto a compartir. En su mundo original, lo llamaron Shido Itsuka. En los mundos que había devastado, lo llamaban el Segador, el Vacío o, simplemente, X. Su apariencia era una versión distorsionada y afilada del joven amable que todos conocían. Su cabello era más oscuro, casi negro azabache, y sus ojos, una vez llenos de una calidez compasiva, ahora ardían con un fulgor ámbar gélido, la marca de haber asimilado demasiados cristales Sephira de forma violenta.
X caminó por la calle principal del distrito comercial. A su paso, la realidad parecía vibrar, como si el tejido del espacio-tiempo intentara rechazar un trasplante incompatible. Se detuvo frente a una pantalla gigante que mostraba el pronóstico de terremotos espaciales.
—Línea temporal número nueve —susurró X, su voz era un rasguño seco que recordaba al metal sobre el cristal—. Tan vibrante, tan llena de vida... tan patética.
Cerró los ojos y expandió su conciencia. No buscaba a los espíritus, no todavía. Buscaba la frecuencia exacta de su propio ser. Buscaba al Shido Itsuka de este mundo, el ancla que mantenía esta realidad unida.
—Ahí estás —sonrió, revelando dientes que parecían demasiado afilados—. En la azotea de la preparatoria Raizen. Siempre tan predecible.
***
En la azotea de la Academia Raizen, el Shido de la novena línea temporal suspiró, secándose el sudor de la frente. Acababa de terminar un entrenamiento con Kotori a través del comunicador de Ratatoskr. La paz era tensa, pero era suya.
—Buen trabajo hoy, Shido —la voz de Kotori resonó en su oído—. Tus niveles de sincronización con el poder de Sandalphon han subido un tres por ciento. A este paso, podremos estabilizar a Tohka sin problemas.
—Gracias, Kotori —respondió Shido, apoyándose en la barandilla—. Pero espero no tener que usar ese poder pronto. Solo quiero que todas vivan tranquilas.
—Eres demasiado blando —bufó su hermana menor, aunque Shido podía detectar el cariño en su tono—. Ve a casa, Tohka y Yoshino están esperando para cenar.
Shido se dispuso a recoger su mochila cuando el aire a su alrededor se volvió gélido. No era un frío atmosférico; era una ausencia de calor, una succión de energía que hizo que los vellos de su nuca se erizaran. El cielo sobre la preparatoria se tiñó de un púrpura enfermizo, y una grieta se abrió en el centro de la azotea.
—¿Un terremoto espacial? —Shido retrocedió, llevándose la mano al oído—. ¡Kotori! ¡Las alarmas no han sonado! ¿Qué está pasando?
—¡Shido, sal de ahí ahora mismo! —el grito de Kotori fue interrumpido por una estática ensordecedora—. Hay una anomalía de energía... no es un espíritu... ¡es algo que lee exactamente como tú!
De la grieta emergió una figura. Al principio, Shido pensó que se estaba mirando en un espejo oscuro. El extraño vestía una versión andrajosa y negra del uniforme escolar, cubierta por una capa de energía oscura que goteaba como brea.
—¿Quién eres? —preguntó Shido, invocando instintivamente el calor de Camael en su brazo derecho para sanar el miedo que empezaba a paralizarlo.
El intruso levantó la cabeza. La visión de su propio rostro, distorsionado por una sed de sangre absoluta, hizo que Shido diera un paso atrás.
—Soy el final de tu camino —dijo X, su voz resonando con la fuerza de mil almas atrapadas—. Soy el Shido que dejó de salvar y empezó a reinar.
—No entiendo de qué hablas —Shido apretó los puños—. Si eres un espíritu o un clon, no permitiré que lastimes a nadie en esta ciudad.
X soltó una carcajada seca, un sonido carente de toda alegría.
—¿Salvar? ¿Todavía te aferras a esa fantasía de redentor? —X dio un paso adelante, y el suelo de concreto se agrietó bajo sus pies—. He recorrido ocho mundos antes que este. He arrancado los cristales Sephira de cada Tohka, de cada Kurumi, de cada Kotori que he encontrado. He destilado su esencia en mi interior para alcanzar la divinidad. Pero me falta una pieza. Me faltas tú.
Shido sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. La mención de sus amigas en un contexto tan violento encendió una furia que superó a su miedo.
—¡No te atrevas a hablar de ellas así! —gritó Shido.
Extendió su mano hacia el cielo y una luz dorada descendió.
—¡Sandalphon!
El pesado trono de piedra apareció, y Shido extrajo la gran espada de su respaldo. Con un grito de guerra, se lanzó hacia adelante, descargando un tajo vertical que habría dividido un tanque a la mitad.
X ni siquiera se movió. Levantó dos dedos y detuvo la hoja de Sandalphon en el aire. Una onda de choque estalló, rompiendo los cristales de las ventanas de los pisos inferiores.
—Lento. Débil. Ineficiente —sentenció X.
Con un movimiento fluido, X golpeó el pecho de Shido con la palma abierta. Una explosión de energía oscura lanzó al joven hacia atrás, estrellándolo contra el tanque de agua de la azotea.
—¿Eso es todo lo que la novena línea tiene para ofrecer? —preguntó X, caminando con calma hacia el cuerpo de Shido—. He absorbido el poder de ocho versiones de nosotros mismos. Mi cuerpo es un santuario de Sephiras. Tú solo eres un recipiente que aún no ha sido vaciado.
Shido tosió sangre, sintiendo cómo las llamas curativas de Camael luchaban por cerrar sus heridas. Se puso de pie con dificultad, apoyándose en su espada.
—No sé qué clase de monstruo eres —dijo Shido, jadeando—, pero este mundo no te pertenece. Mis amigas... ellas confían en mí. ¡No voy a dejar que les pongas una mano encima!
—Tu amor es tu debilidad —dijo X, extendiendo su mano derecha.
De su palma emergió una amalgama de armas: una versión retorcida de la espada de Tohka, rodeada por los vientos de las hermanas Yamai y las sombras de Kurumi. Era una visión de pesadilla, una unión forzada de poderes que nunca debieron mezclarse de esa forma.
—Cuando te absorba, mi evolución estará completa —continuó X—. Me convertiré en el Dios de todas las líneas temporales. No habrá más sufrimientos, ni más ciclos, ni más espíritus. Solo yo.
—¡Eso es una locura! —gritó Shido, lanzándose de nuevo al ataque.
Esta vez, Shido combinó los poderes. El viento de Raphael impulsó su velocidad, mientras las llamas de Camael envolvían la hoja de Sandalphon. Se convirtió en un torbellino de fuego y acero.
X bloqueó cada golpe con una elegancia cruel. Para él, esto no era una pelea, era una cosecha. Con cada choque de espadas, X absorbía un poco más de la energía de Shido, debilitando el vínculo del joven con sus espíritus.
—¿Sientes eso? —susurró X durante un cruce de armas, sus rostros a centímetros de distancia—. Es el miedo de las chicas en tu interior. Sienten a su depredador. Sienten que el fin ha llegado.
—¡Cállate! —Shido liberó una explosión de fuego a quemarropa.
X atravesó las llamas como si fueran una brisa de verano. Agarró a Shido por el cuello y lo levantó del suelo con una fuerza sobrenatural.
—He visto este mismo fuego en ocho mundos diferentes —dijo X, mientras sus ojos brillaban con una intensidad aterradora—. Y en cada uno de ellos, se apagó bajo mi bota.
X hundió su mano libre en el pecho de Shido. No hubo sangre, sino un resplandor violeta y carmesí. Shido gritó, un sonido desgarrador que resonó en toda la ciudad. Sentía cómo su propia alma estaba siendo succionada, cómo los recuerdos de Tohka, los juegos con Yoshino y las discusiones con Kotori estaban siendo arrancados de su ser.
—¡Suéltalo! —una voz femenina gritó desde el cielo.
Un rayo de energía pura descendió, obligando a X a soltar a Shido y retroceder. Tohka Yatogami, en su forma de espíritu completa, aterrizó entre X y el Shido herido. Su rostro estaba lleno de una furia que Shido nunca había visto.
—¡No dejaré que lastimes a Shido! —rugió Tohka, apuntando con Sandalphon al intruso.
X se limpió una mancha inexistente de su hombro y miró a Tohka con una mezcla de nostalgia y desprecio.
—Tohka... —dijo X, suavizando su voz de una manera inquietante—. En la línea temporal cuatro, me suplicaste que te matara después de que absorbí a las demás. En la línea siete, intentaste huir. Aquí... aquí todavía tienes esperanza. Es casi tierno.
—¿De qué está hablando, Shido? —preguntó Tohka sin apartar la vista del enemigo.
—Tohka... huye... —logró decir Shido, tratando de levantarse—. Él no es... no es normal. Él busca los cristales...
X extendió ambos brazos, y la realidad misma empezó a distorsionarse a su alrededor. El cielo se volvió negro, y las estrellas parecieron caer sobre la ciudad.
—Ya es tarde para huir —declaró X—. He llegado a la culminación. Noveno Shido, tu existencia es el último sacrificio para mi ascensión.
De la espalda de X brotaron diez alas de diferentes colores, cada una representando un Sephira robado. La presión espiritual era tan inmensa que Tohka cayó de rodillas, luchando por respirar. El poder de X era una amalgama corrupta que desafiaba las leyes de la naturaleza.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Shido, arrastrándose hacia Tohka—. Si eres yo... sabes lo que ellas significan. ¡Sabes que preferiríamos morir antes que hacerles daño!
X lo miró desde lo alto, flotando sobre la azotea como un ángel caído.
—Precisamente por eso lo hago —respondió X con una frialdad absoluta—. Me cansé de verlas morir en cada guerra, de verlas sufrir por el destino que el mundo les impuso. Al absorberlas, las protejo dentro de mí. Al convertirme en Dios, borraré el concepto mismo de los espíritus. Yo soy la salvación a través de la extinción.
X descendió lentamente, su mano derecha brillando con una energía negra que parecía devorar la luz.
—Ahora, entrégame el resto de tu poder. No te preocupes, Shido. No dolerá más que un sueño profundo.
Shido miró a Tohka, quien intentaba levantarse a pesar de la presión. Miró hacia el horizonte, donde sabía que las demás estaban en camino. No podía ganar esta pelea solo con fuerza bruta. El enemigo era él mismo, pero con siglos de experiencia y una falta total de humanidad.
—Si quieres mi poder —dijo Shido, poniéndose de pie con una determinación renovada, mientras el aura de todos los espíritus que había sellado empezaba a brillar a su alrededor—, tendrás que luchar contra todos nosotros. Porque yo no soy solo Shido Itsuka. Soy el vínculo que las une.
X sonrió, una expresión carente de emoción.
—Eso es lo que todos dijeron —X levantó su mano, y una esfera de vacío absoluto se formó en su palma—. Y todos se equivocaron.
El choque final por el destino de la novena línea temporal estaba a punto de comenzar, y el eco de esa batalla resonaría a través de todas las dimensiones existentes. X no buscaba solo la victoria; buscaba la totalidad, y Shido era el último obstáculo en su camino hacia un trono de soledad eterna.
Él no tenía un nombre, no ya uno que estuviera dispuesto a compartir. En su mundo original, lo llamaron Shido Itsuka. En los mundos que había devastado, lo llamaban el Segador, el Vacío o, simplemente, X. Su apariencia era una versión distorsionada y afilada del joven amable que todos conocían. Su cabello era más oscuro, casi negro azabache, y sus ojos, una vez llenos de una calidez compasiva, ahora ardían con un fulgor ámbar gélido, la marca de haber asimilado demasiados cristales Sephira de forma violenta.
X caminó por la calle principal del distrito comercial. A su paso, la realidad parecía vibrar, como si el tejido del espacio-tiempo intentara rechazar un trasplante incompatible. Se detuvo frente a una pantalla gigante que mostraba el pronóstico de terremotos espaciales.
—Línea temporal número nueve —susurró X, su voz era un rasguño seco que recordaba al metal sobre el cristal—. Tan vibrante, tan llena de vida... tan patética.
Cerró los ojos y expandió su conciencia. No buscaba a los espíritus, no todavía. Buscaba la frecuencia exacta de su propio ser. Buscaba al Shido Itsuka de este mundo, el ancla que mantenía esta realidad unida.
—Ahí estás —sonrió, revelando dientes que parecían demasiado afilados—. En la azotea de la preparatoria Raizen. Siempre tan predecible.
***
En la azotea de la Academia Raizen, el Shido de la novena línea temporal suspiró, secándose el sudor de la frente. Acababa de terminar un entrenamiento con Kotori a través del comunicador de Ratatoskr. La paz era tensa, pero era suya.
—Buen trabajo hoy, Shido —la voz de Kotori resonó en su oído—. Tus niveles de sincronización con el poder de Sandalphon han subido un tres por ciento. A este paso, podremos estabilizar a Tohka sin problemas.
—Gracias, Kotori —respondió Shido, apoyándose en la barandilla—. Pero espero no tener que usar ese poder pronto. Solo quiero que todas vivan tranquilas.
—Eres demasiado blando —bufó su hermana menor, aunque Shido podía detectar el cariño en su tono—. Ve a casa, Tohka y Yoshino están esperando para cenar.
Shido se dispuso a recoger su mochila cuando el aire a su alrededor se volvió gélido. No era un frío atmosférico; era una ausencia de calor, una succión de energía que hizo que los vellos de su nuca se erizaran. El cielo sobre la preparatoria se tiñó de un púrpura enfermizo, y una grieta se abrió en el centro de la azotea.
—¿Un terremoto espacial? —Shido retrocedió, llevándose la mano al oído—. ¡Kotori! ¡Las alarmas no han sonado! ¿Qué está pasando?
—¡Shido, sal de ahí ahora mismo! —el grito de Kotori fue interrumpido por una estática ensordecedora—. Hay una anomalía de energía... no es un espíritu... ¡es algo que lee exactamente como tú!
De la grieta emergió una figura. Al principio, Shido pensó que se estaba mirando en un espejo oscuro. El extraño vestía una versión andrajosa y negra del uniforme escolar, cubierta por una capa de energía oscura que goteaba como brea.
—¿Quién eres? —preguntó Shido, invocando instintivamente el calor de Camael en su brazo derecho para sanar el miedo que empezaba a paralizarlo.
El intruso levantó la cabeza. La visión de su propio rostro, distorsionado por una sed de sangre absoluta, hizo que Shido diera un paso atrás.
—Soy el final de tu camino —dijo X, su voz resonando con la fuerza de mil almas atrapadas—. Soy el Shido que dejó de salvar y empezó a reinar.
—No entiendo de qué hablas —Shido apretó los puños—. Si eres un espíritu o un clon, no permitiré que lastimes a nadie en esta ciudad.
X soltó una carcajada seca, un sonido carente de toda alegría.
—¿Salvar? ¿Todavía te aferras a esa fantasía de redentor? —X dio un paso adelante, y el suelo de concreto se agrietó bajo sus pies—. He recorrido ocho mundos antes que este. He arrancado los cristales Sephira de cada Tohka, de cada Kurumi, de cada Kotori que he encontrado. He destilado su esencia en mi interior para alcanzar la divinidad. Pero me falta una pieza. Me faltas tú.
Shido sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. La mención de sus amigas en un contexto tan violento encendió una furia que superó a su miedo.
—¡No te atrevas a hablar de ellas así! —gritó Shido.
Extendió su mano hacia el cielo y una luz dorada descendió.
—¡Sandalphon!
El pesado trono de piedra apareció, y Shido extrajo la gran espada de su respaldo. Con un grito de guerra, se lanzó hacia adelante, descargando un tajo vertical que habría dividido un tanque a la mitad.
X ni siquiera se movió. Levantó dos dedos y detuvo la hoja de Sandalphon en el aire. Una onda de choque estalló, rompiendo los cristales de las ventanas de los pisos inferiores.
—Lento. Débil. Ineficiente —sentenció X.
Con un movimiento fluido, X golpeó el pecho de Shido con la palma abierta. Una explosión de energía oscura lanzó al joven hacia atrás, estrellándolo contra el tanque de agua de la azotea.
—¿Eso es todo lo que la novena línea tiene para ofrecer? —preguntó X, caminando con calma hacia el cuerpo de Shido—. He absorbido el poder de ocho versiones de nosotros mismos. Mi cuerpo es un santuario de Sephiras. Tú solo eres un recipiente que aún no ha sido vaciado.
Shido tosió sangre, sintiendo cómo las llamas curativas de Camael luchaban por cerrar sus heridas. Se puso de pie con dificultad, apoyándose en su espada.
—No sé qué clase de monstruo eres —dijo Shido, jadeando—, pero este mundo no te pertenece. Mis amigas... ellas confían en mí. ¡No voy a dejar que les pongas una mano encima!
—Tu amor es tu debilidad —dijo X, extendiendo su mano derecha.
De su palma emergió una amalgama de armas: una versión retorcida de la espada de Tohka, rodeada por los vientos de las hermanas Yamai y las sombras de Kurumi. Era una visión de pesadilla, una unión forzada de poderes que nunca debieron mezclarse de esa forma.
—Cuando te absorba, mi evolución estará completa —continuó X—. Me convertiré en el Dios de todas las líneas temporales. No habrá más sufrimientos, ni más ciclos, ni más espíritus. Solo yo.
—¡Eso es una locura! —gritó Shido, lanzándose de nuevo al ataque.
Esta vez, Shido combinó los poderes. El viento de Raphael impulsó su velocidad, mientras las llamas de Camael envolvían la hoja de Sandalphon. Se convirtió en un torbellino de fuego y acero.
X bloqueó cada golpe con una elegancia cruel. Para él, esto no era una pelea, era una cosecha. Con cada choque de espadas, X absorbía un poco más de la energía de Shido, debilitando el vínculo del joven con sus espíritus.
—¿Sientes eso? —susurró X durante un cruce de armas, sus rostros a centímetros de distancia—. Es el miedo de las chicas en tu interior. Sienten a su depredador. Sienten que el fin ha llegado.
—¡Cállate! —Shido liberó una explosión de fuego a quemarropa.
X atravesó las llamas como si fueran una brisa de verano. Agarró a Shido por el cuello y lo levantó del suelo con una fuerza sobrenatural.
—He visto este mismo fuego en ocho mundos diferentes —dijo X, mientras sus ojos brillaban con una intensidad aterradora—. Y en cada uno de ellos, se apagó bajo mi bota.
X hundió su mano libre en el pecho de Shido. No hubo sangre, sino un resplandor violeta y carmesí. Shido gritó, un sonido desgarrador que resonó en toda la ciudad. Sentía cómo su propia alma estaba siendo succionada, cómo los recuerdos de Tohka, los juegos con Yoshino y las discusiones con Kotori estaban siendo arrancados de su ser.
—¡Suéltalo! —una voz femenina gritó desde el cielo.
Un rayo de energía pura descendió, obligando a X a soltar a Shido y retroceder. Tohka Yatogami, en su forma de espíritu completa, aterrizó entre X y el Shido herido. Su rostro estaba lleno de una furia que Shido nunca había visto.
—¡No dejaré que lastimes a Shido! —rugió Tohka, apuntando con Sandalphon al intruso.
X se limpió una mancha inexistente de su hombro y miró a Tohka con una mezcla de nostalgia y desprecio.
—Tohka... —dijo X, suavizando su voz de una manera inquietante—. En la línea temporal cuatro, me suplicaste que te matara después de que absorbí a las demás. En la línea siete, intentaste huir. Aquí... aquí todavía tienes esperanza. Es casi tierno.
—¿De qué está hablando, Shido? —preguntó Tohka sin apartar la vista del enemigo.
—Tohka... huye... —logró decir Shido, tratando de levantarse—. Él no es... no es normal. Él busca los cristales...
X extendió ambos brazos, y la realidad misma empezó a distorsionarse a su alrededor. El cielo se volvió negro, y las estrellas parecieron caer sobre la ciudad.
—Ya es tarde para huir —declaró X—. He llegado a la culminación. Noveno Shido, tu existencia es el último sacrificio para mi ascensión.
De la espalda de X brotaron diez alas de diferentes colores, cada una representando un Sephira robado. La presión espiritual era tan inmensa que Tohka cayó de rodillas, luchando por respirar. El poder de X era una amalgama corrupta que desafiaba las leyes de la naturaleza.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Shido, arrastrándose hacia Tohka—. Si eres yo... sabes lo que ellas significan. ¡Sabes que preferiríamos morir antes que hacerles daño!
X lo miró desde lo alto, flotando sobre la azotea como un ángel caído.
—Precisamente por eso lo hago —respondió X con una frialdad absoluta—. Me cansé de verlas morir en cada guerra, de verlas sufrir por el destino que el mundo les impuso. Al absorberlas, las protejo dentro de mí. Al convertirme en Dios, borraré el concepto mismo de los espíritus. Yo soy la salvación a través de la extinción.
X descendió lentamente, su mano derecha brillando con una energía negra que parecía devorar la luz.
—Ahora, entrégame el resto de tu poder. No te preocupes, Shido. No dolerá más que un sueño profundo.
Shido miró a Tohka, quien intentaba levantarse a pesar de la presión. Miró hacia el horizonte, donde sabía que las demás estaban en camino. No podía ganar esta pelea solo con fuerza bruta. El enemigo era él mismo, pero con siglos de experiencia y una falta total de humanidad.
—Si quieres mi poder —dijo Shido, poniéndose de pie con una determinación renovada, mientras el aura de todos los espíritus que había sellado empezaba a brillar a su alrededor—, tendrás que luchar contra todos nosotros. Porque yo no soy solo Shido Itsuka. Soy el vínculo que las une.
X sonrió, una expresión carente de emoción.
—Eso es lo que todos dijeron —X levantó su mano, y una esfera de vacío absoluto se formó en su palma—. Y todos se equivocaron.
El choque final por el destino de la novena línea temporal estaba a punto de comenzar, y el eco de esa batalla resonaría a través de todas las dimensiones existentes. X no buscaba solo la victoria; buscaba la totalidad, y Shido era el último obstáculo en su camino hacia un trono de soledad eterna.
