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En la puerta de al lado
Fandom: Zootopia
Creado: 19/6/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)Recortes de VidaRomanceHumorPelícula de AmigosDramaEstudio de Personaje
Código Penal y Café Frío
El resplandor de la pantalla de la laptop era la única fuente de luz en el pequeño departamento de Judy Hopps. Eran las dos de la mañana y la joven coneja sentía que sus ojos estaban a punto de saltar de sus órbitas. El examen final de Derecho Civil no era una broma, y ella, fiel a su naturaleza perfeccionista, no pensaba dejar ni una sola coma al azar.
—El artículo 402 estipula que la propiedad privada es un derecho inviolable, siempre y cuando... —murmuró para sí misma, reajustando sus gafas sobre el puente de su nariz.
De repente, un estruendo hizo que su café se agitara dentro de la taza. No era un trueno. No era un accidente automovilístico en la calle. Era algo mucho peor y mucho más predecible.
*PUM-PUM-PUM.*
El bajo de una canción de hip-hop empezó a vibrar a través de las paredes, haciendo que los cuadros de la habitación de Judy se ladearan ligeramente. Ella apretó los dientes, sintiendo cómo una vena palpitaba en su frente.
—No otra vez —siseó, cerrando su libro con un golpe seco—. ¡Wilde!
Judy se levantó de un salto, se calzó sus pantuflas de zanahoria y salió al pasillo común con la furia de un huracán categoría cinco. Solo tuvo que dar tres pasos para quedar frente a la puerta del departamento 402. El cartel que decía "N. Wilde - Programación" parecía burlarse de ella.
Golpeó la puerta con fuerza, ignorando el hecho de que sus nudillos eran diminutos comparados con la madera reforzada.
—¡Abre la puerta, Nick! ¡Sé que estás ahí, zorro tramposo!
Pasaron varios segundos antes de que la música bajara de volumen. Se escucharon risas masculinas al otro lado y, finalmente, la puerta se abrió con una lentitud exasperante. Nick Wilde apareció apoyado contra el marco, con una camisa verde desabotonada sobre una camiseta blanca, una lata de refresco en la mano y esa sonrisa de medio lado que Judy deseaba borrarle con un mazo de juez.
—Vaya, pero si es la oficial Hopps —dijo Nick, arrastrando las palabras con ese tono perezoso que tanto la irritaba—. ¿Vienes a confiscar el equipo de sonido o solo quieres pedirme un autógrafo?
—Vengo a pedirte que cierres la boca y apagues esa basura —espetó Judy, cruzándose de brazos—. Son las dos de la mañana, Nick. Algunos tenemos un futuro que asegurar, no todos vivimos de hackear videojuegos y comer pizza fría.
Nick soltó una carcajada y se volvió hacia el interior de su departamento, donde otros dos animales —un lobo y un tejón— reían mientras jugaban en línea.
—¿Escucharon eso, chicos? La futura abogada dice que mi música es basura. Y yo que pensaba que el jazz-hop era lo suficientemente sofisticado para tus oídos de campo.
—No es jazz-hop, es contaminación auditiva —replicó ella, dando un paso al frente—. Si no bajas el volumen ahora mismo, llamaré al administrador del edificio.
Nick se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal con un aire de suficiencia. Su pelaje rojizo brillaba bajo la luz amarillenta del pasillo.
—Zanahorias, relájate. La vida es corta. Deberías dejar de leer sobre leyes de propiedad y empezar a disfrutar de la tuya. ¿Quieres pasar? Hay pizza de sobra.
—Prefiero comer arena —respondió Judy con frialdad—. Baja el volumen. Es la última advertencia.
—Como digas, jefa —Nick le guiñó un ojo antes de cerrar la puerta en su cara, no sin antes subir el volumen un par de decibelios más durante cinco segundos exactos, solo para molestarla.
Judy regresó a su habitación temblando de indignación. Odiaba a Nick Wilde. Lo odiaba desde el primer día en que ambos se inscribieron en el club de locución de la universidad. Ella buscaba mejorar su oratoria para los juicios; él, según sus propias palabras, solo buscaba "un lugar con aire acondicionado y un micrófono para decir tonterías". En su primera sesión juntos, Nick se había pasado todo el tiempo imitando su acento de Bunnyburrow, ganándose las risas de todos y el odio eterno de Judy.
Para ella, Nick era la definición de irresponsabilidad. Un genio desperdiciado que prefería pasar las noches programando bromas virales que estudiando seriamente. Para él, Judy era una bola de estrés con patas que necesitaba aprender a respirar.
El lunes siguiente, la Universidad Nacional de Zootopia bullía de actividad. Judy caminaba por el campus con una pila de libros que casi la superaba en altura, dirigiéndose al auditorio principal para la clase intermitente de "Ética y Tecnología", una materia obligatoria que mezclaba a estudiantes de leyes con los de ingeniería y programación.
Se sentó en la primera fila, sacó su bolígrafo multicolor y esperó.
—Buenos días a todos —anunció el profesor, un elefante de aspecto cansado llamado Dr. Trunk—. Como saben, la nota final de este semestre dependerá de un proyecto de investigación conjunto. He decidido los pares basándome en sus perfiles académicos para fomentar el debate.
Judy sintió un mal presentimiento. Empezó a juguetear con sus orejas.
—...Y finalmente —continuó el profesor, ajustándose las gafas—, para el tema de "Privacidad de Datos y Responsabilidad Civil", trabajarán juntos la señorita Judy Hopps y el joven Nicholas Wilde.
El silencio que siguió fue, para Judy, el sonido del fin del mundo.
—¿¡QUÉ!? —gritaron ambos al unísono.
Nick, que estaba sentado en la última fila con los pies sobre el asiento delantero, se puso de pie de un salto. Judy se giró para mirarlo, y la expresión de horror en el rostro del zorro era casi un espejo de la suya.
—Profesor —dijo Judy, levantando la mano con desesperación—, con todo respeto, creo que hay un error. El señor Wilde y yo tenemos... diferencias irreconciliables de metodología.
—Y de higiene mental —añadió Nick, bajando las escaleras del auditorio—. Vamos, Doc, no me haga esto. Hopps me va a obligar a citar la constitución hasta cuando vaya al baño. Me va a dar un derrame cerebral.
—La decisión es final —sentenció el Dr. Trunk, sin siquiera mirarlos—. Tienen tres semanas para entregar un ensayo de cincuenta páginas y una presentación técnica. Pueden empezar ahora. Clase terminada.
Judy se quedó petrificada mientras el resto de los estudiantes abandonaba el aula. Nick se acercó a ella, arrastrando los pies, y se detuvo a un metro de distancia, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Bueno, Zanahorias —suspiró Nick—, parece que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido.
—No me llames Zanahorias —gruñó Judy, metiendo sus libros en la mochila con movimientos bruscos—. Esto es un desastre. Mi promedio depende de esto. Si arruinas este proyecto con tu actitud de "no me importa nada", te juro que encontraré una laguna legal para hacer que te expulsen.
Nick puso los ojos en blanco y se dejó caer en el asiento de al lado.
—Relájate un segundo. Soy el mejor de mi clase en seguridad informática. Tú eres la que se sabe todas las leyes aburridas. Si combinamos mi cerebro y tu... bueno, tu intensidad aterradora, terminaremos esto en una semana.
—¿Una semana? —Judy se rió con sarcasmo—. Nick, esto requiere investigación de campo, análisis de casos y una estructura técnica. No se trata de escribir un código y ya.
—Escucha —dijo Nick, adoptando un tono más serio—, yo tampoco quiero pasar más tiempo contigo del estrictamente necesario. Tus sermones me dan dolor de cabeza. Así que hagamos un pacto: trabajamos en mi departamento o en el tuyo, terminamos esta tortura rápido y luego volvemos a ignorarnos como si no existiéramos. ¿Trato?
Judy lo miró con desconfianza. Sus ojos verdes se encontraron con los amatistas de ella. Por un momento, la tensión entre ambos no era solo de odio, sino de una extraña chispa de desafío que ninguno sabía explicar.
—En mi departamento no —dijo Judy—. La última vez que entraste en mi radio de visión intentaste venderme una pluma que "escribía sola".
—Era un prototipo de lápiz óptico, Hopps. No tienes visión de futuro.
—Como sea. Nos vemos en la biblioteca a las seis. Y llega puntual, Wilde. Un minuto tarde y empezaré a escribir tu parte del ensayo como si fueras un delincuente juvenil.
—Qué miedo —murmuró Nick, viendo cómo la coneja se alejaba a paso rápido—. Oye, ¡Hopps!
Judy se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—¿Qué?
—Trae café. Del fuerte. Presiento que vamos a necesitarlo.
La primera sesión de estudio fue, previsiblemente, un campo de batalla. Se instalaron en una mesa retirada de la biblioteca central. Judy había desplegado un mapa mental con hilos de colores y notas adhesivas que cubrían media mesa. Nick, por su parte, solo tenía una laptop llena de pegatinas de bandas de rock y una bolsa de gomitas de fruta.
—No puedes simplemente decir que el hackeo ético es legal porque "ayuda a las empresas" —decía Judy, señalando un párrafo del borrador—. La ley es clara: el acceso no autorizado es un delito, punto.
—Y yo te digo que la ley es obsoleta —replicó Nick, masticando una gomita roja—. Si yo entro en un sistema para mostrarles que su seguridad es una basura, les estoy haciendo un favor. Es como si dejaran la puerta de su casa abierta y yo entrara a decirles: "Oigan, cierren con llave".
—¡No! Es como si entraras en su casa, revisaras sus cajones y luego les cobraras por decirles que los cajones abren fácil. ¡Es allanamiento, Nick!
—Eres tan rígida que me sorprende que puedas doblar las rodillas para saltar —dijo Nick, recostándose en la silla—. Mira esto.
Giró la laptop hacia ella. Nick había diseñado una interfaz gráfica que explicaba de forma visual cómo las leyes actuales no cubrían los vacíos legales de la inteligencia artificial. Era brillante, intuitivo y, para frustración de Judy, absolutamente correcto.
—Esto... —Judy dudó, ajustándose las gafas—, esto está muy bien hecho.
Nick arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Es eso un cumplido? ¿Viniendo de la implacable Judy Hopps? Rápido, alguien tome una foto, esto es un evento histórico.
—No te acostumbres —murmuró ella, aunque no pudo evitar sonreír levemente—. Si usamos este esquema como base para el capítulo tres, podríamos argumentar que la reforma legislativa es necesaria.
—Ahora estás hablando mi idioma, Zanahorias.
Trabajaron en silencio durante las siguientes dos horas. El sonido de las teclas de Nick y el rasgueo del bolígrafo de Judy crearon un ritmo constante. Por primera vez, el odio parecía haber dado paso a una tregua armada basada en el respeto intelectual.
Sin embargo, el destino no se conformaba con una tregua.
—Tengo hambre —anunció Nick de repente, estirando los brazos—. Y cuando tengo hambre, mi cerebro se apaga. Vamos por algo de comer.
—No hemos terminado la sección de responsabilidad civil —protestó Judy sin levantar la vista.
—Hopps, llevamos aquí desde que el sol estaba arriba. Si no como algo que no sea azúcar, voy a empezar a ver visiones. Además, la biblioteca va a cerrar en diez minutos.
Judy miró su reloj. Tenía razón. Suspiró y empezó a recoger sus cosas.
—Está bien. Pero nada de comida chatarra. Mañana tenemos que seguir.
Caminaron hacia la salida del campus bajo la luz de las farolas. El aire de la noche era fresco y el ambiente en Zootopia era vibrante. Nick caminaba con su habitual elegancia despreocupada, mientras Judy mantenía un ritmo enérgico.
—Sabes —dijo Nick, rompiendo el silencio—, para ser alguien que odia las fiestas, tienes mucha energía acumulada. Deberías canalizarla en algo más que solo libros de leyes.
—Estudiar es mi prioridad, Nick. No todos tenemos el lujo de tomarse la vida como un chiste. Vine a esta ciudad para ser alguien, para demostrar que una coneja de pueblo puede ser la mejor abogada de Zootopia.
Nick la miró de reojo. Por un momento, su máscara de sarcasmo se deslizó, revelando algo más profundo.
—Crees que soy un vago, ¿verdad? —preguntó él en voz baja.
Judy se detuvo y lo miró, sorprendida por el cambio de tono.
—Bueno... haces fiestas todas las noches, te burlas de los profesores y siempre pareces estar buscando el camino más corto.
Nick soltó una risa seca.
—El camino más corto suele ser el más inteligente, Hopps. Pero no te equivoques. Si hago esas fiestas es porque es la única forma de no volverme loco en ese departamento minúsculo. Y si programo hasta las cuatro de la mañana, no es por diversión, es porque estoy desarrollando un software de encriptación para una empresa de seguridad. Tengo que pagar la matrícula de alguna forma. Mi familia no es exactamente... de la aristocracia de los zorros.
Judy se quedó en silencio, sintiendo una punzada de culpa. Siempre había asumido que Nick era simplemente un chico rico y mimado que jugaba a ser rebelde. Nunca se detuvo a pensar que su brillantez en la programación era también su sustento.
—Yo... no lo sabía —dijo ella suavemente—. Lo siento. Fui prejuiciosa.
Nick se encogió de hombros, recuperando su sonrisa burlona.
—No te preocupes. Todo el mundo ve lo que quiere ver. Tú ves a un zorro astuto e irresponsable, y yo veo a una coneja testaruda que necesita desesperadamente un abrazo o un postre. O ambas cosas.
—¡Oye! —protestó ella, aunque esta vez se estaba riendo.
Llegaron a un pequeño puesto de comida tailandesa que aún estaba abierto. Compraron dos cajas de fideos y se sentaron en un banco del parque cercano.
—¿Entonces? —preguntó Nick, atacando su comida con palillos—. ¿Qué vamos a hacer con el proyecto? ¿Seguimos con el plan de odiarnos mientras trabajamos o vamos a intentar ser... amigos?
Judy saboreó sus fideos, reflexionando. Miró a Nick. A pesar de todo, él era la primera persona en la universidad que realmente la desafiaba intelectualmente. No era solo un vecino molesto; era alguien que la obligaba a ver el mundo desde un ángulo diferente.
—Amigos es una palabra muy fuerte —dijo ella, guiñándole un ojo—. Digamos que somos "socios estratégicos con una cláusula de no agresión".
Nick soltó una carcajada genuina, una que no tenía rastro de burla.
—Me gusta. Es muy legalista de tu parte.
El resto de la noche transcurrió entre risas y anécdotas del club de locución. Descubrieron que ambos compartían un gusto culposo por las películas de acción antiguas y que ambos detestaban el café de la cafetería de la facultad.
Cuando finalmente regresaron al edificio de departamentos, el ambiente era diferente. Ya no había esa tensión cortante, sino una camaradería extraña y nueva.
Se detuvieron frente a sus respectivas puertas.
—Bueno, socia —dijo Nick, sacando sus llaves—. Mañana a la misma hora. Y esta vez, yo traigo el café. Pero del bueno, no esa agua sucia que tomas tú.
—Estaré esperando, Wilde —respondió Judy con una sonrisa—. Y Nick...
—¿Sí?
—Baja el volumen de la música esta noche. Tengo que dormir.
Nick hizo un gesto de saludo militar.
—Sus deseos son órdenes, oficial Hopps.
Judy entró en su departamento y cerró la puerta. Se apoyó contra la madera, sintiendo que su corazón latía un poco más rápido de lo normal. Miró su escritorio lleno de libros de leyes, pero por primera vez en semanas, no sintió el peso del estrés.
Al otro lado del pasillo, Nick entró en su habitación y se dejó caer en la cama. Miró el techo, girando su teléfono entre los dedos. Abrió el chat grupal con sus amigos.
*Nick: Chicos, no hay fiesta hoy. Tengo que trabajar en algo importante.*
Apagó la luz y, por primera vez en meses, el piso 4 del edificio se sumió en un silencio absoluto.
Judy se metió en la cama, cerrando los ojos. Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, escuchó un suave golpe en su pared. Era un ritmo rítmico, casi como un código.
*Toc-toc-toc.*
Ella sonrió en la oscuridad y respondió golpeando la pared dos veces.
El proyecto escolar que ambos pensaron que sería el fin del mundo, resultó ser, en realidad, solo el comienzo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía. Pero en la ciudad de Zootopia, donde cualquiera podía ser lo que quisiera, tal vez un zorro y una coneja podían dejar de ser enemigos para convertirse en algo mucho más interesante.
Y mientras la luna brillaba sobre la metrópolis, dos estudiantes, uno de leyes y uno de programación, soñaban con códigos, artículos penales y el color de los ojos del otro.
—El artículo 402 estipula que la propiedad privada es un derecho inviolable, siempre y cuando... —murmuró para sí misma, reajustando sus gafas sobre el puente de su nariz.
De repente, un estruendo hizo que su café se agitara dentro de la taza. No era un trueno. No era un accidente automovilístico en la calle. Era algo mucho peor y mucho más predecible.
*PUM-PUM-PUM.*
El bajo de una canción de hip-hop empezó a vibrar a través de las paredes, haciendo que los cuadros de la habitación de Judy se ladearan ligeramente. Ella apretó los dientes, sintiendo cómo una vena palpitaba en su frente.
—No otra vez —siseó, cerrando su libro con un golpe seco—. ¡Wilde!
Judy se levantó de un salto, se calzó sus pantuflas de zanahoria y salió al pasillo común con la furia de un huracán categoría cinco. Solo tuvo que dar tres pasos para quedar frente a la puerta del departamento 402. El cartel que decía "N. Wilde - Programación" parecía burlarse de ella.
Golpeó la puerta con fuerza, ignorando el hecho de que sus nudillos eran diminutos comparados con la madera reforzada.
—¡Abre la puerta, Nick! ¡Sé que estás ahí, zorro tramposo!
Pasaron varios segundos antes de que la música bajara de volumen. Se escucharon risas masculinas al otro lado y, finalmente, la puerta se abrió con una lentitud exasperante. Nick Wilde apareció apoyado contra el marco, con una camisa verde desabotonada sobre una camiseta blanca, una lata de refresco en la mano y esa sonrisa de medio lado que Judy deseaba borrarle con un mazo de juez.
—Vaya, pero si es la oficial Hopps —dijo Nick, arrastrando las palabras con ese tono perezoso que tanto la irritaba—. ¿Vienes a confiscar el equipo de sonido o solo quieres pedirme un autógrafo?
—Vengo a pedirte que cierres la boca y apagues esa basura —espetó Judy, cruzándose de brazos—. Son las dos de la mañana, Nick. Algunos tenemos un futuro que asegurar, no todos vivimos de hackear videojuegos y comer pizza fría.
Nick soltó una carcajada y se volvió hacia el interior de su departamento, donde otros dos animales —un lobo y un tejón— reían mientras jugaban en línea.
—¿Escucharon eso, chicos? La futura abogada dice que mi música es basura. Y yo que pensaba que el jazz-hop era lo suficientemente sofisticado para tus oídos de campo.
—No es jazz-hop, es contaminación auditiva —replicó ella, dando un paso al frente—. Si no bajas el volumen ahora mismo, llamaré al administrador del edificio.
Nick se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal con un aire de suficiencia. Su pelaje rojizo brillaba bajo la luz amarillenta del pasillo.
—Zanahorias, relájate. La vida es corta. Deberías dejar de leer sobre leyes de propiedad y empezar a disfrutar de la tuya. ¿Quieres pasar? Hay pizza de sobra.
—Prefiero comer arena —respondió Judy con frialdad—. Baja el volumen. Es la última advertencia.
—Como digas, jefa —Nick le guiñó un ojo antes de cerrar la puerta en su cara, no sin antes subir el volumen un par de decibelios más durante cinco segundos exactos, solo para molestarla.
Judy regresó a su habitación temblando de indignación. Odiaba a Nick Wilde. Lo odiaba desde el primer día en que ambos se inscribieron en el club de locución de la universidad. Ella buscaba mejorar su oratoria para los juicios; él, según sus propias palabras, solo buscaba "un lugar con aire acondicionado y un micrófono para decir tonterías". En su primera sesión juntos, Nick se había pasado todo el tiempo imitando su acento de Bunnyburrow, ganándose las risas de todos y el odio eterno de Judy.
Para ella, Nick era la definición de irresponsabilidad. Un genio desperdiciado que prefería pasar las noches programando bromas virales que estudiando seriamente. Para él, Judy era una bola de estrés con patas que necesitaba aprender a respirar.
El lunes siguiente, la Universidad Nacional de Zootopia bullía de actividad. Judy caminaba por el campus con una pila de libros que casi la superaba en altura, dirigiéndose al auditorio principal para la clase intermitente de "Ética y Tecnología", una materia obligatoria que mezclaba a estudiantes de leyes con los de ingeniería y programación.
Se sentó en la primera fila, sacó su bolígrafo multicolor y esperó.
—Buenos días a todos —anunció el profesor, un elefante de aspecto cansado llamado Dr. Trunk—. Como saben, la nota final de este semestre dependerá de un proyecto de investigación conjunto. He decidido los pares basándome en sus perfiles académicos para fomentar el debate.
Judy sintió un mal presentimiento. Empezó a juguetear con sus orejas.
—...Y finalmente —continuó el profesor, ajustándose las gafas—, para el tema de "Privacidad de Datos y Responsabilidad Civil", trabajarán juntos la señorita Judy Hopps y el joven Nicholas Wilde.
El silencio que siguió fue, para Judy, el sonido del fin del mundo.
—¿¡QUÉ!? —gritaron ambos al unísono.
Nick, que estaba sentado en la última fila con los pies sobre el asiento delantero, se puso de pie de un salto. Judy se giró para mirarlo, y la expresión de horror en el rostro del zorro era casi un espejo de la suya.
—Profesor —dijo Judy, levantando la mano con desesperación—, con todo respeto, creo que hay un error. El señor Wilde y yo tenemos... diferencias irreconciliables de metodología.
—Y de higiene mental —añadió Nick, bajando las escaleras del auditorio—. Vamos, Doc, no me haga esto. Hopps me va a obligar a citar la constitución hasta cuando vaya al baño. Me va a dar un derrame cerebral.
—La decisión es final —sentenció el Dr. Trunk, sin siquiera mirarlos—. Tienen tres semanas para entregar un ensayo de cincuenta páginas y una presentación técnica. Pueden empezar ahora. Clase terminada.
Judy se quedó petrificada mientras el resto de los estudiantes abandonaba el aula. Nick se acercó a ella, arrastrando los pies, y se detuvo a un metro de distancia, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Bueno, Zanahorias —suspiró Nick—, parece que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido.
—No me llames Zanahorias —gruñó Judy, metiendo sus libros en la mochila con movimientos bruscos—. Esto es un desastre. Mi promedio depende de esto. Si arruinas este proyecto con tu actitud de "no me importa nada", te juro que encontraré una laguna legal para hacer que te expulsen.
Nick puso los ojos en blanco y se dejó caer en el asiento de al lado.
—Relájate un segundo. Soy el mejor de mi clase en seguridad informática. Tú eres la que se sabe todas las leyes aburridas. Si combinamos mi cerebro y tu... bueno, tu intensidad aterradora, terminaremos esto en una semana.
—¿Una semana? —Judy se rió con sarcasmo—. Nick, esto requiere investigación de campo, análisis de casos y una estructura técnica. No se trata de escribir un código y ya.
—Escucha —dijo Nick, adoptando un tono más serio—, yo tampoco quiero pasar más tiempo contigo del estrictamente necesario. Tus sermones me dan dolor de cabeza. Así que hagamos un pacto: trabajamos en mi departamento o en el tuyo, terminamos esta tortura rápido y luego volvemos a ignorarnos como si no existiéramos. ¿Trato?
Judy lo miró con desconfianza. Sus ojos verdes se encontraron con los amatistas de ella. Por un momento, la tensión entre ambos no era solo de odio, sino de una extraña chispa de desafío que ninguno sabía explicar.
—En mi departamento no —dijo Judy—. La última vez que entraste en mi radio de visión intentaste venderme una pluma que "escribía sola".
—Era un prototipo de lápiz óptico, Hopps. No tienes visión de futuro.
—Como sea. Nos vemos en la biblioteca a las seis. Y llega puntual, Wilde. Un minuto tarde y empezaré a escribir tu parte del ensayo como si fueras un delincuente juvenil.
—Qué miedo —murmuró Nick, viendo cómo la coneja se alejaba a paso rápido—. Oye, ¡Hopps!
Judy se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—¿Qué?
—Trae café. Del fuerte. Presiento que vamos a necesitarlo.
La primera sesión de estudio fue, previsiblemente, un campo de batalla. Se instalaron en una mesa retirada de la biblioteca central. Judy había desplegado un mapa mental con hilos de colores y notas adhesivas que cubrían media mesa. Nick, por su parte, solo tenía una laptop llena de pegatinas de bandas de rock y una bolsa de gomitas de fruta.
—No puedes simplemente decir que el hackeo ético es legal porque "ayuda a las empresas" —decía Judy, señalando un párrafo del borrador—. La ley es clara: el acceso no autorizado es un delito, punto.
—Y yo te digo que la ley es obsoleta —replicó Nick, masticando una gomita roja—. Si yo entro en un sistema para mostrarles que su seguridad es una basura, les estoy haciendo un favor. Es como si dejaran la puerta de su casa abierta y yo entrara a decirles: "Oigan, cierren con llave".
—¡No! Es como si entraras en su casa, revisaras sus cajones y luego les cobraras por decirles que los cajones abren fácil. ¡Es allanamiento, Nick!
—Eres tan rígida que me sorprende que puedas doblar las rodillas para saltar —dijo Nick, recostándose en la silla—. Mira esto.
Giró la laptop hacia ella. Nick había diseñado una interfaz gráfica que explicaba de forma visual cómo las leyes actuales no cubrían los vacíos legales de la inteligencia artificial. Era brillante, intuitivo y, para frustración de Judy, absolutamente correcto.
—Esto... —Judy dudó, ajustándose las gafas—, esto está muy bien hecho.
Nick arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Es eso un cumplido? ¿Viniendo de la implacable Judy Hopps? Rápido, alguien tome una foto, esto es un evento histórico.
—No te acostumbres —murmuró ella, aunque no pudo evitar sonreír levemente—. Si usamos este esquema como base para el capítulo tres, podríamos argumentar que la reforma legislativa es necesaria.
—Ahora estás hablando mi idioma, Zanahorias.
Trabajaron en silencio durante las siguientes dos horas. El sonido de las teclas de Nick y el rasgueo del bolígrafo de Judy crearon un ritmo constante. Por primera vez, el odio parecía haber dado paso a una tregua armada basada en el respeto intelectual.
Sin embargo, el destino no se conformaba con una tregua.
—Tengo hambre —anunció Nick de repente, estirando los brazos—. Y cuando tengo hambre, mi cerebro se apaga. Vamos por algo de comer.
—No hemos terminado la sección de responsabilidad civil —protestó Judy sin levantar la vista.
—Hopps, llevamos aquí desde que el sol estaba arriba. Si no como algo que no sea azúcar, voy a empezar a ver visiones. Además, la biblioteca va a cerrar en diez minutos.
Judy miró su reloj. Tenía razón. Suspiró y empezó a recoger sus cosas.
—Está bien. Pero nada de comida chatarra. Mañana tenemos que seguir.
Caminaron hacia la salida del campus bajo la luz de las farolas. El aire de la noche era fresco y el ambiente en Zootopia era vibrante. Nick caminaba con su habitual elegancia despreocupada, mientras Judy mantenía un ritmo enérgico.
—Sabes —dijo Nick, rompiendo el silencio—, para ser alguien que odia las fiestas, tienes mucha energía acumulada. Deberías canalizarla en algo más que solo libros de leyes.
—Estudiar es mi prioridad, Nick. No todos tenemos el lujo de tomarse la vida como un chiste. Vine a esta ciudad para ser alguien, para demostrar que una coneja de pueblo puede ser la mejor abogada de Zootopia.
Nick la miró de reojo. Por un momento, su máscara de sarcasmo se deslizó, revelando algo más profundo.
—Crees que soy un vago, ¿verdad? —preguntó él en voz baja.
Judy se detuvo y lo miró, sorprendida por el cambio de tono.
—Bueno... haces fiestas todas las noches, te burlas de los profesores y siempre pareces estar buscando el camino más corto.
Nick soltó una risa seca.
—El camino más corto suele ser el más inteligente, Hopps. Pero no te equivoques. Si hago esas fiestas es porque es la única forma de no volverme loco en ese departamento minúsculo. Y si programo hasta las cuatro de la mañana, no es por diversión, es porque estoy desarrollando un software de encriptación para una empresa de seguridad. Tengo que pagar la matrícula de alguna forma. Mi familia no es exactamente... de la aristocracia de los zorros.
Judy se quedó en silencio, sintiendo una punzada de culpa. Siempre había asumido que Nick era simplemente un chico rico y mimado que jugaba a ser rebelde. Nunca se detuvo a pensar que su brillantez en la programación era también su sustento.
—Yo... no lo sabía —dijo ella suavemente—. Lo siento. Fui prejuiciosa.
Nick se encogió de hombros, recuperando su sonrisa burlona.
—No te preocupes. Todo el mundo ve lo que quiere ver. Tú ves a un zorro astuto e irresponsable, y yo veo a una coneja testaruda que necesita desesperadamente un abrazo o un postre. O ambas cosas.
—¡Oye! —protestó ella, aunque esta vez se estaba riendo.
Llegaron a un pequeño puesto de comida tailandesa que aún estaba abierto. Compraron dos cajas de fideos y se sentaron en un banco del parque cercano.
—¿Entonces? —preguntó Nick, atacando su comida con palillos—. ¿Qué vamos a hacer con el proyecto? ¿Seguimos con el plan de odiarnos mientras trabajamos o vamos a intentar ser... amigos?
Judy saboreó sus fideos, reflexionando. Miró a Nick. A pesar de todo, él era la primera persona en la universidad que realmente la desafiaba intelectualmente. No era solo un vecino molesto; era alguien que la obligaba a ver el mundo desde un ángulo diferente.
—Amigos es una palabra muy fuerte —dijo ella, guiñándole un ojo—. Digamos que somos "socios estratégicos con una cláusula de no agresión".
Nick soltó una carcajada genuina, una que no tenía rastro de burla.
—Me gusta. Es muy legalista de tu parte.
El resto de la noche transcurrió entre risas y anécdotas del club de locución. Descubrieron que ambos compartían un gusto culposo por las películas de acción antiguas y que ambos detestaban el café de la cafetería de la facultad.
Cuando finalmente regresaron al edificio de departamentos, el ambiente era diferente. Ya no había esa tensión cortante, sino una camaradería extraña y nueva.
Se detuvieron frente a sus respectivas puertas.
—Bueno, socia —dijo Nick, sacando sus llaves—. Mañana a la misma hora. Y esta vez, yo traigo el café. Pero del bueno, no esa agua sucia que tomas tú.
—Estaré esperando, Wilde —respondió Judy con una sonrisa—. Y Nick...
—¿Sí?
—Baja el volumen de la música esta noche. Tengo que dormir.
Nick hizo un gesto de saludo militar.
—Sus deseos son órdenes, oficial Hopps.
Judy entró en su departamento y cerró la puerta. Se apoyó contra la madera, sintiendo que su corazón latía un poco más rápido de lo normal. Miró su escritorio lleno de libros de leyes, pero por primera vez en semanas, no sintió el peso del estrés.
Al otro lado del pasillo, Nick entró en su habitación y se dejó caer en la cama. Miró el techo, girando su teléfono entre los dedos. Abrió el chat grupal con sus amigos.
*Nick: Chicos, no hay fiesta hoy. Tengo que trabajar en algo importante.*
Apagó la luz y, por primera vez en meses, el piso 4 del edificio se sumió en un silencio absoluto.
Judy se metió en la cama, cerrando los ojos. Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, escuchó un suave golpe en su pared. Era un ritmo rítmico, casi como un código.
*Toc-toc-toc.*
Ella sonrió en la oscuridad y respondió golpeando la pared dos veces.
El proyecto escolar que ambos pensaron que sería el fin del mundo, resultó ser, en realidad, solo el comienzo de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía. Pero en la ciudad de Zootopia, donde cualquiera podía ser lo que quisiera, tal vez un zorro y una coneja podían dejar de ser enemigos para convertirse en algo mucho más interesante.
Y mientras la luna brillaba sobre la metrópolis, dos estudiantes, uno de leyes y uno de programación, soñaban con códigos, artículos penales y el color de los ojos del otro.
