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Cantos en medio de pólvora

Fandom: Zootopia

Creado: 20/6/2026

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RomanceDramaCrimenNoirSongficEstudio de PersonajeUA (Universo Alternativo)Dolor/ConsueloAcción
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Melodía de Terciopelo y Sombras

El aire en "El Refugio del Zorro" estaba saturado de un humo denso que se arremolinaba bajo las luces tenues, mezclado con el olor a whisky barato y perfumes caros. No era el tipo de lugar que Nick Wilde solía frecuentar por placer. Para él, los establecimientos de la zona baja de Zootopia eran simplemente piezas en un tablero de ajedrez, puntos estratégicos de recolección de cuotas o centros de información.

Nick, un zorro de pelaje rojizo impecablemente peinado hacia atrás y vestido con un traje de seda gris oscuro que gritaba autoridad, se sentaba en el reservado más apartado del local. A sus treinta y cinco años, su nombre era un susurro que silenciaba conversaciones. Era el jefe de la organización criminal más grande de la metrópolis, un hombre que había construido su imperio sobre la base de la astucia, la frialdad y una falta absoluta de piedad hacia sus enemigos.

—Los envíos del muelle cuatro están asegurados, jefe —murmuró un lobo de aspecto rudo que estaba de pie junto a la mesa.

Nick no lo miró. Sus ojos verdes, cansados y cínicos, escaneaban el lugar con una indiferencia gélida.

—Asegúrate de que el capitán de la guardia reciba su sobre mañana —respondió Nick con una voz profunda y aterciopelada—. No quiero retrasos por cuestiones de "moralidad" repentina.

—Entendido, señor Wilde.

Nick suspiró y dio un trago a su vaso de cristal. Estaba resignado a su vida. Sabía que su sola presencia era un peso muerto en cualquier habitación; la gente dejaba de reír cuando él entraba, las manos temblaban al servirle y el miedo era la única moneda que realmente conocía. Era un destino solitario, pero era el suyo.

De repente, las luces del local bajaron aún más. Un foco solitario, de un blanco azulado, se encendió sobre el pequeño escenario de madera al fondo. El murmullo de la clientela descendió hasta convertirse en un silencio expectante.

—Y ahora, caballeros y damas —anunció el dueño del bar desde las sombras—, nuestra estrella local. Con ustedes, Judy Hopps.

Nick arqueó una ceja, preparándose para el habitual espectáculo mediocre de algún artista desesperado. Pero entonces, ella salió al escenario.

Era una coneja pequeña, de pelaje gris suave y ojos amatista que brillaban con una intensidad casi eléctrica bajo los focos. Vestía un vestido sencillo de satén azul oscuro que abrazaba su figura joven y delicada. Tenía apenas veintitrés años, pero caminaba con una mezcla de humildad y una confianza que Nick no había visto en mucho tiempo.

Judy tomó el micrófono con manos pequeñas y cerró los ojos un segundo antes de que el pianista comenzara a tocar una melodía lenta y melancólica.

Cuando abrió la boca para cantar, el mundo de Nick Wilde se detuvo.

Su voz no era solo hermosa; era pura. Tenía una calidez que parecía filtrarse por las grietas de la armadura que Nick había construido alrededor de su corazón durante décadas. Era una canción sobre la esperanza en una ciudad que devoraba los sueños, una balada que hablaba de luces que nunca se apagan.

Nick, que siempre tenía una crítica mordaz en la punta de la lengua, se quedó mudo. Se encontró inclinándose hacia adelante, olvidando su bebida, olvidando a sus guardaespaldas, olvidando que era el criminal más temido de Zootopia. Por primera vez en años, no estaba analizando una amenaza; estaba sintiendo.

En el escenario, Judy Hopps cantaba con toda su alma. Ella amaba este pequeño bar; era su refugio, el lugar donde podía ser ella misma lejos de la dura realidad de la ciudad. Sin embargo, mientras recorría el público con la mirada, sus ojos se toparon con el reservado del fondo.

Allí, entre las sombras de la zona VIP, vio a un zorro. No era un zorro cualquiera. Su porte era imponente, su figura exudaba un poder que hacía que el aire a su alrededor pareciera vibrar. Judy sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del local. Sus piernas temblaron ligeramente bajo el vestido y su corazón dio un vuelco violento contra sus costillas.

Era un hombre peligroso. Lo supo instintivamente. Pero también vio algo más en esos ojos verdes que la observaban con una intensidad casi dolorosa: una soledad tan profunda como la suya.

Judy sostuvo la mirada de Nick mientras terminaba la estrofa final. Sus voces se entrelazaron en el silencio del bar, aunque solo ella estaba emitiendo sonido. Fue una conexión eléctrica, un hilo invisible que se tensó entre el jefe de la mafia y la cantante de pueblo que buscaba su lugar en la gran ciudad.

Cuando la última nota se desvaneció, el bar estalló en aplausos. Judy hizo una breve reverencia, con las mejillas encendidas de un rosa suave, y bajó rápidamente del escenario.

Nick se quedó inmóvil, observando cómo la pequeña coneja desaparecía tras la cortina de terciopelo rojo.

—Jefe... ¿está bien? —preguntó el lobo, extrañado por la inmovilidad de su superior.

Nick tardó unos segundos en responder. Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Quién es ella? —preguntó, sin apartar la vista del lugar por donde ella se había ido.

—Se llama Judy Hopps, señor. Es nueva en la ciudad. Viene de un lugar llamado Bunnyburrow. Canta aquí tres noches a la semana para pagar el alquiler de un piso en el Distrito Central.

Nick asintió lentamente. "Judy Hopps". El nombre sonaba dulce, casi demasiado inocente para un lugar como este.

—Quiero que averigües todo sobre ella —ordenó Nick, recuperando su tono frío, aunque sus ojos todavía brillaban con una chispa inusual—. Pero no te acerques. No quiero que se asuste.

—¿Es una amenaza, señor?

Nick soltó una risa corta, una que no tenía nada de humor.

—No, idiota. Es... algo más.

***

Mientras tanto, en el estrecho camerino que compartía con otras tres empleadas, Judy se dejó caer en una silla frente al espejo. Sus manos aún temblaban mientras intentaba quitarse los pendientes de bisutería.

—¿Viste quién estaba en la mesa de honor, Judy? —preguntó una gacela que se retocaba el maquillaje.

—No... no estoy segura —mintió Judy, aunque su reflejo delataba su agitación.

—Era Nick Wilde —susurró la otra chica con un tono de advertencia—. El dueño de media ciudad. Dicen que no tiene corazón, que puede hacer desaparecer a cualquiera con solo un chasquido de dedos. No deberías haberlo mirado tanto tiempo, nena. Ese tipo es veneno.

Judy no respondió. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido errático de su corazón. "Nick Wilde". El nombre le inspiraba un temor lógico, pero su mente no dejaba de repetir la imagen de su rostro. No había visto a un monstruo; había visto a un hombre que parecía haber olvidado cómo sonreír.

—Solo es un cliente más —murmuró Judy para sí misma, aunque sabía que era mentira.

Aquella noche, Judy Hopps no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía esos ojos verdes filtrándose a través de la oscuridad del bar. Se preguntaba qué pensaría un hombre tan poderoso de una simple cantante de bar. Se sentía pequeña, insignificante, y sin embargo, la forma en que él la había mirado la hacía sentir como si fuera la única persona viva en toda Zootopia.

Por su parte, Nick Wilde permaneció en su oficina en el último piso de un rascacielos de cristal, observando las luces de la ciudad desde su ventanal. Tenía un informe sobre su escritorio con el nombre de Judy: hija de agricultores, excelente estudiante, sueños de grandeza, sin antecedentes penales. Una hoja en blanco. Una pureza que él no merecía ni siquiera observar.

—Judy Hopps... —susurró Nick, saboreando el nombre—. ¿Qué demonios me has hecho?

Él era un zorro cínico que creía que el amor era una debilidad que los hombres de su posición no podían permitirse. Ella era una coneja llena de luz que creía que todo el mundo tenía algo bueno en su interior. Eran dos mundos destinados a colisionar, y esa noche, en un bar oscuro de la zona baja, el primer choque había dejado grietas irreparables en ambos.

Nick sabía que volvería al bar. Sabía que no podría mantenerse alejado. Y Judy, a pesar del miedo que le oprimía el pecho, sabía que estaría esperando volver a ver esa figura imponente entre las sombras, esperando que su música fuera capaz de alcanzar, aunque fuera por un momento, el alma del zorro que todos temían.

La mafia de Zootopia tenía un jefe implacable, pero esa noche, por primera vez en quince años, Nick Wilde se sintió vulnerable. Y todo era culpa de una pequeña coneja con voz de ángel y ojos del color de las amatistas.

El juego había comenzado, pero las reglas habían cambiado para siempre.

—Mañana —dijo Nick a la habitación vacía—, mañana volveré a escucharla.

Y en su pequeño apartamento, Judy miraba por la ventana hacia los rascacielos, preguntándose si el zorro de traje gris también estaría pensando en ella. El destino de Zootopia estaba a punto de volverse mucho más complicado, entrelazado por una melodía que apenas comenzaba a sonar.
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