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Honkai impact Génesis

Fandom: Honkai impact 3rd

Creado: 20/6/2026

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La Sonrisa bajo la Ventisca de San Cristal

El viento del norte aullaba entre los picos helados de San Cristal, una región olvidada por los mapas modernos pero marcada por la estela de destrucción del Honkai. La nieve, espesa y gélida, golpeaba los rostros de los tres valientes que avanzaban por el desfiladero. A la cabeza, Kiana Kaslana, la Herrscher del Final, mantenía una mano sobre la empuñadura de sus pistolas, con la mirada escaneando constantemente el horizonte blanquecino.

A su lado, un joven de cabello plateado y ojos azules caminaba con una ligereza que desafiaba la gravedad del entorno. Zoika Kaslana, el hermano menor de Kiana, mantenía una sonrisa radiante en su rostro, a pesar de que el frío calaba hasta los huesos y la atmósfera estaba cargada de energía corrosiva.

— ¡Vamos, hermana! ¡No pongas esa cara de preocupación! —exclamó Zoika, soltando una pequeña risa que pareció romper el hielo del aire—. Es mi misión número quince. ¡Ya soy prácticamente un veterano!

Kiana se detuvo en seco y se giró para mirarlo, sus ojos reflejando una mezcla de ternura y ansiedad protectora. Se acercó a él y le ajustó la bufanda con un tirón firme.

— No te lo tomes a la ligera, Zoika —dijo ella, con un tono que no admitía réplicas—. San Cristal no es un campo de entrenamiento. Los informes dicen que las bestias Honkai aquí son más agresivas debido al aislamiento. No quería que vinieras, lo sabes.

— Pero aquí estoy —respondió Zoika, ampliando su sonrisa. Sus ojos brillaron con una determinación inquebrantable—. No puedo dejar que tú y Kiozu se lleven toda la diversión. Además, prometí que siempre estaría para apoyarte.

Detrás de ellos, un paso más atrás, Kiozu Kaslana caminaba en silencio. Era apenas un año menor que Zoika, pero su presencia emanaba una seriedad que contrastaba drásticamente con la alegría de su hermano. Kiozu llevaba una enorme espada de doble filo colgada a la espalda, un arma que parecía demasiado pesada para alguien de su edad, pero que él manejaba con una precisión quirúrgica.

— Deberías escucharla, Zoika —intervino Kiozu, su voz era fría y cortante como el viento—. Tu optimismo no va a detener las garras de una Bestia de Clase Emperador. Concéntrate.

Zoika se giró hacia el menor de los tres y le guiñó un ojo.

— ¡Oh, vamos, Kiozu! Un poco de alegría no le hace daño a nadie. Incluso tú te verías mejor si sonrieras de vez en cuando.

Kiozu simplemente suspiró y desvió la mirada hacia las ruinas que comenzaban a vislumbrarse entre la nieve.

— No estamos aquí para vernos bien —sentenció Kiozu, desenvainando su espada de doble filo con un movimiento fluido—. Estamos aquí para exterminar.

El grupo llegó al centro de lo que alguna vez fue un asentamiento minero. San Cristal era ahora un cementerio de metal retorcido y hielo azulado. De repente, el suelo vibró. Un rugido ensordecedor resonó desde las profundas grietas de la tierra, y varias sombras masivas emergieron de la ventisca. Eran bestias Honkai, de formas grotescas y armaduras de cristal púrpura que brillaban con una luz maligna.

— ¡Formación de combate! —ordenó Kiana, desenfundando sus armas de inmediato—. Zoika, quédate detrás de mí. Kiozu, flanco izquierdo.

— ¡Entendido! —gritaron ambos al unísono.

Sin embargo, Zoika no se quedó atrás por mucho tiempo. Mientras Kiana abría fuego, creando explosiones de energía que iluminaban el cielo gris, Zoika se lanzó hacia adelante con una agilidad sorprendente. No usaba armas pesadas; prefería el combate fluido, esquivando ataques por milímetros. Cada vez que una bestia lanzaba un zarpazo, Zoika se deslizaba por debajo, manteniendo siempre esa sonrisa imperturbable, incluso cuando un fragmento de hielo le rozó la mejilla, dejando un rastro de sangre.

— ¡Zoika, te dije que te quedaras atrás! —gritó Kiana, eliminando a un enemigo que intentaba flanquear a su hermano.

— ¡Estoy bien, Kiana! —respondió él, saltando sobre el lomo de una bestia y golpeando un punto vital con una descarga de energía—. ¡Mira, esta ya no se mueve!

Kiozu, por su parte, era un torbellino de acero. Su espada de doble filo giraba con una fuerza devastadora, cortando las extremidades de las bestias con una eficiencia aterradora. No había desperdicio en sus movimientos, ni rastro de emoción en su rostro. Era el contrapunto perfecto a la energía caótica de Zoika.

— Son demasiadas —observó Kiozu, clavando su espada en el suelo para generar una onda de choque que hizo retroceder a una horda de enemigos menores—. Kiana, el núcleo de la infestación debe estar cerca. Si no lo destruimos, seguirán saliendo.

Kiana asintió, su expresión se volvió sombría. Podía sentir el pulso del Honkai bajo sus pies.

— Tienes razón. Zoika, Kiozu, cubridme. Voy a usar el poder del Final para localizar el núcleo y sobrecargarlo. Pero necesito unos minutos de concentración absoluta.

— Cuenta con nosotros —dijo Zoika, colocándose frente a ella. Su sonrisa no flaqueó, pero sus ojos se entrecerraron con una seriedad inusual—. Nadie pasará de aquí.

La batalla se intensificó. Kiana cerró los ojos, su cuerpo comenzó a emitir un aura dorada y blanca que contrastaba con la oscuridad de la tormenta. Alrededor de ella, Zoika y Kiozu se convirtieron en un muro infranqueable.

Kiozu luchaba con una ferocidad gélida. Su espada de doble filo parecía una extensión de su propio cuerpo, bloqueando ataques pesados y devolviéndolos con el doble de fuerza. Sin embargo, la fatiga comenzaba a notarse en la tensión de sus hombros.

— No bajes el ritmo, hermanito —le gritó Zoika, quien acababa de recibir un fuerte golpe en el hombro que lo mandó a rodar por la nieve.

Kiozu lo miró de reojo, preocupado al verlo levantarse con dificultad.

— ¡Zoika! Estás herido, deja de sonreír como un idiota y retrocede —le ordenó Kiozu, con la voz cargada de una rara urgencia.

Zoika se puso en pie, se sacudió la nieve y se limpió la sangre de la comisura de los labios. Su sonrisa seguía allí, brillante y desafiante.

— El dolor es solo una señal de que sigo vivo, Kiozu —dijo Zoika, volviendo a su postura de combate—. Y mientras esté vivo, sonreiré para que ustedes no tengan que cargar con toda la oscuridad. ¡Cuidado!

Zoika empujó a Kiozu a un lado justo cuando una ráfaga de espinas de cristal llovía sobre su posición. Una de las espinas atravesó la pierna de Zoika, pero él ni siquiera soltó un quejido. Simplemente apretó los dientes, arrancó el proyectil y continuó luchando como si nada hubiera pasado.

Kiozu se quedó momentáneamente sin palabras. Siempre había pensado que la sonrisa de Zoika era una señal de inmadurez, de no tomarse en serio el peligro. Pero en ese momento, viendo a su hermano mayor sangrar y seguir sonriendo para darle ánimos, comprendió que era su forma de valentía.

— Eres un testarudo —masulló Kiozu, aunque esta vez no había veneno en sus palabras. Se colocó espalda contra espalda con Zoika—. No te mueras, o Kiana me matará a mí después.

— Lo mismo digo, Kiozu —rio Zoika, aunque su respiración era agitada.

Finalmente, un pilar de luz estalló desde la posición de Kiana. La onda expansiva desintegró a las bestias cercanas y despejó la ventisca por un momento. Kiana abrió los ojos, que ahora brillaban con una intensidad divina.

— ¡Lo encontré! —exclamó Kiana—. ¡Está debajo de esa torre de radio en ruinas! ¡Vamos!

Los tres corrieron hacia la estructura. Al llegar, se encontraron con una masa de carne y cristal que latía con un ritmo nauseabundo. Era el corazón de la infestación. Varias Bestias de Clase Paladín surgieron para protegerlo.

— Yo me encargo de los guardias —dijo Kiozu, lanzándose al ataque con su espada de doble filo—. ¡Zoika, ayuda a Kiana a llegar al núcleo!

Zoika asintió y corrió junto a su hermana mayor. Kiana preparaba un ataque masivo, pero una de las bestias logró evadir a Kiozu y lanzó un rayo de energía concentrada hacia ella.

— ¡Kiana, cuidado! —gritó Zoika.

Sin pensarlo, Zoika se interpuso en la trayectoria del rayo. El impacto fue brutal, lanzándolo varios metros hacia atrás. Kiana gritó su nombre, horrorizada, pero Zoika levantó un pulgar mientras intentaba ponerse de pie, con el pecho quemado y el uniforme destrozado.

— ¡Sigue... sigue adelante! —logró decir Zoika, su sonrisa temblando por el esfuerzo físico, pero aún presente—. ¡Estoy... estoy de maravilla!

Kiana sintió que las lágrimas picaban en sus ojos, pero sabía que no podía detenerse. Canalizó toda su energía en un solo disparo de sus pistolas, una lanza de luz pura que atravesó el núcleo de cristal. Una explosión de energía blanca envolvió el lugar, y por un instante, el silencio regresó a San Cristal.

Cuando el polvo y la nieve se asentaron, el núcleo se había desvanecido, y con él, la presencia del Honkai en la zona. Kiana corrió hacia donde Zoika estaba desplomado. Kiozu llegó poco después, envainando su espada con manos temblorosas.

— ¡Zoika! ¡Háblame! —pidió Kiana, acunando la cabeza de su hermano en su regazo.

Zoika abrió los ojos lentamente. Su rostro estaba pálido, y el dolor debía de ser insoportable, pero al ver a sus hermanos, sus labios se curvaron hacia arriba una vez más.

— ¿Ganamos? —preguntó en un susurro.

— Sí, ganamos, gracias a ti, tonto —dijo Kiana, sollozando mientras usaba sus poderes para estabilizar las heridas de su hermano—. Te dije que no vinieras a misiones difíciles. Eres demasiado imprudente.

Kiozu se arrodilló al otro lado, mirando a Zoika con una expresión que ya no era de frialdad, sino de un respeto profundo y una preocupación fraternal.

— No lo hizo nada mal para ser su decimoquinta misión —admitió Kiozu en voz baja—. Pero la próxima vez, trata de no usar tu cuerpo como escudo humano. Es poco eficiente.

Zoika soltó una pequeña risa, que terminó en una tos, pero no perdió su brillo.

— Lo tendré en cuenta, Kiozu —dijo Zoika, mirando al cielo que comenzaba a despejarse, revelando un débil rayo de sol—. Pero mira... el sol está saliendo. Valió la pena, ¿verdad?

Kiana miró a sus dos hermanos: el serio y metódico Kiozu, y el siempre sonriente Zoika. A pesar de los peligros, a pesar de las cicatrices que esta guerra les dejaba, en ese momento, rodeada de su familia, sintió una chispa de esperanza que ninguna Bestia Honkai podría extinguir.

— Sí —respondió Kiana, dándole un beso en la frente a Zoika—. Valió la pena. Pero ahora, vamos a casa. Tenemos mucho que curar.

Kiozu ayudó a Zoika a levantarse, pasando el brazo de su hermano sobre sus hombros. Kiana caminaba al otro lado, sosteniéndolo con firmeza. Mientras se alejaban de las ruinas de San Cristal, la silueta de los tres Kaslana se recortaba contra el horizonte nevado. Zoika, a pesar de sus heridas y del cansancio, seguía sonriendo, porque sabía que mientras estuvieran juntos, no había oscuridad que no pudieran iluminar.
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