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Tu guardaespaldas

Fandom: Zootopia

Creado: 20/6/2026

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RomanceDramaAngustiaCrimenNoirEstudio de PersonajeMisterioThriller
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Bajo la Mirada del Depredador

La mansión de los Hopps no era un hogar; era un mausoleo de mármol y cristal construido sobre los cimientos de una influencia que se extendía por toda Zootopia como las raíces de un árbol centenario. Para Judy, cada pasillo era una celda de lujo, cada ventana una pantalla que le mostraba un mundo al que no se le permitía pertenecer. A sus veintitrés años, su nombre era sinónimo de poder, pero su realidad era el silencio ensordecedor de las habitaciones vacías.

Nick Wilde ajustó el nudo de su corbata frente al espejo del vestíbulo lateral. El traje negro le quedaba impecable, ocultando las cicatrices de una vida vivida en las sombras de los callejones de Distrito Forestal. Su pelaje rojizo brillaba bajo las luces dicroicas, y su sonrisa, esa mueca cínica que era su mejor arma, estaba perfectamente ensayada.

—Recuerda, Wilde —susurró para sí mismo, revisando el auricular oculto—. Un mes. Entras, te ganas su confianza, encuentras los registros de las transacciones de las granjas del sur y sales. No eres un niñero, eres una llave.

La organización para la que Nick trabajaba, un sindicato que veía en los Hopps el mayor obstáculo para su control del mercado negro, le había encomendado la misión más delicada de su carrera. Los Hopps estaban buscando seguridad privada de élite tras las recientes amenazas, y Nick, con una identidad falsa respaldada por años de falsificaciones perfectas, era el candidato ideal.

—Es solo una coneja mimada —pensó Nick mientras caminaba hacia el despacho principal—. Probablemente se queje de la temperatura del té y pase el día comprando joyas que no necesita.

Stu Hopps, un conejo de aspecto severo y mirada cansada, lo recibió con un apretón de manos que Nick devolvió con la fuerza justa.

—Wilde, sus referencias son impecables —dijo Stu, sin mirarlo realmente a los ojos—. Mi hija es... especial. No le gusta la intrusión, pero los tiempos son peligrosos. Necesito que esté con ella las veinticuatro horas. Ella está en el invernadero.

Nick asintió con una cortesía profesional que le dio náuseas internas. Salió del despacho y se dirigió hacia la estructura de cristal que sobresalía en el ala este de la mansión. Esperaba encontrar a una joven rodeada de sirvientes, quizás probándose vestidos o hablando por teléfono sobre fiestas exclusivas.

Lo que encontró fue silencio.

El invernadero estaba lleno de plantas exóticas y flores que perfumaban el aire con una dulzura embriagadora. En el centro, sentada en un banco de hierro forjado, Judy Hopps leía un libro desgastado. No llevaba joyas, solo un vestido sencillo de lino blanco. Su nariz se movía levemente mientras pasaba las páginas.

Nick se aclaró la garganta, manteniendo su porte de guardaespaldas imperturbable.

—Señorita Hopps. Mi nombre es Nick Wilde. A partir de hoy, soy el encargado de su seguridad personal.

Judy no levantó la vista de inmediato. Cerró el libro con una lentitud casi ceremonial y luego alzó los ojos. Nick sintió un golpe invisible en el pecho. No eran los ojos de una heredera caprichosa; eran dos amatistas profundas, cargadas de una melancolía tan densa que por un momento olvidó su discurso preparado. Había una soledad allí, una desconfianza que reflejaba la suya propia.

—Otro más —dijo ella con una voz suave, pero teñida de un cansancio que no correspondía a su edad—. ¿Cuánto tiempo cree que durará, señor Wilde? El último renunció a las dos semanas porque decía que mi vida era "demasiado aburrida".

Nick recuperó el equilibrio y esbozó su sonrisa de medio lado, esa que solía desarmar a cualquiera.

—Bueno, me pagan por el aburrimiento, señorita. Y créame, tengo una paciencia infinita. Además, dudo que alguien pueda aburrirse en su compañía.

Judy se puso de pie. Era pequeña, incluso para los estándares de su especie, pero emanaba una dignidad que obligó a Nick a enderezar la espalda. Ella caminó hacia él, deteniéndose a una distancia que desafiaba el protocolo.

—No intente usar su encanto de zorro conmigo —dijo ella, entrecerrando los ojos—. Sé por qué está aquí. Mi padre tiene miedo, y usted es el escudo que ha comprado. Pero no se equivoque, señor Wilde: el hecho de que esté en mi sombra no significa que tenga permiso para entrar en mi vida.

—Solo cumplo órdenes, señorita Hopps —respondió Nick, manteniendo el tono profesional a pesar de que su corazón latía un poco más rápido de lo habitual—. Mi misión es protegerla. De todo y de todos.

Judy soltó una risa seca, carente de alegría.

—¿Protegermé? —Se acercó un paso más, y Nick pudo oler el aroma a lavanda y papel viejo que emanaba de ella—. ¿Y quién me protegerá de esta casa? ¿Quién me protegerá de un apellido que se siente como una condena?

Nick se quedó sin palabras por un instante. No era el guion que había previsto. Se suponía que ella debía ser el enemigo, o al menos el medio para llegar a él. Pero al verla allí, rodeada de riquezas y sin embargo tan desesperadamente sola, sintió una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la empatía.

—A veces —dijo Nick, bajando un poco el tono de voz—, las prisiones más seguras son las que tienen los techos más altos.

Judy lo miró con sorpresa. La desconfianza en sus ojos no desapareció, pero se suavizó con una pizca de curiosidad.

—Es usted más observador de lo que parece, señor Wilde.

—Es parte del trabajo.

Pasaron los días, y Nick se integró en la rutina de la mansión Hopps. Su misión avanzaba lentamente; los archivos que buscaba estaban protegidos por un sistema de seguridad biométrico en el despacho de Stu, y necesitaba más tiempo para descifrar los patrones de movimiento de la guardia nocturna. Sin embargo, lo que más tiempo le consumía no era el espionaje, sino ella.

Judy no era lo que él esperaba. No salía a fiestas, no derrochaba dinero. Pasaba las horas en la biblioteca, pintando en el jardín o simplemente mirando hacia el horizonte de Zootopia desde el balcón de su habitación. Nick siempre estaba a tres pasos de distancia, una sombra silenciosa que empezaba a notar los pequeños detalles: la forma en que ella fruncía el ceño cuando pensaba que nadie la veía, o cómo sus orejas caían ligeramente cuando hablaba con sus padres por teléfono.

Una noche, mientras una tormenta golpeaba los cristales del gran salón, Nick la encontró sentada frente a la chimenea apagada.

—¿No puede dormir? —preguntó él, acercándose con paso felino.

Judy se sobresaltó ligeramente, pero no se alejó.

—Este lugar es demasiado grande por la noche —confesó ella, abrazándose las rodillas—. Los ecos me recuerdan que soy la única que realmente vive aquí. Mis padres están siempre en reuniones, en cenas, en viajes de negocios... Soy solo un trofeo que mantienen limpio y guardado en una vitrina.

Nick se sentó en un sillón cercano, rompiendo la regla no escrita de mantener la distancia.

—Zootopia es una ciudad de sueños, eso dicen los anuncios —comentó Nick con amargura—. Pero se olvidan de mencionar que algunos sueños son pesadillas disfrazadas de seda.

Judy lo miró, la luz de los rayos iluminando su rostro por breves segundos.

—Usted no habla como un guardaespaldas común, Nick. Hay algo en su voz... como si supiera lo que es perder algo importante.

Nick sintió una alarma sonar en su cabeza. Estaba bajando la guardia. Ella era el objetivo, la hija de los Hopps, la familia que su organización quería destruir.

—He visto mucho mundo, zanahorias —dijo él, usando el apodo antes de poder filtrarlo—. Y el mundo no suele ser amable con los que no tienen garras.

Judy sonrió, y por primera vez, la sonrisa llegó a sus ojos. Fue un destello de dulzura que golpeó a Nick con más fuerza que cualquier golpe que hubiera recibido en las calles.

—¿Zanahorias? —preguntó ella con una ceja levantada—. Es un poco atrevido para alguien que está a sueldo, ¿no cree?

—Bueno, soy un zorro —respondió él, recuperando su aplomo—. El atrevimiento viene en el ADN. Además, le queda bien. Es... dulce.

Judy bajó la mirada, un ligero rubor tiñendo sus mejillas.

—Nadie me ha llamado así antes. Todos me llaman "Señorita Hopps" o "Heredera". Me gusta. Suena a alguien que podría ser libre.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino pesado, cargado de verdades no dichas. Nick sintió el peso del dispositivo de grabación en su bolsillo interno. Tenía que conseguir esos códigos. Tenía que traicionarla. Pero cada vez que la miraba, cada vez que veía la melancolía transformarse en una frágil esperanza cuando él estaba cerca, la misión se sentía más como un crimen.

—Nick —dijo ella de repente, rompiendo el silencio—. ¿Por qué aceptó este trabajo realmente? No parece el tipo de animal que disfruta siguiendo órdenes.

Nick tragó saliva. La honestidad era un lujo que no podía permitirse, pero la mentira se sentía amarga en su lengua.

—A veces uno hace cosas por necesidad, Judy. Pero a veces, esas cosas te llevan a lugares que no esperabas.

—¿Y qué lugar es este para usted? —preguntó ella, clavando sus ojos amatistas en los verdes de él.

Nick se inclinó hacia adelante, la distancia entre ellos reduciéndose peligrosamente. Podía ver el reflejo de las brasas inexistentes en sus pupilas.

—Un lugar donde las reglas están empezando a dejar de tener sentido —susurró él.

Judy extendió una pata, rozando apenas el dorso de la mano de Nick. El contacto fue eléctrico. Nick debería haberse retirado, debería haber recordado las advertencias de su jefe, los planes de sabotaje, el odio acumulado de su organización hacia los Hopps. Pero en ese momento, bajo el estruendo del trueno, ella no era una Hopps y él no era un espía. Eran solo dos almas solitarias buscando un anclaje en medio de la tormenta.

—Tengo miedo de confiar en alguien, Nick —dijo ella, con la voz quebrada—. En mi mundo, la confianza es una moneda que se usa para comprar traiciones.

—Entonces no confíes —dijo él, su voz volviéndose ronca—. Solo... mírame. Mira quién soy ahora, no quién se supone que debo ser.

Judy asintió lentamente, sin apartar la mano.

—Te veo, Nick Wilde. Y creo que eres el primer peligro real que entra en esta casa. Pero no por las razones que mi padre cree.

Nick supo en ese instante que su misión estaba condenada. No porque no pudiera cumplirla, sino porque el precio de la victoria era perder la única luz que había encontrado en años de oscuridad. Tenía un mes para descubrir los secretos de los Hopps, pero se dio cuenta de que el secreto más peligroso ya lo había descubierto: Judy Hopps era el corazón que él nunca pensó que volvería a sentir latir cerca del suyo.

El destino, como un crupier implacable, ya había repartido las cartas. Y Nick, por primera vez en su vida, estaba dispuesto a apostarlo todo, incluso si eso significaba quemar el mundo que conocía para mantener a la pequeña coneja a salvo de las sombras que él mismo había traído a su puerta.

—Mañana será un día largo —dijo Nick, rompiendo finalmente el contacto, aunque el calor de su piel permaneció en su mano—. Debería descansar, zanahorias.

—Quédate un poco más —pidió ella, volviendo a mirar hacia la ventana—. Solo hasta que la tormenta pase.

—Me quedaré —prometió Nick, sabiendo que la verdadera tormenta apenas estaba comenzando—. No me iré a ninguna parte.

Mientras Judy cerraba los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo del sillón, Nick la observó con una mezcla de adoración y terror. Tenía treinta días. Treinta días para decidir si sería el verdugo de su familia o el guardián de su sonrisa. Y mientras el viento aullaba afuera, el zorro supo que, sin importar lo que eligiera, su vida nunca volvería a ser la misma. La misión seguía en pie, pero su corazón ya había cambiado de bando.
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