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De las cenizas hacia la corona

Fandom: La casa del dragon (House of the dragon)

Creado: 21/6/2026

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Sangre y Acero: El Peso de la Corona

La Fortaleza Roja nunca había estado tan silenciosa y, a la vez, tan cargada de una tensión eléctrica que amenazaba con incendiar los muros de piedra. Baelon Targaryen, el heredero que la muerte no pudo reclamar aquel fatídico día en el lecho de parto de la reina Aemma, había regresado. No era ya el niño de rizos de plata que partió hacia Antigua y Essos para instruirse en las artes del gobierno y la historia; era un hombre hecho y derecho, la viva imagen del Viejo Rey Jaehaerys, pero con la vitalidad guerrera de su abuelo el Valiente.

Su presencia en el Gran Salón era magnética. Los señores de Poniente bajaban la cabeza no por miedo, sino por un respeto instintivo ante la autoridad que emanaba de su figura. Otto Hightower, siempre vigilante, apretaba los labios al ver cómo sus planes para Aegon II se desmoronaban ante la perfección absoluta del heredero varón. Pero entre todos los presentes, había una mirada que no buscaba respeto, sino posesión. Una mirada que ardía con el fuego de mil dragones.

Daemon Targaryen observaba a su sobrino desde las sombras de una columna. Habían pasado años desde que lo vio por última vez. En aquel entonces, Baelon era un adolescente que lo miraba con una adoración mal disimulada, fascinado por las historias de los Peldaños de Piedra y la ferocidad de Caraxes. Ahora, Daemon sentía un hambre nueva, una obsesión oscura que le retorcía las entrañas.

—El príncipe perfecto ha vuelto —susurró Daemon, su voz apenas un roce de seda y acero.

Rhaenyra, a su lado, apretó el brazo de su esposo. Ella también sentía el cambio. Su matrimonio con Daemon, forjado tras la "muerte" de Laenor y la pérdida de Laena, había sido una alianza de necesidad y antigua pasión, pero el fuego entre ellos se había vuelto frío y mecánico. Daemon ya no la miraba a ella; su atención estaba fija en el joven que caminaba hacia el Trono de Hierro para saludar a su padre.

—Es nuestro hermano, Daemon —advirtió Rhaenyra con tono sombrío—. Y es el heredero. Ten cuidado con tus instintos.

Daemon no respondió. Sus ojos violetas seguían el movimiento de la capa de Baelon, el roce de su mano sobre el pomo de su espada, la forma en que su mandíbula se tensaba al hablar con Viserys.

Esa noche, durante el banquete de bienvenida, Baelon se mostró impecable. Reía con sus medios hermanos, Aegon y Aemond, manteniendo una distancia diplomática pero firme que anulaba cualquier intento de Otto por sembrar discordia. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzaron con los de Daemon, el aire pareció desaparecer de la habitación.

Baelon no era ingenuo. Sabía que su partida no solo fue por educación; fue un exilio encubierto orquestado por la reina Alicent y su propio padre, temerosos de la intensidad que empezaba a surgir entre el joven príncipe y su tío. Baelon había provocado a Daemon durante años, rodeándose de amantes tanto en Antigua como en Lys, enviando cartas que hablaban de sus conquistas solo para ver si el Príncipe Canalla reaccionaba.

—Habéis crecido, sobrino —dijo Daemon, interceptándolo en un pasillo apartado cuando la fiesta empezaba a languidecer—. Aunque vuestros modales siguen siendo demasiado... adecuados para mi gusto.

Baelon se detuvo, su estatura igualando casi a la de su tío. Una sonrisa lenta y desafiante apareció en su rostro valyrio.

—La adecuación es lo que mantiene el reino unido, tío —respondió Baelon, dando un paso hacia el espacio personal de Daemon—. Aunque sé que vos preferís el caos. ¿O es que el caos ya no os satisface en el lecho de mi hermana?

Daemon reaccionó con la velocidad de una serpiente, acorralando a Baelon contra la pared de piedra. Su mano derecha apretó el cuello del joven, no para asfixiarlo, sino para sentir el pulso acelerado bajo la piel.

—No hables de cosas que no comprendes, niño —siseó Daemon, acercando su rostro al de Baelon hasta que sus alientos se mezclaron—. Te enviaron lejos para protegerte de mí. ¿Y qué haces? Vuelves con el cuello erguido, pidiendo que te lo corte.

—¿Es eso lo que quieres, Daemon? —Baelon no retrocedió. Al contrario, presionó su cuerpo contra el de su tío, una provocación física que era casi un asalto—. ¿Quieres cortarme o quieres arrodillarte ante el rey que seré?

La violencia en la relación de ambos no era física en el sentido convencional; era una guerra de voluntades que a menudo terminaba en moretones y palabras sangrientas. Daemon, frustrado por la perfección de Baelon y por el hecho de que el joven representaba todo lo que él nunca podría ser, descargaba su rabia en Rhaenyra. Sus noches con ella se habían vuelto amargas, marcadas por un distanciamiento emocional que ella no lograba comprender del todo.

—Te odio —susurró Daemon, su mano bajando desde el cuello hasta el pecho de Baelon, donde el corazón del joven latía con una fuerza salvaje.

—Lo sé —respondió Baelon, su voz cargada de una lujuria oscura y resentida—. Me odias porque soy tu reflejo mejorado. Me odias porque cuando me miras, ves el trono que nunca tendrás y al hombre que no puedes dejar de desear.

Daemon golpeó la pared junto a la cabeza de Baelon, el sonido resonando como un trueno en el pasillo desierto.

—Eres un monstruo, Baelon. Te educaron para ser un santo, pero bajo esa capa de seda hay un Targaryen tan podrido como yo.

—¿Y no es eso lo que siempre quisiste? —preguntó Baelon, agarrando a Daemon por los hombros y sacudiéndolo con una fuerza inesperada—. ¿Alguien que no se rompa bajo tu peso?

El enfrentamiento fue interrumpido por el sonido de pasos. Se separaron al instante, recuperando la compostura como si nada hubiera pasado. Era Ser Criston Cole, cuya mirada sospechosa siempre estaba puesta en el heredero.

—Príncipe Baelon, vuestro padre os busca —anunció el guardia con voz gélida.

Baelon asintió, dedicándole a Daemon una última mirada cargada de promesas de destrucción mutua antes de marcharse. Daemon se quedó solo en la oscuridad, sus manos temblando de una rabia que sabía que solo se calmaría con sangre o con la rendición total de su sobrino.

Los días siguientes fueron un juego de sombras. Baelon, consciente de que los "Verdes" observaban cada uno de sus movimientos, comenzó a cortejar la atención de una joven dama de la corte, una Tyrell de belleza radiante. Lo hacía públicamente, con una galantería que hacía suspirar a las damas y enfurecer a Daemon.

En el patio de entrenamiento, la tensión alcanzó su punto de ebullición. Daemon, empuñando a Hermana Oscura, desafió a Baelon ante la mirada de la corte. No era un entrenamiento; era una carnicería coreografiada.

—¡Vamos, heredero! —gritó Daemon, lanzando un tajo ascendente que Baelon bloqueó con una precisión asombrosa—. ¡Muéstrales a todos esa sabiduría que aprendiste de los maestres!

Baelon respondió con una serie de estocadas rápidas, obligando a Daemon a retroceder. Su destreza física era imponente, una mezcla de fuerza bruta y elegancia letal.

—La sabiduría me dice que un perro que ladra mucho necesita ser puesto en su sitio, tío —replicó Baelon, sus ojos brillando con una intensidad maníaca.

Se movían como una sola entidad, un torbellino de plata y acero. En un momento de cercanía extrema, mientras sus espadas estaban trabadas, Daemon le susurró al oído:

—Vi cómo la tocabas anoche. Si vuelves a acercarte a esa chica, le daré de comer sus entrañas a Caraxes.

Baelon soltó una carcajada ronca, empujando a Daemon con el escudo.

—¿Celos, Daemon? Pensé que estabas muy ocupado intentando ser el esposo perfecto para mi hermana. ¿O es que Rhaenyra ya no es suficiente para llenar el vacío que te dejé al partir?

Daemon rugió, perdiendo la finura de su técnica. Lanzó un golpe que Baelon esquivó por milímetros, logrando desarmar al Príncipe Canalla con un movimiento de muñeca que dejó a Hermana Oscura vibrando en el suelo. Baelon puso la punta de su espada de entrenamiento en la garganta de Daemon.

El silencio en el patio era absoluto. Viserys, desde el balcón, observaba con una mezcla de orgullo y terror. Alicent apretaba el rosario en sus manos, rezando por una violencia que eliminara a ambos.

—Has perdido, tío —dijo Baelon, su voz resonando en todo el patio.

Daemon, de rodillas pero con la cabeza alta, miró a Baelon con una adoración aterradora. En ese momento, en la derrota, Daemon supo que su obsesión lo había consumido por completo. No quería el trono, no quería a Rhaenyra, no quería los Peldaños de Piedra. Quería que Baelon lo destruyera y lo reconstruyera a su imagen.

—Mátame entonces —desafió Daemon en voz baja, para que solo él pudiera oírlo—. Hazlo y conviértete en el rey que Poniente necesita. O déjame vivir y te perseguiré hasta que no quede nada de tu preciada perfección.

Baelon retiró la espada, pero antes de alejarse, se inclinó y le susurró:

—Vivirás, Daemon. Pero vivirás bajo mi sombra. Serás mi perro de guerra, mi amante secreto y mi mayor pecado. Y cada vez que toques a Rhaenyra, pensarás en este momento, en cómo el heredero te puso de rodillas.

Baelon se dio la vuelta y caminó hacia su padre, recibiendo los aplausos de la corte con la gracia de un monarca bendecido por los dioses. Daemon se quedó en el suelo, recogiendo su espada, sintiendo el sabor metálico del odio y el deseo en su boca.

Esa noche, Daemon entró en los aposentos de Baelon sin ser visto. No hubo palabras suaves, solo una lucha feroz que terminó con ambos en el suelo, entre sábanas de seda y el olor a aceite de espada. Fue un acto de violencia mutua, una forma de comunicación que solo los nacidos del fuego podían entender. Daemon mordió el hombro de Baelon hasta sacarle sangre, y Baelon respondió apretando sus manos alrededor del cuello de Daemon con una fuerza que prometía la muerte.

—Eres mío —gruñó Daemon contra la piel de su sobrino—. No importa cuántas mujeres busques para darme celos, no importa cuántas leyes dictes. Tu sangre me pertenece.

Baelon, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa triunfante, lo atrajo hacia sí.

—Y tú eres mi herencia, Daemon. El monstruo que guardaré en mi sótano para que devore a mis enemigos.

Mientras tanto, en otra parte del castillo, Rhaenyra miraba por la ventana hacia Marcaderiva, sintiendo el vacío de un esposo que estaba presente en cuerpo pero cuya alma se había perdido en la obsesión por su propio hermano. Los Verdes, liderados por un Otto Hightower cada vez más desesperado, conspiraban en las sombras, dándose cuenta de que no podían luchar contra un heredero que era perfecto ante el pueblo, pero que en la intimidad, compartía la locura más oscura con el hombre más peligroso del reino.

La estabilidad de Poniente era absoluta bajo la superficie, una fachada de paz y prosperidad mantenida por la inteligencia de Estado de Baelon. Pero en el corazón de la Casa del Dragón, el fuego ardía de una manera que amenazaba con consumirlo todo desde adentro. Baelon había logrado lo que nadie más pudo: domar al Príncipe Canalla, no con bondad, sino convirtiéndose en algo aún más temible y deseable que él.

La Danza de los Dragones nunca ocurriría en los campos de batalla; estaba ocurriendo cada noche en la Fortaleza Roja, en una lucha de poder, sexo y sangre entre el heredero perfecto y el hermano olvidado. Y en esa danza, el reino estaba a salvo, pero las almas de sus protagonistas estaban condenadas para siempre.
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