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Una familia Parker-bishop

Fandom: Marvel(UCM)

Creado: 21/6/2026

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Legados, chispas y paletas de medianoche

La ciudad de Nueva York nunca dormía, y parece que los genes de los Parker-Bishop tampoco conocían el descanso.

A sus treinta años, Peter Parker ya no era el adolescente flacucho que tropezaba con sus propias palabras. Sus hombros eran más anchos, su mandíbula más firme y su mirada cargaba con el peso de mil batallas, tanto en las calles como en el laboratorio. Sin embargo, en ese preciso momento, su mayor enemigo no era un supervillano con delirios de grandeza, sino un condensador de partículas que se negaba a cooperar.

El sótano de la casa, reformado como un taller de alta tecnología que haría que Tony Stark asintiera con aprobación, estaba sumido en una penumbra azulada, solo interrumpida por el brillo de las pantallas holográficas. Peter estaba encorvado sobre una mesa de trabajo, con las gafas de protección empañadas y un soldador de precisión en la mano. Intentaba estabilizar un nuevo prototipo de rastreador de energía multiversal; una vieja obsesión que nunca lo abandonaba del todo.

De repente, un chasquido seco rompió el silencio, seguido de una pequeña explosión de chispas doradas y violetas que saltaron frente a su rostro.

—¡Mierda! —exclamó Peter, echándose hacia atrás y sacudiendo la mano derecha, que había recibido un pequeño calambre.

El olor a ozono y metal quemado llenó el aire. Peter suspiró, frotándose el puente de la nariz. Estaba cansado. Kate lo mataría si se enteraba de que seguía despierto a las tres de la mañana intentando "arreglar el mundo" en lugar de dormir a su lado.

—¿Mierda? —Una voz pequeña, aguda y peligrosamente curiosa resonó desde las sombras, justo detrás de sus rodillas.

Peter dio un salto digno de un gato asustado, pegándose casi al techo por el puro instinto arácnido que, irónicamente, no le había advertido de la presencia más peligrosa de la casa. Se giró rápidamente para encontrar a una figura diminuta vestida con un pijama de Iron Man que le quedaba un poco grande.

May-Day Parker-Bishop, de cinco años, lo miraba con unos ojos castaños enormes, heredados de su madre, y una melena castaña despeinada que era puro caos Parker.

—¡May-Day! —Peter se puso una mano en el pecho, tratando de calmar su corazón—. Dios mío, me vas a causar un infarto antes de los treinta y uno. ¿Qué haces despierta en la madrugada, jovencita?

La niña no se inmutó por el regaño. Tenía esa chispa de terquedad que Kate Bishop solía usar para ganar discusiones.

—Mierda —repitió May-Day con una sonrisa angelical, probando la nueva palabra como si fuera un caramelo exótico.

Peter sintió un frío recorrerle la espalda. Podía enfrentarse a los Seis Siniestros sin parpadear, pero la idea de Kate escuchando a su hija maldecir lo aterrorizaba.

—No, no, no —dijo Peter rápidamente, arrodillándose para quedar a su altura y moviendo las manos con desesperación—. Esa palabra... esa palabra es de mamá. Ella la inventó, ¿sabes? Es suya. Es propiedad privada de Kate Bishop. Si la usas, podrías... podrías meterte en problemas de derechos de autor.

May-Day ladeó la cabeza, procesando la mentira descarada de su padre con una madurez inquietante.

—¿Mamá la inventó? —preguntó ella.

—Absolutamente. Es una palabra de adultos muy específica para cuando se rompen cosas caras —mintió Peter, limpiándose el sudor de la frente—. ¿Qué haces aquí abajo, May? Deberías estar soñando con unicornios o... o con lanzar flechas.

—Escuché el "pum" —dijo ella, señalando la mesa de trabajo—. Y tú no estabas. ¿Qué haces acá?

Peter miró el desastre de cables y componentes electrónicos. A veces olvidaba que, para una niña de cinco años, su padre no era un héroe legendario que ayudó a salvar el universo, sino simplemente el hombre que hacía cosas raras en el sótano.

—Porque tengo un mierdero de cosas que hacer —soltó Peter sin pensar, frustrado por el experimento fallido. Inmediatamente se tapó la boca con ambas manos, abriendo los ojos de par en par—. Ah... perdón. Perdón, May. Estaba pensando en voz alta sobre... algo.

May-Day se cruzó de brazos, imitando perfectamente la postura de su madre cuando atrapaba a Peter comiendo pizza fría sobre el fregadero.

—¿Como en una paleta? —preguntó la niña con un brillo calculador en los ojos.

Peter soltó una carcajada nerviosa. Su hija era demasiado lista para su propio bien. Sabía que la había regado y que ahora ella tenía el sartén por el mango.

—Exactamente —cedió Peter, rindiéndose ante la lógica de la pequeña—. Eres una diablilla, ¿lo sabías? Tienes el instinto de negociante de tu madre y la suerte de tu padre. Vamos, hagamos un trato: vamos a tu habitación, te doy una paleta de esas que mamá guarda "para emergencias" en el estante alto, y tú te olvidas de todo lo que escuchaste aquí abajo. Especialmente de la palabra con "M".

—Y dos cuentos —añadió May-Day, extendiendo dos dedos pequeños.

—Uno y medio —regateó Peter.

—Dos cuentos y me dejas usar tu máscara mañana —sentenció ella.

Peter suspiró, derrotado.

—Hecho. Pero si le dices a mamá, le diré que fue idea tuya bajar a estas horas.

—Trato —dijo May-Day, extendiendo su mano pequeña para estrechar la de su padre.

Peter la cargó en brazos, sintiendo la calidez de su hija contra su pecho. A veces, en el silencio de la noche, todavía le costaba creer que esta era su vida. Después de los eventos de hace años, cuando el mundo olvidó quién era Peter Parker, pensó que estaba condenado a la soledad perpetua. Pero el destino, o quizás una flecha muy bien lanzada, lo puso en el camino de Kate Bishop.

Ella no lo recordaba al principio, claro. Nadie lo hacía. Pero Kate tenía esa forma de ser tan... ella. No necesitó magia para volver a enamorarse de él; solo necesitó que Peter fuera Peter. Y ahora, años después, tenían una casa en los suburbios, una hija con habilidades que empezaban a manifestarse de formas divertidas y una vida que valía cada sacrificio.

Subieron las escaleras en silencio, evitando los escalones que crujían. Peter se movía con la agilidad de una sombra, mientras May-Day se aferraba a su cuello.

—Papi —susurró ella mientras entraban en la cocina.

—¿Dime, pequeña araña?

—¿El "mierdero" de cosas se arregló con la explosión?

Peter casi se golpea la cabeza con la puerta de la alacena.

—May, por favor, olvida esa palabra. No se arregló, pero mañana será otro día. Ahora, elige tu veneno... quiero decir, tu sabor.

—Rojo —dijo ella con decisión.

Peter alcanzó la caja de paletas orgánicas que Kate compraba (y que juraba que eran solo para ocasiones especiales). Le entregó una a May-Day, quien la desenvolvió con una destreza sorprendente para su edad.

Caminaron hacia la habitación de la niña, decorada con pósters de superhéroes y un arco de juguete colgado en la pared. Peter la arropó en su cama, sintiendo una punzada de ternura al verla lamer la paleta con los ojos ya entrecerrados por el sueño.

—¿Qué cuento quieres? —preguntó Peter, sentándose en el borde de la cama.

—El de cuando el chico araña conoció a la chica valiente —pidió ella, como siempre hacían las noches que no podía dormir.

Peter sonrió. Era su historia favorita, aunque él siempre omitía las partes donde casi muere o donde el multiverso casi colapsa. Para May-Day, era simplemente la historia de cómo papá y mamá se encontraron en una azotea nevada.

—Bueno —empezó Peter en voz baja—, hace mucho tiempo, en una ciudad llena de luces y gente con prisa, había un chico que usaba una máscara roja para ayudar a los demás. Él se sentía un poco solo, hasta que un día, una chica con un arco morado y una puntería perfecta apareció en su camino. Ella no le tenía miedo a nada, ni siquiera a los tipos grandes con trajes caros...

Mientras Peter narraba, la voz se le volvía más suave. May-Day se quedó dormida antes de que el chico araña y la chica valiente compartieran su primer café. Peter le quitó suavemente el palito de la paleta de la mano, lo dejó en la mesa de noche y le dio un beso en la frente.

—Buenas noches, May —murmuró.

Al salir de la habitación y cerrar la puerta con cuidado, se encontró con una figura apoyada en el marco de la puerta del pasillo. Kate Bishop estaba allí, con el cabello revuelto, usando una de las camisetas viejas de Peter y una expresión que mezclaba diversión con reproche. Tenía los brazos cruzados.

—Así que... ¿"palabra de mamá", eh? —preguntó Kate con una ceja levantada.

Peter sintió que el color se le subía a las mejillas.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó él, acercándose a ella.

—Lo suficiente para saber que mi hija ahora tiene un vocabulario digno de un marinero y que tú eres un blando que soborna a los niños con dulces a las tres de la mañana —respondió ella, aunque su sonrisa la delataba.

Kate lo rodeó con sus brazos, apoyando la cabeza en su pecho. Peter la abrazó con fuerza, aspirando el aroma a lavanda y café que siempre parecía acompañarla.

—El experimento falló —admitió Peter en un suspiro—. Me frustré. No sabía que ella estaba ahí.

—May es como tú, Peter. Aparece donde menos te lo esperas —dijo Kate, mirándolo a los ojos—. Y también es como yo. No acepta un "no" por respuesta. Mañana vamos a tener una charla sobre las "palabras prohibidas", pero por ahora...

Kate se puso de puntillas y le dio un beso corto pero cálido.

—Ven a la cama, Spider-Man. El mundo puede esperar unas horas más. El "mierdero" de cosas no se va a ir a ninguna parte.

Peter soltó una risita ahogada.

—¿Ves? ¡Tú lo dijiste! ¡Es tu palabra!

—Cállate y camina, Parker —dijo ella, empujándolo suavemente hacia su habitación.

Mientras caminaban por el pasillo de su hogar, Peter miró hacia atrás, hacia la puerta de May-Day. Sabía que la vida no era perfecta, que los peligros seguían acechando en las sombras y que su pasado siempre sería una cicatriz silenciosa. Pero en momentos como este, con Kate a su lado y su hija durmiendo segura, sentía que finalmente había encontrado el universo al que pertenecía.

Aunque eso significara tener que lidiar con una niña de cinco años que ahora sabía decir "mierda" con una precisión quirúrgica.

—Mañana me toca a mí hacer el desayuno —dijo Peter mientras entraban en su cuarto.

—Más te vale. Y nada de paletas para el desayuno —advirtió Kate, metiéndose bajo las sábanas.

—No prometo nada si ella saca el arco —bromeó Peter, apagando la luz.

En la oscuridad, el silencio regresó a la casa de los Parker-Bishop. Un silencio lleno de paz, interrumpido solo por el lejano rumor de la ciudad que, allá afuera, seguía necesitando héroes, pero que por esa noche, podía cuidar de sí misma.
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