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Siempre te he amado
Fandom: Zootopia
Creado: 21/6/2026
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RomanceUA (Universo Alternativo)Recortes de VidaFluffHumorEstudio de PersonajeHistoria Doméstica
Planos, Raíces y Ojos Amatista
El letrero que daba la bienvenida a las afueras de las Madrigueras parecía más pequeño de lo que Nick Wilde recordaba. Quizás era porque ahora lo veía desde la ventana de un coche cargado con maquetas de cartón pluma y libros de estructuras, o quizás era simplemente que, después de cinco años en la gran ciudad, su perspectiva de la realidad había cambiado drásticamente.
Nick suspiró, acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz. A sus veintitrés años, estaba a un paso de recibir su título como arquitecto. Tenía el sarcasmo más afilado que nunca y una colección de planos que prometían cambiar el mundo, pero al cruzar el límite del pueblo donde creció, se sintió de nuevo como aquel cachorro inquieto que solía esconderse en los campos de zanahorias.
—¿Nervioso, Nicky? —preguntó su madre, quien conducía con una sonrisa triunfal.
—¿Yo? Por favor, mamá. Soy un visionario del diseño urbano. El concepto de "nervios" no entra en mi vocabulario —respondió Nick, aunque sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre la rodilla.
—Me alegra oírlo —dijo ella, ignorando deliberadamente su tono cínico—. Porque Bonnie me llamó hace una hora. Judy también llega hoy. Han organizado una cena de bienvenida para ambos.
El corazón de Nick dio un vuelco poco profesional. Judy Hopps.
Había pasado mucho tiempo. Durante la infancia, ella había sido su sombra, su cómplice en travesuras y la persona que mejor conocía sus silencios. Pero la preparatoria lo cambió todo. Los sentimientos, antes simples como un juego de etiquetas, se volvieron densos, pesados y extrañamente brillantes. Recordaba haberla mirado un día en la cafetería, bajo la luz mortecina de los fluorescentes, y haber sentido que el aire se escapaba de sus pulmones. Sus ojos amatista no eran solo ojos; eran un enigma que él, con toda su lógica matemática, no podía resolver.
Se separaron para ir a la universidad. Ella, la coneja más dedicada que Nick había conocido, se marchó a estudiar odontología. Él se sumergió en el acero y el hormigón. Se escribieron, sí. Se llamaron en los cumpleaños. Pero la distancia es un arquitecto cruel que construye muros donde antes había puentes.
—¿Crees que habrá cambiado mucho? —preguntó Nick, intentando que su voz sonara casual.
—Judy siempre será Judy —respondió su madre—. Aunque Bonnie dice que está hecha una mujer. Casi dentista, ¿puedes creerlo? Tan hermosa y tan lista.
Nick miró por la ventana. Hermosa. Esa palabra siempre había estado ligada a ella en su mente, incluso cuando estaban cubiertos de lodo después de jugar en el arroyo.
La casa de los Hopps estaba iluminada como si fuera Navidad, a pesar de estar en plena primavera. El aroma a tarta de moras y estofado flotaba en el aire cálido del atardecer. Nick bajó del coche, sintiéndose extrañamente fuera de lugar con su camisa de lino y su aire de ciudad.
—¡Nick! ¡Nicky! —Bonnie Hopps salió corriendo de la casa para envolverlo en un abrazo que casi le saca el aire—. ¡Mírate! ¡Si pareces un modelo de revista!
—Es el estilo "arquitecto atormentado", Bonnie —bromeó Nick, recuperando su máscara de confianza—. Está muy de moda.
—Entra, entra. Todos están en el jardín.
Nick caminó hacia la parte trasera de la casa. El jardín de los Hopps era un caos organizado de flores, columpios viejos y mesas largas. Y allí, de espaldas a él, hablando animadamente con su padre, estaba ella.
Judy llevaba un vestido ligero de color lavanda que acentuaba su figura, ahora más madura pero conservando esa energía eléctrica que siempre la caracterizaba. Tenía el cabello recogido de forma descuidada, y cuando escuchó los pasos sobre la hierba, se giró.
El tiempo se detuvo. Los cinco años de ausencia se colapsaron en un segundo.
—¿Wilde? —dijo ella, con una nota de incredulidad en la voz.
—Hopps —respondió él, esbozando esa media sonrisa que solía usar para ocultar cualquier emoción real—. Veo que todavía no has crecido ni un centímetro. ¿Segura que no te dieron el título de dentista en una caja de cereales?
Judy soltó una carcajada limpia y sonora que vibró en el pecho de Nick. Se acercó a él con paso decidido y lo rodeó con sus brazos. Nick tardó un segundo en reaccionar, pero luego la estrechó contra él. Olía a menta y a sol, una combinación que lo transportó instantáneamente a sus dieciséis años.
—Sigues siendo un idiota —murmuró ella contra su pecho antes de separarse—. Pero un idiota con buena percha. Te sienta bien la arquitectura, Nick.
—Y a ti te sienta bien la tortura dental —replicó él, recorriendo su rostro con la mirada—. Tus ojos... siguen siendo demasiado grandes para tu cara.
—Y tú sigues teniendo esa mirada de que estás planeando un robo —dijo Judy, clavando sus ojos amatista en los verdes de él—. Dios, Nick. Ha pasado tanto tiempo.
—Demasiado —admitió él, y por un momento, el sarcasmo desapareció, dejando paso a una vulnerabilidad que lo asustó.
La cena transcurrió entre anécdotas universitarias y risas de las madres, que celebraban el reencuentro como si fuera una boda real. Nick observaba a Judy mientras ella hablaba con pasión sobre la importancia de la salud bucal en las zonas rurales. Se veía tan dedicada, tan llena de fuego. Era la misma Judy que defendía a los niños pequeños en el patio de recreo, pero con una seguridad nueva que la hacía brillar.
—¿En qué piensas? —le susurró Judy, aprovechando que sus padres estaban distraídos discutiendo sobre el cultivo de arándanos.
—En que es un milagro que no hayas perdido la lengua de tanto hablar —respondió Nick, recuperando su tono burlón—. Me pregunto cómo logras que tus pacientes mantengan la boca abierta si no dejas de darles sermones.
—Uso herramientas de metal muy afiladas, Wilde —amenazó ella con un guiño—. No me tientes.
Después de la cena, el aire se volvió más fresco. Los adultos se quedaron en el porche con el café, y Nick y Judy se alejaron hacia el viejo columpio de madera al final del jardín, el lugar donde habían compartido sus secretos más profundos durante la adolescencia.
—¿Te vas a quedar, Nick? —preguntó ella, sentándose en el columpio y balanceando las piernas—. ¿O las Madrigueras son demasiado pequeñas para tus grandes edificios?
Nick se apoyó en el tronco del árbol que sostenía el columpio.
—He recibido un par de ofertas en la ciudad —confesó él, mirando hacia el horizonte—. Pero el ayuntamiento de aquí me pidió que revisara el proyecto de la nueva biblioteca y el centro comunitario. Quieren algo "moderno pero con alma".
—Eso suena a algo que tú podrías hacer —dijo Judy suavemente—. Tú siempre supiste ver lo que había debajo de la superficie.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Abrirás tu propia clínica aquí?
—Ese es el plan. Quiero devolverle algo a este lugar. Además —ella bajó la mirada a sus manos—, echaba de menos el aire puro. Y a mi familia.
—Y a tus amigos, supongo —añadió Nick con una ceja levantada.
—Y a mi mejor amigo —corrigió ella, volviendo a mirarlo—. Aunque sea un zorro cínico que no responde a los mensajes de texto a tiempo.
Nick sintió una punzada de culpa.
—Estaba ocupado intentando no reprobar Estructuras II, Zanahorias. Es una materia difícil.
—Lo sé —dijo ella, levantándose del columpio para quedar frente a él—. Pero ahora estás aquí. Estamos aquí.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado de una tensión que ambos habían estado ignorando desde que tenían quince años. Nick recordó la noche del baile de graduación, cuando estuvo a punto de decirle lo que sentía, pero se acobardó en el último momento, temiendo arruinar la amistad. Ahora, viéndola allí, bajo la luz de la luna, con el título casi en la mano y la vida por delante, el sentimiento regresó con la fuerza de una marea.
—Judy —dijo él, su voz perdiendo toda traza de humor.
—¿Sí, Nick?
—¿Alguna vez te preguntaste qué habría pasado si no nos hubiéramos ido?
Judy dio un paso hacia él, acortando la distancia.
—Todos los días —confesó ella en un susurro—. Pensé que al irme, ese sentimiento... esa cosa extraña que sentía cuando estábamos juntos, se apagaría. Como una bombilla vieja.
—¿Y se apagó? —preguntó Nick, sintiendo que su corazón martilleaba contra sus costillas.
Judy extendió una mano y tocó suavemente la solapa de su camisa.
—Resulta que no era una bombilla, Nick. Era una raíz. Y las raíces solo crecen más fuerte cuando no las miras.
Nick sintió que el mundo se inclinaba. Se inclinó hacia ella, lo suficiente como para sentir el calor que emanaba de su piel. Podía ver cada destello amatista en sus ojos, cada pequeña duda y cada gramo de esperanza.
—Soy arquitecto, Judy —murmuró él, a escasos milímetros de sus labios—. Sé mucho sobre cimientos. Y creo que los nuestros son los más sólidos que he visto en mi vida.
—Entonces deja de analizar los planos —respondió ella con una sonrisa desafiante— y construye algo de una vez.
Nick no necesitó más invitación. La besó con la urgencia de los años perdidos y la ternura de los recuerdos compartidos. Fue un beso que sabía a regreso a casa, a veranos interminables y a un futuro que, por primera vez, Nick podía visualizar con total claridad. No era un sentimiento de niños; era algo que había sobrevivido a la distancia, a la madurez y al tiempo.
Cuando se separaron, Judy estaba ligeramente sin aliento, con las mejillas encendidas.
—Vaya —dijo ella, parpadeando—. Eso definitivamente no estaba en el manual de odontología.
—Es una técnica de arquitectura avanzada —respondió Nick, recuperando su sonrisa de suficiencia, aunque sus ojos brillaban con una emoción genuina—. Se llama "consolidación de estructuras".
Judy soltó una risita y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Crees que nuestras madres lo saben? —preguntó ella, mirando hacia el porche donde las dos mujeres charlaban animadamente.
—Judy, nuestras madres probablemente ya han diseñado las invitaciones de la boda, han elegido el sabor del pastel y están discutiendo cuántos nietos quieren —dijo Nick con un suspiro dramático—. Somos las últimas personas en enterarse de que estamos enamorados.
—Bueno —dijo Judy, entrelazando sus dedos con los de él—, al menos ahora ya lo sabemos todos.
Nick apretó su mano, sintiendo una paz que no había experimentado en años. El arquitecto y la dentista. El zorro y la coneja. El sarcasmo y la dedicación. Los planos de su vida finalmente tenían sentido, y por primera vez, no tenía ninguna prisa por mudarse a la gran ciudad.
—Bienvenida a casa, Zanahorias —susurró él.
—Bienvenido a casa, Nick —respondió ella.
Y bajo el cielo estrellado de las Madrigueras, entre el aroma a tierra húmeda y la promesa de un nuevo comienzo, Nick Wilde comprendió que, a veces, para construir lo más grande, uno debe regresar al lugar donde todo comenzó. Sus caminos siempre habían estado entrelazados, y ahora, finalmente, estaban caminando en la misma dirección.
Nick suspiró, acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz. A sus veintitrés años, estaba a un paso de recibir su título como arquitecto. Tenía el sarcasmo más afilado que nunca y una colección de planos que prometían cambiar el mundo, pero al cruzar el límite del pueblo donde creció, se sintió de nuevo como aquel cachorro inquieto que solía esconderse en los campos de zanahorias.
—¿Nervioso, Nicky? —preguntó su madre, quien conducía con una sonrisa triunfal.
—¿Yo? Por favor, mamá. Soy un visionario del diseño urbano. El concepto de "nervios" no entra en mi vocabulario —respondió Nick, aunque sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre la rodilla.
—Me alegra oírlo —dijo ella, ignorando deliberadamente su tono cínico—. Porque Bonnie me llamó hace una hora. Judy también llega hoy. Han organizado una cena de bienvenida para ambos.
El corazón de Nick dio un vuelco poco profesional. Judy Hopps.
Había pasado mucho tiempo. Durante la infancia, ella había sido su sombra, su cómplice en travesuras y la persona que mejor conocía sus silencios. Pero la preparatoria lo cambió todo. Los sentimientos, antes simples como un juego de etiquetas, se volvieron densos, pesados y extrañamente brillantes. Recordaba haberla mirado un día en la cafetería, bajo la luz mortecina de los fluorescentes, y haber sentido que el aire se escapaba de sus pulmones. Sus ojos amatista no eran solo ojos; eran un enigma que él, con toda su lógica matemática, no podía resolver.
Se separaron para ir a la universidad. Ella, la coneja más dedicada que Nick había conocido, se marchó a estudiar odontología. Él se sumergió en el acero y el hormigón. Se escribieron, sí. Se llamaron en los cumpleaños. Pero la distancia es un arquitecto cruel que construye muros donde antes había puentes.
—¿Crees que habrá cambiado mucho? —preguntó Nick, intentando que su voz sonara casual.
—Judy siempre será Judy —respondió su madre—. Aunque Bonnie dice que está hecha una mujer. Casi dentista, ¿puedes creerlo? Tan hermosa y tan lista.
Nick miró por la ventana. Hermosa. Esa palabra siempre había estado ligada a ella en su mente, incluso cuando estaban cubiertos de lodo después de jugar en el arroyo.
La casa de los Hopps estaba iluminada como si fuera Navidad, a pesar de estar en plena primavera. El aroma a tarta de moras y estofado flotaba en el aire cálido del atardecer. Nick bajó del coche, sintiéndose extrañamente fuera de lugar con su camisa de lino y su aire de ciudad.
—¡Nick! ¡Nicky! —Bonnie Hopps salió corriendo de la casa para envolverlo en un abrazo que casi le saca el aire—. ¡Mírate! ¡Si pareces un modelo de revista!
—Es el estilo "arquitecto atormentado", Bonnie —bromeó Nick, recuperando su máscara de confianza—. Está muy de moda.
—Entra, entra. Todos están en el jardín.
Nick caminó hacia la parte trasera de la casa. El jardín de los Hopps era un caos organizado de flores, columpios viejos y mesas largas. Y allí, de espaldas a él, hablando animadamente con su padre, estaba ella.
Judy llevaba un vestido ligero de color lavanda que acentuaba su figura, ahora más madura pero conservando esa energía eléctrica que siempre la caracterizaba. Tenía el cabello recogido de forma descuidada, y cuando escuchó los pasos sobre la hierba, se giró.
El tiempo se detuvo. Los cinco años de ausencia se colapsaron en un segundo.
—¿Wilde? —dijo ella, con una nota de incredulidad en la voz.
—Hopps —respondió él, esbozando esa media sonrisa que solía usar para ocultar cualquier emoción real—. Veo que todavía no has crecido ni un centímetro. ¿Segura que no te dieron el título de dentista en una caja de cereales?
Judy soltó una carcajada limpia y sonora que vibró en el pecho de Nick. Se acercó a él con paso decidido y lo rodeó con sus brazos. Nick tardó un segundo en reaccionar, pero luego la estrechó contra él. Olía a menta y a sol, una combinación que lo transportó instantáneamente a sus dieciséis años.
—Sigues siendo un idiota —murmuró ella contra su pecho antes de separarse—. Pero un idiota con buena percha. Te sienta bien la arquitectura, Nick.
—Y a ti te sienta bien la tortura dental —replicó él, recorriendo su rostro con la mirada—. Tus ojos... siguen siendo demasiado grandes para tu cara.
—Y tú sigues teniendo esa mirada de que estás planeando un robo —dijo Judy, clavando sus ojos amatista en los verdes de él—. Dios, Nick. Ha pasado tanto tiempo.
—Demasiado —admitió él, y por un momento, el sarcasmo desapareció, dejando paso a una vulnerabilidad que lo asustó.
La cena transcurrió entre anécdotas universitarias y risas de las madres, que celebraban el reencuentro como si fuera una boda real. Nick observaba a Judy mientras ella hablaba con pasión sobre la importancia de la salud bucal en las zonas rurales. Se veía tan dedicada, tan llena de fuego. Era la misma Judy que defendía a los niños pequeños en el patio de recreo, pero con una seguridad nueva que la hacía brillar.
—¿En qué piensas? —le susurró Judy, aprovechando que sus padres estaban distraídos discutiendo sobre el cultivo de arándanos.
—En que es un milagro que no hayas perdido la lengua de tanto hablar —respondió Nick, recuperando su tono burlón—. Me pregunto cómo logras que tus pacientes mantengan la boca abierta si no dejas de darles sermones.
—Uso herramientas de metal muy afiladas, Wilde —amenazó ella con un guiño—. No me tientes.
Después de la cena, el aire se volvió más fresco. Los adultos se quedaron en el porche con el café, y Nick y Judy se alejaron hacia el viejo columpio de madera al final del jardín, el lugar donde habían compartido sus secretos más profundos durante la adolescencia.
—¿Te vas a quedar, Nick? —preguntó ella, sentándose en el columpio y balanceando las piernas—. ¿O las Madrigueras son demasiado pequeñas para tus grandes edificios?
Nick se apoyó en el tronco del árbol que sostenía el columpio.
—He recibido un par de ofertas en la ciudad —confesó él, mirando hacia el horizonte—. Pero el ayuntamiento de aquí me pidió que revisara el proyecto de la nueva biblioteca y el centro comunitario. Quieren algo "moderno pero con alma".
—Eso suena a algo que tú podrías hacer —dijo Judy suavemente—. Tú siempre supiste ver lo que había debajo de la superficie.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Abrirás tu propia clínica aquí?
—Ese es el plan. Quiero devolverle algo a este lugar. Además —ella bajó la mirada a sus manos—, echaba de menos el aire puro. Y a mi familia.
—Y a tus amigos, supongo —añadió Nick con una ceja levantada.
—Y a mi mejor amigo —corrigió ella, volviendo a mirarlo—. Aunque sea un zorro cínico que no responde a los mensajes de texto a tiempo.
Nick sintió una punzada de culpa.
—Estaba ocupado intentando no reprobar Estructuras II, Zanahorias. Es una materia difícil.
—Lo sé —dijo ella, levantándose del columpio para quedar frente a él—. Pero ahora estás aquí. Estamos aquí.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado de una tensión que ambos habían estado ignorando desde que tenían quince años. Nick recordó la noche del baile de graduación, cuando estuvo a punto de decirle lo que sentía, pero se acobardó en el último momento, temiendo arruinar la amistad. Ahora, viéndola allí, bajo la luz de la luna, con el título casi en la mano y la vida por delante, el sentimiento regresó con la fuerza de una marea.
—Judy —dijo él, su voz perdiendo toda traza de humor.
—¿Sí, Nick?
—¿Alguna vez te preguntaste qué habría pasado si no nos hubiéramos ido?
Judy dio un paso hacia él, acortando la distancia.
—Todos los días —confesó ella en un susurro—. Pensé que al irme, ese sentimiento... esa cosa extraña que sentía cuando estábamos juntos, se apagaría. Como una bombilla vieja.
—¿Y se apagó? —preguntó Nick, sintiendo que su corazón martilleaba contra sus costillas.
Judy extendió una mano y tocó suavemente la solapa de su camisa.
—Resulta que no era una bombilla, Nick. Era una raíz. Y las raíces solo crecen más fuerte cuando no las miras.
Nick sintió que el mundo se inclinaba. Se inclinó hacia ella, lo suficiente como para sentir el calor que emanaba de su piel. Podía ver cada destello amatista en sus ojos, cada pequeña duda y cada gramo de esperanza.
—Soy arquitecto, Judy —murmuró él, a escasos milímetros de sus labios—. Sé mucho sobre cimientos. Y creo que los nuestros son los más sólidos que he visto en mi vida.
—Entonces deja de analizar los planos —respondió ella con una sonrisa desafiante— y construye algo de una vez.
Nick no necesitó más invitación. La besó con la urgencia de los años perdidos y la ternura de los recuerdos compartidos. Fue un beso que sabía a regreso a casa, a veranos interminables y a un futuro que, por primera vez, Nick podía visualizar con total claridad. No era un sentimiento de niños; era algo que había sobrevivido a la distancia, a la madurez y al tiempo.
Cuando se separaron, Judy estaba ligeramente sin aliento, con las mejillas encendidas.
—Vaya —dijo ella, parpadeando—. Eso definitivamente no estaba en el manual de odontología.
—Es una técnica de arquitectura avanzada —respondió Nick, recuperando su sonrisa de suficiencia, aunque sus ojos brillaban con una emoción genuina—. Se llama "consolidación de estructuras".
Judy soltó una risita y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Crees que nuestras madres lo saben? —preguntó ella, mirando hacia el porche donde las dos mujeres charlaban animadamente.
—Judy, nuestras madres probablemente ya han diseñado las invitaciones de la boda, han elegido el sabor del pastel y están discutiendo cuántos nietos quieren —dijo Nick con un suspiro dramático—. Somos las últimas personas en enterarse de que estamos enamorados.
—Bueno —dijo Judy, entrelazando sus dedos con los de él—, al menos ahora ya lo sabemos todos.
Nick apretó su mano, sintiendo una paz que no había experimentado en años. El arquitecto y la dentista. El zorro y la coneja. El sarcasmo y la dedicación. Los planos de su vida finalmente tenían sentido, y por primera vez, no tenía ninguna prisa por mudarse a la gran ciudad.
—Bienvenida a casa, Zanahorias —susurró él.
—Bienvenido a casa, Nick —respondió ella.
Y bajo el cielo estrellado de las Madrigueras, entre el aroma a tierra húmeda y la promesa de un nuevo comienzo, Nick Wilde comprendió que, a veces, para construir lo más grande, uno debe regresar al lugar donde todo comenzó. Sus caminos siempre habían estado entrelazados, y ahora, finalmente, estaban caminando en la misma dirección.
