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¡No Me Gusta!

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 21/6/2026

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Entre el humo y el "no me gusta"

El humo del cigarrillo flotaba en el aire estancado de la morgue, dibujando figuras caprichosas antes de disolverse bajo la luz fluorescente. Shoko Ieiri exhaló con cansancio, frotándose el puente de la nariz. Sus ojeras, ya de por sí profundas, parecían haber ganado una nueva capa de sombra ese día. No era el exceso de trabajo —aunque los cadáveres no dejaban de llegar—, sino el constante bombardeo de comentarios absurdos que había tenido que soportar desde el amanecer.

Todo había comenzado en la cafetería, cuando Utahime le dio una palmadita solidaria en el hombro, murmurando algo sobre "apoyar sus decisiones sin importar lo difícil que fuera lidiar con un idiota". Luego, Mei Mei le había preguntado, con esa sonrisa calculadora suya, si ella y Satoru ya habían alcanzado el "clímax" de su relación o si todavía estaban en la fase de negación monetizable. Incluso Nanami, el hombre más pragmático que conocía, se había dado la vuelta abruptamente al verla acercarse, murmurando que no quería interrumpir "el espacio personal de la pareja" porque Gojo estaba a escasos metros detrás de ella.

—¡No me gusta! —había gritado Shoko por décima vez en el día cuando incluso el director Yaga le lanzó una mirada que solo podía describirse como "aprobación paternal".

La frase se había convertido en su escudo automático, en un mantra que disparaba antes de que terminaran la pregunta. Estaba harta. Satoru Gojo era su compañero de clase, su amigo de toda la vida, el hombre que compartía con ella el peso de ser los últimos supervivientes de una juventud robada. Pero, ¿interés romántico? La sola idea le parecía un dolor de cabeza innecesario.

La puerta de la enfermería se abrió de par en par con un estrépito que solo una persona en todo el mundo se atrevería a causar. Shoko no necesitó levantar la vista para saber quién era. El aura de energía infinita y la arrogancia juguetona llenaron la habitación instantáneamente.

—¡Shoko-chan! ¡Adivina quién ha terminado todas sus misiones y tiene mucha hambre! —exclamó Satoru Gojo, deslizándose por la habitación con esa elegancia felina que lo caracterizaba.

Llevaba su uniforme oscuro impecable y su cabello blanco como la nieve desafiaba la gravedad. Se bajó ligeramente la venda de los ojos, dejando que un destello de azul infinito la observara con curiosidad.

—Si vienes por paracetamol, está en el segundo cajón. Si vienes a molestar, la puerta está detrás de ti —respondió ella sin emoción, apagando su cigarrillo en el cenicero.

—¡Qué fría! —Satoru se apoyó en la mesa de metal, ignorando por completo el ambiente lúgubre del lugar—. En realidad, he conseguido una reserva en ese restaurante francés del que todo el mundo habla en Ginza. Ya sabes, el que tiene una lista de espera de seis meses. Pensé que te vendría bien salir de esta cueva y comer algo que no salga de una máquina expendedora.

Shoko lo miró fijamente. Satoru sonreía de esa manera suya, la que hacía que el resto del mundo pareciera insignificante. Para él, esto era simplemente una salida de amigos, un respiro entre el caos de las maldiciones y la política del mundo de la hechicería. Él no sabía nada de los rumores, o si lo sabía, le importaba tan poco que ni siquiera lo mencionaba.

—No es una cita, Gojo —advirtió ella, aunque su resolución empezaba a flaquear ante la idea de una buena copa de vino y comida de verdad.

—¿Cita? ¿Quién habló de citas? Es una cena entre los más fuertes —rio él, dándole un suave golpe en el hombro—. Además, me debes una por aquella vez que te cubrí con Yaga.

Shoko suspiró. Se quitó la bata blanca de laboratorio, revelando su jersey azul de cuello alto, y se arregló un poco el cabello castaño que caía desordenado sobre sus hombros. Al salir de la enfermería, se encontró con una escena que la hizo tensarse de inmediato.

En el pasillo, Utahime y Mei Mei conversaban en voz baja, pero se detuvieron en seco al verlos salir juntos. Utahime le dedicó un pulgar hacia arriba con una expresión de "ve por ellos, valiente", mientras que Mei Mei simplemente arqueó una ceja con suficiencia.

—¡No me gusta! —soltó Shoko casi por instinto, dirigiendo la frase hacia sus colegas con una mirada fulminante.

Satoru se detuvo y parpadeó, confundido.

—¿Qué no te gusta? ¿La comida francesa? Podemos ir a por sushi si prefieres, aunque ya hice la reserva...

—No es eso, Satoru. Camina —gruñó ella, sintiendo que el calor subía por sus mejillas.

Caminaron por los terrenos de la escuela técnica. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas que hacían juego con la calma inusual de la tarde. Shoko caminaba con las manos en los bolsillos de sus pantalones azul marino, tratando de ignorar las miradas de los estudiantes de segundo año que, al verlos pasar, comenzaron a susurrar y a sonreír de lado.

—¿Por qué todo el mundo está actuando como si hubiéramos ganado la lotería? —preguntó Satoru, rascándose la nuca—. Hasta Nanami me miró con una lástima extraña hace un rato.

—No les hagas caso. Son todos unos idiotas con demasiado tiempo libre —respondió Shoko.

Sin embargo, mientras caminaban, algo cambió. Satoru, en un gesto de caballerosidad despreocupada, le ofreció su brazo para ayudarla a bajar los escalones de la entrada principal.

—Cuidado con esos tacones, Shoko. No querría tener que cargarte hasta el restaurante, aunque sería una buena anécdota.

Shoko dudó un segundo. Miró el brazo de Satoru, la tela oscura de su abrigo, y luego levantó la vista hacia su rostro. Él no la miraba con burla; había una suavidad genuina en sus ojos azules, una calidez que rara vez mostraba al mundo exterior pero que reservaba para ella.

Lentamente, Shoko deslizó su mano y entrelazó su brazo con el de él.

En ese instante, una extraña sensación floreció en su pecho. No era el fastidio habitual, ni la resignación de aguantar a un amigo pesado. Era algo cálido, algo que se sentía como volver a casa después de una misión larga y agotadora. El contacto de su brazo contra el de él la hizo sentirse extrañamente protegida, a pesar de que ella misma era una de las personas más capaces del mundo.

Al girar la cabeza, vio a lo lejos a Yaga observándolos desde el balcón. El director asintió solemnemente, una pequeña sonrisa formándose en sus labios.

Shoko no gritó "no me gusta". Esta vez, las palabras se quedaron atrapadas en su garganta, reemplazadas por un silencio cómodo.

—Sabes, Satoru... —comenzó ella mientras se dirigían hacia el coche que los esperaba.

—¿Dime?

—Nada. Solo que espero que el vino sea realmente caro.

Satoru soltó una carcajada vibrante que resonó en el aire tranquilo de la tarde.

—¡El más caro de la carta, te lo prometo!

Mientras se alejaban, Shoko sintió que la tensión de todo el día desaparecía. Aquel pensamiento que había estado rechazando con tanta vehemencia, aquel que había combatido con gritos y negaciones, finalmente logró abrirse paso a través de sus defensas.

"Tal vez... si me gusta un poco", pensó, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de contradecirse.

Una pequeña sonrisa, casi imperceptible pero cargada de una dulzura nueva, se apoderó del rostro de Shoko Ieiri. Se ajustó un poco más al brazo de Satoru, dejando que el mundo hablara lo que quisiera. Después de todo, en medio de la guerra contra las maldiciones y el peso de la eternidad, quizás permitirse ese pequeño sentimiento no era tan mala idea.

—¿Shoko? —Satoru la miró de reojo, notando el cambio en su expresión—. Estás sonriendo. Eso es raro. ¿Estás planeando diseccionarme mientras duermo?

—Cállate, Satoru —respondió ella con suavidad, sin soltarlo—. Solo disfruta del silencio mientras dure.

—¡Entendido, jefa!

Caminaron juntos hacia la noche de Tokio, dos figuras unidas por un pasado compartido y, quizás, un futuro que Shoko ya no tenía tantas ganas de negar. El "no me gusta" había muerto finalmente, enterrado bajo la calidez de un brazo entrelazado y la promesa de una cena que, aunque ellos dijeran lo contrario, se sentía sospechosamente como el comienzo de algo más.
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