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¿Viejos?
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 21/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHumorCrack / Humor ParódicoAmbientación CanonSátira
Lecciones de juventud (o cómo traumar a tus alumnos)
El silencio que siguió a la frase fue tan pesado que incluso el aire en el pasillo de la Escuela de Hechicería pareció congelarse. Satoru Gojo, el hechicero más fuerte del mundo, el hombre que desafiaba las leyes del espacio y la materia, se quedó petrificado con la boca entreabierta. A su lado, Shoko Ieiri, que habitualmente mantenía una calma imperturbable incluso frente a los cadáveres más grotescos, dejó que la ceniza de su cigarrillo —que no debería estar fumando en interiores, pero a quién le importaba ahora— cayera directamente sobre su bata blanca.
—¿Viejos? —repitió Gojo, su voz subiendo una octava, perdiendo toda la gravedad que intentaba imponer hacía apenas unos segundos—. ¿Acaban de decir "viejos"?
Yuuji Itadori se rascó la nuca, luciendo genuinamente apenado pero sin retractarse, mientras Nobara Kugisaki cruzaba los brazos sobre el pecho, desafiante. Los dos adolescentes estaban sentados en un banco, y hasta hacía un momento, Itadori tenía a Nobara prácticamente sentada en el regazo mientras se devoraban los labios con un entusiasmo que Gojo y Shoko habían considerado "poco apropiado para las instalaciones académicas".
—A ver, Gojo-sensei, no lo tome a mal —dijo Yuuji con esa honestidad brutal que a veces dolía—. Pero es que ustedes son de otra época. Tienen esa mentalidad de... no sé, ¿la era Showa?
—¡Es que ustedes son demasiado viejos para entenderlo! —sentenció Nobara, rematando el clavo en el ataúd del ego de los adultos—. El amor moderno es intenso, es ahora, es fuego. Ustedes dos parecen una pareja de bibliotecarios jubilados. Se dan la mano como si les fuera a dar un calambre y se dan besitos en la mejilla cuando creen que nadie mira. ¡Qué aburrimiento!
Shoko exhaló un suspiro largo, tratando de procesar el insulto. Tenía veintiocho años. Veintiocho. Estaba en la flor de la vida, o al menos eso le decía el espejo cuando las ojeras no eran demasiado profundas.
—Escuchen, mocosos —intervino Shoko, entornando los ojos—. Se llama decoro. Se llama madurez. No necesitamos restregarle nuestras hormonas a todo el que pasa por el pasillo para demostrar que estamos saliendo.
—Sí, claro —bufó Nobara, levantándose y tirando de la chaqueta de Yuuji—. Digan lo que quieran, pero la chispa se les apagó hace décadas. Vamos, Yuuji, busquemos un lugar donde estos ancianos no se escandalicen por un poco de lengua.
Los dos estudiantes se alejaron caminando por el corredor, riendo y jugueteando, dejando tras de sí un rastro de energía juvenil y dos adultos profundamente ofendidos.
Gojo se giró hacia Shoko. Se bajó ligeramente la venda de los ojos, dejando que el azul infinito de sus Seis Ojos brillara con una intensidad peligrosa.
—Shoko —dijo con una seriedad fingida que ocultaba una travesura inminente—. ¿Me acaban de llamar aburrido? ¿A mí? ¿Al alma de la fiesta?
—A mí me llamaron jubilada, Satoru —respondió ella, apagando el cigarrillo con la punta de su zapato de tacón—. Y honestamente, me duele más que cuando Geto nos decía que éramos un desastre.
—Esto no puede quedar así —declaró Gojo, dando una zancada dramática—. Tenemos veintiocho años. Estamos en nuestro prime. Si ellos quieren "fuego", les vamos a dar un incendio forestal.
Shoko lo miró de arriba abajo. Conocía esa expresión. Era la misma expresión que Satoru ponía antes de causar un incidente internacional o de gastarle una broma pesada a Nanami. Normalmente, ella sería la voz de la razón, pero el comentario de "bibliotecaria jubilada" había calado hondo.
—¿Qué tienes en mente, Satoru? —preguntó ella, con una sonrisa ladeada que prometía problemas.
—Vamos a jugar a su juego —respondió él, tomándola de la cintura y pegándola a él con una posesividad que rara vez mostraba en público—. Mañana hay entrenamiento conjunto en el campo principal. Todo el mundo estará allí. Megumi, Maki, Panda... y por supuesto, nuestros pequeños críticos de arte romántico.
—¿Quieres que demos un espectáculo? —Shoko arqueó una ceja, divertida—. Sabes que no soy de las que se exhiben, pero por ver la cara de esos dos... creo que puedo hacer una excepción.
—Oh, no solo va a ser un espectáculo —rió Gojo, acariciando el rostro de Shoko con el pulgar—. Va a ser una lección de historia que no olvidarán.
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza sobre el campo de entrenamiento de la Escuela de Hechicería de Tokio. Los estudiantes de segundo y primer año estaban reunidos, estirando y preparándose para una sesión de combate cuerpo a cuerpo. Maki Zenin estaba regañando a Panda por algo sin importancia, mientras Megumi Fushiguro intentaba ignorar las bromas de Itadori sobre lo "tenso" que estaba siempre.
—¿Dónde está Gojo-sensei? —preguntó Megumi, mirando su reloj—. Ya llega diez minutos tarde.
—Seguro se quedó dormido o se paró a comprar dulces —dijo Nobara, apoyada en el hombro de Yuuji—. Ya sabes cómo es el viejo.
En ese momento, la puerta que daba al campo se abrió de par en par. Pero no entró el Gojo de siempre. O bueno, sí era él, pero la energía que emanaba era distinta.
Satoru Gojo caminaba con una confianza renovada, su abrigo negro desabrochado un par de botones más de lo habitual, revelando una camiseta que se ajustaba perfectamente a su torso atlético. A su lado, Shoko Ieiri no llevaba su bata de laboratorio. Vestía un suéter ajustado que resaltaba su figura y unos pantalones que, aunque profesionales, le daban un aire mucho más juvenil y sofisticado.
Pero lo que realmente detuvo todas las conversaciones fue el hecho de que Gojo tenía su brazo pasado por encima de los hombros de Shoko, y ella tenía una mano apoyada con total naturalidad en la cadera de él.
—¡Buenos días, mis queridos y jóvenes estudiantes! —exclamó Gojo con una voz vibrante—. ¿Listos para sudar un poco?
Itadori y Nobara intercambiaron una mirada confusa. Algo no encajaba.
—¿Gojo-sensei? —preguntó Yuuji—. ¿Le pasó algo? Parece... más hiperactivo de lo normal.
—Para nada, Yuuji-kun —respondió Gojo, deteniéndose justo frente a ellos. Sin previo aviso, atrajo a Shoko hacia sí con un movimiento fluido—. Es solo que nos sentimos... jóvenes. ¿Verdad, Shoko?
—Mucho —dijo ella, con una voz aterciopelada que los estudiantes nunca le habían escuchado usar fuera de la morgue—. De hecho, me siento tan llena de energía que casi olvido que tengo "edad de jubilarme".
Nobara entrecerró los ojos.
—Vale, se ven bien, pero no exageren. ¿Vamos a entrenar o qué?
Gojo sonrió. Era la sonrisa del gato que se había comido al canario.
—En un momento, Nobara-chan. Pero antes... —Gojo se giró hacia Shoko, ignorando por completo al resto del grupo—. Shoko, creo que tengo algo en el labio. ¿Podrías fijarte?
Shoko fingió mirar con atención, acercando su rostro peligrosamente al de él.
—Mmm, sí, me parece que veo algo —susurró ella, lo suficientemente alto para que todos escucharan.
Lo que siguió no fue el beso casto que los estudiantes estaban acostumbrados a ver (si es que veían alguno). Shoko tomó a Gojo por el cuello de la camisa y lo atrajo hacia ella con una fuerza sorprendente. Satoru, por su parte, la rodeó con ambos brazos, levantándola ligeramente del suelo mientras la besaba con una intensidad que hizo que Megumi se diera la vuelta de inmediato, rojo como un tomate.
El beso se prolongó. No fue solo un contacto de labios; fue una declaración de guerra. Fue apasionado, coreografiado y absolutamente innecesario para un campo de entrenamiento.
—¡DIOS MÍO! —gritó Nobara, cubriéndose los ojos con las manos—. ¡MIS OJOS! ¡MIS POBRES OJOS!
Itadori estaba petrificado, con la boca tan abierta que una mosca podría haber anidado en ella. Panda, por otro lado, empezó a silbar, mientras Maki simplemente se golpeaba la frente con la mano.
—¡Ya basta! —exclamó Megumi desde unos metros de distancia, todavía de espaldas—. ¡Hay menores de edad aquí! ¡Gojo, detente!
Satoru se separó lentamente de Shoko, pero no la soltó. Le lamió el labio inferior con una lentitud exasperante antes de mirar a sus alumnos con una expresión de absoluta suficiencia.
—¿Qué pasa, chicos? —preguntó Gojo, su voz cargada de diversión—. ¿No era esto lo que querían? Amor moderno, fuego, intensidad... ¿O es que somos demasiado "viejos" para que puedan soportarlo?
Shoko se arregló el cabello, luciendo más radiante que nunca, mientras una pequeña sonrisa triunfal bailaba en sus labios.
—Parece que los jóvenes de hoy en día son un poco más conservadores de lo que pensábamos —comentó ella, mirando de reojo a una Nobara que todavía estaba procesando el trauma—. ¿No decías ayer que éramos aburridos, Kugisaki?
Nobara bajó las manos, su rostro era un poema de horror y arrepentimiento.
—Retiro lo dicho —balbuceó la chica—. Lo retiro todo. Por favor, vuelvan a ser aburridos. Vuelvan a darse la mano como abuelitos. ¡No quiero volver a ver eso nunca más!
—¡Yo tampoco! —secundó Itadori, agitando los brazos—. ¡Fue demasiado! ¡Gojo-sensei, usted es mi maestro, no quiero verlo en modo "galán de telenovela"!
Gojo soltó una carcajada que resonó en todo el recinto. Se sentía increíble. No solo le había recordado a sus alumnos quién mandaba, sino que la mirada de Shoko le decía que ella también se estaba divirtiendo mucho más de lo que admitiría.
—Bueno, bueno —dijo Gojo, soltando finalmente a Shoko, aunque manteniendo una mano apoyada en su hombro—. Si ya quedó claro que no somos piezas de museo, podemos empezar con el entrenamiento. Pero cuidado, si los veo flojeando, puede que necesite otro "impulso de energía" de mi querida Shoko.
—¡NO! —gritaron todos los estudiantes al unísono, incluso Megumi.
El entrenamiento procedió con una eficiencia inusual. Los estudiantes estaban tan desesperados por evitar cualquier otra muestra de afecto pública que se esforzaron al máximo, moviéndose por el campo con una agilidad frenética. Gojo y Shoko observaban desde la banda, compartiendo una botella de agua y, de vez en cuando, intercambiando miradas cómplices.
—Creo que nos pasamos un poco —susurró Shoko, viendo cómo Itadori intentaba desesperadamente no mirar en su dirección cada vez que pasaba cerca.
—Oh, vamos, se lo merecían —respondió Satoru, dándole un trago al agua—. Además, admite que te gustó. Hacía tiempo que no te veía tan... activa.
Shoko soltó una risita suave y se apoyó en el hombro de Gojo.
—Tal vez tengas razón. A veces es bueno recordarles a los niños que los "viejos" inventamos las reglas del juego.
Al final del día, cuando el sol empezaba a ponerse y los estudiantes se retiraban exhaustos y ligeramente traumatizados hacia los dormitorios, Itadori y Nobara caminaban en silencio, manteniendo una distancia prudencial el uno del otro.
—Oye, Nobara —dijo Yuuji finalmente.
—¿Qué?
—Creo que... creo que no voy a volver a decirles viejos.
—Yo tampoco, Yuuji. Yo tampoco. Prefiero que piensen que son ancianos a que intenten demostrarnos lo contrario de nuevo.
A lo lejos, bajo la sombra de un gran árbol, Gojo y Shoko los veían irse. Satoru se inclinó y le dio un beso corto y dulce en la sien a Shoko, un gesto que, irónicamente, era mucho más íntimo que el espectáculo de la mañana.
—Misión cumplida —dijo Gojo.
—Misión cumplida —asintió Shoko—. Pero Satoru...
—¿Sí?
—La próxima vez que me beses así delante de todos, asegúrate de que no sea solo para ganar una apuesta con unos adolescentes. Me debes una cena de verdad.
Gojo sonrió, esta vez con una calidez genuina que no tenía nada que ver con bromas o lecciones.
—Hecho. Después de todo, somos jóvenes y tenemos toda la noche por delante, ¿no?
Shoko sonrió, cerrando los ojos mientras disfrutaba de la brisa del atardecer. Tal vez tuvieran veintiocho años, tal vez el mundo de la hechicería fuera un lugar oscuro y agotador, pero en ese momento, con Satoru a su lado, se sentía exactamente como lo que Nobara había dicho: llena de fuego.
Y pobre de aquel que se atreviera a decirles lo contrario.
—¿Viejos? —repitió Gojo, su voz subiendo una octava, perdiendo toda la gravedad que intentaba imponer hacía apenas unos segundos—. ¿Acaban de decir "viejos"?
Yuuji Itadori se rascó la nuca, luciendo genuinamente apenado pero sin retractarse, mientras Nobara Kugisaki cruzaba los brazos sobre el pecho, desafiante. Los dos adolescentes estaban sentados en un banco, y hasta hacía un momento, Itadori tenía a Nobara prácticamente sentada en el regazo mientras se devoraban los labios con un entusiasmo que Gojo y Shoko habían considerado "poco apropiado para las instalaciones académicas".
—A ver, Gojo-sensei, no lo tome a mal —dijo Yuuji con esa honestidad brutal que a veces dolía—. Pero es que ustedes son de otra época. Tienen esa mentalidad de... no sé, ¿la era Showa?
—¡Es que ustedes son demasiado viejos para entenderlo! —sentenció Nobara, rematando el clavo en el ataúd del ego de los adultos—. El amor moderno es intenso, es ahora, es fuego. Ustedes dos parecen una pareja de bibliotecarios jubilados. Se dan la mano como si les fuera a dar un calambre y se dan besitos en la mejilla cuando creen que nadie mira. ¡Qué aburrimiento!
Shoko exhaló un suspiro largo, tratando de procesar el insulto. Tenía veintiocho años. Veintiocho. Estaba en la flor de la vida, o al menos eso le decía el espejo cuando las ojeras no eran demasiado profundas.
—Escuchen, mocosos —intervino Shoko, entornando los ojos—. Se llama decoro. Se llama madurez. No necesitamos restregarle nuestras hormonas a todo el que pasa por el pasillo para demostrar que estamos saliendo.
—Sí, claro —bufó Nobara, levantándose y tirando de la chaqueta de Yuuji—. Digan lo que quieran, pero la chispa se les apagó hace décadas. Vamos, Yuuji, busquemos un lugar donde estos ancianos no se escandalicen por un poco de lengua.
Los dos estudiantes se alejaron caminando por el corredor, riendo y jugueteando, dejando tras de sí un rastro de energía juvenil y dos adultos profundamente ofendidos.
Gojo se giró hacia Shoko. Se bajó ligeramente la venda de los ojos, dejando que el azul infinito de sus Seis Ojos brillara con una intensidad peligrosa.
—Shoko —dijo con una seriedad fingida que ocultaba una travesura inminente—. ¿Me acaban de llamar aburrido? ¿A mí? ¿Al alma de la fiesta?
—A mí me llamaron jubilada, Satoru —respondió ella, apagando el cigarrillo con la punta de su zapato de tacón—. Y honestamente, me duele más que cuando Geto nos decía que éramos un desastre.
—Esto no puede quedar así —declaró Gojo, dando una zancada dramática—. Tenemos veintiocho años. Estamos en nuestro prime. Si ellos quieren "fuego", les vamos a dar un incendio forestal.
Shoko lo miró de arriba abajo. Conocía esa expresión. Era la misma expresión que Satoru ponía antes de causar un incidente internacional o de gastarle una broma pesada a Nanami. Normalmente, ella sería la voz de la razón, pero el comentario de "bibliotecaria jubilada" había calado hondo.
—¿Qué tienes en mente, Satoru? —preguntó ella, con una sonrisa ladeada que prometía problemas.
—Vamos a jugar a su juego —respondió él, tomándola de la cintura y pegándola a él con una posesividad que rara vez mostraba en público—. Mañana hay entrenamiento conjunto en el campo principal. Todo el mundo estará allí. Megumi, Maki, Panda... y por supuesto, nuestros pequeños críticos de arte romántico.
—¿Quieres que demos un espectáculo? —Shoko arqueó una ceja, divertida—. Sabes que no soy de las que se exhiben, pero por ver la cara de esos dos... creo que puedo hacer una excepción.
—Oh, no solo va a ser un espectáculo —rió Gojo, acariciando el rostro de Shoko con el pulgar—. Va a ser una lección de historia que no olvidarán.
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza sobre el campo de entrenamiento de la Escuela de Hechicería de Tokio. Los estudiantes de segundo y primer año estaban reunidos, estirando y preparándose para una sesión de combate cuerpo a cuerpo. Maki Zenin estaba regañando a Panda por algo sin importancia, mientras Megumi Fushiguro intentaba ignorar las bromas de Itadori sobre lo "tenso" que estaba siempre.
—¿Dónde está Gojo-sensei? —preguntó Megumi, mirando su reloj—. Ya llega diez minutos tarde.
—Seguro se quedó dormido o se paró a comprar dulces —dijo Nobara, apoyada en el hombro de Yuuji—. Ya sabes cómo es el viejo.
En ese momento, la puerta que daba al campo se abrió de par en par. Pero no entró el Gojo de siempre. O bueno, sí era él, pero la energía que emanaba era distinta.
Satoru Gojo caminaba con una confianza renovada, su abrigo negro desabrochado un par de botones más de lo habitual, revelando una camiseta que se ajustaba perfectamente a su torso atlético. A su lado, Shoko Ieiri no llevaba su bata de laboratorio. Vestía un suéter ajustado que resaltaba su figura y unos pantalones que, aunque profesionales, le daban un aire mucho más juvenil y sofisticado.
Pero lo que realmente detuvo todas las conversaciones fue el hecho de que Gojo tenía su brazo pasado por encima de los hombros de Shoko, y ella tenía una mano apoyada con total naturalidad en la cadera de él.
—¡Buenos días, mis queridos y jóvenes estudiantes! —exclamó Gojo con una voz vibrante—. ¿Listos para sudar un poco?
Itadori y Nobara intercambiaron una mirada confusa. Algo no encajaba.
—¿Gojo-sensei? —preguntó Yuuji—. ¿Le pasó algo? Parece... más hiperactivo de lo normal.
—Para nada, Yuuji-kun —respondió Gojo, deteniéndose justo frente a ellos. Sin previo aviso, atrajo a Shoko hacia sí con un movimiento fluido—. Es solo que nos sentimos... jóvenes. ¿Verdad, Shoko?
—Mucho —dijo ella, con una voz aterciopelada que los estudiantes nunca le habían escuchado usar fuera de la morgue—. De hecho, me siento tan llena de energía que casi olvido que tengo "edad de jubilarme".
Nobara entrecerró los ojos.
—Vale, se ven bien, pero no exageren. ¿Vamos a entrenar o qué?
Gojo sonrió. Era la sonrisa del gato que se había comido al canario.
—En un momento, Nobara-chan. Pero antes... —Gojo se giró hacia Shoko, ignorando por completo al resto del grupo—. Shoko, creo que tengo algo en el labio. ¿Podrías fijarte?
Shoko fingió mirar con atención, acercando su rostro peligrosamente al de él.
—Mmm, sí, me parece que veo algo —susurró ella, lo suficientemente alto para que todos escucharan.
Lo que siguió no fue el beso casto que los estudiantes estaban acostumbrados a ver (si es que veían alguno). Shoko tomó a Gojo por el cuello de la camisa y lo atrajo hacia ella con una fuerza sorprendente. Satoru, por su parte, la rodeó con ambos brazos, levantándola ligeramente del suelo mientras la besaba con una intensidad que hizo que Megumi se diera la vuelta de inmediato, rojo como un tomate.
El beso se prolongó. No fue solo un contacto de labios; fue una declaración de guerra. Fue apasionado, coreografiado y absolutamente innecesario para un campo de entrenamiento.
—¡DIOS MÍO! —gritó Nobara, cubriéndose los ojos con las manos—. ¡MIS OJOS! ¡MIS POBRES OJOS!
Itadori estaba petrificado, con la boca tan abierta que una mosca podría haber anidado en ella. Panda, por otro lado, empezó a silbar, mientras Maki simplemente se golpeaba la frente con la mano.
—¡Ya basta! —exclamó Megumi desde unos metros de distancia, todavía de espaldas—. ¡Hay menores de edad aquí! ¡Gojo, detente!
Satoru se separó lentamente de Shoko, pero no la soltó. Le lamió el labio inferior con una lentitud exasperante antes de mirar a sus alumnos con una expresión de absoluta suficiencia.
—¿Qué pasa, chicos? —preguntó Gojo, su voz cargada de diversión—. ¿No era esto lo que querían? Amor moderno, fuego, intensidad... ¿O es que somos demasiado "viejos" para que puedan soportarlo?
Shoko se arregló el cabello, luciendo más radiante que nunca, mientras una pequeña sonrisa triunfal bailaba en sus labios.
—Parece que los jóvenes de hoy en día son un poco más conservadores de lo que pensábamos —comentó ella, mirando de reojo a una Nobara que todavía estaba procesando el trauma—. ¿No decías ayer que éramos aburridos, Kugisaki?
Nobara bajó las manos, su rostro era un poema de horror y arrepentimiento.
—Retiro lo dicho —balbuceó la chica—. Lo retiro todo. Por favor, vuelvan a ser aburridos. Vuelvan a darse la mano como abuelitos. ¡No quiero volver a ver eso nunca más!
—¡Yo tampoco! —secundó Itadori, agitando los brazos—. ¡Fue demasiado! ¡Gojo-sensei, usted es mi maestro, no quiero verlo en modo "galán de telenovela"!
Gojo soltó una carcajada que resonó en todo el recinto. Se sentía increíble. No solo le había recordado a sus alumnos quién mandaba, sino que la mirada de Shoko le decía que ella también se estaba divirtiendo mucho más de lo que admitiría.
—Bueno, bueno —dijo Gojo, soltando finalmente a Shoko, aunque manteniendo una mano apoyada en su hombro—. Si ya quedó claro que no somos piezas de museo, podemos empezar con el entrenamiento. Pero cuidado, si los veo flojeando, puede que necesite otro "impulso de energía" de mi querida Shoko.
—¡NO! —gritaron todos los estudiantes al unísono, incluso Megumi.
El entrenamiento procedió con una eficiencia inusual. Los estudiantes estaban tan desesperados por evitar cualquier otra muestra de afecto pública que se esforzaron al máximo, moviéndose por el campo con una agilidad frenética. Gojo y Shoko observaban desde la banda, compartiendo una botella de agua y, de vez en cuando, intercambiando miradas cómplices.
—Creo que nos pasamos un poco —susurró Shoko, viendo cómo Itadori intentaba desesperadamente no mirar en su dirección cada vez que pasaba cerca.
—Oh, vamos, se lo merecían —respondió Satoru, dándole un trago al agua—. Además, admite que te gustó. Hacía tiempo que no te veía tan... activa.
Shoko soltó una risita suave y se apoyó en el hombro de Gojo.
—Tal vez tengas razón. A veces es bueno recordarles a los niños que los "viejos" inventamos las reglas del juego.
Al final del día, cuando el sol empezaba a ponerse y los estudiantes se retiraban exhaustos y ligeramente traumatizados hacia los dormitorios, Itadori y Nobara caminaban en silencio, manteniendo una distancia prudencial el uno del otro.
—Oye, Nobara —dijo Yuuji finalmente.
—¿Qué?
—Creo que... creo que no voy a volver a decirles viejos.
—Yo tampoco, Yuuji. Yo tampoco. Prefiero que piensen que son ancianos a que intenten demostrarnos lo contrario de nuevo.
A lo lejos, bajo la sombra de un gran árbol, Gojo y Shoko los veían irse. Satoru se inclinó y le dio un beso corto y dulce en la sien a Shoko, un gesto que, irónicamente, era mucho más íntimo que el espectáculo de la mañana.
—Misión cumplida —dijo Gojo.
—Misión cumplida —asintió Shoko—. Pero Satoru...
—¿Sí?
—La próxima vez que me beses así delante de todos, asegúrate de que no sea solo para ganar una apuesta con unos adolescentes. Me debes una cena de verdad.
Gojo sonrió, esta vez con una calidez genuina que no tenía nada que ver con bromas o lecciones.
—Hecho. Después de todo, somos jóvenes y tenemos toda la noche por delante, ¿no?
Shoko sonrió, cerrando los ojos mientras disfrutaba de la brisa del atardecer. Tal vez tuvieran veintiocho años, tal vez el mundo de la hechicería fuera un lugar oscuro y agotador, pero en ese momento, con Satoru a su lado, se sentía exactamente como lo que Nobara había dicho: llena de fuego.
Y pobre de aquel que se atreviera a decirles lo contrario.
