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El Peso de la Fuerza
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 21/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloRecortes de VidaEstudio de PersonajeAmbientación CanonHistoria Doméstica
El peso del cielo sobre los hombros
La luz fluorescente de la morgue y el ala médica de la Academia de Jujutsu de Tokio siempre tenía una cualidad estéril, una blancura que parecía absorber el tiempo. Shoko Ieiri estaba acostumbrada a ese silencio. El suave rasgueo de su pluma sobre los informes de las últimas misiones era el único sonido que rompía la quietud de la madrugada. Bajo sus ojos, las ojeras habituales se marcaban con una profundidad que delataba semanas de poco sueño, un rasgo que compartía con los pocos que quedaban de su generación.
Escuchó la puerta abrirse. No hubo el habitual portazo escandaloso, ni una frase ingeniosa gritada a pleno pulmón, ni esa energía eléctrica que solía preceder a la entrada del hechicero más fuerte de la era moderna.
Satoru Gojo entró con pasos lentos, casi pesados. Su figura de un metro noventa parecía, por una vez, demasiado grande para la habitación, o quizás era el mundo el que se le estaba quedando pequeño. Llevaba su uniforme oscuro impecable, pero su cabello blanco, generalmente erizado con orgullo, parecía carecer de su brillo habitual. Se acercó a la mesa de Shoko y dejó un fajo de papeles con un movimiento mecánico.
— Son de parte de Yaga —dijo Satoru. Su voz no era la habitual; le faltaba ese tono burlón y juguetón que utilizaba para exasperar a los altos mandos o para animar a sus alumnos. Era una voz plana, desgastada.
Shoko dejó la pluma y levantó la vista. A través de la venda que cubría los ojos de Gojo, ella podía sentir la fatiga mental que emanaba de él. No era un cansancio físico; el Infinito y su técnica de inversión de energía maldita mantenían su cuerpo en un estado de frescura perpetua. Era algo más profundo. Era el agotamiento de ser el pilar que sostenía un edificio que se caía a pedazos. Los clanes, las conspiraciones de los ancianos, la presión de proteger a la nueva generación y el surgimiento de maldiciones que desafiaban la lógica.
— Te ves terrible, Satoru —comentó ella, cruzándose de brazos y recostándose en su silla.
— Gracias, Shoko. Siempre tan amable —respondió él con una sonrisa débil que no llegó a sus labios. Se dio la vuelta para marcharse, con los hombros ligeramente caídos—. Tengo otra reunión con los de arriba en una hora.
— No vas a ir a ninguna parte.
La voz de Shoko sonó con una autoridad que rara vez usaba con él. Satoru se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta, y giró la cabeza ligeramente.
— Shoko, no tengo tiempo para...
— Siéntate —lo interrumpió ella, señalando el sofá que tenía en un rincón de su oficina para las guardias largas—. Ahora mismo. Es una orden médica. Si te desmayas por estrés mental, no podré curarte con mi técnica. Sabes que el cerebro es otra historia.
Satoru suspiró, una exhalación larga que pareció sacar un poco del aire de la habitación. Sin protestar más, caminó hacia el sofá y se dejó caer en él. Shoko se levantó, se quitó la bata blanca por un momento para estar más cómoda y se sentó a su lado.
— Quítate eso —dijo ella, señalando la venda de sus ojos.
Él obedeció en silencio. Al retirar la tela negra, sus ojos, los Seis Ojos, se revelaron. Eran hermosos, un azul cristalino que contenía el cielo mismo, pero en ese momento parecían nublados por una tormenta invisible. Gojo cerró los párpados con fuerza, frotándose el puente de la nariz.
— Recuéstate —ordenó Shoko de nuevo, palmeando sus propios muslos.
Satoru la miró con sorpresa genuina. Por un segundo, el brillo juguetón regresó a sus ojos.
— ¿Shoko? Esto es muy directo, incluso para ti. ¿Estás intentando seducir al más fuerte?
— Cállate y obedece, idiota —replicó ella con una media sonrisa, aunque sus ojos castaños reflejaban una preocupación genuina—. Solo descansa.
Gojo vaciló un instante antes de ceder. Se acomodó en el sofá y apoyó la cabeza en el regazo de Shoko. Al principio, su cuerpo estaba tenso, como un resorte a punto de saltar, pero a medida que Shoko comenzó a pasar sus dedos con suavidad por su cabello blanco, la tensión empezó a disiparse. El cabello de Satoru era suave, mucho más de lo que cualquiera imaginaría para alguien con una personalidad tan punzante.
En cuestión de minutos, la respiración de Gojo se volvió profunda y rítmica. Se había quedado dormido.
Shoko continuó acariciando su cabello rítmicamente. Observó el rostro de Satoru ahora que estaba en paz. Sin la arrogancia, sin la máscara de invencibilidad, parecía casi el chico que conoció hace diez años en los pasillos de esta misma academia. Pero las líneas de su rostro, aunque sutiles, contaban una historia de pérdidas y de un peso insoportable.
— ¿Cómo lo haces, Gojo? —susurró ella para sí misma, bajando la voz al mínimo—. ¿Cómo puedes llevar todo esto sobre tus hombros y no haberte vuelto loco todavía?
Se quedó mirando el techo, pensando en la soledad de la cima. Ser el más fuerte significaba que nadie podía caminar a su lado, solo detrás de él. Significaba que cada error suyo se cobraba vidas, que cada decisión era escrutada por hombres mediocres que solo le temían. Cualquiera se habría quebrado bajo la presión de los clanes Gojo, Zenin y Kamo, o ante la responsabilidad de guiar a chicos como Itadori hacia un destino incierto.
Sin embargo, él seguía allí. Seguía riendo, seguía comiendo dulces, seguía siendo el profesor excéntrico que sacaba de quicio a Nanami.
Shoko sintió un calor inusual en sus mejillas. Una sonrisa de ternura y una profunda admiración se dibujaron en su rostro. A menudo, el mundo veía a Gojo como un arma, una fuerza de la naturaleza o un dios caprichoso. Pero ella veía al hombre que no podía salvar a su mejor amigo, al hombre que se desvivía por sus alumnos para que no tuvieran que pasar por lo mismo que él.
— Eres un idiota increíble —murmuró, sintiendo que el corazón le latía un poco más rápido—. Tan fuerte y, a la vez, tan propenso a romperse si nadie te cuida.
Pasó casi una hora. Shoko sabía que tenía que volver a sus informes y que pronto vendrían a buscarlo para esa reunión. Cuidadosamente, deslizó sus manos por debajo de la cabeza de Satoru y lo movió con delicadeza hacia una de las camillas cercanas, acomodándolo para que pudiera seguir durmiendo unos minutos más de forma más cómoda. El hechicero ni siquiera se inmutó; su agotamiento era tal que su guardia estaba completamente baja, algo que solo se permitía hacer frente a ella.
Shoko se quedó de pie junto a la camilla, observándolo por última vez antes de ponerse su bata blanca. La luz de la luna entraba por una ventana alta, bañando el cabello blanco de Satoru en un resplandor plateado.
Se inclinó hacia adelante, impulsada por un sentimiento que había estado guardando en el rincón más profundo de su pecho durante años. No era solo amistad, no era solo compañerismo nacido de la tragedia compartida. Era la necesidad de ser algo más que un testigo de su soledad.
Depositó un beso suave, casi imperceptible, sobre los labios de Satoru. Fue un gesto breve, cargado de una promesa silenciosa. Quería ser su ancla. Quería ser la persona que estuviera allí cuando el mundo finalmente lograra agrietar su infinito.
— Descansa —dijo en un susurro apenas audible, mientras se dirigía a la puerta—. Te amo, Satoru.
Se detuvo un momento antes de salir, mirando hacia atrás con una mezcla de melancolía y orgullo.
— Gracias por seguir aquí conmigo —añadió, cerrando la puerta con suavidad.
En la camilla, Gojo no se movió, pero una pequeña y casi imperceptible curva apareció en la comisura de sus labios, un rastro de un sueño que, por una vez, no estaba lleno de sombras, sino de la calidez de la única persona que realmente lo conocía. Shoko Ieiri volvió a su escritorio, con el corazón un poco más ligero, dispuesta a seguir siendo el refugio del hombre que sostenía el cielo.
Escuchó la puerta abrirse. No hubo el habitual portazo escandaloso, ni una frase ingeniosa gritada a pleno pulmón, ni esa energía eléctrica que solía preceder a la entrada del hechicero más fuerte de la era moderna.
Satoru Gojo entró con pasos lentos, casi pesados. Su figura de un metro noventa parecía, por una vez, demasiado grande para la habitación, o quizás era el mundo el que se le estaba quedando pequeño. Llevaba su uniforme oscuro impecable, pero su cabello blanco, generalmente erizado con orgullo, parecía carecer de su brillo habitual. Se acercó a la mesa de Shoko y dejó un fajo de papeles con un movimiento mecánico.
— Son de parte de Yaga —dijo Satoru. Su voz no era la habitual; le faltaba ese tono burlón y juguetón que utilizaba para exasperar a los altos mandos o para animar a sus alumnos. Era una voz plana, desgastada.
Shoko dejó la pluma y levantó la vista. A través de la venda que cubría los ojos de Gojo, ella podía sentir la fatiga mental que emanaba de él. No era un cansancio físico; el Infinito y su técnica de inversión de energía maldita mantenían su cuerpo en un estado de frescura perpetua. Era algo más profundo. Era el agotamiento de ser el pilar que sostenía un edificio que se caía a pedazos. Los clanes, las conspiraciones de los ancianos, la presión de proteger a la nueva generación y el surgimiento de maldiciones que desafiaban la lógica.
— Te ves terrible, Satoru —comentó ella, cruzándose de brazos y recostándose en su silla.
— Gracias, Shoko. Siempre tan amable —respondió él con una sonrisa débil que no llegó a sus labios. Se dio la vuelta para marcharse, con los hombros ligeramente caídos—. Tengo otra reunión con los de arriba en una hora.
— No vas a ir a ninguna parte.
La voz de Shoko sonó con una autoridad que rara vez usaba con él. Satoru se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta, y giró la cabeza ligeramente.
— Shoko, no tengo tiempo para...
— Siéntate —lo interrumpió ella, señalando el sofá que tenía en un rincón de su oficina para las guardias largas—. Ahora mismo. Es una orden médica. Si te desmayas por estrés mental, no podré curarte con mi técnica. Sabes que el cerebro es otra historia.
Satoru suspiró, una exhalación larga que pareció sacar un poco del aire de la habitación. Sin protestar más, caminó hacia el sofá y se dejó caer en él. Shoko se levantó, se quitó la bata blanca por un momento para estar más cómoda y se sentó a su lado.
— Quítate eso —dijo ella, señalando la venda de sus ojos.
Él obedeció en silencio. Al retirar la tela negra, sus ojos, los Seis Ojos, se revelaron. Eran hermosos, un azul cristalino que contenía el cielo mismo, pero en ese momento parecían nublados por una tormenta invisible. Gojo cerró los párpados con fuerza, frotándose el puente de la nariz.
— Recuéstate —ordenó Shoko de nuevo, palmeando sus propios muslos.
Satoru la miró con sorpresa genuina. Por un segundo, el brillo juguetón regresó a sus ojos.
— ¿Shoko? Esto es muy directo, incluso para ti. ¿Estás intentando seducir al más fuerte?
— Cállate y obedece, idiota —replicó ella con una media sonrisa, aunque sus ojos castaños reflejaban una preocupación genuina—. Solo descansa.
Gojo vaciló un instante antes de ceder. Se acomodó en el sofá y apoyó la cabeza en el regazo de Shoko. Al principio, su cuerpo estaba tenso, como un resorte a punto de saltar, pero a medida que Shoko comenzó a pasar sus dedos con suavidad por su cabello blanco, la tensión empezó a disiparse. El cabello de Satoru era suave, mucho más de lo que cualquiera imaginaría para alguien con una personalidad tan punzante.
En cuestión de minutos, la respiración de Gojo se volvió profunda y rítmica. Se había quedado dormido.
Shoko continuó acariciando su cabello rítmicamente. Observó el rostro de Satoru ahora que estaba en paz. Sin la arrogancia, sin la máscara de invencibilidad, parecía casi el chico que conoció hace diez años en los pasillos de esta misma academia. Pero las líneas de su rostro, aunque sutiles, contaban una historia de pérdidas y de un peso insoportable.
— ¿Cómo lo haces, Gojo? —susurró ella para sí misma, bajando la voz al mínimo—. ¿Cómo puedes llevar todo esto sobre tus hombros y no haberte vuelto loco todavía?
Se quedó mirando el techo, pensando en la soledad de la cima. Ser el más fuerte significaba que nadie podía caminar a su lado, solo detrás de él. Significaba que cada error suyo se cobraba vidas, que cada decisión era escrutada por hombres mediocres que solo le temían. Cualquiera se habría quebrado bajo la presión de los clanes Gojo, Zenin y Kamo, o ante la responsabilidad de guiar a chicos como Itadori hacia un destino incierto.
Sin embargo, él seguía allí. Seguía riendo, seguía comiendo dulces, seguía siendo el profesor excéntrico que sacaba de quicio a Nanami.
Shoko sintió un calor inusual en sus mejillas. Una sonrisa de ternura y una profunda admiración se dibujaron en su rostro. A menudo, el mundo veía a Gojo como un arma, una fuerza de la naturaleza o un dios caprichoso. Pero ella veía al hombre que no podía salvar a su mejor amigo, al hombre que se desvivía por sus alumnos para que no tuvieran que pasar por lo mismo que él.
— Eres un idiota increíble —murmuró, sintiendo que el corazón le latía un poco más rápido—. Tan fuerte y, a la vez, tan propenso a romperse si nadie te cuida.
Pasó casi una hora. Shoko sabía que tenía que volver a sus informes y que pronto vendrían a buscarlo para esa reunión. Cuidadosamente, deslizó sus manos por debajo de la cabeza de Satoru y lo movió con delicadeza hacia una de las camillas cercanas, acomodándolo para que pudiera seguir durmiendo unos minutos más de forma más cómoda. El hechicero ni siquiera se inmutó; su agotamiento era tal que su guardia estaba completamente baja, algo que solo se permitía hacer frente a ella.
Shoko se quedó de pie junto a la camilla, observándolo por última vez antes de ponerse su bata blanca. La luz de la luna entraba por una ventana alta, bañando el cabello blanco de Satoru en un resplandor plateado.
Se inclinó hacia adelante, impulsada por un sentimiento que había estado guardando en el rincón más profundo de su pecho durante años. No era solo amistad, no era solo compañerismo nacido de la tragedia compartida. Era la necesidad de ser algo más que un testigo de su soledad.
Depositó un beso suave, casi imperceptible, sobre los labios de Satoru. Fue un gesto breve, cargado de una promesa silenciosa. Quería ser su ancla. Quería ser la persona que estuviera allí cuando el mundo finalmente lograra agrietar su infinito.
— Descansa —dijo en un susurro apenas audible, mientras se dirigía a la puerta—. Te amo, Satoru.
Se detuvo un momento antes de salir, mirando hacia atrás con una mezcla de melancolía y orgullo.
— Gracias por seguir aquí conmigo —añadió, cerrando la puerta con suavidad.
En la camilla, Gojo no se movió, pero una pequeña y casi imperceptible curva apareció en la comisura de sus labios, un rastro de un sueño que, por una vez, no estaba lleno de sombras, sino de la calidez de la única persona que realmente lo conocía. Shoko Ieiri volvió a su escritorio, con el corazón un poco más ligero, dispuesta a seguir siendo el refugio del hombre que sostenía el cielo.
