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Tiempo para nosotros
Fandom: Resident Evil
Creado: 21/6/2026
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DramaAngustiaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeHorror de SupervivenciaAmbientación CanonAbuso de AlcoholRomance
El eco de las cenizas
La luz de neón del bar parpadeaba con un zumbido eléctrico que parecía taladrarle el cráneo a Chris Redfield. El lugar era un antro de mala muerte en las afueras de Londres, un refugio de sombras y olor a tabaco rancio donde nadie hacía preguntas y los rostros se perdían en la penumbra. Chris miró el fondo de su vaso de whiskey, el cristal empañado reflejando la imagen de un hombre que apenas reconocía.
A sus cuarenta y ocho años, el espejo le devolvía una mirada endurecida por décadas de horror. Tenía el cabello más corto, salpicado por hilos de plata que no estaban allí antes de Dulvey, y una barba espesa que ocultaba las líneas de tensión de su mandíbula. Su complexión seguía siendo la de un tanque humano, un muro de músculos forjado en mil batallas, pero por dentro se sentía como un edificio a punto de colapsar.
—Otro —gruñó Chris, deslizando el vaso vacío por la barra de madera astillada.
El camarero ni siquiera lo miró al servirle. Chris bebió el líquido ámbar de un trago, dejando que el ardor le quemara la garganta. Intentaba ahogar los gritos. Los gritos de su equipo en la aldea, las explosiones, y sobre todo, la mirada de Ethan Winters.
"Cuida de Rose", le había dicho aquel hombre. Un civil. Un maldito civil que se había convertido en un guerrero por necesidad, un hombre que había soportado lo que ningún soldado profesional debería sufrir jamás. Y al final, Ethan se había quedado atrás. Se había sacrificado para que Chris pudiera sacar a la niña y a Mia de aquel infierno de nieve y moho.
—Debería haber sido yo —susurró Chris para sí mismo, apretando el puño hasta que los nudillos le blanquearon—. Siempre es la misma historia.
Piers, su equipo en Edonia, los hombres de la unidad Lobo... y ahora Ethan. El peso de las lápidas que cargaba sobre sus hombros se volvía insoportable. Se suponía que él era el héroe, el legendario Chris Redfield, el hombre que acabó con Wesker. Pero en ese momento, solo se sentía como un sepulturero que llegaba tarde a cada entierro.
Un aroma familiar, una mezcla de pólvora y una fragancia sutil que no había sentido en años, cortó el aire viciado del bar. Una mano delgada pero firme se cerró sobre su vaso justo cuando iba a llevárselo a los labios de nuevo.
—Ya has tenido suficiente, Chris.
Él se tensó, reconociendo la voz al instante. Giró la cabeza lentamente, esperando que fuera una alucinación producto del alcohol. Pero no lo era. Jill Valentine estaba sentada en el taburete contiguo, observándolo con esos ojos azules que habían visto el fin del mundo tantas veces como los suyos.
Jill tenía cuarenta y siete años, pero conservaba esa agilidad felina que siempre la había caracterizado. Su cabello castaño estaba recogido de forma práctica y vestía una chaqueta táctica que delataba que no estaba allí de vacaciones. Parecía cansada, con ojeras que delataban noches de insomnio, pero su presencia emanaba una fuerza que Chris sentía que había perdido.
—Jill —logró decir él, con la voz ronca—. ¿Cómo me has encontrado?
—Soy una agente de operaciones especiales, Chris. Encontrarte en un bar de mala muerte es la parte fácil de mi trabajo —Jill apartó el vaso de whiskey de su alcance y lo dejó sobre la barra, lejos de él—. Estás hecho un desastre.
Chris soltó una risa amarga y se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos.
—Es lo que pasa cuando te pasas la vida limpiando la mierda del mundo y solo consigues que más gente muera a tu alrededor. Ethan Winters está muerto, Jill. Un hombre que solo quería a su familia. Y yo estoy aquí, bebiendo, mientras su hija va a crecer sin un padre.
—Ethan tomó una decisión —respondió Jill con firmeza, sin apartar la mirada—. Lo hizo por su hija. Y te confió lo más valioso que tenía porque sabía que tú eras el único capaz de protegerla. No le faltes al respeto a su sacrificio hundiéndote en una botella.
—¡Estoy harto de los sacrificios! —exclamó Chris, elevando la voz. Algunos clientes del bar se giraron, pero volvieron a sus asuntos al ver la intensidad en los ojos del hombre—. Siempre tengo que ser el fuerte, el que lidera, el que sobrevive. ¿Y para qué? Para ver cómo el siguiente monstruo biológico destruye otra ciudad, otra familia. Soy un soldado, Jill. No un niñero. No sé si puedo hacer esto.
Jill se acercó más a él, acortando la distancia entre sus taburetes. Su expresión se suavizó, perdiendo parte de esa dureza militar.
—No eres solo un soldado. Eres un hombre, Chris. Y estás cansado. Yo también lo estoy. Todos lo estamos.
—Entonces, ¿por qué seguimos? —preguntó él, mirándola con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Wesker está muerto, Umbrella cayó, y aun así el mundo sigue ardiendo. ¿Cuándo se acaba esto?
—No se acaba —dijo ella en voz baja—. Solo cambia de forma. Pero no estamos solos. Nunca lo estuvimos.
Jill extendió una mano y rodeó la nuca de Chris, obligándolo a mirarla de frente. El contacto físico fue como una descarga eléctrica que rompió el aislamiento en el que Chris se había sumergido. Vio en Jill el reflejo de sus propias batallas, las cicatrices invisibles de Raccoon City, de la mansión Spencer, de Kijuju. Ella entendía el peso de la supervivencia mejor que nadie.
Sin decir una palabra más, Jill se inclinó y lo besó.
No fue un beso de película, ni un gesto cargado de erotismo gratuito. Fue un beso desesperado, un ancla lanzada en medio de una tormenta. Fue un recordatorio de que estaban vivos, de que todavía quedaba algo humano en ellos que el bioterrorismo no había logrado infectar. Chris respondió con la misma intensidad, aferrándose a ella como si Jill fuera el único punto de apoyo en un mundo que se desmoronaba.
Cuando se separaron, la respiración de ambos era agitada. Chris apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos. El olor a whiskey seguía ahí, pero el frío vacío en su pecho parecía haber retrocedido un poco.
—No puedes salvar a todo el mundo —susurró Jill contra sus labios—. Pero puedes salvar a Rose. Ella es el legado de Ethan, y es tu oportunidad de hacer algo que no sea solo apretar un gatillo.
Chris exhaló un suspiro largo y tembloroso. Por primera vez en semanas, el nudo en su estómago se aflojó.
—Tengo miedo de fallarle —confesó él, con la voz apenas audible.
—No le fallarás —aseguró Jill, tomando su mano y entrelazando sus dedos con los de él—. Porque no vas a hacerlo solo. La BSAA está en caos, las cosas se están poniendo feas con lo que descubriste en la aldea... pero nosotros seguimos aquí.
Chris levantó la cabeza y miró a Jill. Ella tenía razón. La lucha no había terminado, y la revelación de que la BSAA estaba utilizando armas biológicas era una traición que exigía justicia. Pero más allá de la guerra, estaba esa niña. Rosemary Winters. Un rayo de esperanza nacido de la tragedia.
—Necesito salir de aquí —dijo Chris, poniéndose de pie. Sus piernas estaban un poco inestables, pero su mirada había recuperado parte de su antiguo fuego.
—Es lo mejor que has dicho en toda la noche —Jill se levantó también, sin soltar su mano—. Tengo un piso franco a unas manzanas. Vamos a limpiar ese desastre que llamas cara y a trazar un plan.
Salieron del bar juntos, dejando atrás el humo y la apatía. El aire frío de la noche londinense les golpeó el rostro, pero esta vez Chris no se encogió. Miró hacia el cielo nublado, pensando en Ethan, pensando en el futuro.
—Jill —dijo él antes de subir al coche que ella tenía aparcado cerca.
—¿Dime?
—Gracias por venir a buscarme.
Jill le dedicó una sonrisa pequeña, una de esas que solo compartían cuando el resto del mundo no miraba.
—Siempre iré a buscarte, Chris. Es lo que hacemos, ¿no?
Él asintió, sintiendo que el peso en sus hombros, aunque seguía ahí, ya no era una carga que debía llevar en solitario. Era un hombre cansado, sí, y el mundo seguía siendo un lugar peligroso lleno de pesadillas. Pero mientras tuviera a Jill a su lado y una misión que importara más que su propia supervivencia, seguiría caminando.
—Rose nos necesita —dijo Chris, con voz firme—. Y la BSAA va a tener que rendir cuentas.
—Ese es el Chris Redfield que conozco —respondió Jill, arrancando el motor—. Vamos a trabajar.
El coche se alejó por las calles mojadas, perdiéndose en la oscuridad de la ciudad. Chris miró por la ventana, viendo pasar las luces borrosas. Ya no era solo el hombre que derrotó a Wesker, ni el soldado que perdió a su equipo. Era el guardián de una promesa, el protector de una niña que representaba todo por lo que habían luchado.
La guerra contra el bioterrorismo nunca terminaba, pero esa noche, en medio de las cenizas de su propia autodestrucción, Chris Redfield había encontrado una razón para no rendirse. Tenía a Jill, tenía una causa, y tenía el recuerdo de un hombre llamado Ethan que le había enseñado que, incluso en el infierno más profundo, el amor de un padre podía ser el arma más poderosa de todas.
No iba a fallar. No esta vez. El mundo volvería a arder, pero él estaría allí para sofocar las llamas, un paso a la vez, junto a la única persona que realmente conocía su alma. La batalla continuaba, pero el soldado ya no estaba solo.
A sus cuarenta y ocho años, el espejo le devolvía una mirada endurecida por décadas de horror. Tenía el cabello más corto, salpicado por hilos de plata que no estaban allí antes de Dulvey, y una barba espesa que ocultaba las líneas de tensión de su mandíbula. Su complexión seguía siendo la de un tanque humano, un muro de músculos forjado en mil batallas, pero por dentro se sentía como un edificio a punto de colapsar.
—Otro —gruñó Chris, deslizando el vaso vacío por la barra de madera astillada.
El camarero ni siquiera lo miró al servirle. Chris bebió el líquido ámbar de un trago, dejando que el ardor le quemara la garganta. Intentaba ahogar los gritos. Los gritos de su equipo en la aldea, las explosiones, y sobre todo, la mirada de Ethan Winters.
"Cuida de Rose", le había dicho aquel hombre. Un civil. Un maldito civil que se había convertido en un guerrero por necesidad, un hombre que había soportado lo que ningún soldado profesional debería sufrir jamás. Y al final, Ethan se había quedado atrás. Se había sacrificado para que Chris pudiera sacar a la niña y a Mia de aquel infierno de nieve y moho.
—Debería haber sido yo —susurró Chris para sí mismo, apretando el puño hasta que los nudillos le blanquearon—. Siempre es la misma historia.
Piers, su equipo en Edonia, los hombres de la unidad Lobo... y ahora Ethan. El peso de las lápidas que cargaba sobre sus hombros se volvía insoportable. Se suponía que él era el héroe, el legendario Chris Redfield, el hombre que acabó con Wesker. Pero en ese momento, solo se sentía como un sepulturero que llegaba tarde a cada entierro.
Un aroma familiar, una mezcla de pólvora y una fragancia sutil que no había sentido en años, cortó el aire viciado del bar. Una mano delgada pero firme se cerró sobre su vaso justo cuando iba a llevárselo a los labios de nuevo.
—Ya has tenido suficiente, Chris.
Él se tensó, reconociendo la voz al instante. Giró la cabeza lentamente, esperando que fuera una alucinación producto del alcohol. Pero no lo era. Jill Valentine estaba sentada en el taburete contiguo, observándolo con esos ojos azules que habían visto el fin del mundo tantas veces como los suyos.
Jill tenía cuarenta y siete años, pero conservaba esa agilidad felina que siempre la había caracterizado. Su cabello castaño estaba recogido de forma práctica y vestía una chaqueta táctica que delataba que no estaba allí de vacaciones. Parecía cansada, con ojeras que delataban noches de insomnio, pero su presencia emanaba una fuerza que Chris sentía que había perdido.
—Jill —logró decir él, con la voz ronca—. ¿Cómo me has encontrado?
—Soy una agente de operaciones especiales, Chris. Encontrarte en un bar de mala muerte es la parte fácil de mi trabajo —Jill apartó el vaso de whiskey de su alcance y lo dejó sobre la barra, lejos de él—. Estás hecho un desastre.
Chris soltó una risa amarga y se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos.
—Es lo que pasa cuando te pasas la vida limpiando la mierda del mundo y solo consigues que más gente muera a tu alrededor. Ethan Winters está muerto, Jill. Un hombre que solo quería a su familia. Y yo estoy aquí, bebiendo, mientras su hija va a crecer sin un padre.
—Ethan tomó una decisión —respondió Jill con firmeza, sin apartar la mirada—. Lo hizo por su hija. Y te confió lo más valioso que tenía porque sabía que tú eras el único capaz de protegerla. No le faltes al respeto a su sacrificio hundiéndote en una botella.
—¡Estoy harto de los sacrificios! —exclamó Chris, elevando la voz. Algunos clientes del bar se giraron, pero volvieron a sus asuntos al ver la intensidad en los ojos del hombre—. Siempre tengo que ser el fuerte, el que lidera, el que sobrevive. ¿Y para qué? Para ver cómo el siguiente monstruo biológico destruye otra ciudad, otra familia. Soy un soldado, Jill. No un niñero. No sé si puedo hacer esto.
Jill se acercó más a él, acortando la distancia entre sus taburetes. Su expresión se suavizó, perdiendo parte de esa dureza militar.
—No eres solo un soldado. Eres un hombre, Chris. Y estás cansado. Yo también lo estoy. Todos lo estamos.
—Entonces, ¿por qué seguimos? —preguntó él, mirándola con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. Wesker está muerto, Umbrella cayó, y aun así el mundo sigue ardiendo. ¿Cuándo se acaba esto?
—No se acaba —dijo ella en voz baja—. Solo cambia de forma. Pero no estamos solos. Nunca lo estuvimos.
Jill extendió una mano y rodeó la nuca de Chris, obligándolo a mirarla de frente. El contacto físico fue como una descarga eléctrica que rompió el aislamiento en el que Chris se había sumergido. Vio en Jill el reflejo de sus propias batallas, las cicatrices invisibles de Raccoon City, de la mansión Spencer, de Kijuju. Ella entendía el peso de la supervivencia mejor que nadie.
Sin decir una palabra más, Jill se inclinó y lo besó.
No fue un beso de película, ni un gesto cargado de erotismo gratuito. Fue un beso desesperado, un ancla lanzada en medio de una tormenta. Fue un recordatorio de que estaban vivos, de que todavía quedaba algo humano en ellos que el bioterrorismo no había logrado infectar. Chris respondió con la misma intensidad, aferrándose a ella como si Jill fuera el único punto de apoyo en un mundo que se desmoronaba.
Cuando se separaron, la respiración de ambos era agitada. Chris apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos. El olor a whiskey seguía ahí, pero el frío vacío en su pecho parecía haber retrocedido un poco.
—No puedes salvar a todo el mundo —susurró Jill contra sus labios—. Pero puedes salvar a Rose. Ella es el legado de Ethan, y es tu oportunidad de hacer algo que no sea solo apretar un gatillo.
Chris exhaló un suspiro largo y tembloroso. Por primera vez en semanas, el nudo en su estómago se aflojó.
—Tengo miedo de fallarle —confesó él, con la voz apenas audible.
—No le fallarás —aseguró Jill, tomando su mano y entrelazando sus dedos con los de él—. Porque no vas a hacerlo solo. La BSAA está en caos, las cosas se están poniendo feas con lo que descubriste en la aldea... pero nosotros seguimos aquí.
Chris levantó la cabeza y miró a Jill. Ella tenía razón. La lucha no había terminado, y la revelación de que la BSAA estaba utilizando armas biológicas era una traición que exigía justicia. Pero más allá de la guerra, estaba esa niña. Rosemary Winters. Un rayo de esperanza nacido de la tragedia.
—Necesito salir de aquí —dijo Chris, poniéndose de pie. Sus piernas estaban un poco inestables, pero su mirada había recuperado parte de su antiguo fuego.
—Es lo mejor que has dicho en toda la noche —Jill se levantó también, sin soltar su mano—. Tengo un piso franco a unas manzanas. Vamos a limpiar ese desastre que llamas cara y a trazar un plan.
Salieron del bar juntos, dejando atrás el humo y la apatía. El aire frío de la noche londinense les golpeó el rostro, pero esta vez Chris no se encogió. Miró hacia el cielo nublado, pensando en Ethan, pensando en el futuro.
—Jill —dijo él antes de subir al coche que ella tenía aparcado cerca.
—¿Dime?
—Gracias por venir a buscarme.
Jill le dedicó una sonrisa pequeña, una de esas que solo compartían cuando el resto del mundo no miraba.
—Siempre iré a buscarte, Chris. Es lo que hacemos, ¿no?
Él asintió, sintiendo que el peso en sus hombros, aunque seguía ahí, ya no era una carga que debía llevar en solitario. Era un hombre cansado, sí, y el mundo seguía siendo un lugar peligroso lleno de pesadillas. Pero mientras tuviera a Jill a su lado y una misión que importara más que su propia supervivencia, seguiría caminando.
—Rose nos necesita —dijo Chris, con voz firme—. Y la BSAA va a tener que rendir cuentas.
—Ese es el Chris Redfield que conozco —respondió Jill, arrancando el motor—. Vamos a trabajar.
El coche se alejó por las calles mojadas, perdiéndose en la oscuridad de la ciudad. Chris miró por la ventana, viendo pasar las luces borrosas. Ya no era solo el hombre que derrotó a Wesker, ni el soldado que perdió a su equipo. Era el guardián de una promesa, el protector de una niña que representaba todo por lo que habían luchado.
La guerra contra el bioterrorismo nunca terminaba, pero esa noche, en medio de las cenizas de su propia autodestrucción, Chris Redfield había encontrado una razón para no rendirse. Tenía a Jill, tenía una causa, y tenía el recuerdo de un hombre llamado Ethan que le había enseñado que, incluso en el infierno más profundo, el amor de un padre podía ser el arma más poderosa de todas.
No iba a fallar. No esta vez. El mundo volvería a arder, pero él estaría allí para sofocar las llamas, un paso a la vez, junto a la única persona que realmente conocía su alma. La batalla continuaba, pero el soldado ya no estaba solo.
