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Besos Sabor Veneno
Fandom: Resident Evil
Creado: 21/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaHistoria DomésticaEstudio de PersonajeNoirAmbientación CanonHorror de Supervivencia
El Sabor del Veneno Compartido
La lluvia golpeaba con una insistencia rítmica contra el cristal del ventanal, difuminando las luces de la ciudad de Washington D.C. en manchas de neón borrosas. Dentro del apartamento, el ambiente era pesado, cargado de una electricidad que no venía de ninguna tormenta externa, sino del roce constante de dos cuerpos que se conocían demasiado bien.
Leon S. Kennedy, el agente que había sobrevivido al infierno de Raccoon City, a los parásitos en España y a conspiraciones globales que habrían quebrado a cualquier otro hombre, se encontraba en ese momento vulnerable, pero no débil. Sus manos, marcadas por cicatrices de mil batallas, sostenían con firmeza la cintura de Ada Wong, atrayéndola hacia él como si temiera que, de soltarla, ella se desvaneciera en una nube de humo, como solía hacer siempre.
Ada, la mujer que siempre tenía un plan de escape, la espía que manipulaba gobiernos y corporaciones con una sonrisa gélida, estaba extrañamente quieta. Su espalda chocó contra la pared del pasillo, pero no hubo resistencia. Sus ojos oscuros, usualmente analíticos y distantes, estaban nublados por un deseo que solo Leon lograba arrancar de ella.
—Te estás arriesgando demasiado teniéndome aquí, Leon —susurró Ada contra sus labios. Su voz era una caricia de seda, pero sus palabras llevaban el filo de la realidad—. Sabes lo que pasaría si Chris o Hunnigan decidieran hacerte una visita sorpresa.
Leon no se detuvo. Bajó el rostro para besar el cuello de Ada, aspirando ese perfume caro y letal que siempre la acompañaba.
—Que vengan —respondió él con voz ronca—. He pasado media vida siguiendo reglas que no evitan que el mundo se caiga a pedazos. Esta noche, las reglas no existen.
Ada soltó un leve gemido cuando las manos de Leon subieron por su espalda, presionándola con una autoridad que rara vez alguien se atrevía a ejercer sobre ella. En el mundo del espionaje, ella era la que movía los hilos; pero aquí, entre las sombras de este apartamento, Leon era el único que podía hacerla sentir pequeña, y curiosamente, ella adoraba esa sumisión momentánea.
—Tan arrogante como siempre —murmuró ella, rodeando el cuello de Leon con sus brazos—. Me pregunto si esa placa que llevas en el cinturón se derretiría si supieran que estás durmiendo con el enemigo.
Leon se separó apenas unos centímetros para mirarla a los ojos. A sus treinta y siete años, su rostro mostraba las líneas de la fatiga y la responsabilidad, pero sus ojos azules brillaban con una intensidad feroz.
—No eres el enemigo, Ada. Eres mi debilidad. Y ambos sabemos que eso es mucho más peligroso.
Él la besó de nuevo, un beso que no tenía nada de tierno. Era un choque de voluntades, un intercambio de alientos que sabía a peligro y a años de anhelo contenido. Ada se dejó llevar, confirmando con cada caricia que, a pesar de sus secretos y sus traiciones pasadas, en ese espacio sagrado, ella le pertenecía.
—Dilo —exigió Leon contra su boca, su tono era una orden disfrazada de súplica—. Di que no te vas a ir antes del amanecer.
Ada sonrió con esa mezcla de cinismo y dulzura que solo ella poseía.
—Esta noche no tengo ningún lugar a donde ir, Leon. Soy toda tuya —confirmó ella, rindiéndose por completo al control del agente.
Caminaron, o más bien se arrastraron mutuamente, hacia la habitación principal. La luz de la luna que se filtraba por las cortinas entreabiertas bañaba la estancia en tonos plateados. No había necesidad de palabras innecesarias. El lenguaje de sus cuerpos era mucho más honesto que cualquier informe de inteligencia.
Leon la recostó sobre las sábanas oscuras, situándose sobre ella. La diferencia de estaturas y la complexión física de Leon, robustecida por años de entrenamiento militar, contrastaba con la figura esbelta y refinada de Ada. Ella lo observaba con una fascinación silenciosa, recorriendo con la mirada el cabello rubio oscuro de él, ahora desordenado, y esos hombros anchos que cargaban con el peso del mundo.
—A veces olvido que eres solo un hombre —dijo ella, extendiendo una mano para acariciar la mejilla de Leon—. Pareces tan indestructible en las noticias.
—Solo soy un hombre que está cansado de pelear contra fantasmas —respondió él, atrapando la mano de ella y besando la palma—. Contigo, al menos, el peligro es real. Puedo tocarlo.
—El veneno es más difícil de combatir que los virus, Leon. Y tú te has vuelto adicto a mi sabor.
—Entonces moriré feliz por la sobredosis.
Leon volvió a capturar sus labios, y esta vez el encuentro escaló en intensidad. Cada beso era como una marca, una reclamación. Ada, que siempre mantenía una barrera emocional infranqueable, sentía cómo sus defensas se desmoronaban bajo el calor de Leon. No era solo sexo; era una comunión clandestina entre dos almas que no encajaban en ningún otro lugar.
Él tomó sus muñecas y las mantuvo sobre su cabeza, mirándola con una posesividad que habría asustado a cualquier otra mujer, pero que a Ada la hacía sentir, por una vez, que no tenía que estar alerta.
—Eres mía, Ada. No importa quién te contrate mañana, no importa qué muestra de virus busques. Aquí, eres mía.
—Sí —susurró ella, cerrando los ojos y arqueando la espalda hacia él—. Soy tuya, Leon. Hazme olvidar quién se supone que debo ser.
El tiempo pareció detenerse. En el exterior, el mundo seguía girando, lleno de bioterrorismo, traiciones y guerras interminables. Chris Redfield probablemente estaba en alguna misión en el otro lado del globo, y el gobierno de los Estados Unidos seguía confiando ciegamente en su agente estrella. Nadie sospecharía jamás que Leon S. Kennedy estaba entregando su corazón y su lealtad a la mujer más buscada por la Interpol.
Eran besos con sabor a veneno, sí. Un veneno que se filtraba en sus venas y los mantenía unidos en una danza destructiva pero necesaria. Para Leon, Ada era el recordatorio de que no todo era blanco o negro; para Ada, Leon era el único ancla de humanidad que le quedaba en una vida de mentiras.
Horas más tarde, el ritmo de sus respiraciones se sincronizó. Leon permanecía abrazado a ella, su barbilla apoyada en la coronilla de Ada, mientras el aroma de su cabello negro lo envolvía.
—¿En qué piensas? —preguntó Ada en la oscuridad, su dedo trazando círculos invisibles en el pecho de Leon.
—En que algún día esto nos va a estallar en la cara —admitió él con sinceridad—. Si Chris se entera...
—Chris tiene la sutileza de una granada de fragmentación —interrumpió Ada con una risita suave—. No lo sabrá a menos que dejes mi lápiz labial en tus informes.
—No es broma, Ada. Sabes lo que arriesgamos. Mi carrera, tu libertad... tal vez nuestras vidas.
Ada se incorporó levemente, apoyándose en el codo para mirar a Leon. La luz mortecina de la madrugada le daba un aspecto casi etéreo, una belleza letal que nunca dejaba de asombrarlo.
—Leon, hemos muerto y resucitado más veces de las que puedo contar. El riesgo es lo que nos mantiene vivos. Si tuviéramos una vida normal, una casa con jardín y una cerca blanca, nos aburriríamos en una semana.
Leon suspiró, sabiendo que ella tenía razón. Su relación se alimentaba de la adrenalina, de los encuentros fortuitos en ciudades en llamas y de estos momentos robados al destino.
—Aun así —dijo Leon, atrayéndola de nuevo hacia sí—, me gustaría no tener que esperar a que el mundo se esté acabando para verte.
—Lo clandestino tiene su encanto —replicó ella, besando la punta de su nariz—. Además, me gusta saber que el chico de oro de la BSAA tiene un secreto tan oscuro como yo.
Leon sonrió de lado, esa sonrisa cansada pero genuina que solo ella lograba sacarle.
—No soy de la BSAA, Ada. Eso es Chris. Yo soy D.S.O.
—Todos son lo mismo para mí —dijo ella, acomodándose de nuevo contra su pecho—. Hombres con uniformes tratando de salvar un mundo que no quiere ser salvado. Excepto tú. Tú solo intentas salvar lo que queda de ti mismo.
Se quedaron en silencio, escuchando cómo la lluvia amainaba. El sabor a veneno de sus besos seguía presente, una mezcla de peligro, pasión y una lealtad que no figuraba en ningún contrato. Sabían que, al salir el sol, Ada probablemente se marcharía por la ventana o dejaría una nota críptica antes de desaparecer por meses.
Pero por ahora, en la penumbra de ese apartamento, no había bandos, ni misiones, ni conspiraciones. Solo estaba el agente y la espía, unidos por un vínculo que nadie más podría entender.
—Quédate un poco más —pidió Leon, su voz ya pesada por el sueño.
—Solo hasta que el cielo se aclare —prometió Ada, aunque ambos sabían que ella siempre se iba justo antes de que la luz fuera demasiado reveladora.
Leon cerró los ojos, aferrándose a ella. Sabía que su amor era una bomba de tiempo, un pecado profesional que algún día cobraría su precio. Pero mientras sentía el calor de Ada contra su cuerpo, decidió que el veneno valía la pena. Cada gota de él.
—Eres una mujer muy peligrosa, Ada Wong —murmuró él antes de quedarse dormido.
Ada no respondió de inmediato. Se quedó observando el rostro relajado de Leon, la única versión de él que no estaba en guardia. Le apartó un mechón de cabello de la frente con una ternura que nunca mostraría en público.
—Y tú eres el único hombre que me hace querer ser peligrosa solo para protegerte —susurró ella para sí misma.
El apartamento quedó sumido en un silencio absoluto, solo roto por el tic-tac de un reloj y el eco lejano de la ciudad. El secreto de Leon S. Kennedy y Ada Wong permanecía a salvo entre aquellas cuatro paredes, una relación clandestina forjada en el fuego y mantenida por la voluntad de dos personas que se negaban a dejarse ir, sin importar cuántas veces el mundo intentara separarlos.
Al final, el veneno no siempre mata. A veces, es lo único que te mantiene despierto en un mundo lleno de pesadillas. Y Leon, abrazado a su enemiga más amada, nunca se había sentido tan vivo.
Leon S. Kennedy, el agente que había sobrevivido al infierno de Raccoon City, a los parásitos en España y a conspiraciones globales que habrían quebrado a cualquier otro hombre, se encontraba en ese momento vulnerable, pero no débil. Sus manos, marcadas por cicatrices de mil batallas, sostenían con firmeza la cintura de Ada Wong, atrayéndola hacia él como si temiera que, de soltarla, ella se desvaneciera en una nube de humo, como solía hacer siempre.
Ada, la mujer que siempre tenía un plan de escape, la espía que manipulaba gobiernos y corporaciones con una sonrisa gélida, estaba extrañamente quieta. Su espalda chocó contra la pared del pasillo, pero no hubo resistencia. Sus ojos oscuros, usualmente analíticos y distantes, estaban nublados por un deseo que solo Leon lograba arrancar de ella.
—Te estás arriesgando demasiado teniéndome aquí, Leon —susurró Ada contra sus labios. Su voz era una caricia de seda, pero sus palabras llevaban el filo de la realidad—. Sabes lo que pasaría si Chris o Hunnigan decidieran hacerte una visita sorpresa.
Leon no se detuvo. Bajó el rostro para besar el cuello de Ada, aspirando ese perfume caro y letal que siempre la acompañaba.
—Que vengan —respondió él con voz ronca—. He pasado media vida siguiendo reglas que no evitan que el mundo se caiga a pedazos. Esta noche, las reglas no existen.
Ada soltó un leve gemido cuando las manos de Leon subieron por su espalda, presionándola con una autoridad que rara vez alguien se atrevía a ejercer sobre ella. En el mundo del espionaje, ella era la que movía los hilos; pero aquí, entre las sombras de este apartamento, Leon era el único que podía hacerla sentir pequeña, y curiosamente, ella adoraba esa sumisión momentánea.
—Tan arrogante como siempre —murmuró ella, rodeando el cuello de Leon con sus brazos—. Me pregunto si esa placa que llevas en el cinturón se derretiría si supieran que estás durmiendo con el enemigo.
Leon se separó apenas unos centímetros para mirarla a los ojos. A sus treinta y siete años, su rostro mostraba las líneas de la fatiga y la responsabilidad, pero sus ojos azules brillaban con una intensidad feroz.
—No eres el enemigo, Ada. Eres mi debilidad. Y ambos sabemos que eso es mucho más peligroso.
Él la besó de nuevo, un beso que no tenía nada de tierno. Era un choque de voluntades, un intercambio de alientos que sabía a peligro y a años de anhelo contenido. Ada se dejó llevar, confirmando con cada caricia que, a pesar de sus secretos y sus traiciones pasadas, en ese espacio sagrado, ella le pertenecía.
—Dilo —exigió Leon contra su boca, su tono era una orden disfrazada de súplica—. Di que no te vas a ir antes del amanecer.
Ada sonrió con esa mezcla de cinismo y dulzura que solo ella poseía.
—Esta noche no tengo ningún lugar a donde ir, Leon. Soy toda tuya —confirmó ella, rindiéndose por completo al control del agente.
Caminaron, o más bien se arrastraron mutuamente, hacia la habitación principal. La luz de la luna que se filtraba por las cortinas entreabiertas bañaba la estancia en tonos plateados. No había necesidad de palabras innecesarias. El lenguaje de sus cuerpos era mucho más honesto que cualquier informe de inteligencia.
Leon la recostó sobre las sábanas oscuras, situándose sobre ella. La diferencia de estaturas y la complexión física de Leon, robustecida por años de entrenamiento militar, contrastaba con la figura esbelta y refinada de Ada. Ella lo observaba con una fascinación silenciosa, recorriendo con la mirada el cabello rubio oscuro de él, ahora desordenado, y esos hombros anchos que cargaban con el peso del mundo.
—A veces olvido que eres solo un hombre —dijo ella, extendiendo una mano para acariciar la mejilla de Leon—. Pareces tan indestructible en las noticias.
—Solo soy un hombre que está cansado de pelear contra fantasmas —respondió él, atrapando la mano de ella y besando la palma—. Contigo, al menos, el peligro es real. Puedo tocarlo.
—El veneno es más difícil de combatir que los virus, Leon. Y tú te has vuelto adicto a mi sabor.
—Entonces moriré feliz por la sobredosis.
Leon volvió a capturar sus labios, y esta vez el encuentro escaló en intensidad. Cada beso era como una marca, una reclamación. Ada, que siempre mantenía una barrera emocional infranqueable, sentía cómo sus defensas se desmoronaban bajo el calor de Leon. No era solo sexo; era una comunión clandestina entre dos almas que no encajaban en ningún otro lugar.
Él tomó sus muñecas y las mantuvo sobre su cabeza, mirándola con una posesividad que habría asustado a cualquier otra mujer, pero que a Ada la hacía sentir, por una vez, que no tenía que estar alerta.
—Eres mía, Ada. No importa quién te contrate mañana, no importa qué muestra de virus busques. Aquí, eres mía.
—Sí —susurró ella, cerrando los ojos y arqueando la espalda hacia él—. Soy tuya, Leon. Hazme olvidar quién se supone que debo ser.
El tiempo pareció detenerse. En el exterior, el mundo seguía girando, lleno de bioterrorismo, traiciones y guerras interminables. Chris Redfield probablemente estaba en alguna misión en el otro lado del globo, y el gobierno de los Estados Unidos seguía confiando ciegamente en su agente estrella. Nadie sospecharía jamás que Leon S. Kennedy estaba entregando su corazón y su lealtad a la mujer más buscada por la Interpol.
Eran besos con sabor a veneno, sí. Un veneno que se filtraba en sus venas y los mantenía unidos en una danza destructiva pero necesaria. Para Leon, Ada era el recordatorio de que no todo era blanco o negro; para Ada, Leon era el único ancla de humanidad que le quedaba en una vida de mentiras.
Horas más tarde, el ritmo de sus respiraciones se sincronizó. Leon permanecía abrazado a ella, su barbilla apoyada en la coronilla de Ada, mientras el aroma de su cabello negro lo envolvía.
—¿En qué piensas? —preguntó Ada en la oscuridad, su dedo trazando círculos invisibles en el pecho de Leon.
—En que algún día esto nos va a estallar en la cara —admitió él con sinceridad—. Si Chris se entera...
—Chris tiene la sutileza de una granada de fragmentación —interrumpió Ada con una risita suave—. No lo sabrá a menos que dejes mi lápiz labial en tus informes.
—No es broma, Ada. Sabes lo que arriesgamos. Mi carrera, tu libertad... tal vez nuestras vidas.
Ada se incorporó levemente, apoyándose en el codo para mirar a Leon. La luz mortecina de la madrugada le daba un aspecto casi etéreo, una belleza letal que nunca dejaba de asombrarlo.
—Leon, hemos muerto y resucitado más veces de las que puedo contar. El riesgo es lo que nos mantiene vivos. Si tuviéramos una vida normal, una casa con jardín y una cerca blanca, nos aburriríamos en una semana.
Leon suspiró, sabiendo que ella tenía razón. Su relación se alimentaba de la adrenalina, de los encuentros fortuitos en ciudades en llamas y de estos momentos robados al destino.
—Aun así —dijo Leon, atrayéndola de nuevo hacia sí—, me gustaría no tener que esperar a que el mundo se esté acabando para verte.
—Lo clandestino tiene su encanto —replicó ella, besando la punta de su nariz—. Además, me gusta saber que el chico de oro de la BSAA tiene un secreto tan oscuro como yo.
Leon sonrió de lado, esa sonrisa cansada pero genuina que solo ella lograba sacarle.
—No soy de la BSAA, Ada. Eso es Chris. Yo soy D.S.O.
—Todos son lo mismo para mí —dijo ella, acomodándose de nuevo contra su pecho—. Hombres con uniformes tratando de salvar un mundo que no quiere ser salvado. Excepto tú. Tú solo intentas salvar lo que queda de ti mismo.
Se quedaron en silencio, escuchando cómo la lluvia amainaba. El sabor a veneno de sus besos seguía presente, una mezcla de peligro, pasión y una lealtad que no figuraba en ningún contrato. Sabían que, al salir el sol, Ada probablemente se marcharía por la ventana o dejaría una nota críptica antes de desaparecer por meses.
Pero por ahora, en la penumbra de ese apartamento, no había bandos, ni misiones, ni conspiraciones. Solo estaba el agente y la espía, unidos por un vínculo que nadie más podría entender.
—Quédate un poco más —pidió Leon, su voz ya pesada por el sueño.
—Solo hasta que el cielo se aclare —prometió Ada, aunque ambos sabían que ella siempre se iba justo antes de que la luz fuera demasiado reveladora.
Leon cerró los ojos, aferrándose a ella. Sabía que su amor era una bomba de tiempo, un pecado profesional que algún día cobraría su precio. Pero mientras sentía el calor de Ada contra su cuerpo, decidió que el veneno valía la pena. Cada gota de él.
—Eres una mujer muy peligrosa, Ada Wong —murmuró él antes de quedarse dormido.
Ada no respondió de inmediato. Se quedó observando el rostro relajado de Leon, la única versión de él que no estaba en guardia. Le apartó un mechón de cabello de la frente con una ternura que nunca mostraría en público.
—Y tú eres el único hombre que me hace querer ser peligrosa solo para protegerte —susurró ella para sí misma.
El apartamento quedó sumido en un silencio absoluto, solo roto por el tic-tac de un reloj y el eco lejano de la ciudad. El secreto de Leon S. Kennedy y Ada Wong permanecía a salvo entre aquellas cuatro paredes, una relación clandestina forjada en el fuego y mantenida por la voluntad de dos personas que se negaban a dejarse ir, sin importar cuántas veces el mundo intentara separarlos.
Al final, el veneno no siempre mata. A veces, es lo único que te mantiene despierto en un mundo lleno de pesadillas. Y Leon, abrazado a su enemiga más amada, nunca se había sentido tan vivo.
