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Desahogo

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 21/6/2026

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DramaAngustiaDolor/ConsueloHistoria DomésticaEstudio de PersonajeRomancePost-ApocalípticoAmbientación Canon
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Anclas en la Tormenta

La luz del televisor proyectaba sombras erráticas sobre las paredes de la sala común. En la pantalla, una película de acción genérica avanzaba con explosiones silenciosas, ya que el volumen estaba al mínimo. Megumi se había retirado hacía apenas media hora, murmurando algo sobre el agotamiento acumulado, dejando a Yuji y Nobara sumergidos en un silencio que, lejos de ser incómodo, se sentía pesado, cargado de todo lo que no se decían.

Yuji Itadori estaba sentado en el extremo del sofá, con su característica sudadera roja y el rostro surcado por las cicatrices que Shinjuku le había dejado como recordatorio permanente de su supervivencia. Sus ojos, antes brillantes y llenos de una energía inagotable, se cerraron lentamente mientras su cabeza caía hacia atrás contra el respaldo.

Nobara Kugisaki, sentada a su lado, no le quitaba la vista de encima. Ella misma llevaba las marcas de la guerra; el parche negro sobre su ojo izquierdo era un testimonio constante de que Mahito casi logra arrebatarle la vida. Pero ella estaba allí. Había vuelto de entre los muertos para encontrar un mundo roto, y a un Yuji que parecía sostener el cielo sobre sus hombros con una sonrisa falsa que ella despreciaba profundamente.

Pasaron diez minutos antes de que el cuerpo de Yuji empezara a reaccionar.

No fue un movimiento brusco al principio. Fue un temblor leve en sus manos, un espasmo en sus párpados. Nobara dejó de prestar atención a la película por completo. Se inclinó hacia él, observando cómo la respiración de Itadori se volvía errática.

— No... —susurró él. Su voz era un hilo de agonía que erizó la piel de Nobara—. Nanami-san... Choso... no otra vez...

El temblor se intensificó. Sus dedos se clavaron en la tela de sus pantalones negros y un sudor frío empezó a perlar su frente. Nobara sintió una punzada en el pecho. Sabía lo que estaba viendo. No era solo un mal sueño; era el estrés postraumático manifestándose en la quietud de la noche, el eco de Shibuya, de los Juegos del Sacrificio, de la sombra de Sukuna que todavía parecía acechar en los rincones de su mente.

— Yuji —susurró ella, extendiendo una mano—. Yuji, despierta.

Él no reaccionó. Sus labios se movieron de nuevo, pronunciando nombres que eran como puñaladas: Gojo, Junpei, los civiles de Shinjuku. Estaba reviviendo cada pérdida, cada gramo de culpa que se negaba a procesar durante el día.

— ¡Itadori! —Nobara lo sacudió con más fuerza por el hombro.

Yuji abrió los ojos de golpe. Sus pupilas estaban dilatadas, y por un segundo, la miró con un terror tan puro que Nobara tuvo que contener el aliento. Él se incorporó rápidamente, frotándose el rostro con las manos, tratando de recomponerse antes de que ella pudiera decir nada.

— Ah... lo siento, Nobara —dijo él, forzando una risa pequeña y hueca que no llegó a sus ojos—. Me quedé dormido. Todo está bien, solo fue una pesadilla tonta.

Nobara sintió que algo dentro de ella estallaba. Estaba harta de esa frase. Estaba harta de la "fachada de tranquilidad" que él insistía en mantener.

— Deja de mentir, idiota —dijo ella, con una voz cortante pero cargada de emoción—. No todo está bien. Llevas meses diciendo lo mismo y te estás cayendo a pedazos frente a mis ojos.

Yuji evitó su mirada, fijándola en la pantalla del televisor.

— En serio, estoy bien. Solo necesito dormir un poco más. Mañana tenemos entrenamiento y...

— ¡Mírame! —le ordenó Nobara, agarrándolo por la barbilla para obligarlo a enfrentar su único ojo visible—. Mírame y dime que no te duele. Dime que no sientes que es tu culpa que Gojo-sensei no esté aquí. Dime que no lloras por Choso cada vez que te quedas solo.

Yuji intentó apartarse, pero su resistencia flaqueó. La firmeza de Nobara era como un ancla en medio de la marea de su propia desesperación. Él abrió la boca para protestar de nuevo, para soltar otra de sus mentiras piadosas, pero las palabras se atascaron en su garganta.

Vio el parche de Nobara. Recordó el sonido de la explosión en Shibuya. Recordó la sangre de Nanami. Recordó el calor de las llamas de Sukuna arrasando con miles de personas mientras él, atrapado en su propia mente, solo podía mirar.

— Yo... —su voz se quebró—. Yo debería haber hecho más, Nobara.

— Hiciste todo lo que pudiste —replicó ella, suavizando el tono pero manteniendo la intensidad.

— ¡No fue suficiente! —estalló Yuji, y por primera vez, la máscara se rompió por completo—. Si yo no hubiera comido ese dedo... si no fuera tan débil... todos seguirían aquí. Choso murió protegiéndome a mí, alguien que ni siquiera merecía ser su hermano. Gojo-sensei se sacrificó porque yo no pude terminar el trabajo. ¡Soy un recipiente de desgracias, Nobara!

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, trazando caminos sobre sus cicatrices. Yuji se hundió, encogiéndose sobre sí mismo, sollozando con una fuerza que sacudió todo su cuerpo musculoso. Era la imagen de un hombre que había llevado el peso del mundo y finalmente se había quebrado bajo la presión.

Nobara no esperó. Se movió hacia él y lo rodeó con sus brazos, atrayéndolo hacia su pecho. Yuji no opuso resistencia; simplemente se derrumbó contra ella, enterrando el rostro en su hombro mientras sus manos se aferraban a la chaqueta del uniforme de Nobara como si fuera lo único real en un mundo de pesadillas.

— Duele... —articuló él entre sollozos desgarradores—. Dios, duele tanto que no puedo respirar.

— Lo sé —susurró Nobara, sintiendo cómo sus propias lágrimas empezaban a nublar su visión—. Lo sé, Yuji. Pero no tienes que cargarlo solo. Estoy aquí. Estoy viva. Megumi está vivo. No nos perdiste a todos.

Ella comenzó a acariciar su cabello rosado con una ternura que rara vez mostraba al mundo. En ese momento, no eran los hechiceros de grado especial que habían enfrentado a la muerte; eran solo dos adolescentes a los que les habían robado la inocencia demasiado pronto.

El llanto de Yuji continuó durante lo que parecieron horas. Era un desahogo necesario, un exorcismo de todo el veneno que Sukuna y la guerra habían dejado en su espíritu. Nobara lo sostuvo con una fuerza inquebrantable, permitiéndole ser débil, permitiéndole ser humano.

— Pensé que te había perdido también —murmuró Yuji contra su ropa, su voz apagada—. Cuando vi lo que Mahito te hizo... creí que me quedaría solo de verdad.

— Soy demasiado terca para morir, ya lo sabes —respondió ella con una pequeña sonrisa triste—. Y soy demasiado terca para dejar que te hundas tú solo.

Poco a poco, los sollozos de Itadori se convirtieron en respiraciones pesadas y temblorosas. El agotamiento físico y emocional finalmente empezó a pasarle factura. Nobara lo separó un poco, lo suficiente para que él alzara la mirada.

Los ojos de Yuji estaban rojos e hinchados, su rostro empapado de lágrimas, pero por primera vez en meses, la tensión en su mandíbula había desaparecido. Se veía vulnerable, pero real.

Nobara le dedicó una sonrisa llena de una dulzura infinita. Con cuidado, usó sus pulgares para limpiar el rastro de las lágrimas en sus mejillas.

— No eres un monstruo, Yuji —le dijo en voz baja—. Eres la persona más amable que conozco. Y si el mundo decidió ser cruel contigo, yo voy a ser la que te cuide.

Yuji la miró, asombrado por la intensidad de sus palabras. En el ojo de Nobara no había lástima, solo un amor profundo y una lealtad que desafiaba cualquier maldición. En ese momento, Itadori comprendió que no necesitaba ser un héroe perfecto para ella. Solo necesitaba ser Yuji.

— Gracias, Nobara —susurró él.

Ella no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los de él en un beso suave y breve. No fue un beso de película, cargado de pasión desenfrenada; fue un beso de consuelo, una promesa sellada en el silencio de la noche. Fue el ancla que Yuji necesitaba para no ser arrastrado por la corriente de su propio dolor.

Cuando se separaron, Yuji sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con la energía maldita. Era una sensación de pertenencia, de esperanza.

— No te voy a dejar solo, nunca más —sentenció Nobara, apoyando su frente contra la de él—. Estaremos juntos en esto. Como compañeros, como amigos... y como algo más si así lo quieres. Pero no vuelvas a decirme que "todo está bien" cuando tu alma esté gritando.

Yuji asintió, dejando escapar un suspiro de alivio que pareció vaciar sus pulmones de toda la angustia acumulada.

— Está bien —aceptó él, permitiéndose sonreír de verdad, aunque fuera una sonrisa pequeña—. No volveré a ocultártelo.

Se quedaron así por un largo tiempo, abrazados en el sofá mientras los créditos de la película rodaban en silencio. El mundo exterior seguía siendo un lugar peligroso, lleno de cicatrices y ausencias que nunca se llenarían del todo. Gojo se había ido, Choso se había ido, y las sombras de Shibuya siempre estarían allí.

Pero mientras Nobara estuviera a su lado, mientras pudiera sentir el latido de su corazón contra el suyo, Yuji sabía que podía seguir adelante. Ya no era un recipiente para una maldición; era un hombre que amaba y era amado.

Y en esa pequeña sala común, rodeados por el silencio de la noche, eso era más que suficiente para empezar a sanar.
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